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El sector agrícola puede comenzar a decirle adiós al reinado del petróleo

Por Juan Tibanlombo

 
 
El ají ecuatoriano es muy bien cotizado en el exterior. Plantaciones de la empresa Proají

El último Censo Nacional Agropecuario data de 2000, un año después de la quiebra bancaria que llevó a miles de ecuatorianos, sobre todo de sectores rurales, a buscar mejores oportunidades en otros países. El Ecuador hasta ahora no ha podido desarrollar una política agraria a largo plazo.

El 16 de octubre de 2007, cuando se celebraba el Día Mundial de la Alimentación, la Organización de las Naciones Unidas llamaba a los gobiernos de turno a mejorar sus programas alimenticios. La alerta no era para menos. Según sus cifras, cada año mueren 35 millones de personas por desnutrición, pese a que el planeta produce alimentos para dar de comer a 12 000 millones de personas, el doble de la actual población mundial.

En el Ecuador, el problema de seguridad alimentaria afecta al 28% de su población, pese a su enorme potencial agrícola.

El censo agrario determinó que en el país existen 842 900 Unidades de Producción Agrícola (UPA), en 12,3 millones de hectáreas, un promedio de 14,7 hectáreas por UPA.

Es muy conocida y hasta trillada esa frase de que el Ecuador es un país “eminentemente agrícola”. Pero la agricultura en el Ecuador, en sus inicios como República, estaba limitada a la hacienda, que privilegió el uso de los suelos planos para el pastoreo y el de los páramos para los policultivos, que alimentaban la canasta básica de la zona urbana.

Ese modelo llegó a su techo en la década de 1920 a 1930, según un estudio realizado por Galo Ramón Valarezo, en el libro El regreso de los runas, la potencialidad del proyecto indio en el Ecuador contemporáneo.

“Las haciendas no utilizaban un sistema de rotaciones, no alternaban la producción de tubérculos y cereales con leguminosas”, dijo Ramón. Esa sería una de las causas para el agotamiento de la fertilidad del suelo y del modelo de producción terrateniente.

Mientras en la Sierra, la hacienda agotaba su modelo, en la Costa llegaba a su fin el bum económico de las exportaciones del cacao, la llamada “pepa de oro”, que pronto hallaría su reemplazo en el banano.
El modelo de la hacienda, pese a su agotamiento, mantenía invariable la estructura de tenencia de la tierra.

Según la misma investigación de Galo Ramón Valarezo, el censo agropecuario de 1949 demostraba que el 91,4% de la tierra estaba en manos de los terratenientes. Ese fue el principal motivante de la reforma agraria empujada, en gran parte, por Washington, que deseaba detener los efectos de la revolución cubana en Latinoamérica y por la misma fuerza del movimiento indígena campesino y el debilitamiento del poder de los terratenientes, que aparecían como principales causantes de la crisis del modelo capitalista.

Esta coyuntura alentó la primera reforma que entregó las tierras de altura a los campesinos y dejó los valles a los hacendados, donde desarrollaron planes de modernización mediante alianzas con empresas agroindustriales, con un fuerte apoyo del Estado.
“Los hacendados que tienen sus propiedades en la altura, optan por la cebada cervecera, ligándose también a empresas agroindustriales del ramo”, recordó Ramón.

En la Sierra, el negocio más rentable era el de la papa y la cebolla, que no eran producidas por las haciendas, y que impulsó a un pujante sector que pasaría a formar la clase media.

La reforma agraria, que marca su agonía a mediados de los ochenta, fue un factor determinante para el reordenamiento de la tenencia de la tierra, pero que poco ha pesado para el desarrollo del sector agropecuario, porque no han estado acompañadas de políticas estatales para impulsar el sector.

 
 
En Íntag, en la provincia de Imbabura, los agricultores preparan la tierra para los sembrados de manera manual

Eso lo demostró el Censo Agropecuario de 2000, que evidenció el crecimiento de las Unidades Productivas Agropecuarias a partir de 1974, cuando la reforma agraria tuvo su auge, en contraste con la tasa de crecimiento de la población rural, cuyo promedio anual fue del 0,3%. Antes de ese año, el crecimiento promedio de la población rural fue del 2,6%.

El bajo crecimiento de la población rural ha motivado que un alto porcentaje de las Unidades Productivas, el 31,4% -unas 3,8 millones de hectáreas-, sea montes y bosques, mientras que el 27,2% -3,3 millones de hectáreas- ha sido usado para los pastos cultivados.

Del total de superficie de las Unidades Productivas, solo el 11% -1,2 millones de hectáreas- ha sido usado para cultivos permanentes, y otro 10% para sembrados transitorios, mientras que hay 381 300 hectáreas de tierras en descanso, y 1,2 millones de hectáreas más que son pastos naturales.

