 |
|
HOY
25
AÑOS
DE
VISIÓN
EDITORIAL |
|
|
DANIEL
SAMPER
Publicaciones
como esta...
Acudo
de vez
en cuando
a colegios
que piden
al periódico
donde
trabajo
o a la
editorial
donde
publico
libros
la presencia
en sus
aulas
de un
periodista
o un escritor
para conversar
con los
alumnos.
Más
de una
vez los
jóvenes
me han
preguntado
por mi
posición
frente
a Fidel
Castro,
que sigue
siendo
uno de
esos personajes
capaces
de traspasar
generaciones.
- Me gusta
y no me
gusta
-respondo.
- ¿Cómo
así
que le
gusta
y no le
gusta?
- Si fuera
un ciudadano
pobre
y marginado,
como millones
en América
Latina,
me gustaría
el régimen
cubano.
- ¿Por
qué
le gustaría?
- Pues
porque
me garantizaría
alimentación
básica,
salud
gratuita,
educación
pública,
campos
de deporte…
No es
algo que
tengan
todos
los habitantes
de nuestros
países.
Antes
bien,
son patrimonio
de una
minoría.
- ¿Y
por qué
no le
gustaría?
- Pues
porque
no soy
un marginado
pobre
sino un
lector
obsesivo
y un periodista
que vive
con comodidad.
- ¿Y
cuál
es la
diferencia?
- La diferencia
es que
no podría
vivir
en Cuba
como lector.
Me abochornan
esos noticieros
propagandísticos
y esos
periódicos
donde
los ciudadanos
se enteran
de muy
poco de
lo que
ocurre
y están
sometidos
a una
dosis
insoportable
de alabanzas
al régimen.
- Entonces,
si le
garantizaran
el libre
acceso
a noticieros
y periódicos
extranjeros,
como ya
lo ofrece
la Internet,
¿podría
vivir
en Cuba?
- No,
porque
además
de lector
soy periodista.
El periodista,
el escritor,
necesitan
libertad.
Y la libertad
solo prospera
en la
democracia.
La verdad
es que
tampoco
podría
hacerlo
como ciudadano
libre,
por razones
parecidas.
- Pero
en los
países
democráticos
hay muchos
que defienden
regímenes
como el
de Cuba.
¿No
debería
estar
prohibido
que lo
hicieran?
- Decían
los antiguos
que el
movimiento
se demuestra
andando.
La democracia
solo sirve
si puede
demostrarse
democratizando.
Es decir,
si ejerce
en la
práctica
los valores
que defiende
en teoría.
Sería
incoherente
que abogue
por la
libertad
de exponer
ideas,
pero prohíba
las que
contradigan
esta filosofía.
La conversación
con los
muchachos
suele
extenderse
luego
a la prensa,
y ahí
la situación
se complica,
porque
en aras
de defender
la democracia
es preciso
defender
también
la existencia
de publicaciones
recalcitrantes,
atropellos
vulgares,
panfletos
nocivos,
hojas
delirantes…
Pero no
hay otra
manera
de proteger
la libertad
que hacerla
compatible
con una
serie
de principios
elementales:
desde
la perspectiva
legal,
el respeto
a la intimidad
y la niñez,
la punición
de la
calumnia
y la amenaza;
desde
el punto
de vista
profesional,
la búsqueda
de la
verdad,
la comprobación
de datos,
la publicación
de opiniones
matizadas,
el derecho
de réplica
oportuna,
la transparencia
de fuentes,
la buena
fe como
norma
de conducta.
De otro
modo,
será
difícil
defender
la libertad
ante quienes
quisieran
acabar
con ella
o someterla
a su propia
idea de
los intereses
sociales
y nacionales.
Cumple
HOY sus
primeros
25 años,
y creo
que constituye
buen ejemplo
de un
diario
que intenta
justificar
con su
trayectoria
la importancia
de la
libertad
de prensa.
Sin el
derecho
de elegir
y ser
elegido
y sin
publicaciones
como esta
-que ejerce
su deber
de informar
e incluso
su facultad
de equivocarse
sin malicia-
casi todas
las diferencias
con un
Gobierno
como el
cubano
serían
a favor
del régimen.
FRANCISCO
BORJA
Valió
la pena
Era
una auténtica
locura.
