Mujeres al borde de un ataque
de éxito
Por Juan Carlos
Moya
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El liderazgo
ya tiene una señal
femenina: sentido y sensibilidad.
La fuerza es un bien anticuado |
Foto: Néstor
Carlos Kirchner, mortal como
cualquier otro ciudadano argentino,
entrega el bastón de
mando, símbolo de la
Presidencia en la Argentina,
a una mujer de nombre Cristina
Fernández. Atrás
de esa foto y dentro de casa
ellos son esposo y esposa.
¿Cómo
leo esta gráfica?
Más allá de la
noticia la veo como una cotidiana
metáfora de la alteridad
y alternancia en el liderazgo
en el mundo y casa/hogar adentro.
Estos espacios de la cotidianidad,
el del poder conyugal y el del
poder político, damas
y caballeros, está mutando.
El hogar, en los tiempos que
corren, ya no es un espacio
de liderazgo unilateral. Los
discursos de género pretendieron
que el poder sea un asunto de
cambiar la corbata por los tacones.
Y ahí hubo una pésima
lectura de Simone de Beauvoir.
La escritora francesa (y La
mujer rota, una de sus obras)
no pretendía hacer escuela
para armar barricadas de mujeres
contra hombres.
La libertad que se reflexionó
está basada más
que en el choque de trenes,
en la libre competencia por
rieles paralelas.
Ese modelo
libera de humores y pesares.
Es entender la sensibilidad
que nos compete como seres humanos
y nos potencia como líderes.
En la imagen que cito en un
inicio o que “me bajo”
mentalmente a la página
para discutir este artículo,
veo a una mujer con la mirada
firme en la línea más
alejada de su horizonte visual.
Hay que destacar una independencia
tanto visual como corporal de
los dos seres humanos. El hombre
en plano secundario, cede, entrega,
se retira, asiente con una sonrisa
generosa el paso del nuevo líder:
ella, la mujer, su mujer, ahora
su presidenta y de todos los
argentinos y argentinas. Esa
imagen ya se viene repitiendo
como alternancia de liderazgo
entre los géneros.
Esta fotografía, la de
Néstor y Cristina, cediéndose
el poder, que adornó
y vendió las primeras
planas de los rotativos, es
la imagen del siglo XXI.
El campo de acción de
la mujer ahora ya no es específico
ni es un “rol” designado
ancestralmente. Michel Houellebecq
habla de que así como
los hombres y las mujeres se
juntan para compartir el amor,
ahora en los últimos
momentos de la posmodernidad,
él y ella también
se juntan para compartir el
éxito y el fracaso.
La directora de cine Liliana
Cavani siempre fue una excepción
en su oficio, no por ser mujer,
sino por imprimir un trabajo
más allá de cualquier
bandera de género.
“No hace falta que me
preocupe por lo que dicen los
hombres al verme tras una cámara.
Más me concentro en ajustar
la historia que quiero contar”,
decía.
Que las mujeres ocupen los cargos
más altos y ejecutivos
ha sido motivo de arenga al
derecho femenino de sumar fuerza
de choque. Más allá
del panfleto, este cambio obedece
a reformas fundamentales y democráticas
en la formación académica
de un país. Las carreras,
exóticas o no, ahora
son digeridas con libertad por
hombres y mujeres. Ellas compiten
entonces desde las aulas y su
capacidad llega finalmente a
ser posesionada con el poder
ejecutivo.
¿Qué ha pasado
con el hombre al verse rebasado
o superado por su pareja, amiga
o compañera? Esa estadística
se apaga en el cerebro masculino.
Es uno de los traumas o evoluciones
que las sociedades inmaduras
deben acelerar con el fin de
evitar la violencia o la discriminación.
