Correa y el ocaso de los partidos
Por Felipe Burbano de Lara
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La Asamblea Constituyente,
principal logro del régimen de Correa, pretende
ser el organismo que reactive la institucionalidad
perdida luego de la crisis de los partidos políticos.
En la foto, durante la inauguración de la Asamblea,
en el mausoleo de Eloy Alfaro, Rafael Correa, dos
descendientes de Alfaro y Alberto Acosta.
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El
triunfo de Rafael Correa en las elecciones presidenciales
de octubre de 2006 marca el inicio de un nuevo momento en
la vida política del Ecuador. Desde el retorno a
la democracia en 1979, el proceso ecuatoriano había
tenido dos momentos claramente diferenciados: un primero,
de precaria estabilidad institucional, que va desde las
elecciones de la transición hasta el fin del Gobierno
de Sixto Durán Ballén, en agosto de 1996;
y un segundo, de inestabilidad política y crisis
de gobernabilidad, que arranca con la destitución
de Bucaram, en febrero de 1997, y se extiende hasta la elección
de Correa. A pesar de las diferencias entre los dos momentos,
se puede establecer un elemento de continuidad entre uno
y otro: el predominio de los partidos en la organización
de la vida política, hecho que se extiende claramente
hasta las elecciones de 2002 con el triunfo de Lucio Gutiérrez.
La victoria de Rafael Correa parece haber abierto un tercer
momento en el proceso, marcado por el colapso del sistema
de partidos, la emergencia de un movimiento que domina mayoritariamente
el campo político —como no había ocurrido
en los casi últimos 30 años— y un incierto
panorama de reinstitucionalización democrática
a través de una polémica Asamblea Constituyente
de plenos poderes.
Entre el inicio de la transición
en 1979 y el triunfo de Correa se desplomó uno de
los pilares sobre los cuales se intentó construir
el proyecto democrático de fines de los setenta:
el sistema de partidos, al que se lo concibió como
el vínculo de mediación, el eslabón,
entre la sociedad y el Estado. Los partidos fueron definidos
por el nuevo diseño institucional como actores políticos
privilegiados, a los que se les otorgó lo que Luis
Verdesoto llamó en su momento el «monopolio
de la representación ».
A los partidos se les asignó
una tarea crucial: modernizar las prácticas políticas,
reemplazar las viejas formas caudillistas, personalistas
y corporativas de representación, por organizaciones
que tuvieran proyección nacional, fuertes vínculos
con la sociedad y programas ideológicos claramente
definidos. Si se considera que los partidos han tenido históricamente
un rol secundario en la organización de la vida política
e institucional del país, la construcción
de un sistema moderno de partidos fue uno de los mayores
retos que tuvo por delante la nueva democracia. A fines
de los años setenta, la debilidad histórica
de los partidos se explicaba principalmente por tres factores:
la fuerza arrolladora del populismo velasquista, que siempre
reivindicó un discurso antipartido; la propia debilidad
de los partidos tradicionales como organizaciones de masas
(operaron más bien como partidos de notables); y
la alternancia constante entre dictaduras y gobiernos civiles
a lo largo del siglo XX (que supuso períodos de largas
supresiones de la actividad y competencia partidista).
Las elecciones de la transición,
con las cuales el Ecuador estrenaba la nueva democracia
y el nuevo régimen de partidos, fueron las primeras
que se realizaron en 10 años (las últimas
tuvieron lugar en 1968) y las segundas en 20 años
(las anteriores se cumplieron en 1958). Este solo dato da
cuenta de la pobre actividad partidista en el Ecuador durante
las dos décadas anteriores al retorno a la democracia.
Desde la reinstalación
democrática bajo el nuevo diseño institucional,
la vida política estuvo marcada por la dinámica
que le imprimieron los partidos. Los científicos
políticos consideran a los partidos como factores
de división y conflicto dentro de una sociedad, pero
les atribuyen, a la vez, funciones de integración
y reconocimiento mutuo. Se puede afirmar que los partidos
se mueven en lo que Lipset y Rokman llaman una dialéctica
de conflicto/integración.
