SEGUNDA ENTREGA
EN TIERRA DE COMBATIENTES


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Conversar con uno de los comandantes de las FARC implica ingresar en su mundo: la selva, sus compañeros, sus amores, su forma de vestir, de empuñar las armas, entre otros detalles


Por Fernando Villarroel G. Especial para HOY


Hombres y mujeres del grupo rebelde comparten actividades, entre ellas el lavado de la ropa
Hombres y mujeres del grupo rebelde comparten actividades,
entre ellas el lavado de la ropa

Cuando la guerrilla lleva a alguien a su territorio, lo hace a través de un eslabón de contactos que forman una larga cadena. Desde Dureno, el carro enfiló hacia Puerto Nuevo, a orillas del río San Miguel; se habló del pueblito con el problema del Plan Colombia y los refugiados, pero no se tocó mucho el mundo interior de esa gente que trae historias del otro lado y las guarda en el silencio de su alma.
Cuando visité Puerto Nuevo, comprobé que allí nadie preguntaba y tampoco pasaba nada, por eso el colombiano se siente mejor que en casa. "Aquí los niños se crían seguros y tranquilos; Puerto Nuevo es una pequeña isla de Colombia", fue una de las frases que oí.

En el lugar, hay personajes únicos. Morocho es uno de ellos, algunos cariñosamente le dicen 'Morochito'; hombre macizo, cuarentón, demasiado fuerte, pelo zambo; habla con pasión. "Tenemos nuevo Gobierno y ya subieron el hijueputa precio de la gasolina. ¿No dijeron que no sería así?". Él es colombiano y lo demuestra cuando habla. Es el hombre del río, estrecha nuestra mano con la fuerza que le han dado miles de travesías; ha surcado el San Miguel tantas veces que no podría precisarlo, anda feliz en su canoa y hace sentir seguro al pasajero. "Vamos por el río San Miguel, todo chévere, tranquilo", expresa. Mientras navegamos, aparece otra canoa con seis hombres con ropa camuflaje, son guerrilleros que saludan alzando la mano y pasan de largo. Llegamos a una pequeña playa, estamos solos, pero me siento observado; sorpresivamente llega una mulata de formas pronunciadas, viste como varón: pantalón militar, botas de caucho y camiseta oscura; saluda de volada y va directo al río, se moja abundantemente para refrescarse a esa hora el sol es inclemente. Se echa agua con las manos una y otra vez en la cara, en el pelo. No parece armada y, mientras se lava, un poco inclinada, muestra el nacimiento de sus pechos grandes, me doy cuenta de que no lleva sostenes. Cinco minutos después aparece un mulato vestido igual y dice que el jefe está río arriba, debemos retornar para hablar con él. "Le dije que usted es amigo de Rigoberto para que no le venden los ojos", dice el contacto. La pareja va en otra canoa más veloz y tenemos que esforzarnos para no perderla.

El embarcadero está camuflado con ramas en la margen izquierda del río San Miguel; los ecuatorianos patrullan las aguas territoriales sin pasarse al lado colombiano. "Nosotros estamos con los guerrilleros, son más humanos y están en contra de la fumigación que perjudica a todos por culpa del Plan Colombia. Hay que vivir en la zona para entender lo que pasa", dijo un par de horas antes un morador de Puerto Nuevo.

Nos quedamos en el bote y aparecen varios jóvenes con ropa camuflaje, van al río a buscar agua. Pasaron 15 minutos y llegó un emisario: "Que entre el contacto, los demás que se queden aquí". Y tuvimos que aguantarnos el sol de las 15:30 en la canoa, un guerrillero compadecido expresó: "Pasen aquí arriba, busquen sombra, no se queden en el bote".

Arriba, en la planicie, el cuadro fue muy distinto. Conté por lo menos 30 jóvenes con ropa camuflaje. "Somos un ejército y tenemos una preparación completa; estamos capacitados para que uno de nosotros enfrente a cuatro soldados del Gobierno", manifestó con certeza uno de ellos. Observé largo rato al grupo de hombres y mujeres (había nueve mujeres), que desbrozaban el monte con su machete.

Comprendí que esos jóvenes tienen ilusiones y sienten deseos de jugar, de hacer bromas, de gritar, de correr por la selva cuando descansan para bañarse y a la hora de combatir, no titubean; les llega la fuerza espiritual y nada más importante para un guerrillero que su propia convicción. Son jóvenes diferentes a los de ciudad, piensan y analizan más. Esas muchachas que trabajan con los hombres sin dejar de ser mujeres, son diferentes y también iguales: iguales cuando espían a hurtadillas lavando vajilla en el río y sonríen coquetamente; son diferentes cuando se arrastran con el fusil para combatir. "Una mujer pobre en Colombia, cuando llega a la adolescencia o cuando sale de ella, no puede escoger: se enrola con los paramilitares o con la guerrilla; estoy más protegida en el movimiento que en un pueblo. Aquí hay más moral que en la ciudad, es preferible manejar el fusil, que trabajar de puta", dijo con seguridad una chica pecosa.

Esas mujeres de pelo negro recogido en un moño, rostro mestizo, son distintas e iguales, pero qué diferente es una pareja que se pasea por una calle, a aquella quizá de la misma edad que se coge de la mano en la selva donde no hay de quién ocultarse. ¿Para qué esconderse de la vegetación y la lluvia? ¿Qué vergüenza se puede sentir de bañarse desnudos en el río, testigo mudo de los sentimientos? Al final, los guerrilleros también se enamoran y comparten afectos mutuos en su lucha por su revolución y la vida.

PARTE DE GUERRA
El comandante Álex


El hombre emergió súbitamente de la espesura. No llegaba a los 35 años; vestía pantalones camuflaje, botas de caucho, boina negra y una camiseta del mismo color con el rostro del 'Che' Guevara impreso en el pecho; en la espalda decía: 'CHE'. La metralleta, colgada del cuello, la sujetaba con la mano izquierda, la derecha muy cerca del arma. Calmado, observaba con mirada inquisidora; repentinamente espetó: "¿Con quién tengo que hablar?". Morocho me señaló directamente y el hombre añadió: "Venga a la sombra". Quería hablar sin que nadie escuchara y agregó con voz muy suave: "¿Qué me cuenta, patrón?".
-Usted tiene mucho más que contar -contesté.
-¿Será?
-Claro. Usted ha vivido más, no cronológicamente, pero tiene otras cosas en su mundo interior.
-Pero usted viene de la ciudad.
-Sí, pero en la ciudad la vida es más rutinaria. En cambio, este escenario hermoso le llenará de cosas.
- Quizá tenga razón; aquí está nuestra vida y luchamos legítimamente por nuestras ideas; los gobiernos nos obligan a atrincherarnos en estas selvas. ¿Primera vez en tierra guerrillera?...
La pregunta quedó flotando y el hombre barbado me contempló con atención; comprendí que yo era el intruso que pisaba su terreno y al mismo tiempo trataba de llevarlo al mío. Hablamos largo con ese jefe de nombre Álex y al final expresó con cierta simpatía: "Le invito a que escriba todo lo que quiera". Fue lo último que dijo y se perdió en la espesura con la metralleta pendiendo de su cuello.

29 de mayo de 2005

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