JUAN CUEVA

El cristal con que se mira

La espontaneidad, la buena fe y la frescura fueron sus más sobresalientes características

JUAN CUEVAVeinte años no es nada, dice el tango. Veinticinco años para un diario es la edad de la madurez. Un cuarto de siglo ha transcurrido desde que apareció el número uno de Diario HOY mientras en el Ecuador han ocurrido muchas cosas buenas y malas, luces y sombras, aciertos y fracasos, avances y retrocesos.
El ideal de un diario es la objetividad. Pero la objetividad no es sino eso, un ideal. Como todo ideal es inalcanzable. El ser humano jamás es neutro y por tanto no ve las cosas como son. Sino de acuerdo a su peculiar forma de ver. Mi recordada tía Chabela, que era una mujer de inteligencia superior, decía:
En este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira.
Nosotros, muchachos en aquel entonces, destrozábamos el verso y lo recitábamos así :
En este mundo color nada es verdad ni se mira, todo es según el cristal del color con que mentira.
Era como una introducción al mundo del absurdo. Un surrealismo de provincia que nos divertía mucho.
Como vemos la objetividad es un ideal. Es como el horizonte al que nunca se llega, pero nos permite caminar, caminar en la buena dirección.
El ser humano es siempre el resultado de su escala de valores, de sus ideas, de su concepción del mundo. Es decir, de su ideología.
Hacer un diario no es una tarea fácil. Se requiere de un equipo humano que crea en el proyecto y de un trabajo intenso para lograr resultados positivos.
Las ideas, los valores y la libertad son los materiales necesarios para construir un diario. La responsabilidad es muy grande, pues se llega a miles de lectores y se influye, positiva o negativamente, en amplios sectores de la sociedad.
Para hacer un buen diario es indispensable un buen uso del lenguaje. El lenguaje es el instrumento del escritor, su herramienta de trabajo. “Es imposible hacer una pintura imparcial de la sociedad”, decía Jean-Paul Sartre, y añadía: “La lectura es un pacto de generosidad entre el autor y el lector. Cada uno confía en el otro, cuenta con él y le exige tanto como se exige a sí mismo. Los dos toman una decisión libre”.
Diario HOY nació hace un cuarto de siglo en una cuna propicia, es decir de gente que sabe de periodismo. La espontaneidad, la buena fe y la frescura fueron sus más sobresalientes características. El humor inteligente y la sana ironía estuvieron en sus páginas. Secciones como ‘El Cajón de Sastre’, se recuerdan con cierta nostalgia.
La irreverencia, la creatividad y eso que llamamos chispa, acompañaron al Diario en sus primeros pasos.
Diario HOY fue y es un referente en cuanto a opinión. Sus columnas son variadas en cuanto a temática y reflejan un amplio pluralismo ideológico. Su diagramación siempre actualizada y su capacidad informativa hacen del Diario un pilar del periodismo nacional.
Alguien me decía que cómo es posible que un diario nacional sea dirigido por un gringo. Les respondí que el “Gringo” Mantilla es más ecuatoriano que las chugchucaras, el chaguarmishque o el caldo de manguera.
En estos momentos que vive el país es esencial que Diario HOY ilumine la vida nacional para lograr cambios institucionales profundos y superar la avalancha de corrupción que se extiende por el tejido nacional como maléfica plaga que ofende al ecuatoriano común. El ciudadano lo que quiere es un país mejor, menos inequitativo y que permita ver en el futuro un rayo de luz, de sol, de alegría y de esperanza. Un mañana con trabajo y dignidad en que el sol salga para todos y la lluvia fecunde a la rica tierra negra que nos alimenta.
Después de 25 años de sólida presencia nacional, Diario HOY no tiene derecho a retroceder.

El tiempo es algo tan relativo que podemos afirmar que el pasado ya no existe, el futuro aún no ha llegado, lo único que verdaderamente existe es HOY.

 

EDUARDO CASTILLO B.

Ayer y hoy

Febres Cordero hasta pretendió erigirse en árbitro de la Constitución, pero pudo arrasar con las instituciones

