FARC ¿EN ECUADOR?
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Abril 2008

 

PUNTOS DE VISTA

Grancolombianos de a pie
Por Daniel Samper Pizano

En diciembre de 1819 se reunió el Congreso de Angostura, cuyo propósito principal era unir bajo una misma bandera y una sola constitución a (en estricto orden alfabético) Colombia, Ecuador y Venezuela. Señaló el Libertador Bolívar en esa ocasión: «¡Legisladores!: el tiempo de dar una base fija y eterna a nuestra República ha llegado. A vuestra sabiduría pertenece decretar este grande acto social y establecer los principios del pacto sobre los cuales va a fundarse esta vasta República».

Respondió a su discurso el presidente del Congreso, Francisco Antonio Zea, y dijo: «Si Quito, Santa Fe y Venezuela se reúnen en una sola República, ¿quién puede calcular el poder y prosperidad correspondientes a tan inmensa masa? ¡Quiera el cielo bendecir esta unión!».

El cielo y los legisladores sí quisieron. Al terminar el Congreso de Angostura, los tres países eran uno solo y habían desaparecido las tres nacionalidades para dar paso a los grancolombianos, aunque su denominación oficial era simplemente la de «colombianos». Sin embargo, el «grande acto» no duró mucho tiempo y «el poder y la prosperidad» de la «inmensa masa» se derritieron en medio de rencillas y enfrentamientos. En 1830 se disolvió la Gran Colombia y cada mochuelo volvió a su olivo. El experimento había durado apenas 11 años. Desde entonces, Colombia, Ecuador y Venezuela son tres países que se llaman hermanos, y que a menudo lo son. Pero no siempre, como lo han enseñado los sucesos de las últimas semanas.

La historia demuestra que ha sido difícil desde 1830 la relación entre Colombia y Venezuela. Más de una vez algún gobernante venezolano en horas bajas acude al recurso de plantear problemas con Colombia para así recoger solidaridad y apoyo entre sus compatriotas. Factores de conflicto no han faltado: amparo a opositores del gobierno de turno —venezolano o colombiano—, las líneas de la frontera, el pleito por el Golfo de Venezuela (que Colombia denomina Coquivacoa), los islotes de Los Monjes, los atropellos de la Guardia Nacional a ciudadanos colombianos, los desmanes de ciudadanos colombianos en Venezuela, la emigración estacionaria de colombianos a trabajar en los campos del país vecino, el contrabando, la gasolina venezolana revendida a bajo precio en la frontera colombiana…

Los colombianos sabemos desde niños que existe una hermandad histórica con la patria natal de Simón Bolívar; pero también tenemos la sospecha de que allí nos quieren poco.

Algunos, como yo, hemos podido comprobar con el tiempo que las autoridades venezolanas no profesan mayor aprecio por sus vecinos. Más de una vez quise visitar Caracas, pero el papeleo que exigían en el Consulado en Bogotá me obligó a desistir. En 1985, siendo miembro de la llamada «comisión de notables» que manejó los destinos de la Selección Colombia de fútbol, nos correspondía enfrentarnos a la de Venezuela, que escogió hacerlo en el estadio de San Cristóbal, no lejos de la frontera. Era uno de los pocos países latinoamericanos que exigía visa a los ciudadanos de Colombia y, como tales, solicitamos el permiso para acompañar a nuestros jugadores durante los tres días que debían permanecer en San Cristóbal. La respuesta fue que nos otorgarían autorización solamente para acudir al partido. Pensamos en Bolívar, pensamos en Zea, pensamos en los progenitores del señor cónsul en Bogotá y decidimos no ir.

Después de esa grosera experiencia, no intenté de nuevo obtener visa venezolana y, por consiguiente, me privé de visitar un país que admiro y donde tengo amigos queridos; una nación cuya música y literatura ocupa varios metros en los anaqueles de mi sala y cuyas arepas son un manjar que, lo reconozco, supera a las colombianas.

En abril de 1994, la Universidad Central de Caracas me invitó a dictar una charla sobre América Latina. En ese momento no tuve que sacar papeles, pedir visa, hacer antesalas ni exponerme a los desplantes de un cónsul: pasé muy orondo por la aduana mediante la simple exhibición de mi pasaporte y logré cumplir el sueño de conocer tierra venezolana y compartir cuatro días inolvidables con gentes cultas, divertidas, amabilísimas y generosas. La razón que me permitió tan expedito vuelo migratorio fue muy sencilla: para entonces ya tenía la nacionalidad española, y con el pasaporte del Reino entré como Pedro por su casa, algo que nunca pude hacer como colombiano.

