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Rendición de cuentas,
la ciudadanía al fin
asume sus derechos
Por Ana Angulo
y Sonia Rivera
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Varios
contratos petroleros han
sido cuestionados por
presentar supuestas ilegalidades |
En el Ecuador
son pocos los contratos celebrados
por el Estado que no hayan sido
cuestionados. El tráfico
de influencias, el soborno y
la práctica de la coima
se convirtieron, hace tiempo,
en otra “tradición”
nacional y la evasión
de impuestos bordearía
los $3 000 millones; con una
calificación de 2,1 sobre
10, este año el Ecuador
se ubicó en el tercer
puesto entre los países
más corruptos de América
Latina, detrás de Haití
y Venezuela, según la
organización Transparencia
Internacional.
La tabla se
elabora mediante encuestas a
organizaciones privadas y públicas
seleccionadas y responde a la
percepción que ellas
tienen del nivel de corrupción
en diferentes países.
Desde hace varios años,
el Ecuador ocupa un lugar “destacado”
entre los países que
proyectan una imagen de corrupción.
Es que en el país son
pocos los contratos celebrados
por el Estado que no hayan sido
cuestionados. Casi se ha convertido
en costumbre que los escándalos
más sonados provengan
de los negocios petroleros,
la telefonía, las aduanas,
el sector eléctrico,
la vialidad... De vez en cuando,
en las Fuerzas Armadas y la
Policía también
se han realizado grandes negociados
(armas, aviones, compras de
vehículos), a pesar de
que, en teoría, deberían
ser instituciones ejemplo de
pulcritud y transparencia. Además,
el tráfico de influencias
y la práctica de la coima
hace tiempo se habrían
convertido en “tradición”
nacional.
El sector privado no se queda
atrás. Según el
director del Servicio de Rentas
Internas (SRI), Carlos Marx
Carrasco, la elusión
y evasión en el pago
de tributos bordea los $3 000
millones.
El año anterior, los
17 grupos económicos
cancelaron $91,5 millones. Carrasco
promete auditar a todas las
empresas para verificar por
qué no generan utilidades.
En el tema de la evasión
de impuestos, las Aduanas y
las autoridades de control han
jugado un papel principal. Entre
2001 y 2004 se presentaron en
la Fiscalía 4 153 denuncias
de delitos aduaneros, de ellas
se abrieron 2 214 indagaciones
previas, pero solo 310 pasaron
a instrucción fiscal.
Esa entidad desestimó
1 612 casos con el argumento
de que la Contraloría
enviaba la evidencia del delito
cuando las causas estaban a
punto de prescribir.
Las telefónicas también
han sido un foco permanente
de corrupción. Hace varios
meses, el ex contralor Genaro
Peña declaró que
solo en Pacifictel existían
indicios de responsabilidades
penales por $230 millones. Hubo
una época en que el tráfico
de líneas telefónicas
ocasionaba pérdidas por
360 millones de sucres; otros
perjuicios millonarios (en dólares)
se registraron en contratos
de control del tráfico
internacional, control de los
by pass, interconexiones, seguros,
servicios de Internet de alta
velocidad... por último,
la plata de los abonados iba
a parar a cuentas de empleados.
En Andinatel han existido problemas
parecidos y los casos más
graves se han registrado en
las compras. También
se permitió la operación
ilegal de miles de locutorios
piratas.
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Durante
la crisis bancaria estuvieron
involucrados los sectores
público y privado |
El sector petrolero
es el principal negocio del
país, actualmente financia
el 36% del Presupuesto General
del Estado. Ahí, los
problemas han sido una constante,
desde la forma en que han sido
negociados los contratos de
participación en los
que al Estado solo le queda
el 20% de la participación
en la producción. Hace
poco tiempo, el país
devolvía a las compañías
hasta el último centavo
de lo invertido. Asimismo, los
contratos de servicios, los
seguros y hasta las remediaciones
ambientales por los derrames
de petróleo han estado
envueltos en el escándalo,
por presuntos sobreprecios.
Qué decir de todos los
líos del sector eléctrico,
pues le debemos a la ineficiencia
del Estado un servicio carísimo
de energía eléctrica.
Claro, para las autoridades
era más fácil
contratar las barcazas y aprobar
proyectos térmicos en
lugar de favorecer la construcción
de centrales hidroeléctricas.