“Para alcanzar estos logros,
la mujer requiere manejar niveles
altos de autoestima, que en
un medio dominado por el prejuicio
de los hombres, no es tarea
sencilla, pues este discrimen
lo sienten desde sus propios
hogares, sin embargo el perseverar
en una educación actualizada,
el deseo de independencia, el
sentirse parte activa de una
comunidad, el expresar honesta
y directamente su parecer, el
creer en su capacidad intelectual,
y rechazar los estereotipos
que valoran a la mujer tan solo
por una silueta atractiva; están
dando como resultado ese enorme
y merecido éxito que
tiene la mujer”, argumenta
el psiquiatra Adrián
Lozano. La mujer y el mundo,
se percibe, se llevan muy bien.
El mundo no quiere prepotencia
o pistolas. El mundo precisa
ideas, sentido y sensibilidad,
excelencia en el detalle, en
el acabo final. Las mujeres
han empezado ha tomar el bastón
de mando. Ellas saben con sabiduría
que el lejano oeste con sus
vaqueros edípicos son
una película sin taquilla.
Enseguida, doy paso a varias
voces, mujeres líderes,
que examinan el tema y su tendencia.
Sus palabras discrepan y orientan,
no callan.
Mujeres:
verdades y mentiras
Silvana
Larrea
Coordinadora de las revistas
Mundo Diners y Fucsia-Ecuador
En América
Latina ya hay más mujeres
en el mercado laboral que hombres.
Su presencia en puestos de liderazgo
es cada vez menos novedad. Pero
se han incorporado en condiciones
adversas que parten desde la
declaratoria de igualdad respecto
al hombre (que no se cumple
en términos laborales
ni existe en lo físico,
psicológico o intelectual)
y de un “reconocimiento”
de cualidades irreales como
que por ser de este género,
no son corruptas y sí
puntuales, organizadas, maternales,
etc.
No somos iguales a los hombres.
Hay diferencias fundamentales
desde el mismo hecho de la maternidad,
el reloj biológico o
estructuras cerebrales que ahora
son motivo de estudio, hasta
el cheque -o transferencia-
de los salarios mensuales.
Otorgar superpoderes a las mujeres
ahonda el problema. La mujer
actual, desde el prejuicio,
está realizada en sus
estudios y trabajo, es madre
–al menos de uno, máximo
de dos –, administra su
casa a control remoto a través
de una empleada doméstica,
está en forma y a la
moda, a su cartera acompaña
un maletín en que documentos
digitales o de papel están
primorosamente organizados,
y su agenda cubre todo detalle,
incluso visitas al pediatra,
partido de fútbol de
los niños y recetas de
galletas caseras, que finalmente
ejecutará la eficiente
empleada.
Pues hay las no realizadas (las
más) que se levantan
a las cinco de la mañana
para cocinar y despiertan a
sus hijos, apurando su desayuno
para que tomen el bus escolar.
Visten un horrible uniforme
de burócratas, timbran
tarjeta, cumplen un tedioso
horario y entre sus responsabilidades
mienten por sus jefes (el clásico
“está en una reunión”),
vuelven a la noche a sus casas,
agotadas, a seguir con la tarea
y sin el control remoto antes
mencionado, etc.
El Mundo de España presentó
una página por el Día
de la Mujer y la bautizó
“Vamos a contar mentiras”.
Una se refiere al éxito
de una fémina en su separación,
con una pensión extraordinaria,
unos niños a los que
debe educar sola y con multitud
de pretendientes que desean
compartir la vida con la divorciada
y sus retoños.
La realidad es que de cada dos
parejas que se unen, una se
separa; que el divorcio es generalmente
solicitado por el hombre para
casarse de nuevo y que para
la mujer con hijos siempre es
más difícil encontrar
nueva pareja. Hay que tomar
en cuenta esta información.
Otra mentira es sobre la ideal
situación de las mujeres
en el trabajo cuando en realidad,
en cifras madrileñas,
las mujeres producen un 15%
más de los bienes y servicios
que los hombres, pero ganan
un tercio menos en igual categoría
laboral y trabajan siete veces
más en el hogar. Para
más mentiras, ingrese
a http://www.elmundo.es/especiales/2002/03/sociedad/mujer_trabajadora/#
¿Esto va para matriarcado?
