Capítulo
I
Seis décadas de una hinchada fiel
Por Verónica Larrea
‘¡Adelante, adelante, adelante Universidad,
en el tiempo, en el espacio, tu nombre sonará: Universidad…
Universidad Central!”, fue el primer grito con el que una
incipiente barra de la LDU alentaba al equipo universitario cuando
este daba sus primeros pasos.
Según cuenta la historia, los inicios de la hinchada “alba”
se remontan al año 1946, cuando los estudiantes de la “Vieja
Casona” se reunían en la Plaza Arenas. José
Julio Bastidas, Vicente Latorre, Alfonso Rodríguez Cruz,
Oswaldo Guerra Galarza y Francisco Saá Chacón fueron
los fundadores de la conocida Barra Universitaria, la primera del
equipo.
Tras la inauguración del estadio Atahualpa, el 25 de noviembre
de 1951, la hinchada “alba” se empezó a congregar
en la general noroccidental y así fue como nacieron los Cocodrilos.
Posteriormente, sería la barra de los Dinosaurios la que
les tomaría la posta, por ser sus integrantes más
jóvenes que los primeros. En la actualidad, la Dinosaurios
es la barra activa más antigua y está por cumplir
18 años de vida. Según Diego Erazo, su presidente,
los integrantes de esta hinchada suman 150 personas que, en su mayoría,
son gente joven, de entre 18 y 25 años de edad. Para ser
un dinosaurio, Erazo asegura que no se necesita nada más
que amar al equipo y asistir a todos los partidos con ganas de cantar
y saltar. “A diferencia de otras barras, nosotros solamente
pedimos que los hinchas canten con energía y que colaboren
con las actividades que organizamos”, agrega.
Entre las barras más importantes que aparecieron
a mediados de los 90 caben mencionarse La Barra Fiel, y la Barra
Brava Los de Arriba. Esta última todavía sigue vigente
como barra organizada, pero tienen menor fuerza que los Dinosaurios.
La Bordadora es otra clásica
que aún se mantiene, pero con poca hinchada. La Barra Brava
Los de Arriba se formó en 1995 en las épocas del estadio
olímpico y actualmente se ubica en la general norte del escenario
de Ponciano, al igual que los miembros de La Bordadora, cuyos integrantes
son, en su mayoría, hinchas de más de 30 años.
Pero la lista de la hinchada más fiel no podría estar
completa sin la Muerte Blanca. Esta barra nació luego de
que una parte de los integrantes de la Barra Brava se trasladó
hacia la general sur. Primero con el nombre de los Descamisados
y luego con su nombre actual.
Según su fundador, cuya identidad se reserva
por motivos de seguridad, esta barra cuenta actualmente con 1 000
integrantes y el 10 de abril de 2009 celebrarán su primera
década, por lo que su líder no se imagina cómo
festejarán si LDU consigue su décima estrella en el
Campeonato Nacional. Para ser parte de la Muerte Blanca se necesita
algo más que solo cantar y saltar junto a ellos en la general
sur. Según el líder, sus integrantes tienen que comprobar
que el aspirante es un verdadero hincha.
“El principal requisito para ingresar a la
Muerte es que debe asistir a todos los partidos; para comprobarlo,
estudiamos al hincha, le hacemos un seguimiento durante tres meses
y solo luego de eso le permitimos entrar. En la Muerte todos somos
como una familia y conocemos hasta el tipo de sangre de cada uno”,
comenta.
Las locuras de las
barras y de sus hinchas
Pero, más allá de cantar y saltar
durante los partidos, la hinchada organizada necesita financiamiento
para comprar rollos de papel, picadillo, confeccionar banderas y
organizar los distintos viajes para acompañar a su equipo
dentro y fuera del país.
Para ello, cada organización se vale de
una o varias cabezas que se encargan de las distintas actividades.
Diego Erazo, presidente de los Dinosaurios, asegura que para conseguir
el dinero tratan de gestionar con la empresa privada o realizan
colectas, rifas y fiestas entre todos los miembros. Con la gente
de la Muerte Blanca sucede algo similar.