EDUARDO CASTILLOEn el título que antecede escribo la palabra “hoy” como nombre propio y, además, como adverbio pronominal. Lo primero, con el mismo desenfado iconoclasta con el que hace ya 25 años, en su edición fundadora, escribió este Diario su nombre propio: todo en minúsculas, rompiendo moldes y esquemas tradicionales. Fue un símbolo capital de lo que era y de lo que se venía con este enfant terrible del periodismo ecuatoriano. Innovador tanto por la forma de su presentación, modular y gráfica, cuanto por el fondo de su quehacer informativo, investigativo y analítico. Y también por su ágil y combativa página de ‘Opinión’, a donde fui a parar de 1986 a 1991, dentro de un “ayer” al que luego me referiré.
Además, como antes dije, también en ese título escribo “hoy” como adverbio pronominal, en este caso de tiempo, para significar con esa misma palabra el presente que estamos viviendo -casi digo, con mayor propiedad, padeciendo- los ecuatorianos y nuestras instituciones públicas y privadas. De modo especial en estos días los periodistas y los medios de comunicación social, en su natural condición de actores y defensores del derecho del público a la información y de ciertas libertades públicas fundamentales, como la básica de pensamiento en pos de la verdad, y sus derivadas de expresión, de opinión y de prensa, penúltimas instancias frente al despotismo en ciernes o avanzado.
Tocante al “ayer” del título, sobre todo abarca al de los regímenes del tiempo en que escribí en este Diario, donde apareció mi columna periodística el 3 de julio de 1986. Seis meses antes me había visto en el caso de publicar en mi ciudad natal, durante el régimen de Febres Cordero, un aviso agradeciendo a los amigos “que, habiéndose enterado de los hechos, (…) me han manifestado su solidaridad por el abuso de autoridad de que he sido víctima, mediante un acto bajo y tonto, que compromete a una institución del Estado y evidencia, una vez más, la falta de garantías que se padece”. Mismo aviso en el que, “cumpliendo un deber de responsabilidad periodística, comunico a la ciudadanía que continuaré diciendo la verdad, mientras pueda y tenga una tribuna donde hacerlo”. Tribuna que se me había cerrado allá y que aquí se me abrió luego, como he precisado.
Consigno lo anterior solo para subrayar que conozco bien de lo que hablo al parangonar ese “ayer” del régimen de Febres Cordero y también del de Borja -cuyos años de transición pasé a horcajadas en este Diario-, con el del “hoy” que estamos atravesando. Ciertamente en aquel “ayer” se cometieron abusos de diverso calibre y Febres Cordero hasta pretendió erigirse en árbitro de la constitucionalidad, pero jamás le permitimos ni pudo arrasar con las instituciones fundamentales, como “hoy” está sucediendo. Por ejemplo al trucar el Tribunal Supremo Electoral en superpoder instrumental ad hoc, tan útil para demoler a conveniencia -según hemos visto- las más altas instituciones, como para convocar a la ciudadanía, en un proceso y con un estatuto espurios y amañados, hacia una emboscada “constituyente” que cohoneste y consolide un régimen de creciente arbitrariedad.
Hecho el parangón concluyo que ni aquel “ayer”, con todo lo que de malo pudiera imputárseles a Febres Cordero o a Borja, por acción o por omisión, ni nada de nada, justifican lo que “hoy” viene ocurriendo, preparándose y manipulándose bajo el exitoso señuelo del mágico “cambio”.

GUSTAVO CORTEZ GALECIO

Un posgrado de la información

 

Toda diferencia intelectual en la mesa de editores, quedaba allí y en nada debía afectar el buen trabajo en equipo

Compartir la mesa con Benjamín Ortiz, Diego Cornejo Menacho, Felipe Burbano de Lara, Francisco el “Pájaro” Febres Cordero; Javier Ponce, Carlos Jijón, Cristóbal Peñafiel, Ana Karina López o Gabriela Paz y Miño, fue toda una experiencia profesional. Una especie de posgrado para quien como yo, con 29 años ese 1997, empezaba en el HOY mi trayectoria de jefe principal de una oficina periodística, la de Guayaquil.
La experiencia fue intensa, tensa y gratificante. Porque con la misma intensidad y tensión que entonces se debatía la transición gubernamental de Fabián Alarcón o la crisis económica de turno, luego se departía amistosamente en el almuerzo o bebiendo café. Me quedó entonces absolutamente claro que toda discusión, diferencia o pugna intelectual que había podido ocurrir en esa mesa de editores, quedaba solamente allí y en nada debía afectar, como en efecto ocurría, la camadarería, base de todo buen trabajo en equipo.
Diez años después, ya nuestro director de entonces, Benjamín Ortiz está en el retiro periodístico, tras su sorpresivo, para todos nosotros, paso por la política. Diego Cornejo, un verdadero maestro del análisis y con un salvaje instinto de la noticia, acaba de retirarse para dedicarse a una pasión algo tardía, sus acuarelas. Bien por las artes nacionales. Felipe Burbano sigue siendo el consultor de alto nivel que abona con sus criterios al país. El “Pájaro”, ese entrañable amigo que luego encontré en El Universo, sigue siendo el referente de la opinión política nacional, ahora también desde la dirección de la revista Diners; Javier Ponce permanece vigente como analista; Carlos Jijón es el Director Nacional de Noticias de Ecuavisa, la principal cadena de televisión del país, en la cual volvimos a coincidir entre 2001 y 2003. Es también Jijón el afectado reciente de un episodio desagradable en la siempre difícil relación Gobierno-prensa.
Cristóbal Peñafiel, ese todoterreno de la información, es el jefe en diario La Hora; como lo es también Ana Karina López en Vistazo-Quito; mientras Gabriela Paz y Miño lleva adelante el proyecto de El Comercio-España, en Madrid.
Todos ellos más que colegas, amigos que me dejó el Diario HOY, y que fueron en su momento parte de un proceso de 20 años, de formación de un carácter periodístico que me permite, ahora desde la editoría general de diario El Universo, mirar los hechos con la pausa, frialdad y distancia indispensables para informar con el mayor equilibrio a la gran audiencia. Salud por el HOY y sus veinticinco años manteniendo el compromiso.