Muchos
diarios
sucumbieron
antes
por la
pretensión
de desafiar
al enorme
monopolio
periodístico
fundado
en 1906.
Pero el
“Gringo”
Mantilla
creía
factible
fundar
un nuevo
diario
en Quito.
Y lo hizo,
y finalmente
ha tenido
éxito
y ha logrado
sobrevivir
gracias
a una
tenacidad
admirable.
Recogió
excelentes
periodistas.
Recuerdo
a Benjamín
Ortiz,
Gonzalo
Ortiz,
el “Pájaro”
Febres
Cordero,
Fernando
Larenas,
Fidel
Jaramillo,
Felipe
Burbano,
Thalía
Flores,
Darío
Miranda,
Jacinto
Bonilla,
Pepe Navarro.
Más
tarde
se integraron
Marco
Aráuz,
Hernán
Ramos,
Javier
Ponce,
Diego
Cornejo,
Carlos
Jijón
y muchos
otros
a los
que pido
disculpas
por su
omisión,
puesto
que solo
pretendo
presentar
una muestra
de quienes
compartieron
conmigo
ese sueño
imposible.
Pero además
de buenos
periodistas,
HOY tuvo
siempre
una página
editorial
de lujo,
abierta
y pluralista,
en la
que no
era raro
leer,
en el
mismo
día,
criterios
contrapuestos.
Fue mi
primera
experiencia
en prensa
escrita.
Yo venía
de la
televisión.
Había
sido,
poco antes,
reportero,
presentador
y director
de Contacto
Directo
de Canal
Ocho (hoy
Ecuavisa).
Estaba
en el
desempleo
cuando
me llamaron
a integrarme
al equipo
en calidad
de editor
político.
Recuerdo
que fuimos
a conocer
el terreno
en donde
se edificaría
el nuevo
diario.
Me llené
de dudas,
pues la
tarea
me parecía
francamente
inviable.
Seguramente
acepté
el reto,
en buena
medida,
porque
en esos
precisos
momentos
me hallaba
desocupado.
Los primeros
días
fueron
terribles.
Nunca,
hasta
que salimos
a circulación,
logramos
concluir
un periódico
en un
día.
Las jornadas
eran de
sol a
sol. Solo
nos faltaba
dormir
en el
periódico.
Todos
los días,
con el
último
esfuerzo,
al filo
de la
medianoche,
entregábamos
todo el
trabajo
periodístico
para que
los madrugadores
de armada
y prensa
lo dejaran
listo
para circular
apenas
despuntaba
el alba.
Había
una mística
especial.
Estábamos
convencidos
de que
Quito
y el país
necesitaban
un diario
más
moderno,
más
abierto,
más
plural.
Conformamos
un equipo
dispuesto
a empujar
el proyecto
con toda
la fuerza
necesaria,
aún
cuando
interiormente,
creo,
muchos
intuíamos
que íbamos
directamente
al fracaso.
Los vericuetos
de la
política
nos colocaron,
quizá
sin proponérnoslo,
en la,
oposición
al Gobierno
autoritario
de Febres
Cordero,
cuando
aún
estábamos
tiernos.
El “cajón
de sastre”
fue un
espacio
que para
mi resultó
una experiencia
maravillosa
de periodismo
crítico
de opinión
que, intuyo,
de alguna
manera
las autoridades
del Diario
toleraban
pese a
las dificultades
que les
acarreaba.
Diario
HOY ha
sido una
verdadera
escuela
de periodismo.
Allí
se formaron
decenas
de colegas
que luego
han ido
a prestigiar
las filas
de otros
medios
de comunicación.
En el
Diario
aprendí
que había
que diferenciar
claramente
la opinión
de la
información,
y que
la adjetivación,
incluso
en la
página
editorial,
es innecesaria.
Los hechos
narrados
en su
contexto
completo
y veraz,
y un análisis
objetivo
y preciso,
bastan
y sobran
para ejercer
una crítica
contundente
y creíble.
Allí
aprendí
que el
buen periodismo
hasta
puede
no ser
imparcial,
pero sí
objetivo,
entendida
la objetividad
como la
buena
fe con
que el
comunicador
narra
y explica
los hechos.