Uno de los personajes más importantes que
tiene la hinchada en la actualidad es Diego Galindo, quien dedica
gran parte de su tiempo a organizar las actividades con las barras
y es un nexo clave entre la dirigencia del equipo “albo”
y los hinchas. Entre las anécdotas más grandes, Galindo
recuerda que hace cinco años decidieron armar la emblemática
bandera gigante de 70 metros de ancho por 60 metros de largo, que
hasta hoy llama la atención durante los partidos.
“Fue una locura, teníamos una tela
gigante en blanco que, luego de comprarla, nos dejó desfinanciados,
por lo que nos tocó hablar con algunos empresarios para conseguir
el dinero”, relata. Según Galindo, después de
un par de meses de tener la tela guardada y sin pintar, retomaron
la idea con algunos auspicios y un dinero extra que lograron conseguir
gracias a la venta de una edición especial de las camisetas
de LDU. Luego, la hinchada Dinosaurios se congregó en el
estacionamiento del estadio de Ponciano y, durante los tres días
que tomó pintarla, las jornadas se extendieron desde las
siete de la mañana hasta la madrugada, y finalmente la bandera
quedó lista.
Los 50 mil rollos de papel que se vieron en el
último partido de LDU, contra el América, también
fueron idea de Galindo y de la gente de la barra dinosauria. Ellos
comentan que para la final se están cocinando sorpresas.
A esas locuras y ocurrencias de los hinchas se
suman los innumerables viajes que estos realizaron cuando su equipo
descendió a la B en el año 2000. Diego Erazo recuerda
esa época con cariño, pues a pesar de que fue un golpe
duro para toda la hinchada — y para él en especial,
porque se encerró en su cuarto durante tres días por
la depresión que tenía—, cree que lo sucedido
unió y fortaleció aún más la pasión
por LDU. “Ese año no faltamos a ningún partido.
Eran canchas muy difíciles, como la de Quinindé, pero
ahí estuvimos, siempre puestos la camiseta”, agrega.
En ese mismo año también apareció
la tradicional Mega Caravana que hasta la actualidad se realiza
en la capital desde la Shyris hacia la “Casa Blanca”.
Uno de los mentores de esta idea fue José Ureña, de
36 años. Este hincha cuenta que al principio todos sus amigos
lo tildaron de loco cuando les comentó que quería
organizar una gran caravana en apoyo a su equipo.
Pero lejos de ser un fracaso, Ureña siente
orgullo y ahora toma a esta experiencia como un logro personal y
de hincha. “Fue una gran fiesta que se hizo para respaldar
al equipo, juntar las barras y demostrar el apoyo y el amor a Liga”,
comenta. Desde hace casi seis décadas, lo que vive la hinchada
universitaria cambió drásticamente, pues en los años
50 LDU era un equipo amateur que difícilmente lograba triunfos
importantes. Sin embargo, desde 1997 los liguistas comentan que
los últimos años han sido épocas bañadas
de gloria y de triunfos que antes no se veían, pero que ayudarán
para que cada vez existan más hinchas comprometidos.
Según Ureña, el nuevo hincha puede
disfrutar de un equipo estable, una buena dirigencia, un lindo estadio
propio y hasta una final en la Copa Libertadores. “Los nuevos
liguistas tienen una inmensa suerte de vivir lo que nosotros nunca
tuvimos; una constante alegría de triunfo y la certeza de
que nuestro equipo es grande. Antes lo vacilaban a uno por ser fanático
de un equipo que casi nunca quedaba campeón, pero eso no
me importaba porque el sentimiento era pura pasión”,
comenta Ureña, quien está seguro de que el momento
actual que vive LDU representa una gran oportunidad para que la
hinchada se comprometa a engrandecer aún más a su
equipo.
