La capacidad de un
sistema político para promover acuerdos democráticos
depende de la bondad de las instituciones y los incentivos que
estas ofrezcan, y de la conducta de los actores políticos y la ciudadanía
En el cuarto de siglo transcurrido, la
democracia ha hecho importantes aportes al desarrollo nacional, en parte gracias al
petróleo. El analfabetismo fue reducido, disminuyó la mortalidad, aumentó la esperanza
de vida, se extendió la cobertura de los servicios públicos, el pueblo indígena
recuperó su identidad, progresaron las ciudades y fue resuelto el atávico problema
territorial.
En cambio, fracasó en su misión de desarrollar el Ecuador. El crecimiento económico fue
apenas superior al de la población, los niveles de pobreza continuaron altos, se
deterioró la calidad de los servicios de educación y salud, se mantuvo la injusta
distribución de la riqueza y el país se estancó con respecto a otros de América
Latina. En estos resultados negativos influyeron pérdidas económicas causadas por
catástrofes, caídas de las exportaciones, crisis internacionales, guerras, sequías y
plagas. Hechos que deben ponderarse porque sus efectos fueron ocasionales y transitorios y
porque hubo años de altos precios del petróleo y el conflicto fronterizo fue resuelto en
1998.
En cambio los problemas de gobernabilidad de la democracia ecuatoriana, por ser
estructurales, han conspirado contra todos los gobiernos. A ellos se debe el fracaso de
costosos programas de estabilización económica, la interrupción de promisorios procesos
de crecimiento, el desperdicio de oportunidades económicas externas, la deficiente
respuesta a crisis internacionales, el empeoramiento de la equidad social y el atraso y
frustración en los que el país se ha debatido durante 25 años.

Los acuerdos políticos han sido el talón de Aquiles de la democracia. Una de las pocas
veces en que presidente, ex presidentes y vicepresidente se han renunido fue, como
registra esta histórica foto, por la unidad nacional en la Guerra del Cenepa
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Fragmentación
política
Ilustra la extrema fragmentación del sistema de partidos el hecho de que, de diez
presidentes del Ecuador, solo dos han pertenecido a la misma organización política (DP).
Debilidad que no ha podido corregirse en razón de que partidos en vías de extinción han
manipulado en el Congreso y en el TSE las normas que los inhabilitaban, y de que los
propios ciudadanos han incentivado la fragmentación política con la dispersión de sus
votos en los comicios. A lo que ha contribuido la generalizada defensa de minorías no
representativas, olvidando que las democracias exitosas se asientan en sólidos partidos
mayoritarios. Por estos motivos no produjeron efectos las reformas constitucionales y
legales con las que se buscó promover un sistema de partidos que garantice la estabilidad
política, propicie la continuidad económica, otorgue seguridad jurídica y lidere la
democracia ecuatoriana, requisitos sin los cuales no es posible el progreso
socioeconómico. Tampoco fue posible que los gobiernos contaran con una mayoría
legislativa que respaldara sus iniciativas y moderase la desestabilizadora oposición que
sufrieron en el Congreso Nacional.
Conflictividad
La democracia es un sistema político en el que el diálogo y la negociación permiten
acercar posiciones, convenir acuerdos, facilitar decisiones e impulsar iniciativas de
interés nacional, consensos indispensables en un país políticamente fragmentado como el
Ecuador. La capacidad de un sistema político para promoverlos no sólo depende de la
bondad de las instituciones y de los incentivos que ofrezcan, sino también de la forma en
que actúan los actores políticos. Líderes dogmáticos y apasionados, empecinados en
imponer sus posiciones, reacios a valorar el punto de vista del adversario y proclives a
la violencia verbal, cierran las puertas al diálogo político constructivo. Varias son
las consecuencias de estas conductas. No fue posible la formación de alianzas perdurables
y la adopción de políticas de Estado. Quienes pretendían acceder al poder realizaron
una oposición intransigente y desleal, sin tener en cuenta que el progreso del país
dependía del éxito del gobierno. En el debate sobre los asuntos públicos, no se buscó
esclarecerlos, a través de un intercambio razonado de puntos de vista, sino descalificar
al adversario mediante ataques personales. Todos los presidentes, con una excepción,
entregaron a su sucesor la economía desestabilizada, y uno llegó a tomar decisiones con
el deliberado propósito de agravar su condición crítica.
