FARC ¿EN ECUADOR?
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Abril 2008

 

PUNTOS DE VISTA

Ecuador le pone una prórroga a la crisis
Por Miguel Àngel Bastenier

El partido —político y diplomático— estaba en sus últimos minutos, la Colombia del presidente Uribe ganaba por 0-1 a la selección ecuatoriana en Quito, y ya en tiempo de descuento el equipo del presidente Correa, muy enojado con la OEA en funciones de árbitro, no acababa de salvar la cara con el laudo con el que la organización panamericana quería poner punto final a la crisis. La incursión del pasado 1.o de marzo en la que fuerzas armadas colombianas arrasaron un campamento de las FARC en territorio del Ecuador, dando muerte a Raúl Reyes, canciller y número dos del grupo guerrillero y terrorista, y a una veintena de acompañantes, tenía sabor a victoria para Bogotá.

Pero la muerte, entre la comitiva, de un ecuatoriano reforzaba a Rafael Correa en su insistencia de añadirle una prórroga al encuentro, que se juramentaba de ganar a toda costa. América Latina, en cualquier caso, salía perdiendo.

Cuando los Estados iberoamericanos deberían estar discutiendo formas de cooperación integradora para combatir la pobreza, el desempleo, la inequidad, la discriminación, preferían alegar soberanías y disputar símbolos, como si fuera el siglo XIX, cuando recién emancipados de España debatían límites, asuntos de honor, y pronunciaban las palabras que más gustan a la diplomacia del mundo andinocaribeño, grandilocuentes, innecesarias, inútiles. ¿Quién ha sido, por ello, el o los responsables de una situación en la que solo el improperio parece capaz de restañar heridas? El desencadenante solo podía ser Álvaro Uribe Vélez, a quien no importó violar la soberanía ecuatoriana para dar un zarpazo a la insurrección; pero no era el único y ni siquiera el principal.

A las pocas horas de concluida la operación, Uribe telefoneaba al presidente ecuatoriano para presentarle excusas, en la confianza de que su homólogo iba a comprenderle, y sin maliciarse la zapatiesta que estaba ya formándose; Rafael Correa, probablemente, tampoco.

La primera reacción de Quito, seguramente espontánea, era de bajo perfil. Hubo una vacilación a la hora de protestar, aunque nadie dudaba que había que poner, al menos formalmente, el grito en el cielo para que nadie pudiera tomar al presidente por un mandatario débil al que cualquiera pueda humillar. Pero el día siguiente amanecía con una andanada de truenos procedente de Caracas, que impedía cerrar la crisis cuando ni siquiera se había propiamente declarado.

El presidente venezolano, Hugo Chávez, no había estado de muy buen humor los últimos meses; en diciembre perdió un referendo en el que apostaba su crédito personal para gozar de tantas reelecciones como le pidiera el cuerpo y ratificasen las urnas; y a mayor abundamiento, su derrota se había debido a la defección de una parte del chavismo, poco amistoso con las satrapías, aunque fueran del gran jefe; y aunque no se sabe quién le había dado vela en ese entierro, Chávez se despachaba como en sus mejores días acusando a Uribe de todo lo imaginable y de lo que no lo era; «lacayo de Bush»

Sonaba, por comparación, casi a elogio; el gran fajador antioqueño tenía que oír que era el cómplice de los Estados Unidos que trataba de provocar una agresión militar contra Caracas, y en su inimitable estilo el líder bolivariano conminaba, así, a su ministro de Defensa: «Me mueve 10 batallones a la frontera», como si el Ejército fuera — que, seguramente, lo es— de su exclusiva propiedad; en medio de toda aquella barahúnda, nadie parecía recordar que Raúl Reyes —cuya muerte calificó el ex teniente coronel de «asesinato»— tenía sobre su cabeza la sangre derramada de cientos, sino de miles de colombianos.

Era como si a Correa le hubieran movido el piso. Las dudas se desvanecían, porque si el gran petrolero del norte armaba semejante griterío, Quito no podía vociferar menos. Chávez, como si fuera a él a quien habían ultrajado la frontera, cerraba de inmediato la embajada en Bogotá, y el presidente ecuatoriano, que inicialmente solo había llamado a su embajador a consultas, tenía, por lo menos, que romper relaciones. Y, en un escenario casi de ópera bufa, el presidente Ortega de Nicaragua se sumaba a la fiesta rompiendo de boquilla con Colombia, a urgente petición del líder venezolano. Pero, dato a no omitir, el presunto alter ego de Hugo Chávez, el presidente boliviano, Evo Morales, no decía esta boca es mía.

Bogotá se dedicaba acto seguido a lo que creía que era explotación del éxito, escrutando el computador de Raúl Reyes, que los soldados habían tomado como botín de guerra. El general Óscar Naranjo acusaba en conferencia de prensa a Venezuela de financiar y armar a la guerrilla, y las imprecaciones contra el Ecuador subían de tono al igual que la indignación de Correa. Las FARC habían llegado a tener, según estas fuentes, numerosos campamentos en territorio ecuatoriano; hubo dinero de la narcoguerrilla en la campaña que llevó al ex ministro de Economía a la Presidencia; y su ministro de Seguridad, Gustavo Larrea, se había visto recientemente con Raúl Reyes.

