PUNTOS
DE VISTA
Grancolombianos
de a pie
Por Daniel
Samper Pizano
En
diciembre de 1819 se reunió el Congreso
de Angostura, cuyo propósito principal
era unir bajo una misma bandera y una sola
constitución a (en estricto orden alfabético)
Colombia, Ecuador y Venezuela. Señaló
el Libertador Bolívar en esa ocasión:
«¡Legisladores!: el tiempo de
dar una base fija y eterna a nuestra República
ha llegado. A vuestra sabiduría pertenece
decretar este grande acto social y establecer
los principios del pacto sobre los cuales
va a fundarse esta vasta República».
Respondió a su discurso el presidente
del Congreso, Francisco Antonio Zea, y dijo:
«Si Quito, Santa Fe y Venezuela se reúnen
en una sola República, ¿quién
puede calcular el poder y prosperidad correspondientes
a tan inmensa masa? ¡Quiera el cielo
bendecir esta unión!».
El
cielo y los legisladores sí quisieron.
Al terminar el Congreso de Angostura, los
tres países eran uno solo y habían
desaparecido las tres nacionalidades para
dar paso a los grancolombianos, aunque su
denominación oficial era simplemente
la de «colombianos». Sin embargo,
el «grande acto» no duró
mucho tiempo y «el poder y la prosperidad»
de la «inmensa masa» se derritieron
en medio de rencillas y enfrentamientos. En
1830 se disolvió la Gran Colombia y
cada mochuelo volvió a su olivo. El
experimento había durado apenas 11
años. Desde entonces, Colombia, Ecuador
y Venezuela son tres países que se
llaman hermanos, y que a menudo lo son. Pero
no siempre, como lo han enseñado los
sucesos de las últimas semanas.
La
historia demuestra que ha sido difícil
desde 1830 la relación entre Colombia
y Venezuela. Más de una vez algún
gobernante venezolano en horas bajas acude
al recurso de plantear problemas con Colombia
para así recoger solidaridad y apoyo
entre sus compatriotas. Factores de conflicto
no han faltado: amparo a opositores del gobierno
de turno —venezolano o colombiano—,
las líneas de la frontera, el pleito
por el Golfo de Venezuela (que Colombia denomina
Coquivacoa), los islotes de Los Monjes, los
atropellos de la Guardia Nacional a ciudadanos
colombianos, los desmanes de ciudadanos colombianos
en Venezuela, la emigración estacionaria
de colombianos a trabajar en los campos del
país vecino, el contrabando, la gasolina
venezolana revendida a bajo precio en la frontera
colombiana…
Los
colombianos sabemos desde niños que
existe una hermandad histórica con
la patria natal de Simón Bolívar;
pero también tenemos la sospecha de
que allí nos quieren poco.
Algunos,
como yo, hemos podido comprobar con el tiempo
que las autoridades venezolanas no profesan
mayor aprecio por sus vecinos. Más
de una vez quise visitar Caracas, pero el
papeleo que exigían en el Consulado
en Bogotá me obligó a desistir.
En 1985, siendo miembro de la llamada «comisión
de notables» que manejó los destinos
de la Selección Colombia de fútbol,
nos correspondía enfrentarnos a la
de Venezuela, que escogió hacerlo en
el estadio de San Cristóbal, no lejos
de la frontera. Era uno de los pocos países
latinoamericanos que exigía visa a
los ciudadanos de Colombia y, como tales,
solicitamos el permiso para acompañar
a nuestros jugadores durante los tres días
que debían permanecer en San Cristóbal.
La respuesta fue que nos otorgarían
autorización solamente para acudir
al partido. Pensamos en Bolívar, pensamos
en Zea, pensamos en los progenitores del señor
cónsul en Bogotá y decidimos
no ir.
Después
de esa grosera experiencia, no intenté
de nuevo obtener visa venezolana y, por consiguiente,
me privé de visitar un país
que admiro y donde tengo amigos queridos;
una nación cuya música y literatura
ocupa varios metros en los anaqueles de mi
sala y cuyas arepas son un manjar que, lo
reconozco, supera a las colombianas.
En
abril de 1994, la Universidad Central de Caracas
me invitó a dictar una charla sobre
América Latina. En ese momento no tuve
que sacar papeles, pedir visa, hacer antesalas
ni exponerme a los desplantes de un cónsul:
pasé muy orondo por la aduana mediante
la simple exhibición de mi pasaporte
y logré cumplir el sueño de
conocer tierra venezolana y compartir cuatro
días inolvidables con gentes cultas,
divertidas, amabilísimas y generosas.