La corrupción también
ha teñido de sangre las
vías del Ecuador, pues
la Dirección Nacional
de Tránsito (DNT) no
tuvo ningún problema
en entregar 60 mil licencias
de manejo a personas que nunca
pisaron una escuela de conducción.
Cuando los familiares de decenas
de fallecidos en accidentes
de tránsito presentaron
la denuncia, los jueces los
sacaron de la acusación
con la argucia que ellos no
eran los ofendidos. En las actas
de las sesiones de los dirigentes
de la transportación
consta cómo juntaban
la plata (de $50 mil para arriba)
para pagar a los jueces.
Las violaciones a los derechos
humanos también tejen
la telaraña de la corrupción.
Según la Comisión
Ecuménica de Derechos
Humanos (Cedhu), en los últimos
siete años se registraron
249 ejecuciones judiciales.
Estos homicidios, en su mayoría,
fueron cometidos por miembros
de la Policía y de las
FFAA. La mayoría de casos
quedó en la impunidad.
Uno de los ejemplos más
crueles es el caso Fybeca, en
que los policías implicados
no fueron llevados a juicio.
La crisis y
el salvataje bancario, que le
costaron al país $8 000
millones, según cálculos
conservadores, son un capítulo
aparte. En este delito estuvieron
involucrados los sectores público
y privado: el primero, con el
aflojamiento de los controles
y la aprobación de leyes
permisivas; el segundo se sirvió
un festín de préstamos
vinculados y negocios irregulares
camuflados bajo el ropaje de
“altas finanzas”.
A pesar de haber transcurrido
casi una década, los
principales responsables aún
no han sido juzgados, según
lo comprueban informes recientes
de la Corte Suprema de Justicia
(CSJ) sobre el estado de los
juicios bancarios.
Con todo lo anterior es muy
difícil cuestionar la
percepción de Transparencia
Internacional. Cuando se hizo
público el informe, en
septiembre pasado, el entonces
ministro de Gobierno, Gustavo
Larrea, reconoció que
el Estado ecuatoriano está
atravesado por la corrupción,
tras deslindar cualquier responsabilidad
de la administración
actual.
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Empresas
telefónicas,
como Pacifictel han
estado plagadas de varios
escándalos por
negociados |
En el afán
de transparentar los procesos
de rendición de cuentas,
al menos en el sector público,
hace dos años se aprobó
la Ley de Transparencia y Acceso
a la Información Pública
(Lotaip), que obliga a las instituciones
del Estado y aquellas que son
financiadas con recursos públicos
a colocar en la web información
sobre actos, contratos, sueldos
de funcionarios y todo cuanto
sea de interés público.
Hasta el momento se ha cumplido
a medias esa normativa. El 16
de julio de este año,
un reportaje de BLANCO Y NEGRO
reveló que ni siquiera
la página de Internet
de la Presidencia de la República
consigna toda la información
requerida en la Ley. Asimismo,
con la excepción de algunos
municipios y prefecturas, la
mayoría de organismos
seccionales no tiene un sitio
en la red.
El derecho a la información
pública y la rendición
de cuentas son garantías
constitucionales, que están
respaldadas en el Pacto Internacional
de los Derechos Civiles y Políticos
y en la Convención Interamericana
de Derechos Humanos.
Una de las primeras iniciativas
en el país para cumplir
ese propósito es el proyecto
Contratanet, que empezó
hace cuatro años, según
manifiesta el director de Desarrollo
de la Comisión de Control
Cívico de la Corrupción
(CCCC), Javier Vizcaíno.
El objetivo era publicar toda
la información posible
sobre los
procesos de contratación
pública en un portal
de Internet.
“El trabajo ha sido cuesta
arriba”, cuenta el funcionario,
pues en 2003 no había
una normativa legal para obligar
a las instituciones públicas.
Entonces la CCCC empezó
a firmar convenios de adhesión
y, poco a poco, aumentó
el número de entidades
que se comprometían a
divulgar sus contrataciones.
En el Gobierno de Alfredo Palacio
se firmó un decreto que
obligaba al sector público
a difundir las licitaciones
y concursos. Con eso se amplió
la base de datos de Contratanet.
