PUNTOS
DE VISTA
Ecuador
le pone una prórroga a la crisis
Por Miguel
Àngel Bastenier
El
partido —político y diplomático—
estaba en sus últimos minutos, la Colombia
del presidente Uribe ganaba por 0-1 a la selección
ecuatoriana en Quito, y ya en tiempo de descuento
el equipo del presidente Correa, muy enojado
con la OEA en funciones de árbitro,
no acababa de salvar la cara con el laudo
con el que la organización panamericana
quería poner punto final a la crisis.
La incursión del pasado 1.o de marzo
en la que fuerzas armadas colombianas arrasaron
un campamento de las FARC en territorio del
Ecuador, dando muerte a Raúl Reyes,
canciller y número dos del grupo guerrillero
y terrorista, y a una veintena de acompañantes,
tenía sabor a victoria para Bogotá.
Pero la muerte, entre la comitiva, de un ecuatoriano
reforzaba a Rafael Correa en su insistencia
de añadirle una prórroga al
encuentro, que se juramentaba de ganar a toda
costa. América Latina, en cualquier
caso, salía perdiendo.
Cuando
los Estados iberoamericanos deberían
estar discutiendo formas de cooperación
integradora para combatir la pobreza, el desempleo,
la inequidad, la discriminación, preferían
alegar soberanías y disputar símbolos,
como si fuera el siglo XIX, cuando recién
emancipados de España debatían
límites, asuntos de honor, y pronunciaban
las palabras que más gustan a la diplomacia
del mundo andinocaribeño, grandilocuentes,
innecesarias, inútiles. ¿Quién
ha sido, por ello, el o los responsables de
una situación en la que solo el improperio
parece capaz de restañar heridas? El
desencadenante solo podía ser Álvaro
Uribe Vélez, a quien no importó
violar la soberanía ecuatoriana para
dar un zarpazo a la insurrección; pero
no era el único y ni siquiera el principal.
A las pocas horas de concluida la operación,
Uribe telefoneaba al presidente ecuatoriano
para presentarle excusas, en la confianza
de que su homólogo iba a comprenderle,
y sin maliciarse la zapatiesta que estaba
ya formándose; Rafael Correa, probablemente,
tampoco.
La
primera reacción de Quito, seguramente
espontánea, era de bajo perfil. Hubo
una vacilación a la hora de protestar,
aunque nadie dudaba que había que poner,
al menos formalmente, el grito en el cielo
para que nadie pudiera tomar al presidente
por un mandatario débil al que cualquiera
pueda humillar. Pero el día siguiente
amanecía con una andanada de truenos
procedente de Caracas, que impedía
cerrar la crisis cuando ni siquiera se había
propiamente declarado.
El
presidente venezolano, Hugo Chávez,
no había estado de muy buen humor los
últimos meses; en diciembre perdió
un referendo en el que apostaba su crédito
personal para gozar de tantas reelecciones
como le pidiera el cuerpo y ratificasen las
urnas; y a mayor abundamiento, su derrota
se había debido a la defección
de una parte del chavismo, poco amistoso con
las satrapías, aunque fueran del gran
jefe; y aunque no se sabe quién le
había dado vela en ese entierro, Chávez
se despachaba como en sus mejores días
acusando a Uribe de todo lo imaginable y de
lo que no lo era; «lacayo de Bush»
Sonaba,
por comparación, casi a elogio; el
gran fajador antioqueño tenía
que oír que era el cómplice
de los Estados Unidos que trataba de provocar
una agresión militar contra Caracas,
y en su inimitable estilo el líder
bolivariano conminaba, así, a su ministro
de Defensa: «Me mueve 10 batallones
a la frontera», como si el Ejército
fuera — que, seguramente, lo es—
de su exclusiva propiedad; en medio de toda
aquella barahúnda, nadie parecía
recordar que Raúl Reyes —cuya
muerte calificó el ex teniente coronel
de «asesinato»— tenía
sobre su cabeza la sangre derramada de cientos,
sino de miles de colombianos.
Era
como si a Correa le hubieran movido el piso.
Las dudas se desvanecían, porque si
el gran petrolero del norte armaba semejante
griterío, Quito no podía vociferar
menos. Chávez, como si fuera a él
a quien habían ultrajado la frontera,
cerraba de inmediato la embajada en Bogotá,
y el presidente ecuatoriano, que inicialmente
solo había llamado a su embajador a
consultas, tenía, por lo menos, que
romper relaciones. Y, en un escenario casi
de ópera bufa, el presidente Ortega
de Nicaragua se sumaba a la fiesta rompiendo
de boquilla con Colombia, a urgente petición
del líder venezolano. Pero, dato a
no omitir, el presunto alter ego de Hugo Chávez,
el presidente boliviano, Evo Morales, no decía
esta boca es mía.
Bogotá
se dedicaba acto seguido a lo que creía
que era explotación del éxito,
escrutando el computador de Raúl Reyes,
que los soldados habían tomado como
botín de guerra. El general Óscar
Naranjo acusaba en conferencia de prensa a
Venezuela de financiar y armar a la guerrilla,
y las imprecaciones contra el Ecuador subían
de tono al igual que la indignación
de Correa. Las FARC habían llegado
a tener, según estas fuentes, numerosos
campamentos en territorio ecuatoriano; hubo
dinero de la narcoguerrilla en la campaña
que llevó al ex ministro de Economía
a la Presidencia; y su ministro de Seguridad,
Gustavo Larrea, se había visto recientemente
con Raúl Reyes.
