PRIMERA ENTREGA
Tokio, la metrópoli de quienes visten de negro


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El Japón es un país deslumbrante. Con 127 millones de habitantes, es la clave de un Asia desconocida para Occidente


Por Diego Cornejo Menacho. Subdirector de Información


TOKIO.- Midori Oishi es mi intérprete y guía en el Japón. Ella es capaz de traducir la palabra ‘ubicuidad’ en un país en donde la barrera infranqueable es la del idioma.

El japonés tiene 46 ideogramas y hay dos formas de escribirlo. Únicamente se habla en este país.

La mujer se convertirá en mis ojos y mi voz durante 10 días. Delgada, de una delgadez muy japonesa, luce el cabello algo cano, muy corto y en puntas. Soltera -ella prefiere la palabra solterona- estudió literatura, ha leído al boom latinoamericano y aprendió español en Andalucía.

El salario promedio en Japón, me dice, es de 300 mil yenes (alrededor de $3 000).   Le pido que me mencione los nombres de los cuatro hombres más poderosos de esta ciudad y los de las cuatro mujeres más bellas.

“El gobernador de Tokio y escritor Shintaro Ishihara, de enorme influencia. El presidente de la Toyota, un empresario prestigioso: Hiroshi Hokuda. Junichiro Koizumi, el premier, por el Partido Liberal Demócrata. Tsuneo Watanabe, presidente del holding del conservador Yomiuri Shimbun, el diario de mayor tirada en el mundo (más de 10,3 millones de ejemplares al día, desde 2001)”. Watanabe dejó la dirección de ese periódico por un escándalo relacionado con un ex jugador de béisbol, del equipo que es propiedad de ese diario.

Midori nunca nombrará a las más bellas. “Son tantas”, me dirá en algún momento.

En Tokio todos visten de oscuro. En mi primera impresión se me figura como la metrópoli de los hombres y mujeres de negro. Alguien comentará que es una muestra de respeto a los demás, mientras yo luzco un traje y corbata de colores encendidos, y respondo, inclinando la cabeza, a las venias con que me reciben o me despiden.

Los japoneses hablan en voz baja y son muy formales en su vida diaria, en sus relaciones laborales, mucho más con visitantes del exterior. Pero la noche de Ginza, el barrio más cosmopolita de Tokio, acoge en sus bares y restaurantes a millares de personas que beben cerveza y degustan platillos japoneses o italianos, chinos o árabes, franceses o gringos. Allí, hombres y mujeres hablan en voz alta, y ríen sin pudor. En este país hay 20% de budistas y, oficialmente, 100% de shintoístas. Alrededor de 3% de cristianos. “Es un país muy laico”, dice Midori, para quien los japoneses “nacen shintoístas y mueren budistas”.

El shintoísmo es más que una religión. Es una cultura y un modo de ser y de vivir. Pero en el Japón se celebran tanto fiestas del shintoísmo como del budismo.

“Los jóvenes no se adaptan a los cambios, pero no es común que hablen en público de política”, me advierte Hidekazu Araki, un economista que visita el Ecuador con frecuencia, “están preocupados por el empleo, por el aislamiento atómico y por el sistema de pensiones”.

9 de noviembre de 2004

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