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Desarrollo sustentable, un imperativo para el país en los próximos 25 años

Por Luis Almeida Gutiérrez.

 
 
La Amazonía es una de las zonas de mayor potencial para el desarrollo sustentable

El concepto de “desarrollo sustentable” se entiende como la capacidad de “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”. Esto se refiere a la búsqueda de un modelo de desarrollo que sea más respetuoso con el medioambiente. Pero la idea no tiene la intención de, simplemente, evitar el deterioro constante al que está sometida la naturaleza a consecuencia de las actividades humanas. El concepto va más allá y busca garantizar, al menos, el mantenimiento de las condiciones naturales actuales del planeta, en los años y siglos venideros, para, así, establecer condiciones de vida y obtención de recursos similares. Es decir, se entiende que al ser la naturaleza, transformada o no por la mano del hombre, nuestra principal fuente de recursos de sustentación es necesario cuidarla. El objetivo es, en primer término, que siga siendo la proveedora de los elementos mayoritarios que utilizamos para nuestra alimentación, vestido, vivienda, salud, etc. Y, luego, evitar que las condiciones del planeta cambien tan radicalmente que pongan peligro a nuestra propia existencia. En otras palabras, la idea va más allá del simple ambientalismo como tal.

Adicionalmente, la idea de desarrollo sustentable marca una diferencia frente a la visión meramente economicista que se suele dar al término desarrollo. En otras palabras considera que el desarrollo no significa únicamente crecimiento económico. Es decir, el tipo de actividad económica puede cambiar sin incrementar la cantidad de bienes y servicios. De hecho, según este concepto, se dice que el crecimiento económico no solo es compatible con el desarrollo sustentable, sino que es necesario para mitigar la pobreza, generar los recursos para el desarrollo y prevenir la degradación ambiental. Es decir, que se trata de una cuestión de calidad del crecimiento y cómo se distribuyen sus beneficios no solo como mera expansión

La definición de desarrollo sustentable citada en primer término (entre comillas) procede del Informe Brundtland (1987), fruto de los trabajos de la Comisión Mundial de Medioambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas, creada en Asamblea de las Naciones Unidas en 1983.

Dicha definición fue asumida en el Principio 3.º de la Declaración de Río de Janeiro (1992), una de las reuniones más importantes sobre el manejo del medioambiente efectuadas hasta la actualidad.

No obstante de ese bautizo oficial del término, la idea del desarrollo sostenible tiene una genealogía más antigua y se relaciona con el inicio de las discusiones sobre el cuidado del medioambiente a escala global, a consecuencia de la constatación del deterioro a que la actividad humana ha sometido a la naturaleza.

Su génesis puede rastrearse en la creación del Club de Roma en 1968. En el grupo, que reúne a personalidades que ocupan puestos relativamente importantes en sus respectivos países (entre los que se cuentan científicos, premios Nobel en diversas disciplinas y jefes de Estado), se empieza a hablar de la promoción de un crecimiento económico estable y sostenible de la humanidad.

 
 
El choque de dos barcos cerca de Corea, a inicios de diciembre, arrojó al mar toneladas de petróleo

En 1972, el propio Club de Roma publicó el informe Los límites del crecimiento, preparado a petición suya por un equipo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). En este informe se presentan los resultados de las simulaciones por ordenador de la evolución de la población humana sobre la base de la explotación de los recursos naturales, con proyecciones hasta el año 2100. El documento muestra un futuro apocalíptico en el que, debido a la búsqueda del crecimiento económico durante el siglo XXI, se produce una drástica reducción de la población a causa de la contaminación, la pérdida de tierras cultivables y la escasez de recursos energéticos. Esta proyección, por fortuna, no se ha cumplido hasta el momento, lo que no significa que el problema medioambiental no sea grave.

Ese mismo año (1972) se desarrolló la Conferencia sobre el Medio Humano de las Naciones Unidas (en Estocolmo). Es la primera Cumbre de la Tierra. Y en ella se manifiesta por primera vez a escala mundial la preocupación por la problemática ambiental global.

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) publicó en 1980 un informe titulado Estrategia mundial para la conservación de la naturaleza y de los recursos naturales, en el que se identifican los principales elementos en la destrucción del hábitat: pobreza, presión poblacional, inequidad social y términos de intercambio del comercio.

En 1981, el Informe Global 2000, realizado por el Consejo de Calidad Medioambiental de los Estados Unidos, concluye que la biodiversidad es un factor crítico para el adecuado funcionamiento del planeta, que se debilita por la extinción de especies.

Asimismo, en 1982, se emitió la Carta mundial de la ONU para la naturaleza. En ella se adoptó el principio de respeto a toda forma de vida y llama a un entendimiento entre la dependencia humana de los recursos naturales y el control de su explotación.

En 1984 se produjo la I Reunión de la Comisión Mundial sobre Medioambiente y Desarrollo, creada por la Asamblea General de la ONU en 1983 para establecer una agenda global para el cambio.