En cuanto a cultivos, el último censo determinó que solo 180 tenían alguna significación con respecto a su área sembrada; entre los que han cobrado mayor importancia desde 1974 hasta 2000 están el maracuyá y el palmito, que alcanzaban las 45 mil hectáreas sembradas. Y hay otros que son sembrados exclusivamente para su exportación, en unas 6 000 hectáreas, como el caso de la pimienta negra y dulce, chontaduro, macadamia, babaco, espárrago, marañón, pitajaya, cardamomo, borojó, sábila, araza y níspero.

 
 
El café es uno de los grandes recursos que tiene el país que no ha sido explotado a fondo

Entre los cultivos permanentes que también tienen importancia, por su área sembrada, están el cacao, banano, café, palma, caña de azúcar, entre otros. Son monocultivos.

A esos se suman el arroz, el maíz, la soya, la cebada, la papa y el trigo, este último producto en el que el país es deficitario.
Pero en realidad son los sembrados de flores lo que más han crecido desde la década de los noventa, en gran parte gracias a las preferencias arancelarias andinas que otorgan los EEUU, pero que no han sido suficientes para impulsar al agro como el verdadero motor económico del Ecuador.

En el país siguen siendo grandes elefantes blancos organismos como el Servicio de Sanidad Agropecuaria, cuya modernización ha sido demorada, pese a su importancia para el desarrollo del sector agroexportador.

La urgente modernización de ese organismo, así como del Instituto Nacional de Pesca, fue brevemente debatido en las rondas de negociación que abrió el Ecuador en 2004 para buscar un Tratado de Libre Comercio (TLC) con los Estados Unidos, y que finalmente quedó en nada, por el giro en la política comercial exterior que ha dado el actual Gobierno de Rafael Correa, que es contrario a ese tipo de acuerdos.

Varios talleres en los que ha participado el sector público y privado han servido solo para hacer un plan agrícola hasta el 2017, que en el papel apunta “a la transformación de la estructura productiva agropecuaria, agroindustrial y forestal, sobre la base de la productividad y la competitividad”.

En ese plan se apunta como fortalezas la aptitud agrícola del Ecuador, el desarrollo que ha tenido la agroindustria en los últimos años y la estabilidad económica “gracias a la adopción del dólar como moneda”, sumado al hecho de que la agricultura es un generador masivo de empleo en el sector rural.

De esas fortalezas surgen oportunidades por la apertura comercial con terceros países, que terminarán siendo potenciales mercados, el crecimiento de la demanda de productos orgánicos con sello verde, la posición geográfica estratégica del Ecuador en el mercado andino hacia los mercados externos, entre otras.

Pero para llegar a eso, el país necesitaría superar la crisis de productividad del agro por la poca utilización de semillas certificadas, porque tiene sistemas productivos poco tecnificados y el bajo nivel de educación de los productores agrícolas, además de la insuficiente inversión del Gobierno es ese sector.

La necesidad de tener un plan agrícola y de ejecutarlo es clave para que el país deje la dependencia del petróleo, sobre todo tomando en cuenta la importancia que se está dando en el mundo a la seguridad alimentaria.

La biodiversidad

 
 
Pimientos, chirimoyas y ajíes se cultivan en el país y tienen un gran potencial agroexportador

Según un estudio de la FAO existen 1,4 millones de especies únicas de plantas y animales en el planeta, que corren peligro por el constante crecimiento de la población.

“Las especies silvestres desaparecen cuando se destruye el lugar donde viven. La contaminación, la urbanización, la deforestación y la conversión de humedales expulsan a las especies silvestres. Una mala gestión agrícola, forestal y pesquera puede acelerar este proceso de destrucción”, dice el estudio.

Los impresionante es que pese a esa biodiversidad, según la FAO, solo cuatro especies vegetales -trigo, maíz, arroz y papas- proporcionan más de la mitad de las calorías de origen vegetal de la alimentación humana, mientras que una docena de especies pecuarias proporciona el 90% de las proteínas animales consumidas en el mundo.

“La demanda de una población cada vez más numerosa y urbanizada ha alentado a muchos agricultores a adoptar variedades vegetales y animales uniformes y de alto rendimiento. Cuando los productores de alimentos abandonan la diversidad pueden extinguirse las variedades y desaparecer sus rasgos especializados”, sigue el estudio.

Es indudable, como dice la FAO, que para alimentar a una población cada vez más numerosa la agricultura debe producir más alimentos. Y para eso necesita hacerla más adaptable con la protección de una gran variedad de especies con características singulares, como las plantas que resisten a la sequía o el ganado capaz de reproducirse en condiciones ecológicas difíciles.