La dinámica que imprimieron
los partidos a la política ecuatoriana en las últimas
dos décadas estuvo dominada más por el conflicto
que por la integración, por las rivalidades y luchas
entre las organizaciones y sus líderes, que por el
respeto a unas reglas comunes. Los dos rasgos que más
destacaron del sistema de partidos ecuatoriano fueron su
fragmentación —ateniéndonos al número
de partidos con representación en el Congreso—
y su polarización —ateniéndonos a la
distancia ideológica y simbólica entre ellos—.
Los especialistas definieron
al sistema de partidos ecuatoriano como un sistema de «multipartidismo
polarizado ». Sus rasgos predominantes, según
Flavia Freidenberg, experta en el sistema político
ecuatoriano, fueron la existencia de un alto número
de partidos —cinco o seis— con fuerza electoral
y capacidad de coalición, sus dificultades para construir
consensos y sus altos niveles de polarización ideológica.
Entre 1979 y 2002, inclusive, los partidos que vertebraron
el sistema fueron el Social Cristiano (PSC), la Izquierda
Democrática (ID), la Democracia Popular (DP) y el
Partido Roldosista Ecuatoriano (PRE). Estos cuatro partidos
lograron concentrar, según datos de Simón
Pachano, entre el 43,9% y el 73,8% de los votos parlamentarios
entre 1984 y 2002.
Si bien puede sostenerse
que fue la interacción entre los cuatro partidos
la que determinó las lógicas de conflicto
y alianza en el sistema político ecuatoriano, la
fragmentación fue mucho mayor y más compleja.
Durante las décadas
de los ochenta y noventa, el Congreso ecuatoriano operó
con un promedio de 12 agrupaciones con algún tipo
de representación. Esto quiere decir que junto a
los cuatro partidos grandes pulularon una gran cantidad
de pequeñas agrupaciones, con dos o tres diputados
cada una, que han sido decisivas a la hora de sumar votos
para formar mayorías. El promedio de agrupaciones
que se requirieron para formar alianzas de gobierno dentro
del Parlamento fue entre 7 y 8, siempre a un costo altísimo
para el Ejecutivo. La mayor parte del período, sin
embargo, los ejecutivos debieron gobernar frente a congresos
opositores, en lo que se llamó la «pugna de
poderes».
La doble característica
del sistema de partidos, esto es, su fragmentación
y polarización, fue una constante desde el retorno.
Uno de los mayores defectos de la democracia ecuatoriana
fue justamente el grado de conflictividad que los partidos
introdujeron en el sistema político, envolviéndolo
en una dinámica de antagonismos múltiples
y cruzados. La conflictividad alejó del escenario
democrático los consensos mínimos requeridos
por una política de fortalecimiento institucional,
desgastó el sistema, lo volvió ineficiente
y, lo más grave de todo, le restó credibilidad
frente a los ciudadanos.
Si bien las críticas
a los partidos nunca estuvieron ausentes de la política
ecuatoriana desde el retorno a la democracia —recordemos
toda la defensa de los independientes que hicieron los gobiernos
derechistas de León Febres Cordero y de Sixto Durán
Ballén— el momento de mayor desgaste empezó
con la elección y casi inmediata caída de
Abdalá Bucaram en febrero de 1997. El proceso que
abre la destitución del «líder de los
pobres» tiene tres rasgos que lo diferencian de la
etapa inmediatamente anterior: la agudización de
los conflictos dentro del sistema de partidos, con el populismo
roldosista como elemento de polarización; la ruptura
de los precarios acuerdos sobre los cuales se sostuvo la
continuidad gubernamental de los años anteriores
(la oposición al Gobierno adoptó desde entonces
la lógica de la desestabilización); y la intervención
de las Fuerzas Armadas sobre la política, bajo el
supuesto de que los partidos y los políticos civiles
difícilmente pueden gobernar democráticamente
el país.
El triunfo de Correa en
la elección de 2006 tiene como antecedente la derrota
de los partidos en la elección presidencial de 2002,
cuando se impuso Lucio Gutiérrez. Recordemos que
fue la primera elección en que los partidos dominantes,
o agrupaciones derivadas de ellos, perdieron el control
de la Presidencia de la República. Este hecho marcó
un cambio fundamental en la evolución del sistema
de partidos ecuatoriano y abrió el camino para el
triunfo cuatro años más tarde de Rafael Correa.