Según una última encuesta realizada
en 2007, la hinchada de LDU tiene el 22% del total de la hinchada
nacional y sus integrantes son, en su mayoría, niños,
jóvenes y mujeres. Esteban Paz, dirigente del equipo “albo”,
califica a los liguistas como personas comprometidas y motivadas
por todo lo que está sucediendo.“La hinchada es muy
joven y cada vez son más los fanáticos por LDU”,
agrega. Paz cree que la decisión de permitir el ingreso gratuito
a los niños ha ayudado a que se incremente la fanaticada
juvenil y que, a futuro, existan liguistas en todas las ciudades
del Ecuador.
Sin duda, gran parte de la pasión “alba”
se transmite de generación en generación y muchos
de los niños que alguna vez entraron gratis a ver los partidos
en Ponciano son ahora grandes hinchas “blancos”. El
caso de María Alejandra Paredes y su esposo, Diego Guarderas,
ambos de 26 años de edad, es un típico ejemplo de
una familia joven que heredó la pasión por LDU. Tanto
la familia de María Alejandra como la de Diego les inculcaron
el amor por el equipo blanco desde que eran pequeños y ahora,
que están casados y tienen un niño de 5 años,
hicieron lo mismo con su hijo.
“Mi pequeño Diego Martín es
hincha a muerte, me acuerdo que desde que tenía 9 meses de
edad lo llevamos al estadio y ahora, que está más
grande, no faltamos a ningún partido. El bebé está
loco por su equipo y tiene todo su cuarto decorado con LDU, desde
el edredón hasta la pared”, comenta María Alejandra,
quien a raíz el nacimiento de su hijo se ha vuelto más
hincha.
Pero no todos los liguistas heredaron la pasión
desde pequeños. El caso del estudiante de Derecho Andrés
Endara, de 22 años, es peculiar porque nadie en su casa tenía
el gusto por el fútbol. Sin embargo, al cumplir 10 años,
Andrés recuerda que vio jugar a un equipo con una linda camiseta
blanca y desde ahí se empezó a interesar por quiénes
eran los jugadores; hasta que, tras adquirir la “piel”
del equipo, asistió a la inauguración del nuevo estadio
de LDU y no pudo dejar de asistir a los partidos.
“Cuando era peladito entraba gratis y siempre
armábamos una jorga de amigos y compañeros de clase,
hasta que el ir a gritar por el equipo se convirtió en un
vicio”, confiesa este hincha, que cada campeonato se ha bañado
en la pileta.
En otro caso, la pasión por LDU nació
en Ana Gabriela Ayala desde que tenía 4 años.“Mi
escuela quedaba cerca de la Casa Blanca y desde ahí le tomé
cariño al equipo”, comenta esta chica que actualmente
tiene 16 años y que ha coleccionado todas las camisetas de
su equipo desde hace seis temporadas. Ana Gabriela afirma que lo
que más le gusta de LDU es el nivel de juego de sus deportistas,
siendo Obregón a quien más admira por su trayectoria
y porque fue durante mucho tiempo el capitán.
Otra nueva hincha es María Paz Hernández,
de 7 años de edad. Ella comenta que su abuelo la llevaba
al estadio desde que tenía 4 años y le encanta LDU
porque siempre mete goles. Tras preguntar a su abuela sobre cuál
es su jugador favorito, María Paz exclama: “Ambrossi
y Urrutia son mis ídolos”.
Con una hinchada de todas las edades, la percepción
que tienen los liguistas es que a futuro los triunfos de su equipo
derivarán en un incremento considerable de nuevos “albos”
que llegarán a contagiarse de la “enfermedad blanca”
de los hinchas a muerte.
Álex, un superhincha
a tiempo completo
Detrás de una temeraria máscara de
caucho que simboliza a la muerte y una capa atiborrada de firmas
de jugadores de Liga, se esconde un hincha apasionado y sensible
que ha llorado casi todas las penas y glorias de un equipo que lleva
en la piel.