Del 3 al 14 de junio de 1992 se celebró la Conferencia de la ONU sobre Medioambiente y Desarrollo (II Cumbre de la Tierra) en Río de Janeiro, donde nació la Agenda 21, y se aprobaron el Convenio sobre el Cambio Climático y el Convenio sobre la Diversidad.

En fechas más recientes, del 26 de agosto al 4 de septiembre de 2002, se realizó la Conferencia Mundial sobre Desarrollo Sostenible (Río+10, Cumbre de Johannesburgo), en Sudáfrica, donde se reafirmó el desarrollo sostenible como el elemento central de la Agenda Internacional, y se dio un nuevo ímpetu a la acción global para la lucha contra la pobreza y la protección del medioambiente. Se reunió a más de un centenar de jefes de Estado, varias decenas de miles de representantes de gobiernos, organizaciones no gubernamentales e importantes empresas para ratificar un tratado para adoptar una posición relativa a la conservación de los recursos naturales y la biodiversidad.

Posibilidades de aplicación

 
 
Reducir las emisiones industriales es una de las premisas del desarrollo sustentable en el mundo

No obstante de su importancia, el concepto de desarrollo sustentable o sostenible, como se lo llama en ocasiones, enfrenta desafíos importantes para su aplicación. Sobre todo en países pobres como el Ecuador, afirmó el ingeniero ambiental Andrés Peñafiel.

En efecto, en un país como el nuestro, con una población llena de necesidades (alrededor del 42% de los habitantes del país es pobre y un 13% vive en la pobreza extrema, según cifras oficiales), la aplicación del concepto se mueve entre dos extremos: por un lado está la necesidad de obtener recursos inmediatos para satisfacer las necesidades en materia de alimentación, salud, vivienda, educación, etc. Y por otro está la rentabilidad a largo plazo, medida entre sistemas productivos intensivos y actividades amigables con el concepto de sustentabilidad

Un ejemplo de esta tensión entre las ideas conservacionistas y la necesidad de obtener recursos es el proyecto del Gobierno actual para mantenimiento en tierra de las reservas petroleras ubicadas en el subsuelo del Parque Nacional Yasuní, sobre todo del Bloque Ishpingo-Tambococha-Tiputini (ITT), estimadas en alrededor de 1 000 millones de barriles de crudo. A cambio de evitar las actividades hidrocarburíferas en la zona, considerada una de las regiones de más alta biodiversidad del planeta, el régimen ha pedido a la comunidad internacional que aporte con recursos por alrededor de $350 millones al año, cifra considerada un aproximado de lo que obtendría el país por la extracción del hidrocarburo.

No obstante, si bien se ha manifestado el interés de organizaciones medioambientales y gobiernos como el de Noruega en conocer más sobre el proyecto, hasta el momento no se ha oficializado ningún ofrecimiento de ayuda. De hecho, hablando sobre el medioambiente, el proyecto del Gobierno es altamente rentable: al dejarse el petróleo en el subsuelo, el mundo se beneficiaría porque se deja de emitir cientos de millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2.), uno de los mayores agentes contaminantes del planeta.

Varios organismos internacionales, incluyendo el Banco Mundial, valoran en $20 la tonelada métrica de CO2 que queda secuestrada. Si se multiplica ese valor por el número de toneladas de CO2 que no se liberarían en la atmósfera por el proyecto relacionado con la zona del Yasuní, el Ecuador contribuiría a reducir el cambio climático del planeta y a mejorarlo, con lo cual obtendríamos recursos más que suficientes para alcanzar cualquier meta.

Sin embargo, esta hipótesis todavía no puede concretarse por la carencia aún de un mercado establecido de CO2. No obstante, hay otros mecanismos, aún no explorados, que se podrían aplicar para lograr el objetivo, como la conversión de deuda por conservación; negociaciones con el Club de París, y bilaterales de Gobierno a Gobierno para canalizar la ayuda internacional al desarrollo. Esto sería factible con la creación de un fondo internacional administrado por un fideicomiso, cuyos intereses permitirían un flujo permanente de recursos para el país.

Y justamente debido al tiempo que requiere la implementación de proyectos de carácter sustentable, Peñafiel reconoció que existe en países como el nuestro la tentación de acudir al sistema, aparentemente más rápido, de obtención de fondos, a través de la explotación de los recursos minerales, en este caso el petróleo.

Frente a ello, afirmó el experto, se debe tomar en cuenta que “los recursos no renovables, como el petróleo, no son eternos”.

Y comparó la situación con la de una familia que estuviese en la encrucijada de tener que elegir entre invertir el dinero ganado en una lotería en un negocio o la edificación de una vivienda y un viaje. La primera intención, dijo Peñafiel, “sería disfrutar del viaje, conocer otro país, una cultura diferente, etc.”; sin embargo, a la hora de evaluar los beneficios a largo plazo, las otras dos opciones, a pesar de lo engorrosas que puedan parecer, bajo las luces de la razón aparecen como las rentables y aconsejables.

