PUNTOS
DE VISTA
Las
FARC y la crisis andina: antecedentes de un
conflicto
Por Joaquín Hernández
1
La
crisis regional desatada por el ataque de
fuerzas militares colombianas a un campamento
de las FARC en territorio ecuatoriano en la
madrugada del pasado 1.o de marzo del corriente,
tuvo como consecuencias inmediatas la ruptura
de relaciones entre el Ecuador y Venezuela
con Colombia, la expulsión del embajador
colombiano en Quito, la movilización
militar de tropas ecuatorianas y venezolanas
hacia sus respectivas fronteras con Colombia
y un agresivo debate entre los presidentes
Correa, Uribe y Chávez donde se pusieron
de manifiesto, más allá de los
calificativos, las diferencias de visión
y de políticas de sus respectivos gobiernos.
Hasta el momento en que se escribe este artículo
y pese a los titulares de prensa que anunciaron
un final feliz a la crisis después
de la reunión de presidentes del Grupo
de Río y al acuerdo obtenido en la
reunión posterior de cancilleres en
la OEA en Washington, las tensiones continúan
y parece un poco prematuro haber pensado que
todo estaba en vías de recuperación.
En
realidad, la crisis suscitada por el ataque
al campamento de las FARC donde se encontraba
el dirigente más importante de dicha
organización guerrillera que actuaba
con el pseudónimo de Raúl Reyes
es el resultado de un largo proceso que comenzó
en la década de los noventa del siglo
pasado, cuando este grupo subversivo comenzó
a adquirir cada vez más poder, a controlar
más territorio y a crecer financieramente
de forma insospechada gracias a los recursos
del secuestro y del narcotráfico, hasta
el punto que en un momento de esos años
se llegó a considerar al Estado colombiano
como un «Estado fallido». Esta
«anormalidad», por llamarla de
alguna manera, tendría que tener un
día funestas consecuencias como ahora
ha sucedido. La pregunta pendiente después
de lo sucedido y en medio del enrarecido panorama
de las relaciones, sobre todo las del Ecuador
con Colombia, es si esta «anormalidad»
ha entrado en un proceso de normalización
o, por el contrario, continúa siendo
un factor peligroso de futuras confrontaciones
y conflictos. Parte del problema es que muchos
sectores de la opinión pública
ecuatoriana desconocen lo que significan las
FARC para el imaginario de los colombianos.
Subsiste todavía para algunos la imagen
idealizada del guerrillero de las FARC como
la de un luchador incorruptible y valiente
por las causas sociales, y consideran que
el conflicto que libra el Estado colombiano
es meramente el cumplimiento de una agenda
hecha en Washington y asumida por los grupos
de poder del país en contra de líderes
del cambio social. Se desconoce la transformación
de la guerrilla más antigua del mundo
de haber sido un grupo de campesinos en pie
de guerra a convertirse en una maquinaria
implacable de muerte, financiada por el secuestro
y el narcotráfico. A nivel de principios
de su política exterior, el Ecuador,
con el respaldo mayoritario de la opinión
pública, considera que el conflicto
armado que vive Colombia es un asunto interno
de ese país.
Como señalaba el embajador Javier Ponce
Leiva en el libro de Planificación
de la Política Exterior del Ecuador,
PLANEX 2006-2020, en el volumen dedicado a
las relaciones con Colombia y el Perú:
«…el principio de no intervención
en los asuntos internos de otros estados es
la piedra angular de esa relación ».
Para la opinión pública colombiana,
en cambio, que ha padecido en las últimas
décadas la pesadilla de las FARC y
que no encuentra ninguna relación entre
los soldados campesinos de los inicios y los
crueles combatientes de hoy que lanzan cilindros
con explosivos, atacan guarniciones militares
por sorpresa y secuestran en búsqueda
de dinero, no resulta comprensible la posición
ecuatoriana de no sumarse al combate contra
este enemigo. Más aún, hay asombro
de que estos guerrilleros encuentren refugio
y avituallamiento en el vecino país
del sur para regresar a territorio colombiano
para atacar con más fuerza, como lo
señalan medios de comunicación
colombianos.
Sin embargo, el imaginario colombiano no valora
los costos que ha significado para el Ecuador
el desplazamiento político, social
y militar a su frontera norte después
de haber estado permanentemente de guardia
en la del sur durante más de medio
siglo. Más aún, cuando el Ecuador
llegaba en 1998 a un acuerdo con el Perú
que cerraba la agresión militar sufrida
en el año 1941, casi inmediatamente
debía ocuparse del norte a consecuencia
de la nueva ofensiva del Estado colombiano
contra las FARC conocida como Plan Colombia.