GONZALO ORTÍZ

No fue un diario más: fue una revolución

Los lectores tenían en sus manos un diario organizado en módulos, con noticias cortas y concisas, sin pases de página y que, por tanto, era ágil para leer

GONZALO ORTIZUna de las más profundas transformaciones que la sociedad ecuatoriana experimentó en toda su historia se produjo en la década de 1970: el descubrimiento del petróleo, el inicio de su exportación y la casi inmediata decuplicación de su precio, debido a los conflictos en el Oriente Medio, proporcionaron al país recursos que jamás había tenido.
El valor de sus exportaciones se multiplicó varias veces y, aunque hubo desperdicio y corrupción, no puede negarse que los nuevos recursos en las arcas de un Estado que había sido poco menos que paupérrimo, sirvieron para incrementar la obra pública, tanto que se construyeron proyectos irrepetibles como la central hidroeléctrica de Paute y la refinería de Esmeraldas, se asfaltaron carreteras y se aceleró la tendencia hacia la urbanización y, por ende, del consumo, la industrialización y, a su vez, el crecimiento de la clase media.
Esos cambios económicos y sociales desataron a su vez otros fenómenos, pues se derrumbó el bipartidismo, se hundió el sistema hacienda-huasipungo que había dominado por casi tres siglos en la Sierra ecuatoriana, mientras se dinamizaron zonas de la Costa que estaban semiabandonadas (Santo Domingo de los Colorados, Quevedo, Quinindé, la propia Esmeraldas) al abrirse nuevas carreteras y dar lugar a la expansión de la frontera agrícola.
Por eso, a inicios de la década de los ochenta, con el retorno a la democracia, la sociedad ecuatoriana era distinta. Curiosamente, los periódicos nacionales seguían en la época prepetrolera: muy influidos ideológicamente, lo que implicaba listas negras de quienes no podían aparecer en sus páginas. Pero además de ser chatos intelectualmente lo eran gráficamente: sus noticias eran piezas larguísimas, que contaban tres o cuatro veces lo mismo a lo largo de grandes y aburridoras parrafadas, que no tenían exigencia gráfica alguna y presentaban páginas grises y monótonas, mientras la televisión, a pesar de sus limitaciones técnicas, ya empezaba a marcar la pauta de las noticias.
La irrupción del Diario HOY en 1982 fue, sin exageración, un hito histórico. De pronto, los lectores tenían en sus manos un diario organizado en módulos, con noticias cortas y concisas, sin pases de página y que, por tanto, era ágil para leer. Que, por otro lado, daba gran importancia a la presentación gráfica, con fotos de tamaño grande, infográficos abundantes y uso del color. Que, en su contenido, se interesaba en los problemas de la gente y no en los discursos ideológicos. Y, sobre todo, un diario pluralista, que se propuso desde el primer día en reflejar la variedad de la sociedad ecuatoriana: en sus páginas aparecieron por primera vez en la prensa ecuatoriana dirigentes sindicales, dirigentes indígenas, jóvenes y mujeres de distintos ámbitos.
Hoy, un cuarto de siglo después, quizá eso no llame la atención, porque todos los diarios importantes del país tuvieron que seguir esas pautas iniciadas por HOY. No fue un efecto inmediato pero el sacudón que dio el Diario HOY a todo el periodismo nacional se sintió en los años siguientes, cuando todos los diarios, uno por uno, rediseñaron sus páginas, se pasaron al concepto de módulos (es decir cada noticia en un rectángulo, y no con las patas de columnas sueltas que se alargaban haciendo meandros por las páginas) y empezaron a dar importancia a lo gráfico.
También el Diario HOY los forzó a volverse pluralistas: no era posible ya que cerraran los ojos a una sociedad tan diversa como la ecuatoriana. Muchos de los diarios del país hicieron esfuerzos encomiables en este sentido, y modificaron radicalmente su “cosmovisión”: dejaron de verse como servidores de una clase social y empezaron a verse como espejo de la sociedad en toda su complejidad.
El Diario HOY también fue el primer diario del Ecuador y, en su inicio, de América del Sur, en ser escrito y diseñado íntegramente en computadora. Ese fue un salto adelante en la tecnología gráfica ecuatoriana, salto que tuvieron que dar, después, los demás periódicos nacionales. Ese espíritu pionero lo llevó a ser también el primero en otros campos, como las ediciones vía satélite, el uso de terminales remotas y hasta cosas tan sencillas como la comunicación por radiofrecuencia (en los ochenta no había celulares) de toda la redacción y el departamento comercial.
Desde el altozano de los 25 años, es posible echar la mirada hacia atrás y ver con perspectiva todo esto que significó el Diario HOY para la historia del periodismo ecuatoriano: no fue un diario más, ni siquiera una novedad pasajera, fue una revolución. Pero a los revolucionarios les pasa que tienen un dogal sobre el cuello: están obligados a ser siempre innovadores, porque los demás se esfuerzan y los alcanzan.