No, es parte de un sendero tortuoso
hacia un cambio en el que aun
no hay propuestas en firme –como
modificar la institución
intocada del matrimonio–,
pero aparecerán.
La condición de la mujer
no ha sido reivindicada como
debería y solo se resaltan
cifras: por ejemplo, en la actualidad
¡ocho! mujeres presiden
sus países en el planeta
–¡de entre más
de 180 naciones! –.
En Latinoamérica, con
Cristina Fernández de
Kirchner (flamante presidenta
de Argentina), son siete las
mujeres que han gobernado a
lo largo de la historia republicana
en la región. Lo han
hecho con diferentes estilos,
intereses, errores y aciertos,
como ocurre en empresas, en
sus casas y en sus vidas.
Ser mujer no es garantía
de éxito –ni de
fracaso, por supuesto –
y es que al fin de cuentas se
habla de seres humanos requeridos
de reivindicaciones que van
más allá de los
pequeños pasos dados
para tratar de enfrentar una
situación diametralmente
diferente a la de nuestras abuelas
o madres.
!Esperaba
a un fotógrafo¡
Soledad
Rosales
Fotógrafa
Esta frase
dicha llena de sorpresa me confirma
que sin querer salí del
prototipo al escoger una profesión
casi “masculina”.
Digo esto porque puedo contar
con los dedos a las mujeres
que se dedican junto a mí
a la fotografía profesionalmente
en nuestro país.
Alguna vez
leí que la liberación
femenina actual es una m…,
y estoy de acuerdo. Hoy en día
hay que ser todo al mismo tiempo:
excelente profesional, físicamente
perfecta y buena madre. Prefiero
hacer cada cosa en el momento
indicado para mí y unirme
al frente de las mujeres de
la primera opción, porque
esto es lo que me satisface
ahora y no pretendo romper más
esquemas, inspirar a otras o
ser un ícono; simplemente
quiero destacarme en mi área,
lograr que mis fotografías
me gusten tanto como las de
otros.
Estoy capacitada para competir
con los demás, sea hombre
o mujer. Lo que no logre no
será cuestión
de mi género o de trabas
sociales, sino de mi mediocridad.
Las
diferencias mínimas
Caridad
Vela
Empresaria
El
Ecuador en el siglo XXI representa
un enorme abanico de posibilidades
para desarrollar el liderazgo
femenino sin afectar el derecho
del desarrollo del liderazgo
masculino. Estamos entrando
en una era en la que la diferencia
de género se vuelve casi
imperceptible, donde lo que
distingue es la preparación,
la actitud y la verdadera necesidad
de convertir sueños en
realidades.
La discriminación la
inventó Dios cuando dio
exclusivamente a las mujeres
el derecho de dar a luz y ser
madres. Si para vivir la experiencia
más sublime y fantástica
con la que fuimos premiadas
tenemos que pagar el precio
de asumir ciertas limitaciones,
bienvenida sea la discriminación.
Lástima que el hombre
no pueda experimentar el milagro
de parir.
La mujer de hoy ya no se proyecta
como la figura detrás
de un gran hombre, quiere identidad
propia, derechos y obligaciones.
Ya no quiere ser la “carpintera”
que asegura los peldaños
para que su esposo o jefe suba
rápidamente por la escalera
del éxito, quiere construirla
para ascender por ella, sin
temor a las alturas, sin mirar
abajo, con entrega, con empuje,
con seguridad.
Este bum del liderazgo femenino
mucho tiene que ver con la educación
y las experiencias de vida.
Yo asistí al Colegio
Americano en Quito, de educación
mixta que antes no existía,
donde desde niña competí
y compartí por igual
con hombres y mujeres, tal vez
por eso les “perdí
el miedo” muy temprano
y conviví con ellos en
absolutos términos de
igualdad. Estoy segura de que
eso ha repercutido en mi vida
profesional con consecuencias
altamente positivas.