Para el Ecuador, el problema colombiano a
partir de entonces pasó a formar parte
de la agenda de su política interior.
En cambio, para Colombia, las posibles implicaciones
del conflicto en el Ecuador no merecieron
mayor comentario ni atención. Nunca
hubo, que se sepa, una visión prospectiva
de lo que podría suceder en el caso
de que el conflicto se extendiese militarmente
a los países vecinos como efectivamente
ha sucedido en 2008. Se confió exclusivamente
por parte de Colombia en la fortaleza de la
relación Washington-Bogotá y
se descuidó las otras relaciones con
los países vecinos.Estas visiones,
de suyo diferentes, están además
exacerbadas por determinados grupos políticos
con base en definiciones ideológicas
heredadas de la Guerra Fría que santifican
o satanizan sin más las posiciones
de derecha o de izquierda y que exigen la
adhesión incondicional en nombre de
los principios de la ideología defendida.
Desde Max Weber sabemos que las posturas ideológicas
no pueden ser llevadas a un sereno tribunal
de la razón para dilucidar «objetivamente»
quién tiene la razón. Son armas
de ataque que implican parcialidad y cuyo
objetivo final no es el juicio sereno y desinteresado
sino la derrota del adversario. Por lo demás,
los imaginarios sociales no se cambian por
la confrontación que asume en su tarea
los vicios de la retórica. Por ello,
no se trata ni se pretende en este artículo
dar la razón a una de estas visiones
en desmedro de la otra, sino ayudar a entender
la complejidad de un problema que afecta las
relaciones entre dos países hermanos.
No hacerlo implicaría en la práctica
mantener una irreconciliable diferencia entre
el Ecuador y Colombia, y un divorcio permanente
entre dos países unidos por una historia
común, una amplia gama de lazos personales
y familiares que han crecido en número
y en intensidad en el tiempo, y unas relaciones
comerciales y culturales que exigen la tolerancia
frente a la diversidad y el diálogo
en lugar de la confrontación.
Por
ello, es imprescindible entender los antecedentes
de esta crisis, en nuestro caso y sobre todo
desde Colombia, no para sumarse a su agenda
internacional sino para poder actuar en calidad
de interlocutor regional más allá
de las confrontaciones del momento.
2
La
democracia colombiana en el siglo XX implica
una contradicción. Por una parte, es
una de las democracias más estables
de América Latina. Los golpes de Estado
y las rupturas del orden constitucional han
sido mínimas (uno solo en el siglo
XX, el del general Gustavo Rojas Pinilla,
el 13 de junio de 1953) y los militares han
estado institucionalmente sujetos al poder
civil. No son, por tanto, los típicos
actores de rupturas constitucionales como
la mayoría de sus colegas en la región.La
Constitución Política de 1886
estuvo vigente hasta 1991, con reformas importantes
pero dentro del marco ideológico de
la «centralización política
y la descentralización administrativa
». La sucesión presidencial se
ha mantenido invariable excepto en esta última
época, cuando, por un cambio en la
Constitución vigente de 1991, el actual
presidente Álvaro Uribe Vélez
obtuvo el derecho a la reelección gracias
a un enorme respaldo popular. La independencia
de poderes es otra de las fortalezas institucionales
del Estado colombiano: como ejemplo, han sido
destituidos y encarcelados legisladores incluso
del actual Gobierno, que fueron encontrados
culpables de haber recibido fondos de organizaciones
al margen de la ley, relacionadas con el narcotráfico,
sin que ello haya provocado un enfrentamiento
a muerte entre el Poder Ejecutivo y el Judicial,
o entre el Legislativo y el Judicial.
Y sin embargo, Colombia tiene en su haber
ser el país del conflicto armado más
antiguo o por lo menos de uno de los tres
más antiguos del mundo contemporáneo,
dependiendo de la fecha en que se marque precisamente
el nacimiento de las FARC. Si se toma el año
1946 como fecha clave, sería el más
antiguo; si los años sesenta, uno de
los tres más antiguos. Las FARC tienen
su origen lejano, como ha señalado
Eduardo Pizarro Leongómez, en los grupos
de autodefensa campesina que impulsó
el Partido Comunista colombiano a finales
de la década de los cuarenta frente
a la represión oficial. Estos grupos
se fueron conformando a lo largo de los años
cincuenta y sesenta, pasando de ser grupos
armados campesinos a guerrillas móviles.
Estas construyeron zonas «liberadas»
fuera del control del Estado colombiano hasta
el año 1964, en que el presidente Guillermo
León Valencia lanzó la Operación
Marquetalia para destruir la existencia de
las mismas, una especie de «repúblicas
independientes » como las llamó
en su día un político conservador
colombiano. El 27 de mayo de 1964 se llevó
a cabo el primer combate en la zona de Marquetalia,
fecha que es considerada fundacional para
el surgimiento de las FARC.