“Las prácticas agrícolas sostenibles pueden alimentar a la población y proteger el mar, los bosques, las praderas y otros ecosistemas que conservan la biodiversidad”, destaca.

Pensar en la agricultura de manera técnica y responsable es urgente, porque es evidente que el futuro del país no está en el petróleo, que está demasiado lejos de ser un multiplicador de fuerza laboral.

“Nuestra riqueza está en la agricultura. Tenemos que reverdecer los campos con verdaderas políticas de Estado agrario. Ecuador es un verdadero granero. Sus suelos son sumamente fértiles; la capa vegetal es profunda; su composición orgánica está dotada de micro y macroelementos realmente envidiables; contamos con recursos hídricos inconmensurables, poco común en otros países, lo que hace que con tecnología, educación agrícola y crédito las tierras incultivadas y las que están en producción, sean trabajadas de manera más eficiente y, por ende, rentable”, dice Carlos Emilio Pérez Weisson, en el buzón a los lectores aparecida en el diario El Universo, en marzo de 2007, cuando el Gobierno trataba de definir su plan agrícola para la próxima década, que era el mismo presentado por el anterior Gobierno de Alfredo Palacio.

Parafraseando a Malthus

Es bastante conocido el célebre tratado sobre el crecimiento de las poblaciones humanas aparecido en 1798, del economista y matemático inglés Tomás Malthus.

A mediados del siglo XVII , la población de Gran Bretaña crecía a tasas nunca vistas, desde esa perspectiva Malthus comenzó a sacar cuentas y concluyó que si todo seguía así no habría suficiente alimento para todos.

El vaticinio de Malthus era que los más pobres y sus hijos se iban a morir de hambre, por lo que recomendaba el control de la natalidad. El siguiente siglo argumentó en contra de ese tratado, porque la población de Gran Bretaña siguió creciendo, su promedio de ingresos aumentó, al igual que la nutrición.

La preocupación de Malthus se puede entender, sin embargo, si se mira el contexto de Gran Bretaña en la época, cuando los arados eran de una reja, tirados por bueyes o caballos; el abono era el estiércol; la cosecha se hacía de forma manual, con guadaña, y, por ende, los rendimientos eran bajísimos.

El mundo superó el problema del aumento de la producción, pero no el de la distribución equitativa de la riqueza, y por eso llama tanto la atención el aviso de las Naciones Unidas de que 35 millones de personas mueren al año por desnutrición, pese a que el planeta produce alimentos para 12 000 millones de personas.

El desarrollo de la tecnología agrícola se ha concentrado en el mundo industrializado, y en ese proceso se ha perdido gran parte de la vegetación. El 20 % de la superficie agrícola está erosionado, por el uso de la biotecnología y el arsenal agrotecnológico, con el que se ha aumentado la producción.

“En la mayor parte de los países no hay consenso sobre la forma en la que la biotecnología y, en particular, los organismos modificados genéticamente deberían participar en los problemas fundamentales de los alimentos y la agricultura. La FAO reconoce el gran potencial como las complicaciones de estas nuevas tecnologías”, advierte la FAO.

La erosión de los suelos deja pérdidas por más de $1 000 millones al año, solo en los Estados Unidos, en gran parte por culpa de los agroquímicos, que también han contaminando los suministros de agua.

En las cinco décadas siguientes la población crecerá en un 50%. Es una realidad en la que está involucrado el Ecuador.

Por eso es tan urgente en el Ecuador un plan agrícola que contemple esos aspectos, sin descuidar la apertura de nuevos mercados y la consolidación de los actuales.

El actual ministro de Agricultura, Carlos Vallejo, anunció el año pasado que estarán destinados $890 millones al Plan Nacional Agropecuario, que contempla la zonificación del suelo agrícola, por cultivos.

El objetivo, según las palabras del mismo Vallejo, es sumar al territorio agrícola 100 mil hectáreas nuevas de palma y cacao, además de otras 50 mil de caña. Pero es un programa que no apunta a desarrollar el agro, sino a impulsar la producción de los biocombustibles.

El fin último puede ser muy rentable en el corto plazo, pero qué habrá ganado el país para las siguientes décadas.

Tal vez nada. Uno de los problemas que ha tenido el país es no mirar al largo plazo.

Por ejemplo, el plan agrícola habla de incrementar 110 mil hectáreas de nuevos cultivos, cuando la frontera agrícola se está agotando. No es suficiente tener un proyecto, si es que no hay una visión de lo que en realidad se quiere, ni un estudio previo de los nuevos y potenciales mercados. Porque solo eso le permitirá al Ecuador dar la bienvenida al país eminentemente agrícola y dejar de lado el espejismo del oro negro.



 
 
 

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Diciembre de 2007
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