PRIMERA ENTREGA
¿A CUÁNTOS HA MATADO?
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frente con la guerrilla
Las sorpresas que implica adentrarse en la frontera entre el
Ecuador y Colombia, el conversar con los guerrilleros y conocer algunos detalles de este
mundo, que es todo un misterio
Por Fernando Villarroel G. Especial para HOY

Miembros de las FARC vigilan las orillas del Caguán,
una zona que estuvo desmilitarizada
Siempre pensé que cuando tuviera un guerrillero al frente, estaría
meciéndose en una hamaca, fumándose un cigarrillo barato, espantando los mosquitos y con
un sombrero echado en los ojos. Solo él podría ver la expresión de mi rostro, pero yo
no la de él.
Sería en la selva, con aguaceros torrenciales y tendría que caminar horas para llegar a
su campamento. Siempre me imaginé el río San Miguel, de Sucumbíos, y todavía tengo en
la memoria el pueblo de Puerto Asís y aún me parece oír el estampido de varios disparos
en una noche de discoteca con una rubiecita de apenas 22 años llamada Gloria. Cuando
empezaron los balazos apagaron la luz, comenzaron a volar las botellas y las sillas y la
gente se metía bajo las mesas. Hicimos lo mismo y alguien, por señas y a gatas, nos hizo
salir por la puerta de atrás; fuimos a parar a una callejuela estrecha. Corrimos en la
oscuridad porque todo el pueblo estaba sin luz, se había ido al momento de los disparos.
¿Fue la salvación? Nunca podré saberlo, pero sí fue lo mejor.
En el hotel, un poco más tranquilo, a la luz de unas velas, con la complicidad de la
noche y los muslos de Gloria, me olvidé por unas cuantas horas del asunto. Eran las dos
de la madrugada.
No me olvido de La Hormiga, de Puerto Colón, que se han vuelto tan peligrosos, tampoco
que luego de bajar ocho horas en canoa por el río San Miguel, surcamos el río Putumayo
(limítrofe con el Ecuador y Colombia) para alcanzar hacia el atardecer del siguiente día
a Puerto Asís. Donde -como decía un periodista amazónico- "la muerte viaja en
motocicleta".
Siempre pensé que, cuando entrevistara a un guerrillero, después de un rato, él se
quitaría el sombrero de los ojos, cuando se hubiese fumado todo el tabaco y me clavaría
la mirada sin hablar, como diciendo: "Pregunte y le respondo". Y yo, sin poder
contenerme más, tal vez por temor o recelo (creo que más por temor), le lanzaría la
frase que estaría quemando la garganta, como quien clava un cuchillo en una mesa con un
golpe seco: "¿A cuántos ha matado?" Y el hombre, sin titubear, con voz baja y
ronca, contestaría: "No sé. A veces, en las madrugadas, se me confunden los rostros
y los nombres. No sé a cuántos he matado".
Siempre pensé en una situación inesperada y fue en Sucumbíos. "Te llamaron, está
esperando Luis Alberto", le dijeron a mi amigo Rigoberto. Este comentó de quién se
trataba y nos fuimos.
Cuando lo conocí, me observó con cuidado y desconfianza. No esperaba ver a un
desconocido junto a un viejo amigo que él quería saludar; al parecer, estaba sediento y
bebió casi atragantándose un agua mineral. Comprendí una seña y salí prudentemente
del cuarto; me llamaron una hora después y sentí que el hombre cambió la desconfianza
por amabilidad y fue él quien preguntó algunas cosas. Era todo un requerimiento y, al
parecer, quedó satisfecho. La cita quedó pactada para esa noche y, cuando habían pasado
tres horas, me di cuenta de que el tiempo transcurría muy rápido. Acordamos vernos al
día siguiente y así sucesivamente.
Ahora que han pasado muchos meses, siento que tengo la selva metida adentro y todo el
tiempo que me concedió el comandante Luis Alberto fue demasiado corto. Hubiese querido
hacer infinitas esas horas compartidas con un personaje apasionante, y aunque traté de
preguntar todo, siento que no pregunté nada. El comandante se abrió, habló de cosas
acumuladas en el tiempo y se sumergió en sus vivencias imperecederas de guerrillero. Es
un hombre lleno de energía, cuya vida es como una ruleta rusa y no sabe en qué momento
le llegará el final. Confieso que me contagié de esa tensión y esa noche, luego de
escribir muchas páginas, no podía dormir en medio del calor, protegido por el toldo de
los mosquitos zumbantes; me daba vueltas en la cama. Todos los ruidos y crujidos eran
inquietantes, incluso la caída de las hojas o de una ramita seca en el techo de zinc
parecía un ruido infernal. Se aceleraban los latidos del corazón y se agolpaba la sangre
en las sienes, tragaba saliva. Tenía la sensación de que, en la ventana abierta para que
entrara alguna brisa, se asomaba una sombra, pero ¡nada! El aire era cada vez más
pesado, pero parecía que la sombra estiraba un brazo apuntando con una pistola de nueve
milímetros. Comprendí que tenía miedo, con mayor razón al recordar las frases
expresadas horas antes por ese hombre: "Los paramilitares liquidan a nuestros amigos,
es una lucha y peligro constante que los guerrilleros debemos enfrentar. Las Autodefensas
Unidas de Colombia (AUC) fueron creadas por los gobiernos y ahora (no le hablo solo de
Colombia), aunque quisieran, ya no pueden eliminarlas. Créame, los paramilitares odian a
nuestros amigos".
Las palabras de ese hombre pequeño y flaco martilleaban en los oídos y solo me llegó el
sueño al amanecer y todavía se repitieron otras expresiones más: "Si los gobiernos
utilizaran nuestras mismas tácticas, nos derrotarían. Pero eso no le interesa a ningún
Gobierno".
PARTE DE GUERRA
Pequeño y flaco
Luis Alberto era un niño pequeño y flaco que se levantaba con el canto de los pájaros
madrugadores y, en ese entonces, jamás se imaginó lo que llegaría a ser. Nunca pensó
que manejaría un arma con la misma naturalidad con que se coge un tenedor para comer o
una pluma para escribir. Cuando contemplaba a los perros grandes que descansaban en el
patio de la casa, animales fieles que eran parte de sus juegos, tampoco se imaginó que
apretaría el gatillo de una pistola nueve milímetros en contra de una persona.
Su hogar estaba lleno de ese calor tan especial, pero no su mundo interior, sus
pensamientos que le inquietaban cuando llegaban a su cerebro. Y ese niño pequeño y flaco
se preguntaba por qué.
Era el año de 1980, pero en su hogar no había luz eléctrica, por ello hacía los
deberes de la escuelita alumbrándose con una vela y el niño no lo comprendía. Pese a
todo, no perdía sus sueños de pequeño y compartía con los suyos a la hora de comer un
plato de granos, un poco de arroz o plátano frito en manteca de puerco servido por las
manos de su madre que todavía vive.
Años más tarde, cuando sentía que un fusil de asalto se calentaba en sus manos de tanto
disparar, cuando se dio cuenta de que podía arrebatar una vida o perdonarla, cuando
podía conceder clemencia o negarla ante alguien suplicante, cuando aprendió a pelear
cuerpo a cuerpo en medio del ruido ensordecedor de una batalla y vio cómo los proyectiles
penetraban en cuerpos humanos, produciendo un ruido sordo, casi apagado, entonces Luis
Alberto recién comprendió que su vida jamás volvería a ser igual.
28 de mayo de 2005
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