En
1965 se celebró la Primera Conferencia
del Bloque Sur de las FARC, que determinó
organizar las fuerzas en bloques geográficos
determinados. Todo transcurrió sin
mayor novedad y con un crecimiento más
bien pobre hasta el año 1982, cuando
se celebró la VII Conferencia de la
organización, en donde se añadió
al nombre de las FARC el de EP (Ejército
del Pueblo) y donde se formuló el plan
estratégico «Campaña bolivariana
por una nueva Colombia», con un equipo
dirigente estable que se ha mantenido sin
mayores cambios hasta ahora. La VII Conferencia
marcó además un punto de quiebre
con el pasado: un crecimiento vertiginoso
y una notable expansión territorial
obtenida gracias a la tregua concedida por
el Gobierno conservador de Belisario Betancourt,
que permitió un fortalecimiento organizativo
y militar a los guerrilleros y a la bonanza
de la coca, el banano y la ganadería
«que, a través del secuestro
o la extorsión, daría origen
a la “sólida” economía
de guerra que habría de construir esta
organización en las dos décadas
siguientes».
La
VIII Conferencia (1993) mostró un crecimiento
todavía mayor de las FARC en su concepción
estratégica: de guerra de guerrillas
a guerra de movimientos. Aquí se toma
la decisión de crear un ejército
guerrillero capaz de enfrentarse y golpear
al Ejército del Estado; se crean los
bloques regionales y los comandos conjuntos.
Se crean las milicias bolivarianas para llevar
la lucha del campo a la ciudad. Y se plantean
las reformas políticas propuestas por
las FARC como eje para un «Gobierno
de reconciliación y reconstrucción
nacional». Es el momento en que se inicia
una alta concentración de fuerzas de
las FARC en el sur de Colombia. La VIII Conferencia
inició una secuencia de victorias militares
para las FARC como Las Delicias (Putumayo),
La Carpa (Guaviare), Patascoy (Nariño),
El Billar (Caquetá) y otras que demuestran
un alto grado estratégico de organización.
Surge
así el «Monstruo de ocho caras»,
como lo llamará el Informe elaborado
en el año 2003 por Hernán Gómez
Buendía, «El conflicto, callejón
con salida». De acuerdo a él,
la guerrilla y específicamente las
FARC son simultáneamente «un
proyecto político, un aparato militar,
un actor en los conflictos sociales, un cazador
de rentas, un modo de vida, un poder territorial,
un autor de violencia degradada y un freno
al desarrollo humano». Nada que ver
por cierto con las imágenes de los
barbudos entrando en La Habana en 1959 e incluso,
más recientemente, los militantes de
los frentes guerrilleros centroamericanos
como el FMLN de los años setenta y
ochenta, según lo ha señalado
enfáticamente uno de sus ex comandantes
y ahora analista geopolítico y experto
en seguridad en Londres, Joaquín Villalobos.
3
Frente
al crecimiento sostenido de las FARC, el Estado
colombiano experimentó en los años
80 y 90 una notable crisis producto de nuevos
actores sociales que irrumpieron en el panorama
político: los carteles de la droga.
El momento más duro fue el del período
presidencial de Ernesto Samper (1994-1998),
en que al presidente de la República
se le negó la visa de entrada a los
EEUU, se hizo público que los carteles
de la droga habrían financiado su campaña
(el famoso proceso 8 000) y la desorganización
y desmoralización de las fuerzas militares
llegaba a su punto culminante. Hasta se habló
de un golpe de Estado dado lo precario de
la situación… En las ciudades,
la inseguridad era cotidiana; resultaba imposible
viajar por las carreteras del país
y los asaltos y secuestros estaban a la orden
del día. Guerrilleros de las FARC y
del ELN se enfrentaban con paramilitares en
escenas espeluznantes de crueldad y de horror.
Poblaciones enteras eran masacradas y las
víctimas eran destrozadas con motosierras
para escarmiento de los demás.¿Cómo
explicar esta contradicción de la democracia
colombiana? Las razones son varias: la debilidad
del Estado colombiano para controlar efectivamente
mediante el «monopolio legítimo
de la fuerza» el territorio nacional
y que ha permitido la existencia de «señores
de la guerra» con poder local y capacidad
de negociación; la difícil geografía
colombiana apta para proteger grupos armados
y ofrecer, como lo muestra la historia moderna
del país, zonas independientes del
orden estatal; una cultura de la violencia
heredada del siglo pasado y que ha proseguido
a lo largo del siglo XX y lo que va del siglo
XXI. En este sentido, las bonanzas económicas
de Colombia han sido de doble signo: han servido
para desarrollar el país pero también
han sido fuente de financiamiento para grupos
extremistas. La maldición de la droga,
básicamente pero no exclusivamente
la cocaína, trastornó e impulsó
demencialmente las contradicciones al interior
del país. Todos los sectores fueron
golpeados: el «establecimiento»,
con la lacra de la corrupción; las
guerrillas, con la pérdida de las claves
ideológicas que una vez tuvieron, y
la elección de métodos más
típicos de criminales y asaltantes
que de luchadores por la libertad.