La razón que me permitió tan
expedito vuelo migratorio fue muy sencilla:
para entonces ya tenía la nacionalidad
española, y con el pasaporte del Reino
entré como Pedro por su casa, algo
que nunca pude hacer como colombiano.
Desde
entonces he regresado varias veces a un país
que me encanta, pero siempre como ciudadano
de España. ¡A ver qué
habrían dicho Bolívar y Zea
sobre esta triste incoherencia!
Relato
mi experiencia porque creo que, con algunos
retoques y ajustes, encaja dentro de la de
muchos colombianos respecto a Venezuela. La
situación con Ecuador, en cambio, fue
siempre diferente. Desde 1958, cuando formé
parte de un grupo de colegiales que viajamos
al sur de Colombia, me sentí como en
mi tierra. No hubo el menor problema en la
frontera cuando quisimos experimentar la excitante
sensación de pisar un país distinto
al nuestro: ni papeles, ni cónsules,
ni autoridades, ni requisas. Permanecimos
pocas horas en Ecuador, pero regresamos con
un cariño
que no aprendimos en los libros de historia
sino en nuestra propia experiencia infantil.
Nunca
me falló esa sensación. Desde
entonces pienso que Ecuador es una Colombia
más pequeña y sin violencia,
como la he definido a menudo. Tengo allí
amigos que son como hermanos; he recorrido
buena parte de su territorio; he fatigado
varias revistas y diarios con mis artículos;
he escrito guiones para una comedia de televisión
que tuvo versión ecuatoriana; he dictado
conferencias y seminarios, animado fiestas
con cumbias bien bailadas, visitado iglesias
y museos, asistido a corridas de toros y partidos
de fútbol, devorado llapingachos y
locro de papa; he pasado vacaciones con mi
familia, sufrido las bromas de viudas de pelo
en pecho el 28 de diciembre, recorrido en
tren el espinazo de la cordillera y despertado
con el resplandor de sus nevados. En 1987,
cuando debí abandonar Colombia por
amenazas de una banda armada, pensé
en buscar refugio en Ecuador, pero circunstancias
laborales me llevaron a España. Desde
Madrid he viajado a Quito no menos de ocho
o diez veces en los últimos lustros.
Estoy
seguro de que no constituyo una excepción,
y que cientos de miles de colombianos podrían
relatar experiencias similares, y aun más
intensas, que la mía. Los sentimientos
de cercanía con los ecuatorianos no
son invento de la oratoria procera del Congreso
de Angostura, sino una realidad palpable.
¿Por
qué, en vez de intentar un análisis
sobre las circunstancias en que se produjo
la invasión ilegal de tropas colombianas
a Ecuador, el distanciamiento de Álvaro
Uribe con sus colegas más próximos
o las comprometedoras revelaciones de los
computadores de la Farc, he escogido comentar
la crisis de relaciones grancolombianas desde
el punto de vista de un ciudadano de a pie?
La razón es sencilla: porque una cosa
piensan, dicen y hacen las cancillerías,
y otros son los sentimientos de los habitantes
de un país. Yo tengo la esperanza de
que las grietas que se han abierto entre los
gobiernos no afecten la fraternidad (perdonen
la palabra un poco retórica, pero en
nuestro caso exacta) de colombianos, ecuatorianos
y venezolanos. Me niego a pensar que los venezolanos
puedan ser mirados con desconfianza en Colombia,
los colombianos con irritación en Ecuador
o los ecuatorianos con poco cariño
en Colombia.
Pudimos
ver cómo los gobernantes que hasta
unos minutos antes se habían enfrentado
optaban por darse un abrazo y desactivar en
cuestión de segundos el ambiente belicoso
que flotaba en la reunión del Grupo
de Río. La política permite
todo esto. Pero los pueblos sienten más
hondo y más auténticamente,
y les cuesta más tiempo y más
esfuerzo restañar heridas o recuperar
amistades. También son más sólidos
en sus sentimientos, y eso los inmuniza un
poco contra los choques políticos de
sus autoridades.
Sembrar
la semilla de la enemistad entre los ciudadanos
vecinos sería un precio demasiado elevado
por este lamentable conflicto. Romper los
lazos que han impuesto la cultura, la economía,
la cercanía geográfica, la simpatía
mutua constituiría un atentado histórico
de incalculables proporciones. Más
de un millón de migrantes de nuestros
países hormiguean en el territorio
de lo que fue aquella república nacida
en Angostura. Ellos deberían ser la
primera consideración de la política
internacional de los tres gobiernos.
Daniel
Samper Pizano es abogado, periodista y escritor
(de cuento, novela y ensayo); colombiano nacionalizado
español. Es columnista en varios medios
escritos y guionista de televisión.