Con la entrada en vigencia de
la Lotaip, las instituciones
se obligaron a crear su propia
página web. Pero ahora
el problema se da en la interpretación
del artículo n.º
7, que detalla la información
a publicarse. Uno de los principales
aspectos tiene que ver con los
procesos de contratación.
Vizcaíno sostiene que
“el tema de publicar compras
es complicado y caro ($50 millones
por entidad solo para ese componente)”,
por eso muchas instituciones
prefieren colocar esa información
en el sistema de Contratanet,
el cual, a su vez, es parte
de la Red Interamericana de
Compras Gubernamentales.
En la actualidad, 450 instituciones
publican en Contratanet y por
ese medio se han difundido más
de 8 000 procesos, añade
el funcionario, quien considera
un aspecto importante de la
rendición de cuentas,
la reacción de los usuarios.
No obstante, en el país
aún queda mucho camino
por andar en el tema de crear
una cultura de la transparencia.
Las iniciativas han partido
de ciudadanos que han conformado
veedurías para seguir
con atención los procesos
públicos, por ejemplo,
todos los entresijos de la selección
de miembros de la última
Corte Suprema de Justicia (CSJ)
fueron observados por veedores
nacionales y extranjeros. Pese
a ello, ya ha sido expulsada
de esa Función una media
docena de magistrados implicados
en supuestos casos de corrupción.
En este ámbito,
hasta el momento, la CCCC es
la única institución
que ha tratado de articular
una política de prevención.
Desde el lado educativo, varias
decenas de colegios están
involucrados en programas de
esa índole, pero aún
falta una propuesta curricular
del Estado.
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La
comisión anticorrupción
ha impulsado las veedurías.
En la gráfica,
la socialización
de la veeduría
de agua de Riobamba |
“En el
plano de la prevención,
estamos trabajando sobre cuatro
ejes”, manifiesta Fernando
Pazmiño, director de
Prevención de la Comisión
Cívica. Estos son: la
propuesta de formación
de una ciudadanía responsable,
cuya labor se enfoca en niños,
jóvenes, adultos y servidores
públicos. Otro eje está
en las denominadas redes cívicas
anticorrupción. El tercero
tiene que ver con el control
social y las veedurías
ciudadanas, y el último
consiste en impulsar la transparencia
en la función pública,
explica.
Actualmente
trabajan 10 municipios en un
plan piloto de gestión
local transparente. Allí
se ha construido un modelo que
enlaza el fortalecimiento institucional
del Gobierno local con las veedurías
ciudadanas. Uno de los resultados
es la elaboración de
los presupuestos con la participación
de la gente, lo que ha incidido
en la rendición de cuentas.
Esta propuesta
será llevada a la Asociación
de Municipalidades (AME), con
la coordinación de la
Secretaría Nacional de
Planificación del Estado
(Senplades). El objetivo final
es que todas las instituciones
públicas se involucren
en el tema.
A partir de
estas experiencias modelo, Pazmiño
cree que es posible incidir
en una política pública
de transparencia en la gestión
y, para garantizar su cumplimiento,
dice que en el diseño
de la propuesta deben involucrarse
diferentes actores sociales,
entre los que se contarían
los propios funcionarios públicos
como promotores.
El éxito de estos procesos
depende de la coordinación
y el consenso entre los diferentes
actores, porque no se puede
hablar de transparencia cuando
la agenda solo proviene de la
autoridad, dice el funcionario.
Para la CCCC,
la transparencia y la rendición
de cuentas son temas de deberes
y derechos. El deber de la autoridad
estatal y el derecho de los
ciudadanos a tener una administración
pública transparente
y libre de corrupción.
Entre el 3
y el 5 de diciembre de 2004
se efectuó en Chile la
reunión regional de Transparencia,
Rendición de Cuentas
y Lucha Contra la Corrupción
en América. En la memoria
del evento hay un capítulo
sobre el rol de la prensa investigativa
y la opinión pública.
Allí
se destaca la importancia de
la prensa de investigación
en la creación de una
conciencia pública sobre
cuestiones de transparencia
y corrupción y en la
movilización social en
contra de esas prácticas.
“La presión y las
protestas de la opinión
pública han conducido,
en distintos países de
nuestra región, a las
renuncias de algunos gobernantes
y severos cuestionamientos de
otros...”, señala
el documento.