El ingeniero ambiental citó otro ejemplo referido al Ecuador: la explotación maderera ejecutada sin atenerse a normas de sustentabilidad en el tiempo, en zonas como la provincia de Esmeraldas o la propia Amazonía. “Si bien la tala de árboles -dijo Peñafiel- sin la adecuada reforestación paralela resulta un buen negocio para un cierto número de personas por el momento; el panorama cambia cuando se proyecta la situación al futuro. ¿Qué van a hacer esas mismas personas cuando los árboles se terminen?, se preguntó.

Eso, sin contar con los problemas que genera la deforestación, como la posibilidad de deslaves, inundaciones y sequías.

Peñafiel aseguró que es consciente de que a primera vista sus ideas pueden sonar románticas e impracticables frente a las enormes necesidades inmediatas de la población, pero se dijo convencido de que a la larga es la única posibilidad que tiene el Ecuador. Es como si un padre debiera elegir entre gastar el dinero en unas entradas para el fútbol o la educación de sus hijos. “No hay elección”, afirmó.

Potencial del país

 
 
Activistas ambientales protestan en la cumbre de Bali, el 10 de diciembre anterior

El Ecuador ha sido considerado siempre como un país con gran vocación y capacidad agrícola. Producto de ello, expresó Andrés Sosa, ingeniero agropecuario, se han producido varias “épocas de oro” que han impulsado la economía del país y cita como ejemplos los booms del cacao, el banano, las flores, y, en otro ámbito, aunque cercano, la producción camaronera. Eso demuestra, afirmó, que el país tiene capacidad para proyectarse hacia los próximos 25 años y más allá de ser necesario sobre la base de actividades consideradas, en teoría, ambientalmente limpias, altamente rentables y duraderas en el tiempo.
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Reconoció que para que estas últimas premisas se cumplan es necesaria la concurrencia de varios factores. Uno de ellos es la tecnificación de la producción para evitar que se produzcan problemas como el agotamiento del suelo, la contaminación de tierras y productos por acción de abonos y pesticidas, la baja de la calidad de los productos, que los vuelva poco competitivos. Por otro lado, son necesarios estrictos controles de parte de las autoridades para que “los mandamientos anteriores” -como los llamó- se cumplan y se dé el apoyo tanto en lo que se refiere a leyes como a recursos económicos.

De manera similar opinó Marcela Nieto, máster en turismo ecológico. Ella aseguró que repetir las potencialidades que tiene el país en relación con la actividad de la llamada “industria sin chimeneas” resulta redundante. Lo que se necesita, afirmó, es la decisión de las autoridades y sectores de la empresa privada -citó como ejemplo el caso de los bancos- para explotar esa enorme capacidad que tiene el Ecuador para atraer a millones de turistas cada año. “No es posible -sugirió Nieto- que un país con tanta diversidad de paisajes en un espacio tan reducido -lo que amplía las posibilidades y abarata los costos de desplazamiento- se prive de tener acceso a la inmensa cantidad de beneficios -entre ellos el dinero- que le puede proveer el turismo”. La experta consideró que la conversión del país en un imán de visitantes debería considerarse una política de Estado a partir de hoy mismo, para que, dentro de 25 años, el Ecuador sea considerado un país turístico por excelencia.

El control industrial

Paralelamente a la necesaria creación de actividades productivas “limpias”, el desarrollo sustentable redefine los límites necesarios para las actividades industriales a las que podría llamarse tradicionales.

De hecho, la teoría del desarrollo sustentable mantiene las actividades industriales, pero afinadas a fin de que no afecten a la naturaleza o a la existencia humana en el presente y en el futuro. Por ello es partidaria de establecer reglamentaciones que disminuyan, por ejemplo, las emisiones provenientes de fábricas, sin que ello signifique que se promueva el cierre de cualquier tipo de empresas.

Los compromisos firmados y adquiridos por cientos de países en las llamadas cumbres de la Tierra (Río de Janeiro, Kioto, entre otras) son una buena muestra de aquello. En estas citas mundiales, lo que se ha hecho es fijar parámetros, considerados manejables por muchos expertos, para que los países y empresas reduzcan, por ejemplo, sus emisiones de CO2, el principal causante del calentamiento global que soporta el planeta actualmente.

Por desgracia, este tipo de iniciativas chocan con la visión inmediatista de gobiernos y empresarios, que consideran que realizar las adecuaciones necesarias para cumplir con los compromisos constituyen pérdidas irrecuperables a sus actividades.

En el caso de países como el Ecuador, donde las regulaciones son de por sí blandas, la situación se complica doblemente, pues establecer parámetros es mucho más difícil. Sin embargo, la existencia de una industria regulada, que acoja regulaciones ambientales y busque alternativas como el uso de energías limpias, es un imperativo del país para los próximos 25 años.



 
 
 

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Diciembre de 2007
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