¿Sabe usted cuál es el trabajo de un
párroco en la Iglesia Católica?

La parroquia de Conocoto es la más antigua del valle de Los Chillos. Sus archivos guardan
documentos del siglo XVI; sin embargo, la actual casa parroquial solo maneja los fechados
desde 1960, y ha ingresado ya su información en los discos de las dos computadoras con
que cuenta el despacho parroquial.
Conocoto tiene una población de 40 mil habitantes. La división parroquial en Quito es
bastante dispar: Solanda, al sur de la ciudad, cuenta con 100 mil potenciales
parroquianos, en tanto que La Dolorosa, en la Mariana de Jesús y América, al norte, con
un poco más de 15 mil. No obstante, menos del 20% acuden con regularidad a las iglesias
parroquiales, calcula el padre Allan Mendoza, quien permaneció al frente de la parroquia
de La Dolorosa por 15 años y ahora se halla, desde hace un poco más de un año y medio,
a cargo de la de Conocoto.
La Iglesia Católica ha sido sacudida por hechos escandalosos. En Ecuador, el caso de
corrupción de las Aduanas en el aeropuerto de Quito, en el cual el principal implicado
resultó ser el cura Carlos Flores, copó los espacios de los medios de comunicación. No
obstante, permanece en la penumbra la obra de la Iglesia de servicio a la comunidad, en
múltiples programas: educación, ayuda a grupos de modestos ingresos en barrios populares
o en sectores rurales, cuidado de enfermos, pastoral con muchachos de la calle... y otros
numerosos programas a cargo de curas y monjas o seglares católicos.
Muy poco se conoce, por ejemplo, de la vida parroquial y de las tareas que allí se
realizan todos los días.
Allan Mendoza (57 años) realizó primero un excelente trabajo en la parroquia de La
Dolorosa: formación de grupos juveniles, programas de ayuda social en barrios populares,
un albergue infantil, núcleos de estudio bíblico y acción social para colaborar con el
jesuita Julio Gortaire en las comunidades del cantón Guamote, en Chimborazo.
Mendoza dejó de ser párroco al ser nombrado provincial de los jesuitas en Ecuador.
Después, salió de esa orden religiosa y se incorporó, como sacerdote regular, a la
Arquidiócesis de Quito, cuyo arzobispo le encargó la parroquia de Conocoto.
Las tareas habituales son allí, según resume el párroco, la administración de
sacramentos y la preparación para ellos, la atención a grupos como el de los jóvenes,
el movimiento carismático o los de oración; las celebraciones eucarísticas, la
atención a los barrios. Conocoto tiene también a su cargo una escuela que proyecta
extender su atención a todo el ciclo secundario y que cuenta ahora con 370 estudiantes.
Allan fue mi compañero de colegio hasta el cuarto o quinto curso del San Gabriel, cuando
regresó a Guayaquil, para seguir después sus estudios en la formación de jesuita. Nunca
fue tan bullicioso y extrovertido como los otros internos que venían al San Gabriel del
Guayas o de Manabí; ese comportamiento más reservado se endilgaba a su ascendencia
alemana, por el lado materno.
Ahora, 40 años más tarde, reconozco la misma sonrisa adusta de las aulas colegiales, el
mismo temperamento cordial y algo metido en sí mismo, pero percibo en su personalidad no
solo el peso de la formación y experiencia, sino de la autenticidad de su vocación
religiosa.
Le pregunto por los cambios que ha observado en la religiosidad juvenil
durante su trabajo como párroco.
Veinte años atrás, a los jóvenes se les conquistaba para el trabajo pastoral a partir
de una propuesta para responder a la problemática social. Este centro de interés ha
desaparecido. Los jóvenes buscan tener una respuesta a una problemática más personal,
en algunos casos esa respuesta se sustenta en pensamientos y filosofías orientales.
¿Tiene este cambio alguna relación con la profundización de la crisis de la
fe?
No creo que haya aumentado esa crisis en volumen, sino que ha adquirido una connotación
mayor o se expresa de forma más abierta. La gente es más exigente ahora, sobre todo los
jóvenes, sobre la coherencia entre las convicciones y la vida, y espera esa coherencia de
la Iglesia.
¿Entonces es ahora más difícil la participación juvenil?
Cada vez resulta más difícil atraer a los jóvenes a la Iglesia. Nos quedamos con gente
mayor de 40 años.
¿Y cómo es ahora la religiosidad de los grupos adultos?
En la mayoría es una religiosidad convencional, pero hay grupos pequeños que se dedican
a resolver de manera comunitaria y personal las exigencias de la fe.
Los sacerdotes han tenido un papel de mediadores en los conflictos
matrimoniales o de las familias. En algunas sociedades, conforme ha avanzado el proceso de
secularización, se ha transferido ese papel a sicólogos y sicoanalistas. ¿Ha acontecido
esto en nuestro medio?
Se mantiene la consejería a partir de la confesión. Los sacerdotes juegan un papel
importante en la orientación para resolver conflictos matrimoniales. Cuando estos se
escapan de sus manos, invitan a las parejas a acudir al profesional o especialista.
¿Qué hace la parroquia por atender a los ancianos?
Se los visita en las casas, y con la formación de ministros laicos de la eucaristía se
les lleva habitualmente la comunión.
¿Pesa en la menor asistencia a las iglesias el avance de otras Iglesias y de
las sectas?
En los últimos años me parece que no se observa un gran avance de la otras Iglesias
históricas. En cambio, hay una invasión de sectas. Los jóvenes no siempre encuentran
respuestas a sus inquietudes.
¿Cuál es el límite principal del trabajo de una parroquia?
Salimos al paso de la necesidad de la gente que se acerca a las iglesias, pero hacemos
poco por aquella que no se acerca. La Iglesia no tiene iniciativas reales de acercamiento.
¿Y, si se puede resumir, el aporte más positivo?
La atención más personalizada a la gente que acude a la parroquia en busca de ayuda.
En La Dolorosa, Allan Mendoza introdujo la modalidad de rendir cuentas semanales de la
administración económica. Las parroquias se mantienen con las limosnas y donaciones de
los fieles, pero los montos de las colectas son extremadamente dispares en las distintas
iglesias parroquiales. Se ha previsto en la Arquidiócesis de Quito una caja de
nivelación económica del clero, una suerte de fondo de estabilización de los ingresos
de las parroquias, pero nunca ha funcionado esta iniciativa con eficacia.
El servicio parroquial comprende la promoción de grupos juveniles, cursos de Biblia, el
movimiento carismático, la preparación para el matrimonio y para los demás sacramentos.
La parroquia de Conocoto cuenta también con una cofradía suelta, que mantiene como
expresión de religiosidad popular la procesión de Semana Santa. Los cofrades guardan
imágenes y andas en sus casas. En la procesión, se encargan de todo.
Con una relación tan intensa con los grupos de la parroquia, sugiero a Allan que la vida
del párroco no será muy solitaria. Para mi sorpresa, afirma que sí lo es. ¿Una
explicación? La cultura religiosa en el país ha condicionado un respeto exagerado al
sacerdote. Ese sentido reverencial pone límites a su relación con los parroquianos. Pero
la experiencia de soledad quizás sea solo una etapa de los encuentros más
trascendentes... (DAS)
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