A sus 33 años, Alexis Ron no espera formar
una familia, ni tampoco le importa si su amor por el equipo blanco
le ha restado tiempo para conocer y poder conquistar a una chica,
pues su principal preocupación es alentar a los “albos”
y no faltar a ningún partido, siempre disfrazado con su conocido
atuendo de la Muerte Blanca; menos ahora, que LDU podría
ser, por primera vez, campeón de la Copa Libertadores. Con
gran ilusión, Alexis recuerda su niñez, cuando solía
comprar camisetas blancas para pintarles el sello de Liga o cuando
soñaba con tomarse un baño en la pileta de la Indoamérica
el momento en que su equipo quedara campeón. Sin embargo,
nada de eso ocurrió hasta que cumplió los 15 años.
“Me acuerdo que antes nos llenábamos
los ojos de lágrimas al ver las derrotas de nuestro equipo,
pero ahora esas lágrimas son casi siempre de alegría”,
comenta este hincha cuya pasión liguista ha estado presente
desde que tenía uso de razón.
Entre las memorias de su infancia, este fanático
— que se dedica al comercio de equipos de impresión—
aún tiene viva la imagen de la primera vez que bajó
a la cancha y pudo ver a los jugadores de cerca: “Fue un momento
espectacular que marcó mi vida y aumentó mi pasión
por el equipo. Me acuerdo que ocurrió cuando tenía
12 años y un tío que era amigo del jugador José
Vicente Moreno, en ese entonces goleador zurdo de LDU, me permitió
salir junto a los jugadores en calidad de mascota y desde ese ángulo
pude ver todo el estadio lleno. Sentí escalofríos”.
En su habitación, que parecería la
de un adolescente, Alexis atesora un sinfín de recuerdos,
y con cada uno, una historia. Las cuatro paredes de este pequeño
pero acogedor lugar lucen repletas de posters y bandas de superhincha
que parecerían asfixiarse entre sí por la falta de
espacio. Una variedad de objetos como jarros, muñecos, videos,
edredones y revistas marcadas con la “U” también
forman parte de la decoración del cuarto que encierra una
pasión de tres décadas.
En su tiempo libre, si no está en el estadio,
Alexis prefiere revivir los momentos gloriosos del equipo “azucena”
mirando, una y otra vez, los videos de partidos anteriores que tiene
acumulados en 28 cassettes de VHS. “Cuando estoy triste, me
reconforta mirarlos porque me anima y cada gol me hace sentir como
si se tratara de uno nuevo”, cuenta.
Alexis abre su guardarropa y saca su atuendo favorito,
que utiliza como una especie de cábala para alentar al equipo
siempre que hay un partido importante. Se trata de una capa de tela
plástica con el sello universitario pintado a mano y decorado
con cerca de 80 firmas de algunos jugadores que han pasado por el
equipo.
Los autógrafos de Álex Aguinaga y
Alberto Spencer, que alguna vez usó la camiseta blanca en
un partido amistoso con el Peñarol, figuran entre sus firmas
favoritas. Este curioso traje que Álex confeccionó
hace cinco años le abrió las puertas a las barras
organizadas, a tal punto que ahora todos los liguistas lo conocen
y hasta se toman fotos con él.
En un inicio, este superhincha empezó cantando
junto a la gente de la Barra Brava que, antes de que la LDU tuviera
su propio estadio, se ubicaba en la parte noroccidental del Atahualpa.
Pero ya en “Casa Blanca” la historia cambió y
un día que no encontró entrada para tribuna se puso
a saltar junto a los Descamisados (ahora Muerte Blanca) y se quedó
ahí por algunos años. Aunque su curiosa capa también
lo ha llevado a que la barra de los Dinosaurios lo invitara a la
parte baja de la general norte.
A pesar de que los tiempos han cambiado y algunos
amigos de Alexis ya están casados y con hijos, para este
hincha las emociones que vive en Ponciano y junto a su equipo en
otros estadios siguen siendo las mismas, pues aún llora y
grita los goles con la misma pasión y energía de cuando
era un “peladito”.