 

MÓNICA ALMEIDA

Mi primera escuela de periodismo

En esa escuela hice mi primer trabajo de investigación periodística, buscando las pruebas de un caso de corrupción

MÓNICA ALMEIDAUn impulso hizo que un día llamara al Diario HOY en Guayaquil para pedir que me dejaran hacer una pasantía de 15 días, pues ya iba a cuarto año en la carrera de periodismo. Un mes después ya estaba contratada de planta, era septiembre de 1987, y a mis 23 años un nuevo mundo me abrió sus puertas.
En ese entonces solo tres personas trabajábamos en la Redacción de Guayaquil y la desventaja frente a los grandes periódicos más bien nos obligaba a buscar la excelencia con pocos recursos, en un equipo en el que todos hacíamos de todo. Así aprendí el valor de la creatividad que, con la mano de la audacia, me permitiría contar historias tan diversas como los avatares cambiarios del mercado, las ruedas de prensa del presidente León Febres Cordero (quien sin saber para quien trabajaba me saludaba con un beso en la mejilla y su característico “¿Cómo estás, mijita?”), los sobresaltos de la Alcaldía de Elsa Bucaram o la tragedia de un grupo de mineros desalojados a la fuerza en las montañas de la provincia de El Oro. Parte de este nuevo mundo era el debate de ideas políticas y económicas en un periódico progresista, cuestionador de la derecha y del populismo (a cuyos máximos exponentes me tocaba cubrir en Guayaquil), y que al mismo tiempo intentaba abrir espacios a nuevos actores de la sociedad civil.
Cuando llegué a Quito me tocó enfrentarme a la política real: los debates parlamentarios que terminaban con cenicezaros o las madrugadas que se vivían en el Congreso (donde se servían tazas de té que olían a otra cosa), las pugnas internas del poder especialmente en Carondelet y en Cancillería, mientras me empapaba de la problemática indígena, algo tan lejano para los costeños. Y a una especialización profesional dentro de un grupo mucho más numeroso, en el que los jóvenes nos dábamos modos para divertirnos al tiempo que aprendíamos de los maestros.
La exigencia de la reflexión y de la formación siempre estuvo presente, en medio del corre-corre por los cierres de las páginas, algún grito de Jaime Mantilla, un comentario agudo de Benjamín Ortiz y el chiste de cajón de Esteban Michelena; en tanto que “analistas” externos, como Alberto Acosta o Javier Ponce, me llenaban de libros y me contaban la historia de la que habían sido testigos.
Las metidas de pata tampoco faltaron, como cuando con Felipe Burbano nos emocionamos tanto con una noticia que atribuimos un titular poniéndole nombre al político y la frase entre comillas. Al día siguiente teníamos una amenaza de juicio, que felizmente no prosperó.
En esa escuela también hice mi primer trabajo de investigación periodística. Un mes verdaderamente agotador tratando de conseguir todas las pruebas del rompecabezas de un caso de corrupción, bajo la guía de Diego Cornejo, para luego, con las páginas impresas, pasar la prueba de fuego en la oficina del “Gringo”, quien esa noche en lugar de ser gerente fue editor y me dio una clase de periodismo: constató cada uno de los datos escritos (¡hasta las frases de los entrevistados!), y como resultado nos bajó una gran nota de las tres páginas del reportaje, porque era pura especulación política. Fueron seis años de vivencias inolvidables, anécdotas felices y algunos momentos tristes (de los que es mejor no acordarse), pero que indudablemente me prepararon para mi siguiente desafío: hacer periodismo en Europa.

 

 

 
 
 
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