TERCERA ENTREGA
SANGRE Y MUERTE EN LAS DELICIAS
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frente con la guerrilla
El comandante Luis Alberto cuenta cómo fue la toma del cuartel de
Las Delicias, ubicado en un caserío de 200 habitantes. Cayeron soldados y guerrilleros.
Los que quedaron vivos huyeron por el monte
Por Fernando Villarroel G. Especial para HOY

Esa tarde de agosto de 1996 muchos soldados y miembros
de las FARC cayeron en combate
Un pequeño grupo de hombres y mujeres se arrastraban en la vegetación
para tomarse el cuartel de Las Delicias en un caserío de 200 habitantes y llevarse las
armas. Fue una calurosa tarde de agosto de 1996 y Luis Alberto no lo olvida.
"Cayeron muchos soldados y guerrilleros; éramos 450 hombres contra unos cuantos
militares pertrechados y preparados, pero no para pelear contra nosotros. En la base de
una hectárea y 15 puestos de guardia, había fusiles, ametralladoras punto 30 y M-60 y
lanzagranadas MGL; un área daba al río Putumayo. Calculamos 30 militares y no 120, una
buena parte del cuartel era subterránea".
"Se atrincheraron y, en la oscuridad, disparábamos al fogonazo. Sacábamos a los
heridos, pero ellos estaban acorralados; el olor a muerto, sangre y orina fue
insoportable. A las 05:00, por radio, 'Tiro Fijo' ordenó la retirada y Pedro Martínez se
negó. Combatimos todo el día y, al anochecer, terminó todo".
"Al final de una batalla todo es doloroso, gritos y quejidos siniestros; se me
encogía el alma, sentía angustia, tragaba saliva, no solo por nosotros, también por
ellos; los cadáveres hinchados al sol olían feísimo. Creo que esta guerra un día
terminará; queremos un cambio definitivo, pero no vendrá de los gobiernos ni de
organismos internacionales, aún correrá mucha sangre".
Los que quedaron vivos en la toma de La Delicia huyeron con 60 presos por el río y el
monte. Avanzaban tres horas y descansaban 30 minutos; agotados, hambrientos, con la ropa
mojada y sucia, insoportable para la piel. La noche les ayudaba y les dificultaba la
huida; a la madrugada treparon en las canoas a motor.
Al segundo día armaron campamento y al tercero se cumplieron los presagios: tres de la
tarde y el grupo que cerraba la marcha fue atacado. "Algunos nos lanzamos al Putumayo
y nadamos, otros se ahogaron por el peso de los equipos. Quienes salimos del agua nos
metimos al monte, ahí supimos que las ráfagas del avión fantasma habían matado de
contado al comandante Pedro. Tres horas atrás, había dicho: "Si me pasa algo,
continúen". En ese momento angustioso nos olvidamos de pelear, ¡qué dolor! ver a
ese gran hombre caído, sangrando a borbotones; en el ataque murieron dos hombres y dos
mujeres adolescentes. Abrimos cuatro tumbas, pero a él lo cargamos cuatro días en
agotadoras jornadas, putrefacto y nadie protestaba, el peso parecía que aumentaba y eso
que era pequeño. Fue duro andar por lodazales, quebradas y riachuelos con lluvias
torrenciales".
Para ese puñado de hombres, el comandante era una carga preciosa y la fuerza espiritual
era más poderosa que el cansancio; nadie creyó lo que dice la gente de la selva:
"Un muerto pesa más que un vivo". Nadie quiso dejarlo en la tierra arcillosa y
húmeda. El cuerpo del comandante olía a consejos prácticos, a enseñanzas, a
ideología, a sabiduría. Él mismo, pocos días antes, no había cumplido la orden de
'Tiro Fijo' porque confiaba en ellos y ahora no lo iban a defraudar; cuando cayó
sangrante, Pedro Martínez ya era una leyenda encarnada en la memoria de sus hombres.
El comandante Pedro pesaba como una pluma y olía a lluvia, al canto de los pájaros, a la
correntada del Putumayo. El comandante olía como huelen las hojas húmedas pisadas por
las botas de los guerrilleros. "Lo cargábamos en una hamaca y nos turnábamos. El
comandante tenía esposa y siete hijos en varias mujeres; los altos mandos avisaron a su
familia. El hombre fue sepultado con todos los honores y se consumieron dos vacas,
abundante café y galletas; los guerrilleros le dieron el último adiós y sus familiares
no llegaron. En esos casos se hace guardia de honor cada dos horas junto al cadáver; sin
ataúd, se lo envuelve en una bandera de Colombia y otra de las FARC. Le pusimos mucho
formol y café molido fragante; dispararon salvas y alguien gritó: "En honor a
nuestro comandante caído en combate; que la honra y el honor sean para él".
"Pocos saben donde está sepultado, son varios días de camino; al comandante lo
enterramos en el corazón de la montaña. Siempre me dolerá su muerte y nunca olvidaré
esa canción que él solía cantar:
"Cuando me muera
no me lloren
es que el llanto no resucita a los muertos
cuando uno muere
ahí sí lo halagan y lo lloran
ya para qué
si uno no siente nada
todos tenemos un día para morirnos
tarde o temprano
la muerte nos llegará
recen por mí
para que el Dios eterno
perdone mis faltas
que un día cometí".
PARTE DE GUERRA
El perro cazador
Tenía 13 años y había nacido en un pueblo perdido. Niño campesino pobre, solía
trabajar en Puerto Asís y La Hormiga. Se llamaba Fernando y era experto en manejar armas,
motos, carros y no conocía el miedo en el peligro. El niño guerrillero 'ejecutaba',
mataba gente.
Fernando, 1,62 m, 55 kg, ojos claros, pelo café. Manos frágiles, dedos delgados, sonrisa
atractiva y bueno para el billar. De vez en cuando se tomaba unos tragos: "Fernando
era inteligente, expresa Luis Alberto, solo pasó por la escuela; lo adiestró un
comandante apodado 'El Indio'. Él me dijo: 'Le tengo un chico, es como un perro cazador,
solamente tiene que mostrarle la presa'. Cuando lo conocí, exclamó: 'Hágame sacar esta
hijueputa muela, ya no aguanto el dolor comandante'.
A los 14 años, diezmó con pistola a los narcos de la banda 'Los Champas'; su fama para
ejecutar fue temible. Era frío, peligroso y efectivo, mataba a alguien en el desayuno.
Fue 'de élite' en las FARC, y lo apodaban 'el exterminador'. Se enredó en los hilos de
la violencia y la muerte. Mató a policías, políticos, comerciantes, terratenientes,
chulqueros y a delincuentes organizados. Pero se tornó irascible y rebelde; se perdió el
control sobre él y su conducta fue psicopática.
"Pasaron meses y, si preguntaba por él, decían que andaba en una misión. Un día
me enteré que dos compañeros lo llevaron al monte y no volvió más; quizá lo
eliminaron por orden del Secretariado de las FARC. Nunca lo supe y jamás lo sabré".
Fernando, el niño guerrillero, en tres años eliminó a 150 personas y desapareció para
siempre cuando apenas tenía 16 años.
30 de mayo de 2005
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