Por ahora, este superhincha prepara maletas y su
próxima locura será ir hasta Río de Janeiro
para alentar a Liga en el partido contra Fluminense. Antes, ya hizo
algo similar cuando el equipo “azucena” jugó
en Perú ante el Alianza Lima, y tuvo que aguantarse un viaje
de 72 horas en bus. Por lo menos ahora ya ha ahorrado algo de plata
y, esta vez, hará el viaje en avión.
Tres generaciones
tienen su corazón marcado con la ‘U’
Herederos de una pasión, los cuatro hijos
del recordado dirigente “albo” Francisco Saá
Chacón viven intensamente las emociones del fútbol,
y más aún cuando LDU es protagonista. Francisco Saá
Rodríguez, el mayor de ellos, confiesa que toda su familia
está verdaderamente “enferma” por el equipo blanco,
pues cada vez que LDU juega un partido, todos se reúnen para
verlo y gritan o lloran como locos.
Además de recuerdos gratos, Francisco cree
que el mejor legado que les dejó su padre fue precisamente
ese amor liguista que ya ha trascendido a tres generaciones. “Todo
nació a raíz de mi papá y ahora estamos contagiados
de un mismo sentimiento que lo llevamos en la sangre”, comenta
Francisco.
En vida, este querido personaje fue presidente
de la LDU por tres ocasiones y jugó como suplente en el equipo
“blanco” en 1946.
Susana Rodríguez viuda de Saá asegura
que disfruta de que sus hijos hayan heredado la pasión de
su padre y, aunque no es tan fanática como ellos, siempre
se alegra cuando el equipo universitario logra algún triunfo.
La hija menor de la familia, Daniela, detalla que desde que era
pequeña vivió junto a su papá las emociones
de este deporte. “De todos mis hermanos, yo fui la que más
tiempo disfrutó con él en los estadios, pues tuve
la suerte de acompañarlo siempre”.
Santiago, el penúltimo hijo del “Chapa”
Saá, como lo conocían sus amigos, también tiene
gratas memorias y siempre se acuerda de su padre con una de sus
frases favoritas, que en vida solía repetir ante sus hijos
y que luego quedó grabada en su lápida: “Derramé
lágrimas de hombre fuera y dentro de la cancha, luché
a brazo partido por la LDU”, reza la frase. Según Santiago,
eso se vio hasta el último, porque cuando su padre se encontraba
enfermo observaba en el televisor la victoria del equipo “albo”
en el Campeonato Nacional en 2003, su papá lloró su
última lágrima de hombre y llevó la bandera
de la “U” hasta su ataúd, mientras ellos aún
la llevan en el corazón.
Uniformes y fotografías
reviven la pasión de las Cocodrilos
Una colección de diminutas minifaldas y
tops alicrados que solo podrían entrar a una persona con
cuerpo de barbie ha quedado como el recuerdo más preciado
de las ex Cocodrilas, que, hasta hace cinco años, alentaron
a Liga con cánticos, pompones y acrobacias.
En la casa de Daniela Peñafiel, una antigua
líder del grupo, los comentarios graciosos y algunos un tanto
nostálgicos van y vienen al momento de ver las viejas fotografías
y los uniformes que utilizaron las cinco fundadoras de la barra
que, en esta ocasión, se reunieron para conversar de sus
anécdotas.
“¡No sé cómo pude usar
este traje, qué vergüenza!”, comentaba Karla Fiallos
entre risas, mientras sacaba toda una funda llena de uniformes un
tanto empolvados y maltratados por el paso del tiempo.
Para estas chicas, los años no han pasado
en vano, pues en la actualidad la mayoría de las ex cheerleaders
que aparecieron hace más de una década en la tribuna
del estadio de LDU cambió los coloridos y sexis uniformes
por unos de ejecutivas. Otras dieron un giro radical al contraer
matrimonio y, en muchos casos, se convirtieron en madres.
Daniela Peñafiel, quien hace poco dio a
luz a su segundo hijo, recuerda que gran parte de su adolescencia
la pasó dedicada a los ensayos de las coreografías
y las presentaciones en el estadio. “Nos sacábamos
la madre. Entre semana dormíamos en casa de alguna de nosotras
para poder armar la coreografía y, si había partido
el domingo, ya sabíamos que el sábado debíamos
ensayar desde el mediodía hasta la madrugada. Casi no teníamos
vida”, agrega.