Desde entonces he regresado varias veces a un país que me encanta, pero siempre como ciudadano de España. ¡A ver qué habrían dicho Bolívar y Zea sobre esta triste incoherencia!

Relato mi experiencia porque creo que, con algunos retoques y ajustes, encaja dentro de la de muchos colombianos respecto a Venezuela. La situación con Ecuador, en cambio, fue siempre diferente. Desde 1958, cuando formé parte de un grupo de colegiales que viajamos al sur de Colombia, me sentí como en mi tierra. No hubo el menor problema en la frontera cuando quisimos experimentar la excitante sensación de pisar un país distinto al nuestro: ni papeles, ni cónsules, ni autoridades, ni requisas. Permanecimos pocas horas en Ecuador, pero regresamos con un cariño
que no aprendimos en los libros de historia sino en nuestra propia experiencia infantil.

Nunca me falló esa sensación. Desde entonces pienso que Ecuador es una Colombia más pequeña y sin violencia, como la he definido a menudo. Tengo allí amigos que son como hermanos; he recorrido buena parte de su territorio; he fatigado varias revistas y diarios con mis artículos; he escrito guiones para una comedia de televisión que tuvo versión ecuatoriana; he dictado conferencias y seminarios, animado fiestas con cumbias bien bailadas, visitado iglesias y museos, asistido a corridas de toros y partidos de fútbol, devorado llapingachos y locro de papa; he pasado vacaciones con mi familia, sufrido las bromas de viudas de pelo en pecho el 28 de diciembre, recorrido en tren el espinazo de la cordillera y despertado con el resplandor de sus nevados. En 1987, cuando debí abandonar Colombia por amenazas de una banda armada, pensé en buscar refugio en Ecuador, pero circunstancias laborales me llevaron a España. Desde Madrid he viajado a Quito no menos de ocho o diez veces en los últimos lustros.

Estoy seguro de que no constituyo una excepción, y que cientos de miles de colombianos podrían relatar experiencias similares, y aun más intensas, que la mía. Los sentimientos de cercanía con los ecuatorianos no son invento de la oratoria procera del Congreso de Angostura, sino una realidad palpable.

¿Por qué, en vez de intentar un análisis sobre las circunstancias en que se produjo la invasión ilegal de tropas colombianas a Ecuador, el distanciamiento de Álvaro Uribe con sus colegas más próximos o las comprometedoras revelaciones de los computadores de la Farc, he escogido comentar la crisis de relaciones grancolombianas desde el punto de vista de un ciudadano de a pie? La razón es sencilla: porque una cosa piensan, dicen y hacen las cancillerías, y otros son los sentimientos de los habitantes de un país. Yo tengo la esperanza de que las grietas que se han abierto entre los gobiernos no afecten la fraternidad (perdonen la palabra un poco retórica, pero en nuestro caso exacta) de colombianos, ecuatorianos y venezolanos. Me niego a pensar que los venezolanos puedan ser mirados con desconfianza en Colombia, los colombianos con irritación en Ecuador o los ecuatorianos con poco cariño en Colombia.

Pudimos ver cómo los gobernantes que hasta unos minutos antes se habían enfrentado optaban por darse un abrazo y desactivar en cuestión de segundos el ambiente belicoso que flotaba en la reunión del Grupo de Río. La política permite todo esto. Pero los pueblos sienten más hondo y más auténticamente, y les cuesta más tiempo y más esfuerzo restañar heridas o recuperar amistades. También son más sólidos en sus sentimientos, y eso los inmuniza un poco contra los choques políticos de sus autoridades.

Sembrar la semilla de la enemistad entre los ciudadanos vecinos sería un precio demasiado elevado por este lamentable conflicto. Romper los lazos que han impuesto la cultura, la economía, la cercanía geográfica, la simpatía mutua constituiría un atentado histórico de incalculables proporciones. Más de un millón de migrantes de nuestros países hormiguean en el territorio de lo que fue aquella república nacida en Angostura. Ellos deberían ser la primera consideración de la política internacional de los tres gobiernos.

Daniel Samper Pizano es abogado, periodista y escritor (de cuento, novela y ensayo); colombiano nacionalizado español. Es columnista en varios medios escritos y guionista de televisión.

Diario HOY
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