PUNTOS
DE VISTA
De
Robin Hood a Pablo Escobar
Por Joaquín
Villalobos
Durante
la guerra no me preocupaba tanto morir en
combate como envejecer de guerrillero. Viendo
la juventud de mis compañeros y la
mía propia en fotografías de
los primeros años del conflicto salvadoreño,
concluí que las insurgencias no eran
una solución, sino el síntoma
de un problema. Más que un proyecto
político, fuimos una generación
que se alzó ante la prepotencia del
poder antes de cumplir 20 años, pero
que al llegar a los 40 entendimos que habíamos
transformado al país y firmamos la
paz. En Nicaragua y en El Salvador la gente
llamaba a los guerrilleros los «muchachos»
y en Cuba los barbudos entraron a La Habana
cuando estaban en la treintena.
Los rebeldes
uruguayos y argentinos mostraron con habilidad
extraordinaria que era posible una guerra
urbana a gran escala y el M-19 de Colombia
convirtió una derrota militar en una
victoria política siendo la primera
guerrilla que se atrevió a negociar.
Estas son
las seis insurgencias más importantes,
desarrolladas, imaginativas y audaces del
continente; rebeliones de jóvenes que
lo dieron todo y en ese camino murieron y
perdieron, o vencieron y transformaron, pero
todas evitaron envejecer como guerrilleros.
Las insurgencias
no surgieron por romanticismo ideológico,
sino por la existencia de dictaduras militares
y prácticas autoritarias en todo el
continente, con excepción de Costa
Rica. Podemos separarlas en dos grupos: las
que consideraban la lucha armada como un instrumento
para lograr fines y las que hicieron de la
lucha armada un fin en sí mismo.
Las
guerrillas del primer grupo fueron agentes
de cambio y las del segundo no se dieron cuenta
cuando el mundo cambió. En este segundo
grupo estuvieron las insurgencias que envejecieron
luchando en el Perú, Guatemala y Colombia,
tanto que la colombiana sobrevivió
al fin de siglo. En los años sesenta,
setenta y ochenta, las drogas gozaban de tolerancia
en la oferta y la demanda.
Ahora
ya no se tolera la oferta, pero por aquellos
años estas no eran consideradas un
problema estratégico de seguridad.
En los ochenta, la Agencia Central de Inteligencia
de los Estados Unidos traficó con cocaína
para financiar a la contra nicaragüense
y militares cubanos permitieron a los narcotraficantes
pasar por la isla a cambio de divisas. Se
consideraba que «ese veneno era un problema
de los gringos». En esa misma época,
los carteles mexicanos se fortalecieron y
Pablo Escobar exhibía en su hacienda
la avioneta con que llevó el primer
embarque de cocaína a los Estados Unidos.
Las FARC colombianas
nacieron en 1964 movidas por un programa agrario
para enfrentar a un Estado débil en
el control de extensas zonas rurales. Al nacer
con territorio, se desarrollaron más
como una autodefensa campesina que como una
insurgencia con visión de poder.
Por décadas
fueron una guerrilla militar y políticamente
perezosa, sin duda la insurgencia más
conservadora del continente que envejeció
en la Colombia rural profunda.
Para enfrentarse
a las FARC, la extrema derecha colombiana
inventó el paramilitarismo, obviamente
con complicidades estatales. Esta lucha se
volvió larga y despiadada de lado y
lado, una verdadera competencia de masacres
que en el ámbito urbano dejó
miles de sindicalistas, periodistas y activistas
muertos por ambos bandos.
Pero en 40
años, Colombia y Latinoamérica
cambiaron, las dictaduras y el autoritarismo
desaparecieron y las izquierdas, incluso en
Colombia, pasaron de la clandestinidad, el
exilio, las cárceles y las montañas,
a gobiernos y parlamentos. Sin ser perfecta,
esta transición permite ahora que las
izquierdas tengan más poder político
que las derechas. La violencia criminal desplazó
a la violencia política, el consumo
de drogas dejó de ser un problema de
los «gringos » y se expandió
en Latinoamérica multiplicando pandillas,
crimen organizado, corrupción y todo
tipo de delitos.
La seguridad
se convirtió así en una demanda
urgente de los más pobres. La envejecida
insurgencia colombiana se encontró
entonces habitando en los mismos territorios
donde estaba la mayor producción de
coca del mundo y con la justificación
de que en ese negocio hasta la CIA se había
metido, pasaron a financiarse con la droga
y a montarse en la nueva ola de violencia
como un ejército al servicio del narcotráfico.
Llamar a las FARC narcoguerrilla no es un
ataque político, sino una derivación
estructural del propio conflicto colombiano
que contaminó también a los
paramilitares y a una parte de la clase política
colombiana.
El extremismo
ideológico hace perder escrúpulos
porque la intolerancia al enemigo siempre
termina justificando los excesos y, por otro
lado, la crueldad de ese enemigo se utiliza
para disculpar la crueldad propia. De esa
forma, «ser los buenos» como principio
esencial de cualquier insurgencia que necesita
«pueblo» termina desapareciendo.
Contrario a la guerrilla de Fidel Castro,
que no realizó jamás un secuestro,
las FARC son los mayores extorsionadores y
secuestradores del mundo, y sus operaciones
militares han sido tan indiscriminadas que
han destruido pueblos y masacrado a sus habitantes.
En uno solo de esos hechos, en Bojayá,
las FARC mataron a 119 personas, incluidos
40 niños, cuando lanzaron explosivos
contra una iglesia.
El
calificativo de terroristas no es un invento
americano, es algo que las guerrillas colombianas
se han ganado por matar a miles de civiles
inocentes. Las FARC son tan odiadas como los
paramilitares y prueba de esto fueron los
millones que protestaron contra estas en febrero
de este año. Jamás en Latinoamérica
pudo gobierno alguno movilizar a tanta gente
contra una insurgencia, lo normal era que
los insurgentes llenaran las calles contra
los gobiernos.
Las FARC son
una amenaza transnacional, tienen el poder
financiero del narcotráfico para corromper,
intimidar y destruir instituciones en cualquier
parte como cualquier cartel, pero su pasado
político insurgente confunde.
El Perú,
el Brasil y Panamá los persiguen de
forma coordinada con Colombia; sin embargo,
Venezuela y el Ecuador la consideran una insurgencia
legítima y esta diferencia provocó
la reciente crisis regional.
No
son los gobiernos el problema, sino las FARC.
La confusión sobre la naturaleza de
estas alcanza a sectores de la izquierda europea
y latinoamericana, particularmente en México.
Estas izquierdas siguen idealizando al guerrillero
y justificando una violencia que ya no es
política sino criminal. Sustentan su
posición en el imaginario de un pasado
autoritario inexistente, necesitan mentir,
justificar excesos y reinventar a su enemigo
para tener sentido. Su apoyo a las FARC fortalece
en definitiva a la derecha colombiana y constituye
un peligro para sus propios países.
La
violencia delictiva en las calles de Madrid
o México está conectada con
todo esto. La violencia criminal es ahora
hegemónica y, en esas condiciones,
la violencia política organizada, cualquiera
que sean sus intenciones, termina cooptada
por la primera. El resultado final es el mismo,
plata o plomo para políticos de izquierdas
y de derechas. Sin autoritarismo, las izquierdas
latinoamericanas tienen ahora un reto más
intelectual que emocional, deben resolver
problemas en vez de multiplicarlos.
Joaquín
Villalobos es un ex comandante guerrillero
del FMLN en El Salvador en las décadas
del setenta y ochenta. Actualmente, es analista
geopolítico y experto en seguridad
en Londres.