Colombia,
sin embargo, no vive una guerra civil como
a veces se suele apresuradamente decir. No
hay un enfrentamiento global a nivel de la
sociedad. Para bien o para mal, lo que se
libra es una «guerra campesina»:
como ha hecho ver Antonio Caballero, uno de
los más destacados analistas de la
revista Semana, los que combaten de lado y
lado son muchachos campesinos porque la conscripción
militar no llega a las capas medias ni altas
de la sociedad colombiana. El conflicto sigue
desarrollándose en el campo después
del fracaso de las FARC, que intentaron llevar
la contienda a las ciudades. Tampoco estas
tienen un respaldo significativo de los colombianos,
una de las condiciones para hablar de guerra
civil.
El
respaldo al presidente Álvaro Uribe
Vélez y a su política de Seguridad
Democrática es abrumadoramente mayoritario.
Basta ver las encuestas de aprobación
y de credibilidad mantenidas desde el año
2002, en que llegó al poder y que hoy
sostienen incluso hasta la posibilidad de
una nueva reelección en el año
2010. O conversar con los taxistas de Bogotá,
Cali o Medellín, si se prefiere «estudio
de campo». No hay una crisis de legitimidad
del Gobierno en la sociedad colombiana. Incluso
los sectores críticos de oposición
al Gobierno de Uribe no están de acuerdo
con la guerrilla ni con sus métodos.
Con la desaparición del segundo comandante
de las FARC, Uribe ha logrado lo que ningún
presidente colombiano había podido
en décadas: romper el mito de invulnerabilidad
de las FARC y sentarlas en un futuro cercano
a negociar condiciones de paz en situación
diferente a las de sus antecesores Belisario
Betancourt o Andrés Pastrana. Colombia
tiene un futuro promisorio, más promisorio
aún si termina este conflicto armado.
En pocos años ha pasado de la recesión
a un crecimiento de su economía a un
7,4%, dos puntos más alto que la tasa
de crecimiento promedio de la región,
de 5,5%. «Colombia es hoy uno de los
principales destinos de inversión extranjera
en América Latina, solo superado por
México, el Brasil y Chile», señala
un análisis del diario español
El País. Y una de las razones que apuntalan
esas inversiones es la seguridad que se tiene
en el país.
Colombia
ha focalizado su agenda de lucha contra los
grupos armados en la relación Washington-Bogotá.
Esta relación es compleja y no blindada,
precisamente porque se superponen intereses
asimétricos de los dos países.
No se trata simplemente de decir que la llegada
de un político más liberal a
la Casa Blanca, Barak Obama por ejemplo, pondría
en riesgo el apoyo financiero de los EEUU
a Colombia. Dentro de la aparente agenda común,
Washington tiene sus preferencias, algunas
de las cuales son diferentes en importancia
para Bogotá.
El
matrimonio guerrilla-narcotráfico no
es eterno y puede romperse por uno de los
lados. El éxito del presidente Uribe
puede ser el comienzo del fin de un sistema
democrático entendido desde el equilibrio
de poderes y no de la acumulación de
los mismos no importa en nombre de qué
principios se lo haga. En otras palabras,
Bogotá debe pensar más que nunca
en la paz que será resultado de una
compleja negociación y de una no menos
difícil reinserción de los combatientes.
Para ello necesita a sus vecinos, el Ecuador
en primer lugar, que ha compartido y sufrido
los enfrentamientos de la frontera sur. Si
la guerra ha desbordado las fronteras colombianas,
la paz va a requerir el apoyo de los países
vecinos, no solo para ser muro de contención
y de control a las actividades de grupos llámense
terroristas o irregulares, sino para formar
una zona de intercambio y de cooperación.
El episodio sucedido no debe repetirse y los
estados tienen que asumir la obligación
de que las FARC no los enfrenten, por su mimetismo
y capacidad de penetración. Y Colombia
debe admitir que la paz es en última
instancia el objetivo buscado.
Joaquín
Hernández Alvarado es director de Posgrados
de la Universidad Católica de Guayaquil.
Especialista en temas internacionales.
Columnista de Diario HOY.