Ilegalidad
Gobiernos, congresos, partidos, organizaciones sociales, sectores económicos y la
generalidad de los ciudadanos, en lugar de encuadrar sus actividades diarias dentro de los
ámbitos establecidos por los preceptos jurídicos, tienden a interpretarlos
maliciosamente o simplemente a ignorarlos. Por este motivo, y no por falta de normas, no
existe en el Ecuador el imperio de la ley, elemento del que depende la correcta operación
de las instituciones democráticas y el progreso de las sociedades. Por ejemplo, mediante
toda suerte de subterfugios se ha impedido que se aplique la disposición que, desde 1979,
establecía que los partidos perdían el registro electoral si no alcanzaban el 5% de
votos en dos elecciones consecutivas. El Congreso Nacional ha violado reiteradamente el
artículo de la Constitución que le prohibe tomar iniciativa en leyes que creen gasto
público, desacato paradójicamente avalado por los tres últimos presidentes de la
República. Y en cuanto a los ciudadanos, solo hay que mirar la forma en que
cotidianamente violan la Ley de Tránsito en calles y carreteras o recordar que, para una
amplia mayoría, cumplir con la obligación de pagar impuestos es una mezcla de ingenuidad
y tontería.
LOS
HECHOS
El país cambió por el petróleo
En el cuarto de siglo de democracia, se redujo el analfabetismo, disminuyó la mortalidad,
aumentó la esperanza de vida, se extendió la cobertura de los servicios públicos, el
pueblo indígena recuperó su identidad, progresaron las ciudades y fue resuelto el
problema territorial. |
Populismo
Tal es la fuerza del populismo que su retórica y sus prácticas no solo marcan la
conducta de partidos de tal orientación, como PSC, PRE, Prian y MPD, sino de casi todos
los líderes políticos ecuatorianos. El dispendioso gasto público de gobiernos y
congresos (especialmente en períodos electorales), la oposición a leyes y decisiones
necesarias para la salud de las finanzas públicas y la reticencia a tomar medidas
impopulares, impidieron que el país tuviera una administración ordenada de
la economía y provocaron devastadoras crisis económicas y sociales. Su desinterés por
programas que promueven la equidad social cortó la posibilidad de que pudiera mejorarse
la calidad de la deteriorada educación pública. Sus prédicas paternalistas, el
ejercicio clientelar del poder y la irresponsable demagogia degradaron las instituciones
democráticas, ocasionaron el desperdicio de recursos e impidieron que el pueblo
adquiriera conciencia de sus responsabilidades. Buena muestra del generalizado carácter
populista de la sociedad ecuatoriana fue la forma en que diputados, líderes políticos,
periodistas y medios de comunicación discutieron el reciente aumento de pensiones a los
jubilados.
Exclusión social
Los altos porcentajes de pobreza y de indigencia, las hirientes injusticias sociales, la
abusiva presencia de privilegios y una sociedad que no ofrece iguales oportunidades, han
provocado un sentimiento de exclusión social que ha llevado a ciertos sectores a adoptar
posiciones políticas extremas. Los movimientos de protesta contra aquellas inequidades,
en los años ochenta fueron liderados por organizaciones sindicales que conformaron el FUT
y en los últimos 15 años por indígenas agrupados en la Conaie. Mediante huelgas, paros
y levantamientos, impidieron que los gobiernos tomaran medidas para preservar la
estabilidad económica, garantizar el crecimiento y modernizar el Estado, a pesar de que
de ellas dependía el mejoramiento de las condiciones de vida de la población. Incluso
llegaron a descalificar la democracia y a conspirar contra su permanencia, como sucedió
el año 2000 cuando la Conaie, junto a militares insubordinados, desconoció el gobierno
constitucional y proclamó e integró una dictadura.