Más
de la
mitad
de mis
casi 30
años
de periodismo
los ejercí
en HOY,
y creo
que valió
la pena.
SUSANA
CORDERO
¡Igualita!
¿Por
dónde
empezar?
¡Veinticinco
años
y tanta
gente
con la
que compartimos
iguales
empeños,
a la que
habíamos
dejado
de ver
y oír
hacía
tiempo!:
-¡Qué
bien estás!
-¡No
te ha
pasado
un día!
-Pero,
¡estás
igualita¡
Gracias
a la vida,
no estoy
igualita
-¡sería
tan anacrónico!-:
a todos,
existir
nos ha
dejado
huella
y, felizmente,
se nos
nota.
Empezaré
con un
¡gracias!,
sin nimiedades
sensibleras;
sin ceder
a la tentación
de los
estereotipos
-facilismo
hoy tan
de moda-.
¡Gracias,
de corazón,
a todos!:
A quienes
creyeron
y crearon,
y creen
y crean
aún
en HOY,
-¿para
qué
nombrarlos?
Todos
sabemos
bien quién
son, como
decía
en su
bella
habla
precaria
la Rosa
de mi
infancia-;
gracias
a quienes
creyeron
en el
Ecuador,
en la
posibilidad
de una
presencia
alternativa,
de la
expresión
libre,
sin sensacionalismos
ni ensañamientos.
Pido a
un antiguo
sabio
que me
preste
el sabor
de su
palabra:
así
la mía,
esa que
entrega
el alma,
se traducirá
mejor.
Traigo,
(¡genio
y figura!…),
la reflexión
que don
Antonio
de Nebrija
puso como
parte
del prólogo
a su gramática,
escrita
y publicada
“en
el año
del Salvador
de mil
y cuatrocientos
noventa
y dos,
a dieciocho
de agosto...”,
cuando
las carabelas
surcaban
ya los
mares
al encuentro
de las
Indias,
al dedicarla
a la “Mui
alta y
esclarecida
princesa,
doña
Isabel,
Reina
y Señora
natural
de España
y las
islas
de nuestro
mar”:
“Cuando
bien comigo
pienso,
mui esclarecida
Reina,
i pongo
delante
los ojos
el antigüedad
de todas
las cosas
que para
nuestra
recordación
i memoria
quedaron
escriptas,
una cosa
hállo
y sáco
por conclusión
mui cierta:
que siempre
la lengua
fue compañera
del imperio…”.
¿A
qué
estas
palabras
jóvenes
de 500
años?
¿Qué
hacen
hoy y
aquí
la reina
“muy
esclarecida”
y la gramática
nebricense?
Es que,
gracias
a doña
Isabel,
católica,
apostólica
y romana,
sabia,
y cruel
y vengativa,
-como
se usaba
entonces-
y gracias
a HOY,
que acogió
mi palabra
bien o
mal pergeñada,
constato
cada día
cómo
desde
estas
páginas
constituí
un mínimo
imperio
hecho
de emociones,
de urgencias,
de ansia
de verdad,
de indignaciones
y voluntad
de justicia.
Un espacio
que aún
me permite
andar
por nuestro
pequeño
mundo
y escuchar
al taxista:
-¿Usted
es la
señora
de la
radio?...
-Sí,
“yo
soy la
señora
de la
radio”.
Sugestivo
y amargo
dominio
que se
fue construyendo
desde
cuando
el prototipo
del HOY
insertó
un primer
artículo
mío
cuyo título
olvidé,
como he
perdido
la huella
de tantos
que fueron
y no son,
al cual,
ineludiblemente,
siguieron
muchos
otros
durante,
¿13,
14 años?
A ellos
se juntó
Lenguaje
para todos,
la columnita
lenguaraz
de título
no muy
feliz,
pero de
felices
recuerdos…
Entonces
escribíamos
sin contar
caracteres
ni palabras;
limitaciones
que luego,
hay que
reconocerlo,
nos enseñaron
a no regodearnos,
a ser,
en lo
posible,
esenciales…
¿Quién
podría
no agradecer
esa ardua
y preciosa
experiencia?
