
Misteriosas muertes
nocturnas
La muerte o el asesinato de
los hermanos Cristian y Luis, permanece en la más absoluta incógnita. Primero, porque
todo ocurrió en la madrugada, cuando sus cuerpos se calcinaron con sus pocas pertenencias
(sus vecinos aseguran que ni siquiera tenían una cocina); segundo, porque eran
relativamente nuevos en el barrio y casi nadie los conocía; tercero, porque todos los
posibles testigos prefirieron el silencio; y, cuarto, porque, hasta el momento, nadie ha
presentado una denuncia en el Juzgado para esclarecer estas muertes.
Todo fue oscuro. La casa en la que habitaban los hermanos Cristian y Luis, de 23 y 18
años -un pasaje de la lotización San Cristóbal, en la ciudadela Lucha de los Pobres, al
sur de Quito- se incendio sin un motivo aparente. Las primeras versiones hablaban de dos
linchamientos y de la llamada 'justicia por manos propias'. Sobre todo, porque los agentes
de Homicidios que realizaron el levantamiento de los cadáveres habían recordado que, a
mediados del año anterior, en el mismo sitio, ocurrió un linchamiento de un supuesto
delincuente, delito que quedó en la impunidad. A eso se sumaba el 'sospechoso' hermetismo
de los moradores del barrio. Nadie sabía nada, nadie había visto nada y nadie había
escuchado nada, como a mediados de 1999.
Pero no había ninguna causa aparente para que el incendio haya sido motivado por un
accidente. Los moradores aseguraron que en el modesto inmueble, ocupado solo por los
hermanos, no había ni siquiera un tanque de gas para que se pudiera decir que se trató
de la explosión del cilindro, y así justificar la fuerte detonación que se habría
escuchado antes de ver las llamas en la casa de Cristian y Luis, quienes hablaban poco y
casi no trataban con la gente del barrio.
Los bomberos fueron los primeros en hallar los cadáveres incinerados de los hermanos,
cuando llegaron a las a las 05:00 del 19 de mayo. Nadie sabía nada, ni los vecinos que
aseguraron haber escuchado la explosión antes de ver las llamas, ni el familiar que al
día siguiente retiró sus cadáveres del Departamento Médico Legal, en el más absoluto
hermetismo. Al parecer, esas muertes, como la de mediados del año anterior, también
quedarán en la impunidad. (JT). |
A
la sombra del licor, desempolvan la vendetta
El 20 de julio de 1999 fue hallado un
cadáver que medía 1,65 metros de estatura y pesaba 145 libras, en una acequia de la
Hacienda La Merced Villota. Llevaba una chompa azul, una camiseta roja, un pantalón lila.
Sus córneas estaban opacas y su cuerpo rígido. A simple vista se observaba una herida en
el cuello y presentaba signos de golpes en su rostro y en sus brazos.
El cadáver fue llevado al Departamento Médico Legal de la Policía en donde se realizó
la autopsia de David Loachamín Toaza, en presencia de la jueza séptima de lo Penal de
Pichincha, Lucrecia Mora, y dos médicas leguistas: la causa de la muerte era un proyectil
de arma de fuego de un centímetro de diámetro, disparada a 60 centímetros del cuello,
según un informe presentado por los leguistas el 3 de setiembre del año pasado. El
proyectil penetró y salió por el cuello, destrozándole la sección medular, con una
trayectoria ligeramente inclinada de arriba hacia abajo. La víctima bien pudo haber
estado de rodillas cuando le dispararon.
Tres días más tarde, el hermano de la víctima, Luis Loachamín Toaza, presentó una
acusación particular en contra de Pablo Zurita, y otras tres personas no identificadas,
por la muerte de su hermano.
Según la acusación, la víctima salió de su casa, en el barrio La Leticia del cantón
Rumiñahui, el 19 de julio a las 17:30 con dirección a Sangolquí. Más tarde se habría
encontrado con cuatro personas, entre las que estaba Pablo Zurita.