Parece,
sin embargo, que el computador no había
sido esculcado —colombiano por «registrado»—
con garantías y algunas acusaciones
un par de semanas más tarde quedaban
en entredicho, lo que, unido a la pifia de
El Tiempo confundiendo a un político
argentino con Larrea, dañaba gravemente
la credibilidad de Bogotá.
Chávez
se defendía recordando que había
estado mediando con Manuel Marulanda y obtenido
en las últimas semanas la liberación
de seis rehenes bastante principales, al tiempo
que cargaba sobre el presidente colombiano
la responsabilidad de que no hubiera en el
futuro más liberaciones en la jungla.
Correa, algo incómodo, reconocía
inicialmente que había habido contactos
con la guerrilla, pero solo con el ánimo
de acelerar el canje humanitario y, por si
alguien lo había olvidado, recordaba
que el Ecuador carecía de recursos
para patrullar una frontera de más
de 600 kilómetros, en terreno nada
confortable.
Lo
que decía no agotaba el tema, pero
tampoco era mentira. Nadie sabía que
se hubiera interesado anteriormente por la
suerte de los rehenes, con lo que esa era
la parte más débil de su discurso,
pero era comprensible que Quito tratara de
llegar a un modus vivendi con las FARC, sin
que eso significara que desease verla triunfar
o que exigiera a Bogotá, como sí
hace Chávez, que negociase con los
insurrectos de poder a poder.
Y,
entonces, otro golpe de efecto cuando, elevada
la disputa a la atención de la OEA,
que se había reunido en la capital
dominicana, los ánimos se sosegaban
a mediados de marzo con la misma celeridad
y estrépito con que se inflamaron.
La teoría en curso era la de que Chávez,
inquieto por lo que pudiera salir de la biblioteca
informática de Reyes, había
lanzado la caballería por delante para
anegar en contra-acusaciones todo aquello
que no le conviniera, pero si Bogotá
dejaba de hurgar en el PC, el venezolano estaba
también dispuesto a olvidarlo todo,
y cuando los batallones que «le tenían
que mover» apenas habían tenido
tiempo de ponerse firmes, el soufflé
se desinflaba.
A
Correa le habían segado la hierba bajo
los pies y tenía demasiado orgullo
para abandonarse alegremente en Santo Domingo
a la sonrisa y el abrazo; su lenguaje del
cuerpo lo decía todo; tenía
que empezar a rebobinar de vuelta a la normalidad,
pero nada de aquello podía complacerle.
Lo
menos que debía conseguir, por tanto,
era que la organización panamericana
condenara sin paliativos la incursión;
pero peor aún quedaba Ortega que, en
su caso sin remordimientos psiquiátricos,
daba por liquidada una ruptura que no había
tenido tiempo material de existir.
La
crisis quedaba reducida a una disputa palabrera.
El secretario general de la OEA, el chileno
José Miguel Insulza, que no podía
estar entusiasmado con el personal con que
tenía que lidiar, encabezaba una investigación
sobre el terreno en el Putumayo colombiano,
y más allá de la raya con el
Ecuador, sabiendo que de allí no saldría
nada sustantivo, porque lo que estaba en juego
era la terminología con que la OEA
diera por cerrado el caso. El Ecuador quería
que la razzia fuera sonoramente condenada;
y casi más Washington que Bogotá
se oponía argumentando el derecho colombiano
a la defensa propia. Curiosamente, el Ecuador
y Colombia se acusaban de lo mismo: de no
ser capaces de cuidar sus asuntos fronterizos;
Bogotá y Quito se habían mostrado
igual de inferiores a la tarea de impedir
que la divisoria estuviera bajo la soberanía
de facto de las FARC.
¿Llamaremos
compromiso al fraseo final de la resolución,
o pasteleo? La OEA no «condenaba»
sino que solo «rechazaba» la incursión,
amén de exhortar a que no se repitiera,
lo que garantizaba, aliviado, Uribe. Como
recuelo, solo quedaba el acuerdo de cooperación
general contra las amenazas a la seguridad
de los Estados miembros, lo que Bogotá
interpretaba acertadamente como un respaldo
a su posición, mientras que Quito,
para mostrar lo poco que se sentía
obligado por esas palabras, musitaba que podía
pedir la interposición de «cascos
azules» en la frontera con Colombia.
Chávez, limpio de polvo y paja, podía
decir que él ya había librado
su guerra y firmado su paz. Por eso, el Ecuador,
que no había tenido nunca ningún
problema serio con Colombia, y nadie ignoraba
la simpatía que Quito siempre había
despertado en su vecino del norte, es quien,
insatisfecho por haber tenido que bailar al
son que tocaban Bogotá y Caracas, no
quería dar tan santamente por cerrada
la crisis. Y entonces, cuando su canciller
en funciones, Eduardo Egas, remoloneaba sobre
el restablecimiento de relaciones, Correa
hallaba la razón para prorrogar la
crisis con la muerte de un ecuatoriano, guerrillero
o ciudadano sin más según las
fuentes, en el campamento de Reyes. ¿Cuándo
aprenderá América Latina a hablar
seriamente las cosas antes de cometer lo irreparable?
¿Habrá que esperar a que el
diferendo colombo-ecuatoriano muera de inanición?
Quito y Bogotá no pueden ser adversarios,
porque el verdadero enemigo de ambos son las
FARC. Aunque Correa se diga bolivariano y
Uribe prefiera que solo le llamen por su nombre.
Miguel
Ángel Bastenier es columnista y editorialista
de diario El País de Madrid y maestro
de la Fundación para un Nuevo Periodismo
Iberoamericano de Cartagena (Colombia).