En la reunión
de Chile hubo un intenso debate
sobre los efectos de reportajes
o denuncias de prensa con ribetes
de escándalo en determinados
casos de corrupción.
En este punto se habló
del carácter inevitable
de este fenómeno así
como ciertos efectos positivos,
en la medida que pudieran servir
de disuasivo o para crear conciencia
pública; al mismo tiempo
se expresaron serias reservas,
por la falta de rigor en las
investigaciones y por la posibilidad
de que tales escándalos
oculten el “resto del
iceberg” o contribuyan
a desviar la atención
sobre problemas de fondo.
Pese a los
reparos, hubo un acuerdo general
en que la libertad de prensa
es vital para la transparencia
y la lucha contra la corrupción
y que se debe dar prioridad
a la defensa de los derechos
y libertades de los periodistas.
Asimismo, los representantes
de los países del continente
consignaron la necesidad de
promover el pluralismo en los
medios de comunicación
y la independencia y profesionalismo
de la línea editorial
con respecto a los intereses
de sus propietarios.
Otro aspecto
que se abordó en el encuentro
fue el rol de los actores económicos
privados. “El mundo empresarial
privado es visto, por lo general,
como parte del problema y, a
la vez, como parte de la solución”,
se indica en la memoria.
Por un lado,
el sector privado puede actuar
como copartícipe de actos
de corrupción (soborno,
tráfico de influencias,
negociaciones irregulares o
el uso abusivo de información
privilegiada). Por el otro,
a menudo tiene un interés
activo en promover normas de
transparencia y equidad que
permitan reglas del juego parejas
para todos, así como
sistemas eficientes de resolución
de conflictos.
Estos temas
se vinculan con la tendencia
de enfatizar la responsabilidad
social de las empresas. Por
eso, durante la reunión,
uno de los puntos de mayor consenso
tuvo que ver con la idea de
no restringir la discusión
sobre mecanismos de transparencia
y anticorrupción al ámbito
de los actores públicos,
y de reconocer la injerencia
y el efecto que tienen en este
campo los actores privados.
En el encuentro de 2004, los
representantes de más
de una decena de países
(por el Ecuador fue Valeria
Merino, ex directora de la desaparecida
Corporación Latinoamericana
de Desarrollo -CLD-) también
realizaron una evaluación
crítica sobre la transparencia,
la rendición de cuentas
y la lucha contra la corrupción.
La mayoría
de participantes consideró
que en la región existe
una corriente emergente o en
formación en estas materias
y realizó varias observaciones.
Entre ellas, que el tema aún
está confinado, en buena
medida, a las élites
políticas o de la sociedad
civil. Por ejemplo, en el campo
del acceso a la información
no se ha configurado en la región
una preocupación y movilización
ciudadana más masiva,
como ha sucedido en países
de Europa central y oriental.
También
se observó una insuficiente
articulación o comunicación
entre organizaciones de la sociedad
civil que trabajan en el mismo
país y una gran competencia
entre ellas por conseguir recursos
y tener figuración pública.
De cara al
futuro, en el encuentro de Chile
se fijó una agenda con
varios puntos. “El trabajo
pro transparencia, rendición
de cuentas y anticorrupción
debe sustentarse en una comprensión
conceptual no tanto legalista
o moralista, sino socio-política
del tema”, se indica en
la memoria final.
Otro punto señala que
es necesaria una acción
concertada, integral, que incluya
al Estado, sociedad civil (en
esta categoría entra
también el privado empresarial)
y la opinión pública.
Los participantes
en el encuentro estuvieron de
acuerdo en que no se debería
pensar en una sola agenda regional,
aunque existen ciertos temas
que trascienden determinado
país. Tampoco correspondería
pensar en una “solución
definitiva” al problema
de la corrupción, sino
entender que un objetivo realista
consistiría en disminuirla
en la mayor medida posible y
en desarrollar una capacidad
de reacción frente a
ella. Todo esto, en el entendido
de que siempre existirá
un núcleo de corrupción
a combatir.
En todo caso,
la década de 1990 y el
inicio de este siglo quedarán
marcados como los años
en que los movimientos ciudadanos
del Ecuador y de la región
se organizaron para no permitir
que continúe la impunidad.
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