El incremento en las estadísticas
de divorcios, hecho lamentable,
podría ser otro factor
que ha disparado este bum. Soy
divorciada, y a Dios gracias
siempre tuve fuertes inquietudes
de superación y el afán
impetuoso de ser alguien, por
lo que los retos que la vida
me impuso los asumí como
“todo un hombre”.
Mis hijos han crecido con ese
ejemplo, estoy segura de que
los hombres buscarán
una mujer “con pantalones”,
y la mujer necesitará
un hombre sin complejos.
Esa es la proyección
del liderazgo femenino en el
Ecuador, dejaremos de ser bichos
raros o “machos con faldas”
para mimetizarnos con los hombres
en un mundo corporativo donde
hay cabida para todos, en el
que se hará realidad
la teoría darwiniana
de la supervivencia o superioridad
del más apto.
¿El principio fundamental
en mi vida? Ser cada día
más mujer.
Las
mujeres y el liderazgo en el
Ecuador
Michelle
Oquendo
Comunicadora social
En
el Ecuador está claro
que cada vez somos más
mujeres las que vamos tomando
las riendas en diversos ámbitos:
el laboral, el profesional,
el educativo y el doméstico,
pero todavía no hemos
logrado lo ideal, es decir alcanzar
circunstancias de plena equidad.
Me frustra constatar que en
la mayoría de los noticieros,
así como en programas
de televisión y radio,
generalmente se contrata a mujeres
bonitas, chicas que en algún
momento fueron reinas de belleza,
que no cuentan con preparación
alguna. Ahora sin son bonitas
e inteligentes, ¡bravo!
Así, esas mujeres están
sometidas a repetir mecánicamente
los textos de un telepronter,
sin opinar, convirtiéndose
en una mera caja de resonancia
de las ideas de los otros.
No obstante, tampoco hay muchas
mujeres que han asumido un rol
protagónico, pues para
ellas es suficiente gratificación
el que su imagen aparezca en
alguna tribuna reconocida, con
lo que se reafirma el orden
social en el que los hombres
lideran los proyectos comunicativos.
A pesar de que para las mujeres
ecuatorianas ha sido harto difícil
abrirse un espacio en la política,
ello no ha venido acompañado
de un cambio de perspectiva
en nosotras. Por ejemplo, en
el contexto de la última
campaña electoral escuché
varias veces comentarios como:
“Cinthya Viteri es una
de las mejores candidatas, sin
embargo no va a ganar así
que no quiero desperdiciar mi
voto”. ¿Qué
pasa? Estimo que esta situación
tiene que cambiar empezando
por entender que las mujeres
tenemos una gran valía
que debemos iluminar en medio
de las sombras con las que ha
sido cubierta por la figura
todopoderosa del varón.
Eso sí, tal búsqueda
no puede entenderse como una
batalla entre géneros,
sino como una reivindicación
que corresponde a nuestra esencia
como seres humanos.
Si alguna batalla se debe emprender,
esa debe ser en contra de los
concursos de belleza, la banalización
de la mujer a través
de imágenes de sumisión
y explotación sexual.
La mujer es todavía una
desconocida en nuestra sociedad
y nos corresponde, independientemente
de si el statu quo lo acepta
o no, actuar desde el talento
con el que contamos y la hondura
de nuestros sentimientos, banalizando,
ahora sí, el aspecto
físico, que no es más
que una casualidad genética.
En consecuencia, debemos estar
vigilantes y exigir que aquellas
mujeres que nos interpelan desde
los medios de no comunicación
estén ahí no porque
cuentan con una sonrisa de porcelana
que resplandece por los barnices
de algún concurso de
belleza, sino porque dicen cosas
con sentido y narran la cotidianidad
desde el razonamiento y la sensibilidad.
