LIGA DE QUITO

Capítulo IV
El fútbol ecuatoriano: ¿espectáculo o negocio espectacular?
Por Fernando Carrión

¿Qué pasó en Ecuador después de las clasificaciones a los dos últimos mundiales de fútbol?

Desde principios de este siglo, con la presencia de la selección de Ecuador en las justas ecuménicas de Corea-Japón y Alemania, tanto el país futbolístico como el país profundo han cambiado y mucho. ¿Hay una relación entre el uno y el otro? Probablemente algo y en unas áreas más que en otras. Quizás uno de los elementos que mayor transformación ha tenido sea la economía, debido principalmente a la inserción del fútbol ecuatoriano al mercado mundial de este deporte y a los impactos en los bienes y servicios que demanda.

El ámbito internacional, para nuestro país, estuvo circunscrito al espacio sudamericano, con la participación en la Copa Sudamericana y la Copa Libertadores de América para clubes y en la Copa América y las Eliminatorias a los mundiales para selecciones; pero este determinismo y enclaustramiento geográfico sudamericano se rompió con el salto que significó entrar de lleno a los mercados mundiales del fútbol.

En este salto el tema económico ha sido central, principalmente a través de tres elementos que prefiguran el gran cambio: la venta de futbolistas hacia el exterior, la presencia de las cadenas de televisión internacionales y los auspicios comerciales. Como resultado de esta triple situación, tenemos un encarecimiento notable de los equipos, que se expresa en el hecho de que si en el año 2000 el costo para armar los equipos de la primera categoría fue de alrededor de $7.5 millones, en la actualidad esa cifra no baja de $38 millones, lo cual significa un crecimiento en 5 veces en 8 años.

En términos del aporte de los clubes al Estado por concepto del IVA se pasó de $120 mil a una cantidad superior al millón de dólares, lo cual equivale a un crecimiento mayor a las 9 veces.

¿Cómo se explica este crecimiento? El Ecuador se transformó de un país que exclusivamente importaba jugadores (no menos de 60 al año) a uno donde la exportación de los mismos comienza a modificar la balanza comercial, más por los precios de los jugadores que por el número de los mismos, debido a la inserción en un mercado internacional de cotización alta, como Qatar, México y Europa; lo cual produjo un efecto dominó hacia adentro del país.

La televisión masificó el consumo del producto futbolístico al grado que el espectador se convirtió en audiencia y, con ello, el tema de los auspicios económicos se incrementó y diversificó con productos tales como bebidas, cemento, telefonía, banca, vehículos, entre otros más. Pero también la televisión se transformó a sí misma mediante sistemas de alta segmentación mercantil, como son el “pague por ver” o el “cable”, a la par que se produce una penetración de las cadenas mundiales que fijan las condiciones mercantiles de la hora y el lugar del partido, los estilos de vida y la indumentaria deportiva. De allí que los futbolistas se hayan convertido en vitrinas ambulantes, los estadios en sets de televisión y las tele audiencias en consumidores.

El fútbol nacional entró en una nueva etapa convirtiéndose en una verdadera industria, con lo cual las relaciones entre los actores cambian y aparecen otros, como es el caso del empresario, que en muchos casos tiene más importancia que el entrenador, ubicado como
mediador entre los clubes y el jugador

Es una industria que mueve en el país no menos de $300 millones al año, gracias a los enlaces productivos con múltiples sectores económicos de bienes y servicios: medios de comunicación, turismo bebidas y alimentos, indumentaria deportiva, entre otras.

Pero también esta industria logra establecer dos mercados claramente diferenciados: el uno de características formales donde las marcas internacionales se comercializan a través de casas nacionales y, el otro, el informal vinculado al mundo barrial, callejero y escolar que tiene puntos de venta en lugares como las calles Montufar y Flores en Quito. Este segundo, de carácter masivo, genera un movimiento económico mayor que el profesional, dado que, por ejemplo, en Quito en un fin de semana se juegan 5 mil partidos de fútbol barrial…

Su lógica económica no es otra que: “muchos pocos hacen un mucho”. Con este encarecimiento y con la conversión en industria hay transformaciones importantes dentro de los modelos de gestión de los clubes. Los dos modelos hegemónicos hasta fines del siglo pasado fueron el mecenazgo, expresado en el hecho de que una o varias personas ponen “plata y persona” para financiar al equipo bajo formas clientelares y patrimoniales. Y el satelital, constituido sobre la base de una dependencia estructural del club a una institución que tiene un origen triple: universitario (Católica, LDU)), militar (Nacional), policial (ESPOLI) o municipal (Azoguez, Cuenca).

Estos modelos estallan por la lógica mercantil en tanto es imposible que el mecenas o la institución puedan sostener un equipo con los costos internacionales que tiene el fútbol actual. El financiamiento se diversifica y transforma. Si la taquilla en el siglo pasado fue un componente central del financiamiento —junto con el aporte personal e institucional— desde este siglo pasa a un plano menor: en aquella época su participación era de alrededor del 50% y en la actualidad llega —al menos en ciertos equipos— a un 20%.

Hoy el fútbol se financia principalmente con los derechos de televisión, los auspicios comerciales (las camisetas) y la venta de futbolistas. Estos nuevos ingresos demandan un modelo de gestión más moderno y flexible, sostenido por una organización gerencial autónoma, patrimonio propio, equipo de fútbol con estilo identificable, jugadores representativos, hinchada sólida, divisiones formativas y contactos internacionales.

Fernando Carrión (1952). Fue director de la Flacso desde 1995 hasta 2004. Hoy es coordinador del Programa de Estudios de la Ciudad y concejal de Quito, desde enero de 2005.

 
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