Parece, sin embargo, que el computador no había sido esculcado —colombiano por «registrado»— con garantías y algunas acusaciones un par de semanas más tarde quedaban en entredicho, lo que, unido a la pifia de El Tiempo confundiendo a un político argentino con Larrea, dañaba gravemente la credibilidad de Bogotá.

Chávez se defendía recordando que había estado mediando con Manuel Marulanda y obtenido en las últimas semanas la liberación de seis rehenes bastante principales, al tiempo que cargaba sobre el presidente colombiano la responsabilidad de que no hubiera en el futuro más liberaciones en la jungla. Correa, algo incómodo, reconocía inicialmente que había habido contactos con la guerrilla, pero solo con el ánimo de acelerar el canje humanitario y, por si alguien lo había olvidado, recordaba que el Ecuador carecía de recursos para patrullar una frontera de más de 600 kilómetros, en terreno nada confortable.

Lo que decía no agotaba el tema, pero tampoco era mentira. Nadie sabía que se hubiera interesado anteriormente por la suerte de los rehenes, con lo que esa era la parte más débil de su discurso, pero era comprensible que Quito tratara de llegar a un modus vivendi con las FARC, sin que eso significara que desease verla triunfar o que exigiera a Bogotá, como sí hace Chávez, que negociase con los insurrectos de poder a poder.

Y, entonces, otro golpe de efecto cuando, elevada la disputa a la atención de la OEA, que se había reunido en la capital dominicana, los ánimos se sosegaban a mediados de marzo con la misma celeridad y estrépito con que se inflamaron. La teoría en curso era la de que Chávez, inquieto por lo que pudiera salir de la biblioteca informática de Reyes, había lanzado la caballería por delante para anegar en contra-acusaciones todo aquello que no le conviniera, pero si Bogotá dejaba de hurgar en el PC, el venezolano estaba también dispuesto a olvidarlo todo, y cuando los batallones que «le tenían que mover» apenas habían tenido tiempo de ponerse firmes, el soufflé se desinflaba.

A Correa le habían segado la hierba bajo los pies y tenía demasiado orgullo para abandonarse alegremente en Santo Domingo a la sonrisa y el abrazo; su lenguaje del cuerpo lo decía todo; tenía que empezar a rebobinar de vuelta a la normalidad, pero nada de aquello podía complacerle.

Lo menos que debía conseguir, por tanto, era que la organización panamericana condenara sin paliativos la incursión; pero peor aún quedaba Ortega que, en su caso sin remordimientos psiquiátricos, daba por liquidada una ruptura que no había tenido tiempo material de existir.

La crisis quedaba reducida a una disputa palabrera. El secretario general de la OEA, el chileno José Miguel Insulza, que no podía estar entusiasmado con el personal con que tenía que lidiar, encabezaba una investigación sobre el terreno en el Putumayo colombiano, y más allá de la raya con el Ecuador, sabiendo que de allí no saldría nada sustantivo, porque lo que estaba en juego era la terminología con que la OEA diera por cerrado el caso. El Ecuador quería que la razzia fuera sonoramente condenada; y casi más Washington que Bogotá se oponía argumentando el derecho colombiano a la defensa propia. Curiosamente, el Ecuador y Colombia se acusaban de lo mismo: de no ser capaces de cuidar sus asuntos fronterizos; Bogotá y Quito se habían mostrado igual de inferiores a la tarea de impedir que la divisoria estuviera bajo la soberanía de facto de las FARC.

¿Llamaremos compromiso al fraseo final de la resolución, o pasteleo? La OEA no «condenaba» sino que solo «rechazaba» la incursión, amén de exhortar a que no se repitiera, lo que garantizaba, aliviado, Uribe. Como recuelo, solo quedaba el acuerdo de cooperación general contra las amenazas a la seguridad de los Estados miembros, lo que Bogotá interpretaba acertadamente como un respaldo a su posición, mientras que Quito, para mostrar lo poco que se sentía obligado por esas palabras, musitaba que podía pedir la interposición de «cascos azules» en la frontera con Colombia. Chávez, limpio de polvo y paja, podía decir que él ya había librado su guerra y firmado su paz. Por eso, el Ecuador, que no había tenido nunca ningún problema serio con Colombia, y nadie ignoraba la simpatía que Quito siempre había despertado en su vecino del norte, es quien, insatisfecho por haber tenido que bailar al son que tocaban Bogotá y Caracas, no quería dar tan santamente por cerrada la crisis. Y entonces, cuando su canciller en funciones, Eduardo Egas, remoloneaba sobre el restablecimiento de relaciones, Correa hallaba la razón para prorrogar la crisis con la muerte de un ecuatoriano, guerrillero o ciudadano sin más según las fuentes, en el campamento de Reyes. ¿Cuándo aprenderá América Latina a hablar seriamente las cosas antes de cometer lo irreparable? ¿Habrá que esperar a que el diferendo colombo-ecuatoriano muera de inanición? Quito y Bogotá no pueden ser adversarios, porque el verdadero enemigo de ambos son las FARC. Aunque Correa se diga bolivariano y Uribe prefiera que solo le llamen por su nombre.

Miguel Ángel Bastenier es columnista y editorialista de diario El País de Madrid y maestro de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano de Cartagena (Colombia).

Diario HOY
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