Cuando Daniela ingresó al cuerpo de cheerleaders tenía
14 años y hasta que cumplió los 20 no tuvo un fin
de semana libre. Ahora tiene 26 y asegura que todo ese sacrificio
valió la pena, porque esa etapa fue una de las más
hermosas de su vida.
En un inicio, el grupo de las Cocodrilas se formó
con la idea de ser una barra femenina, pero luego Verónica
Silva, mentora del proyecto, decidió que sería más
atractivo armar un grupo de porristas. Con 12 chicas, de entre 7
y 14 años de edad, se empezaron a crear las distintas coreografías
y a realizar las audiciones para el ingreso de más animadoras.
“Eran filas y filas de casi 200 adolescentes que soñaban
con ser porristas. Creo que nosotras impusimos la moda de las cheerleaders
”, comenta Daniela. Su mejor amiga, María Augusta Zapata,
entró justamente luego de realizar una de esas pruebas. “El
día en que me tocó presentar la rutina para la audición
de ingreso, estaba muy nerviosa y cansada. Fue tenaz ver tantas
coreografías y esperar horas y horas bajo el sol, pero lo
logré y ahora no me arrepiento por nada, porque la pasamos
genial”, dice.
Entre fines de semana enteros dedicados a las audiciones,
Daniela comenta que lograron reunir a un grupo de 60 jovencitas
que llegaron a cautivar a los liguistas por su habilidad para alentar
a la hinchada. “No ganábamos nada, pero éramos
felices porque todo lo hacíamos por puro amor a la camiseta”.
A pesar de que asistían a todos los partidos
del equipo “albo”, su función de cheerleaders
les impedía ver lo que los jugadores hacían en la
cancha, pues siempre debían ubicarse de espaldas a la acción
para alentar a la gente que se encontraba en la tribuna. Sin embargo,
las chicas cuentan que la energía que sentían con
cada gol era suficiente para continuar.
Detrás de ellas también se armó
el grupo de los papás de las porristas, quienes sin falta
asistían a los partidos para disfrutar del fútbol
y, de paso, cuidar a sus hijas.
Así se armó un grupo unido de aproximadamente
120 personas que hacían colectas para los uniformes y armaban
viajes cuando tenían que alentar al equipo fuera de la provincia.
En el año 2000, cuando Liga bajó a la B, papás
y Cocodrilas no dudaron en alquilar una buseta para trasladarse
a los distintos estadios y canchas en Latacunga, Riobamba y Esmeraldas.
Lourdes Ortega, mamá de una de las chicas y ex tesorera del
grupo, dice que en uno de los viajes a Guayaquil las Cocodrilas
tuvieron que salir con resguardo policial para evitar que las lincharan.
“Yo temía por mi hija, pero por suerte los policías
nos escondieron en los baños del estadio y nos dejaron salir
cuando ya casi no había gente”, comenta Lourdes. Salomé
Bravo, hija de Lourdes, asegura que de esas historias tiene algunas,
sobre todo con la hinchada del Barcelona. “Por suerte nunca
pasó nada malo con nosotras, salvo uno que otro susto”,
cometa.
Entre tantos viajes, las chicas guardan recuerdos
tan agradables como cuando se fueron a Chile, en 2002, a representar
al país en un certamen de cheerleaders en donde no ganaron
pero al menos disfrutaron de la experiencia.
La separación definitiva de las Cocodrilas
se dio en 2003, cuando decidieron tomar rumbos distintos en sus
vidas, pues algunas tenían más de 18 años y
ya no disponían de tiempo para combinar los ensayos con los
estudios de la universidad.
Lo que queda de las Cocodrilas son memorias, estrechos
uniformes y una pasión liguista latente que probablemente
será transmitida a sus hijos, como los de Daniela, que a
pesar de que son aún bebés, nacieron con la camiseta
de LDU ya puesta.
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