Patrimonialismo
Frente a los bienes públicos, existe una actitud deshonesta en amplios sectores de la
sociedad, y no solo en políticos y funcionarios públicos, ya que el común de los
ciudadanos confunde lo público con lo privado y tiende a subordinar el interés general
al interés particular. El Estado y la autoridad no son vistos por los individuos como
instancias a las que corresponde proteger el patrimonio público, garantizar derechos,
exigir obligaciones y defender el interés colectivo, sino como instrumentos a través de
los cuales personas y grupos pueden enriquecerse, obtener favores, recibir prebendas y
consagrar privilegios. El carácter permisivo de la cultura ecuatoriana ha impedido que la
corrupción pueda ser combatida, a pesar de leyes expedidas para perseguirla, de
organismos creados para controlarla y de la acción de ciertas autoridades. De lo cual es
un ejemplo la alianza colusoria de funcionarios y particulares para el robo de energía
eléctrica, tiempo telefónico y petróleo mediante conexiones fraudulentas. Como también
la existencia de partidos políticos que operan como verdaderas mafias sin que su conducta
importe a sus numerosos seguidores. En ocasiones el interés público ha sido defendido
por el FMI, el BM y el BID y no por el Gobierno o el Congreso Nacional.
Osvaldo
Hurtado

El autor de este ensayo
Osvaldo Hurtado fue presidente constitucional del Ecuador de 1981 a 1984. Profesor
universitario e investigador, es autor de numerosos libros como Dos mundos
superpuestos y El poder político en Ecuador |
Izquierdismo
Mientras en Europa y en otros países América Latina el pensamiento tradicional de
izquierda ha perdido influencia y electores, y en China, Vietnam y Cuba ha sido modificado
para adaptarlo a las nuevas realidades del mundo, en el Ecuador continúa inspirando los
actos de partidos, organizaciones sociales y sindicatos públicos. Sus seguidores
menosprecian la estabilidad macroeconómica, ponen reparos a la inversión extranjera y
atribuyen al Estado la responsabilidad de explotar recursos naturales y administrar
servicios públicos. Debido a estas rígidas posiciones no ha sido posible mantener el
equilibrio fiscal, acelerar el crecimiento económico, reformar empresas públicas
corruptas, ineficientes y subsidiadas, mejorar la calidad de sus servicios, suplir con
capital extranjero el bajo ahorro nacional, multiplicar el empleo, abatir la inflación y
elevar el bienestar general. Ni siquiera el hecho de que en el presente período
democrático el gobierno de uno de tales partidos (ID) exhiba los peores resultados
sociales, ha servido para que quienes defienden aquellas políticas adviertan que son
contrarias a los intereses populares.
Regionalismo
El antiguo conflicto entre Quito y Guayaquil ha sido usado por el PSC y sus dirigentes,
como también por sectores empresariales, articulistas y periodistas, para aupar intereses
económicos de sus allegados. Alegando una supuesta afectación de Guayaquil han impedido
que el Congreso apruebe reformas legales de interés nacional y que gobiernos tomen
providencias para proteger el interés público, o han conseguido leyes y resoluciones
favorables a los intereses particulares de sus protegidos. En la crisis financiera de
1998-99 neutralizaron la acción del Gobierno mediante la imputación de que
centralistas quiteños se proponían acabar con la banca
guayaquileña, lo que ocasionó que no fueran cerrados bancos insolventes, que se
contaminaran bancos que habrían podido salvarse, que banqueros corruptos culminaran sus
atracos y destruyeran evidencias, que se multiplicara el número de depositantes
perjudicados y que se echara sobre las espaldas del pueblo mayores cargas. Reformas que
buscaban moralizar las aduanas y perseguir el contrabando fueron archivadas bajo el
argumento de que querían llevarse las aduanas a Quito.
Conclusión
Dos conclusiones pueden extraerse de este análisis. Primera, que mientras no se resuelvan
los anotados problemas políticos estructurales de la democracia ecuatoriana, no será
posible que el Ecuador logre un nivel de desarrollo económico y social que le permita
eliminar la pobreza y garantizar el progreso sostenido del país. Segunda, que la
responsabilidad de políticos y partidos en el relativo fracaso de la democracia la
comparten, aunque en menor grado, sectores económicos, sociales y mediáticos, como
también los ciudadanos si es cierto que los políticos no son otra cosa que el espejo en
el que se retratan las virtudes y defectos de los pueblos. |