La palabra,
materia
incierta
que aún
intento
modelar,
en la
que aspiro
a revelar
lo que
se me
revela
y me rebela,
me ha
permitido
decir
para los
otros,
ser acogida,
generar
cierto
poder
sobre
mí
misma
para huir
de vanidades
y subterfugios
y, en
la oscilación
ineludible
entre
la fe
y el escepticismo,
esperar
todavía
que el
decir
a la búsqueda
de la
verdad
pueda
tener
algún
momento
en esta
patria,
menos
aciago
destino.
JAVIER
PONCE
Una
escuela
de periodismo
Inicié
mi colaboración
con el
Diario
HOY en
un momento
crucial.
El país
había
retornado
poco antes
a la democracia.
Sin embargo,
hacia
mediados
de los
años
ochenta,
los fuegos
artificiales
del festejo
habían
concluido
entre
las manos
del conflicto
de Paquisha
y la política
de ajustes
que nos
impuso,
a escala
de toda
América
Latina,
el dictamen
del Fondo
Monetario
Internacional
y sus
compañeros
de inquisición.
Entrábamos
en una
etapa
de lucha
política
intensa,
con un
régimen,
el de
Febres
Cordero,
que consistiría
en la
ocasión
de consolidarse
un modelo
neoliberal
y que
acabó
hundido
en una
garita
de cuartel
en Taura.
Mientras
tanto,
tomaba
cuerpo
una tendencia
política
de centro
izquierda
y se fortalecía
una ciudadanía
que recuperaba
la voz
y la presencia.
Se respiraban
aires
renovadores.
En ese
ambiente,
fundamos
con la
Editorial
Conejo,
creada
y dirigida
por Diego
Cornejo,
LA LIEBRE
ILUSTRADA,
un suplemento
del diario
HOY que
se propuso
abordar
con profundidad
los temas
más
livianos
y aproximar
con sencillez
a los
lectores
a los
temas
más
confusos.
HOY reflejaba,
en esos
momentos,
el espíritu
crítico
y esperanzador
que acompañó
a esa
primera
etapa
de la
centro
izquierda;
y cuando
los sectores
medios
del país,
lectores
de HOY,
gozaban
de alguna
comodidad,
antes
de empobrecerse
o perder
toda ilusión.
A inicios
de la
década
de los
noventa,
cuando
“perdí”
la libertad
de saltar
como una
liebre
en un
suplemento
irreverente
y entré
a los
cubículos
del periódico
ocho o
10 horas
diarias,
un hecho
marcó
profundamente
la información:
el levantamiento
indígena
de 1990.
Pensé
que a
partir
de ese
hecho,
existían
las condiciones
para profundizar
una apertura
de la
prensa
ecuatoriana
a nuevas
voces
de la
sociedad.
Acababan
los tiempos
que Andrés
Guerrero,
con lucidez,
llamó
los de
la vigencia
de los
“ventrílocuos”,
los que
hablaban
y actuaban
a nombre
de los
pueblos
indios.
A partir
de entonces
y bajo
la creencia
de que
el ejercicio
de la
política
no se
reduce
a la lucha
por llegar
al poder
sino el
ejercicio
constante
del desacuerdo
y del
antipoder,
me empeñé
en que
el Diario
viviera
una apertura
a nuevas
voces
y nuevos
actores
sociales.
Naturalmente
que aquello
provocaba
la tensión
entre
dos tendencias:
la preocupada
por el
target
y la clientela,
y la preocupada
por los
lectores,
tensión
en la
que deben
debatirse
necesariamente
los medios,
en su
curiosa
condición
de ser,
al mismo
tiempo,
empresas
en pos
de rentabilidad
y mediadores
de la
opinión
y las
necesidades
de las
gentes.
Así
asistimos
a esa
tormentosa
segunda
mitad
de los
años
noventa,
combatiendo,
no sé
con cuánta
razón,
a la farándula
de Abdalá
Bucaram,
para acabar
abatidos
con la
crisis
bancaria
y una
dolarización
fraguada
en una
tarde
de domingo.
Para entonces,
comenzó
la diáspora
de algunos
colaboradores
de Diario
HOY. Yo
personalmente,
desesperanzado
del país,
de las
élites
políticas,
de unos
movimientos
sociales
asfixiados
en su
propio
redil,
para en
el insomnio
buscar
otros
espacios
donde
continuar
insistiendo
en los
desacuerdos.
