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C R O N I C A    R O J A

Sábado, 1 de junio de 2000
B U ZO N

REGRESAR A BLANCO Y NEGRO

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Guitarreada que concluye con puñaladas

En la noche del 5 de mayo pasado, Pedro López, Diego Sandoval y Richard Padilla rasgaban la guitarra en la puerta de su casa, entre las calles Antonio Tejada y Juan Benigno Vela, en la parroquia de San Sebastián, al sur de Quito. De acuerdo con la acusación particular que presentaron en un Juzgado de lo Penal, a las 23:00, fueron agredidos, sin que medie razón alguna-, por Francisco Ayabaca Buenaño. "Nos dijo que somos unos hijos de puta, mal paridos, que somos buenos para nada, que ni siquiera sabemos entonar la guitarra -dice la acusación- y que si no se la entregábamos procedería a matarnos".
Como se habrían negado a entregar la guitarra, Francisco Ayabaca, dice la acusación, sacó de entre sus ropas un cuchillo. Pedro López recibió tres puñaladas, de acuerdo con el examen de los peritos del Departamento Médico Legal de la Policía, en la región frontal izquierda, en el pómulo izquierdo y en el brazo derecho.
A Diego Sandoval no le fue mejor, de acuerdo con el informe, recibió una puñalada en el brazo izquierdo, y Richard Padilla presentaba cuatro heridas en el brazo izquierdo. Todos fueron auxiliados por la Cruz Roja.
La acusación dice que luego de atacar con el puñal, Francisco Ayambaca se fugó del sitio. Por estas razones solicitaron al juez que se levante el auto cabeza de proceso, sindicando con prisión al agresor. Y exigían como indemnización, por daños y perjuicios, la cantidad de 300 millones de sucres.
El 22 de mayo, el juez dictó el auto cabeza de proceso, porque la agresión constituye un hecho punible y pesquisable de oficio, sindicando a Francisco Ayabaca sin prisión preventiva. El 13 de junio, los acusadores insistieron en que se extienda la orden de prisión en contra de Francisco Ayabaca, quien los apuñaló, según la acusación, sin motivo alguno. El acusado todavía no rinde su testimonio indagatorio en el proceso. (JT).

 

Detalles de un crimen con las manos atadas

Todo fue fugaz. Joel Francisco Merchán aparecía y desaparecía el día en el que ocurrió su asesinato. Su vecino lo invitó a tomar unas cervezas. Con su primo intercambió algunas palabras, al igual que con su hermano; habló con una mujer de la que no se sabe su nombre. Su esposa lo vio detrás de su hija en el juramento de la bandera del colegio. Pero desde el mediodía de ese 27 de febrero de este año nadie lo volvió a ver hasta que los hermanos Agustín y Norma Zurita Ruano hallaron el cadáver con las manos atadas en la espalda en el kilómetro 14 y medio de la vía a San Juan de Chiriboga, cerca de Chillogallo, al sur de Quito. Estaba tendido a un costado de la carretera. Hallaron 35 000 sucres en el bolsillo del pantalón café del cadáver, dos anillos de oro en sus dedos rígidos, un reloj marca Titanium y una peinilla. Presentaba un orificio en la cabeza de 20 por 13 milímetros de diámetro, en donde estaba incrustada una bala que pesaba 8,44 gramos; semiblindada, de plomo, calibre 38, que fue disparada a una distancia de 80 centímetros; según el informe de los forenses y los exámenes del laboratorio de criminalística. No tenía documentos de identidad y fue clasificado en la morgue como NN. Sus familiares lograron identificarlo en ese lugar. Fue entonces cuando comenzaron las investigaciones.
Pero hasta el momento solo algunos hechos están claros. Un día antes del crimen, de acuerdo con las declaraciones de testigos y sindicados que constan en el proceso que se tramita en el Juzgado Décimo Tercero de lo Penal de Pichincha, a las 08:00, Joel habría entregado a su esposa, Mayra Cajas, la cuenta de ahorros del Banco Rumiñahui para que retire 100 000 sucres. A las 18:00, Joel habría recibido una llamada telefónica. Mayra Cajas, asegura que unas personas querían que les tramite unos pasaportes, por lo que se habrían citado para encontrarse el lunes 28 de febrero.
El 27 de febrero se despertaron temprano, porque ese día era el juramento a la bandera en el colegio de una de sus hijas. A las 07:00 estaban desayunando.
En ese momento Joel habría dicho a su esposa que pensaba invitar a almorzar a, Cristóbal Avila, un compañero del Ejército, por lo que no podría estar con su hija en el juramento a la bandera. Luego habría salido de la casa ubicada en Solanda, al sur de Quito.
A las 08:15, Joel estuvo en la vivienda de su prima Luz Merchán Alvarez para pedirle que fuera a visitar al familiar que se encuentra detenido en el penal García Moreno. Joel le habría contado que pensaba abrir una agencia de viajes, por lo que estaba realizando varios trámites y que incluso debía pagar a un abogado nueve millones de sucres. Veinte minutos después, se marchó.
Una hora después, Joel se encontró con su hermano Fredy Merchán, cerca de su casa. Fredy le dijo que salía a arreglar los papeles para la compra de una casa. Joel le contó que debía realizar una diligencia urgente.
A las 10:00 Joel fue visto por su primo Fidelio González cerca del colegio de su hija. Estaba conversando con una mujer. Cuando Fidelio lo saludó, la joven se habría despedido. "Posiblemente va a trabajar en la agencia de viajes que estoy formando", le había dicho Joel, quien luego cruzó el patio del colegio en donde se desarrollaba el juramento a la bandera. Antes de que terminara la ceremonia levantó la mano para despedirse de su esposa, a Fidelio le dijo que debía irse a San Roque para encontrarse con un amigo.
Al parecer, Joel regresó a su casa y se duchó -su esposa encontró las pantuflas del baño mojadas, cuando regresó de la ceremonia del juramento a las 12:30-. Al salir en dirección al mercado Mayorista pasó por la vivienda de su vecino Marcelo Molina, que, en ese momento, rasgaba la guitarra y bebía una cerveza. Evitó la invitación a beber alegando que llevaba prisa porque debía encontrarse con un amigo. Desde ese momento nadie lo volvió a ver, hasta que apareció muerto, con las manos atadas, en una zona despoblada. El crimen ocurrió horas después. La Policía presentó un informe. Muchos cabos están sueltos. (JT)