No está demás
decir que como mujeres tenemos
que desarticular aquellos patrones
de sumisión que consisten
en buscar la aprobación
masculina para emprender tal
o cual proyecto. Tras entrevistar
a muchas mujeres que contribuyen
positivamente al Ecuador, puedo
decir sin dudas que podemos
perseguir con ganas y convencimiento
nuestros objetivos. Si yo hubiera
sido de las que piden permiso,
mis sueños no hubieran
pasado de ser dulces fantasías,
aspiraciones postergadas para
siempre. Primero debemos empezar
a aprobarnos al interior de
nuestro fuero más íntimo,
de modo que el marco de nuestras
acciones esté diseñado
en la medida de nuestras potencialidades,
lo cual no conlleva pisotear
al otro o traicionar principios
fundamentales como la honestidad,
el trabajo, la constancia y
la disciplina.
Que quede claro
que no soy feminista. Soy una
mujer que cree en la equidad
y esta a favor de los derechos
humanos, pues con su defensa
podemos cimentar mejor las relaciones
entre hombres y mujeres.
Es muy triste constatar la cantidad
de mujeres que estudian comunicación
porque ese campo les parece
bonito y fácil, porque
es la carrera de moda y no existe
en ellas una motivación
profunda para elaborar contenidos
e interpretar la realidad. Es
peor aún el caso de aquellas
mujeres que ni siquiera terminan
la carrera y se mimetizan con
las expectativas de sus maridos.
Debemos estar conscientes que
ambas situaciones no son más
que una traición a las
potencialidades de la mujer
y la comunicación.
Todavía
se cuestiona sí una mujer
puede
Viviana
Cordero
Artista
Aparentemente el machismo ya
no existe.
Y sin embargo... Creo que la
mujer camina hacia adelante,
y en el ámbito cultural,
ni se diga, por todo lado se
escuchan los triunfos de mujeres
que sobresalen. Sin ir más
lejos el último Premio
Nobel de Literatura fue entregado
a una mujer. Y sin embargo...
El machismo todavía existe.
Todavía se cuestiona
si una mujer puede o no puede.
Cuando tenía 20 años
pensaba que el machismo había
desaparecido, ahora me doy cuenta
de que sigue rondando a la vuelta
de la esquina, como un ave negra,
acechante. En lo personal he
sentido mayor apertura en el
campo cinematográfico
que en el literario, digo en
los círculos académicos,
jamás a nivel de lectores.
De todas maneras lo que sí
puedo percibir es que las mujeres
están trepando la cuesta
y que ya no hay marcha atrás.
Y eso es bueno.
Atrás quedaron los años
cincuenta donde todo era sometimiento
y se promocionaba la imagen
de la mujer en el hogar.
Hay una película maravillosa
llamada La Vie et Rien D’Autre
(La vida y nada más),
de Abbas Kiarostami, en la que
el protagonista no para hasta
encontrar a un niño perdido
en un terremoto. Va para un
lado, va para otro y no lo encuentra
pero no ceja en su empeño.
Eso es lo que siento que hacen
las mujeres hoy en día,
no paran en su lucha aunque
tengan que levantarse a la madrugada
para dejar arreglada la casa,
aunque sigan escuchando no cuando
buscan un trabajo, aunque les
sigan diciendo que lo que escriben
es literatura femenina y no
simplemente literatura, cuando
jamás se habla de una
literatura masculina.
Las mujeres ahora están
aprendiendo a decir que no y
a pelear por lo que creen. Y
por eso quizá ya no sean
más mujeres borradas
sino seres humanos que crean,
que proponen, que dejan huella.
Pienso que las propuestas son
cada vez más sólidas,
más decididas, es ya
un recuerdo la época
en que las escritoras tenían
que ponerse nombres de hombre
y vestirse así para que
se las tomara en serio. Porque
la mujer siempre creó,
sino solo hay que remitirse
al Museo Nacional de la Mujer
en Washington D.C. Qué
cantidad de cuadros pintados
por mujeres de todos los tiempos
y de qué calidad. Hoy
reina más optimismo en
el ambiente. La Diosa, tantos
años violada, ultrajada,
encerrada, está saliendo.
Porque como el salmón
del Pacífico, sabemos
nadar a contracorriente y llegar
a la meta.
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