Las elecciones de 2006 fueron
un segundo momento de ruptura del sistema de partidos. Tres
aspectos hay que destacar de esa elección: las pobrísimas
votaciones logradas por los cuatro partidos dominantes del
sistema (ID, DP, PRE y PSC), el ascenso de dos partidos
de reciente formación (PRIAN y PSP), y el triunfo
de un candidato presidencial que no presentó postulantes
a la elección parlamentaria. Estos resultados tensionaron
el sistema presidencial ecuatoriano hasta un grado extremo,
pues se tenía un jefe del Ejecutivo sin un solo apoyo
en el Congreso Nacional (la pugna de poderes en su máxima
expresión). La tensión se resolvió,
como recordaremos, con la destitución de los diputados
de la oposición —mediante la operación
manteles— que dejó temporalmente el Congreso
bajo el control del Ejecutivo.
Semanas más tarde,
el conflicto quedó resuelto de manera definitiva
con el triunfo abrumador de Alianza País en las elecciones
de asambleístas, en las que obtuvo, contra toda expectativa,
una impresionante mayoría absoluta (el 80% de los
votos) que provocó el colapso de todos los partidos,
viejos y nuevos. Tras ese resultado, Alianza País
emergió como la única fuerza política
en el escenario. De un sistema de múltiples partidos
y polarizado pasamos a un sistema de partido predominante.
Por supuesto, no podemos anticipar cuánto tiempo
se mantendrá el nuevo escenario.
El fenómeno Correa
y Alianza País se explica por una mayoritaria postura
antipartido en la política ecuatoriana. Los partidos
se convirtieron en un caballo fácil de batalla no
solo por la forma como desprestigiaron la democracia y la
política, sino porque abandonaron —desde el
nuevo milenio— su voluntad de proyección nacional,
para refugiarse en los espacios locales.
Los líderes partidarios
prefirieron recluirse en las trincheras locales —los
municipios y las ciudades como nuevos lugares de poder—
mientras los bloques parlamentarios se mostraban incapaces
de concretar una reforma a fondo de las instituciones, de
modificar sus prácticas y sus discursos, a pesar
de todo el malestar social frente a la política desde
la caída de Bucaram. La «partidocracia»
—como se estigmatizó a una forma de hacer política—
se encargó de vaciar de contenido a la democracia,
de convertirla en una gran frustración de los sectores
populares, con lo cual generó una enorme distancia
hacia la política («que se vayan todos»).
El éxito de Correa
se comprende justamente por haber llenado el vacío
creado por los partidos y por haber renovado la ilusión
de un proyecto nacional. Correa descubrió en el abandono
del espacio nacional de la política, y en la pérdida
de significado de la democracia, la gran oportunidad para
ofrecer una alternativa.
La conducción política
de Correa se ha movido durante el primer año de Gobierno
sobre una premisa: para sepultar al viejo orden político
—al de las mafias partidarias vinculadas con los grupos
oligárquicos, de acuerdo con la versión oficial—
no se puede hacer ninguna concesión a los rivales.
El Gobierno maneja una visión maniquea de la realidad
política desde la cual alimenta la ilusión
de una refundación nacional. De allí que cualquier
crítica a la gestión gubernamental o al estilo
de liderazgo y de autoridad del presidente, se responda
con el mismo argumento: proviene de las viejas élites,
de las fuerzas opuestas al cambio, de los grupos privilegiados.
Correa ha conjugado de ese modo un fuerte liderazgo político
con una enorme incomprensión e intolerancia hacia
los opositores, con la ambigua promesa de reconstruir la
institucionalidad a través de la Asamblea Constituyente.
Correa ha preferido jugar con el miedo y la incertidumbre
de los derrotados; exacerbar los conflictos, los desacuerdos
y las pugnas de poder para afianzar su liderazgo. Con ello
ha seguido jugando el rol que parece fascinarle: estar todo
el tiempo contra el poder (sin darse cuenta de que él
mismo se ha convertido en una nueva forma de poder bastante
arbitraria y autoritaria).
El tercer momento que abrió
el triunfo presidencial de Correa gira, pues, alrededor
de su personalismo, de la ausencia de partidos y de una
vaga promesa de reinstitucionalización democrática.
Felipe
Burbano de Lara es sociólogo, analista político
y catedrático de la Facultad Latinoamericana de Ciencias
Sociales (Flacso). Columnista de Diario HOY.

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