La búsqueda que termina en la morgue

Mayra Cajas regresó a su casa con sus hijas. Vio las sandalias de baño de su esposo mojadas y la ropa, con la que lo había visto horas antes en el colegio, sobre la cama. Antes de salir, se había mudado de ropa. Inmediatamente preparó el almuerzo. A las 14:00, la comida estaba lista, probablemente, justo a la hora en que mataron a Joel.
Mayra almorzó con sus hijas, porque Joel no llegaba con su amigo. En ese día habrían llamado por teléfono Jorge Montenegro y Jorge Altamirano preguntando por Joel, debido a que deseaban conversar con él sobre unos pasaportes.
Como Joel no llegaba, a las 17:00 Mayra se fue a la casa de su cuñado Fredy Merchán y la esposa de este, Yolanda Molina. Nadie sabía dónde podía estar Joel. A las 18:00 regresó donde su cuñado. Les contó que estaba preocupada porque Joel no asomaba, a pesar de que había quedado en regresar con un amigo para almorzar.
Mayra estaba preocupada porque Joel, según dijo, llevaba consigo 500 dólares. Convenció a su cuñado para que la acompañara al hotel Reino de Quito, en donde se suponía debía estar hospedado el amigo al que invitó a almorzar, Cristóbal Avila. Nadie se había registrado con ese nombre.
Al día siguiente, cuando Mayra salió a comprar el pan y la leche para el desayuno, se encontró con su primo Carlos Molina, con quien regresó a su casa para llamar a los hospitales. Finalmente, decidieron acudir a la morgue. En una de las urnas estaba el cadáver de Joel, con un orificio en la cabeza.
César Merchán, el hermano de Joel, presentó en el Juzgado una acusación particular y pidió la detención, con fines investigativos, de Mayra Cajas y del primo Carlos Molina. El acusador argumentó que son evidentes las contradicciones y el nerviosismo de la cónyuge de su hermano en las investigaciones que realizó tanto la Policía, como la Comandancia de la Fuerza Terrestre del Ejército.
El 1 de junio, el juez dictó el auto cabeza de proceso, sindicando sin orden de prisión a la esposa de Joel y al primo de esta, Carlos Molina. Mayra Cajas protestó en un escrito, por "los supuestos rebuscados" de su cuñado César Merchán. "Solo espero que Dios nos ayude a identificar a los responsables -alegaba en el escrito- para que el denunciante quede reconocido como un miserable farsante". (JT).


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