De ese
modo,
dos de
nosotros
desembarcamos
en El
Universo,
el “Pájaro”
Febres
y yo.
Lo curioso
de la
diáspora
es que
las cúpulas
de los
principales
diarios
y sus
cuerpos
de redacción
actuales
acabarían
ocupados
por quienes
pasamos
por HOY.
¿No
sería
oportuno
que, a
la luz
de esos
resultados,
el “Gringo”
Mantilla
piense
en fundar
una escuela
de periodismo?
Seguro
que le
irá
muy bien.
Muchas
gracias
por todo
lo aprendido.
FRANCISCO
FEBRES
CORDERO
Desde
el alba
Eso
recuerdo
del HOY:
las madrugadas.
Era una
actitud
frenética,
compulsiva,
que nos
obligaba
a buscar
que el
día
se alargara.
Y, para
eso, madrugábamos.
Quizá
era también
porque,
llegando
al alba,
procurábamos
llegar
antes
que la
historia.
Así
éramos
de ilusos.
Porque,
cuando
llegábamos,
la historia
ya estaba
allí,
esperándonos,
desde
hacía
mucho
tiempo.
Pero nosotros
insistíamos.
Así
éramos
de jóvenes:
cargábamos
los sueños
a la espalda.
Unos sueños
que soñábamos
juntos,
con los
ojos abiertos
del insomnio.
Y arriesgábamos.
Nos poníamos
ahí,
frente
al idioma,
y lo retábamos,
inventándonos
verbos.
Nos poníamos
ahí,
frente
al poder,
y lo retábamos,
inventándonos
futuros.
Nos poníamos
ahí,
frente
a nosotros
mismos,
inventándonos
juegos,
ironías,
maneras
de no
tomarnos
en serio,
mientras
la vida
se nos
iba en
tantas
y tantas
seriedeces.
Llenábamos
columnas
con nuestra
ira. Pero
también
con ternezas,
dulcedumbres.
Y nostalgias.
Nos unía
el sabernos
informales
y estar
enlazados
por la
irreverencia.
Quizá
teníamos
miedo,
pero procurábamos
que no
se nos
notara.
Quizá
estábamos
llenos
de vacíos,
de dudas,
pero procurábamos
que no
se nos
notara.
Peleábamos
a pulso
por abrirnos
un espacio.
Que era
un espacio
para la
reflexión.
Y para
la provocación.
Creo -ahora
creo-
que estábamos
en guerra.
Una guerra
del HOY,
para el
mañana.
Y así
fuimos
dejando
nuestra
impronta
en la
batalla.
Cada página
era una
trinchera
desde
la que
disparábamos
contra
la concupiscencia,
la corrupción,
la prepotencia,
imbuidos
por la
certeza
de que
nuestra
voz era
la de
los otros,
de aquellos
que estaban
en la
orilla
opuesta
del poder.
Hasta
que, como
en toda
batalla,
comenzamos
a sentir
las bajas,
las ausencias.
Y quizá,
también,
comenzamos
a sentir
el desgaste
de tantas
madrugadas,
que ya
no olían
a ilusión.
Ya no
a esperanza.
Lo que
siguió
estaba
consignado
en el
horóscopo,
cuya predicción
se cumplió
exacta:
se acercan
tiempos
duros.
Y esos
tiempos
fueron
de vientos
huracanados,
que nos
mandaron
lejos,
lejos.
Ahora,
ese puñado
de madrugadores
escudriñamos
el horizonte
con ojos
ya gastados,
estamos
más
calvos
y mucho
más
escépticos.
A casi
todos
nos han
crecido
nietos.
Pero cuando
en cualquier
noche
incierta
nos volvemos
a encontrar,
sin proponérnoslo
esperamos
que llegue
la madrugada
y sentimos
cómo
el alba
nos abriga
de quimeras.
Y notamos
cómo
el HOY
fue algo
que se
nos quedó
adentro.
Fue un
abrazo
fraternal.
Fue una
aventura.
Fue una
herida
terca,
que se
negó
a cicatizar.
Y fue
un verbo
quemante
que para
nosotros
se conjuga
en pasado,
pero para
los que
llegaron
después
seguirá
-obstinadamente-
conjugándose
en futuro.
|
 |