Luis Loachamín hace constar en la acusación que los cuatro sujetos llevaron a su hermano
a la casa de Pablo Zurita en el barrio La Leticia, donde le dispararon. ¿Qué pasó en el
ínterin?
El testimonio de José Loachamín Caiza arrojó algunas luces. Aseguró que a las 17:00
del 19 de julio llegó al parque Central de Sangolquí, en donde encontró a su tío Jorge
Nasimba y a sus amigos Pablo Zurita y Wilson García. Compraron algunas cervezas en un bar
cercano para hablar. Cerca de las 18:00 habrían visto pasar a Héctor Loachamín, quien
se unió al grupo. Después de vaciar 14 cervezas, tuvieron que buscar otro sitio porque
ya no querían venderles más.
Luego se habrían unido al grupo dos amigos de Pablo Zurita. A las 23:00 decidieron
comprar dos botellas de Trópico y una gaseosa para seguir emborrachándose en la acera de
la calle.
Pablo Zurita, según declaró José Loachamín ante la Policía, les invitó a su casa en
el barrio La Leticia. Alquilaron una camioneta, pero el chofer accedió a llegar solamente
hasta la altura del barrio El Milagro. Fue entonces cuando habría comenzado la diáspora.
Cada cual habría tomado por su lado.
José Loachamín dijo que decidió caminar solo a su casa, pero cuando pasó por la casa
de Pablo Zurita se habría encontrado con que ellos ya habían llegado. "Pájaro,
aguántate", le habría dicho Pablo, pero José Loachamín habría seguido su camino;
al parecer quiso pasar por unos potreros, se tropezó y se quedó dormido. Al día
siguiente fue despertado por el tío de la víctima, Alejandro Loachamín, quien le
informó que acababan de matar a David. Cuando llegó a su casa encontró a su esposa
llorando, porque ella pensaba que el muerto había sido él.
Con esos antecedentes, la jueza séptima inició el autocabeza de proceso con orden de
prisión preventiva en contra de Pablo Zurita. Así se inició un largo proceso que
acumuló dos cuerpos legales. (JT)
Baldearon las huellas en el posible lugar del crimen
Los familiares de la víctima fundamentaron su acusación en un hecho simple: frente a la
casa de Pablo Zurita todavía se veían manchas de sangre. En el informe pericial se
destaca que frente a la vivienda está una carretera empedrada. A dos metros y media se
habían encontrado vestigios de haber intentado cubrir una mancha. Arena, tierra y ripio
disimulaban unas huellas de color café. En ese sitio, según los familiares de la
víctima, había un charco de sangre el día en que encontraron en la acequia a David
Loachamín, por lo que suponían que fue asesinado en ese sitio y luego llevado en una
camioneta a la acequia.
Pablo Zurita negó todo y aseguró que nunca escapó. El 20 de julio, el mismo día del
asesinato, habría tenido que salir de urgencia a Puerto El Carmen, poblado fronterizo con
el Putumayo, para presentar unas referencias de trabajo, en un vehículo Suzuki Forza de
color blanco. El hecho fue ratificado por el director de Obras Públicas de ese Municipio,
Luis Lascano, el 13 de septiembre de 1999.
El juicio se extendió; luego fue sindicada Ligia Albuja Cruz, a quien el hermano de la
víctima acusó de haber estado baldeando el lugar en que quedaron las huellas de la
sangre.
La defensa de Pablo Zurita y Ligia Albuja desempolvaron un viejo caso en el que estaba
involucrado David Loachamín. El sumario se cerró, pero la jueza ordenó su reapertura el
22 de febrero de 2000. Y los abogados de Pablo Zurita solicitaron declarar desierta la
acusación particular porque esta no fue formalizada.
Luego de ese largo proceso, lo único cierto parece ser que hubo un muerto y que alguien
lo mató con un certero disparo en el cuello y que luego lo arrojaron en una acequia.
¿Quién? Eso debe determinarlo el proceso. (JT). |