REGRESAR AL HOME PAGE

C R O N I C A    R O J A

Sábado, 27 de abril de 2000
E-MAIL B U ZO N

REGRESAR A BLANCO Y NEGRO

roja3.gif (4968 bytes)

Misteriosas muertes
nocturnas

La muerte o el asesinato de los hermanos Cristian y Luis, permanece en la más absoluta incógnita. Primero, porque todo ocurrió en la madrugada, cuando sus cuerpos se calcinaron con sus pocas pertenencias (sus vecinos aseguran que ni siquiera tenían una cocina); segundo, porque eran relativamente nuevos en el barrio y casi nadie los conocía; tercero, porque todos los posibles testigos prefirieron el silencio; y, cuarto, porque, hasta el momento, nadie ha presentado una denuncia en el Juzgado para esclarecer estas muertes.
Todo fue oscuro. La casa en la que habitaban los hermanos Cristian y Luis, de 23 y 18 años -un pasaje de la lotización San Cristóbal, en la ciudadela Lucha de los Pobres, al sur de Quito- se incendio sin un motivo aparente. Las primeras versiones hablaban de dos linchamientos y de la llamada 'justicia por manos propias'. Sobre todo, porque los agentes de Homicidios que realizaron el levantamiento de los cadáveres habían recordado que, a mediados del año anterior, en el mismo sitio, ocurrió un linchamiento de un supuesto delincuente, delito que quedó en la impunidad. A eso se sumaba el 'sospechoso' hermetismo de los moradores del barrio. Nadie sabía nada, nadie había visto nada y nadie había escuchado nada, como a mediados de 1999.
Pero no había ninguna causa aparente para que el incendio haya sido motivado por un accidente. Los moradores aseguraron que en el modesto inmueble, ocupado solo por los hermanos, no había ni siquiera un tanque de gas para que se pudiera decir que se trató de la explosión del cilindro, y así justificar la fuerte detonación que se habría escuchado antes de ver las llamas en la casa de Cristian y Luis, quienes hablaban poco y casi no trataban con la gente del barrio.
Los bomberos fueron los primeros en hallar los cadáveres incinerados de los hermanos, cuando llegaron a las a las 05:00 del 19 de mayo. Nadie sabía nada, ni los vecinos que aseguraron haber escuchado la explosión antes de ver las llamas, ni el familiar que al día siguiente retiró sus cadáveres del Departamento Médico Legal, en el más absoluto hermetismo. Al parecer, esas muertes, como la de mediados del año anterior, también quedarán en la impunidad. (JT).

 

A la sombra del licor, desempolvan la vendetta

El 20 de julio de 1999 fue hallado un cadáver que medía 1,65 metros de estatura y pesaba 145 libras, en una acequia de la Hacienda La Merced Villota. Llevaba una chompa azul, una camiseta roja, un pantalón lila. Sus córneas estaban opacas y su cuerpo rígido. A simple vista se observaba una herida en el cuello y presentaba signos de golpes en su rostro y en sus brazos.
El cadáver fue llevado al Departamento Médico Legal de la Policía en donde se realizó la autopsia de David Loachamín Toaza, en presencia de la jueza séptima de lo Penal de Pichincha, Lucrecia Mora, y dos médicas leguistas: la causa de la muerte era un proyectil de arma de fuego de un centímetro de diámetro, disparada a 60 centímetros del cuello, según un informe presentado por los leguistas el 3 de setiembre del año pasado. El proyectil penetró y salió por el cuello, destrozándole la sección medular, con una trayectoria ligeramente inclinada de arriba hacia abajo. La víctima bien pudo haber estado de rodillas cuando le dispararon.
Tres días más tarde, el hermano de la víctima, Luis Loachamín Toaza, presentó una acusación particular en contra de Pablo Zurita, y otras tres personas no identificadas, por la muerte de su hermano.
Según la acusación, la víctima salió de su casa, en el barrio La Leticia del cantón Rumiñahui, el 19 de julio a las 17:30 con dirección a Sangolquí. Más tarde se habría encontrado con cuatro personas, entre las que estaba Pablo Zurita.
Luis Loachamín hace constar en la acusación que los cuatro sujetos llevaron a su hermano a la casa de Pablo Zurita en el barrio La Leticia, donde le dispararon. ¿Qué pasó en el ínterin?
El testimonio de José Loachamín Caiza arrojó algunas luces. Aseguró que a las 17:00 del 19 de julio llegó al parque Central de Sangolquí, en donde encontró a su tío Jorge Nasimba y a sus amigos Pablo Zurita y Wilson García. Compraron algunas cervezas en un bar cercano para hablar. Cerca de las 18:00 habrían visto pasar a Héctor Loachamín, quien se unió al grupo. Después de vaciar 14 cervezas, tuvieron que buscar otro sitio porque ya no querían venderles más.
Luego se habrían unido al grupo dos amigos de Pablo Zurita. A las 23:00 decidieron comprar dos botellas de Trópico y una gaseosa para seguir emborrachándose en la acera de la calle.
Pablo Zurita, según declaró José Loachamín ante la Policía, les invitó a su casa en el barrio La Leticia. Alquilaron una camioneta, pero el chofer accedió a llegar solamente hasta la altura del barrio El Milagro. Fue entonces cuando habría comenzado la diáspora. Cada cual habría tomado por su lado.
José Loachamín dijo que decidió caminar solo a su casa, pero cuando pasó por la casa de Pablo Zurita se habría encontrado con que ellos ya habían llegado. "Pájaro, aguántate", le habría dicho Pablo, pero José Loachamín habría seguido su camino; al parecer quiso pasar por unos potreros, se tropezó y se quedó dormido. Al día siguiente fue despertado por el tío de la víctima, Alejandro Loachamín, quien le informó que acababan de matar a David. Cuando llegó a su casa encontró a su esposa llorando, porque ella pensaba que el muerto había sido él.
Con esos antecedentes, la jueza séptima inició el autocabeza de proceso con orden de prisión preventiva en contra de Pablo Zurita. Así se inició un largo proceso que acumuló dos cuerpos legales. (JT)

Baldearon las huellas en el posible lugar del crimen

Los familiares de la víctima fundamentaron su acusación en un hecho simple: frente a la casa de Pablo Zurita todavía se veían manchas de sangre. En el informe pericial se destaca que frente a la vivienda está una carretera empedrada. A dos metros y media se habían encontrado vestigios de haber intentado cubrir una mancha. Arena, tierra y ripio disimulaban unas huellas de color café. En ese sitio, según los familiares de la víctima, había un charco de sangre el día en que encontraron en la acequia a David Loachamín, por lo que suponían que fue asesinado en ese sitio y luego llevado en una camioneta a la acequia.
Pablo Zurita negó todo y aseguró que nunca escapó. El 20 de julio, el mismo día del asesinato, habría tenido que salir de urgencia a Puerto El Carmen, poblado fronterizo con el Putumayo, para presentar unas referencias de trabajo, en un vehículo Suzuki Forza de color blanco. El hecho fue ratificado por el director de Obras Públicas de ese Municipio, Luis Lascano, el 13 de septiembre de 1999.
El juicio se extendió; luego fue sindicada Ligia Albuja Cruz, a quien el hermano de la víctima acusó de haber estado baldeando el lugar en que quedaron las huellas de la sangre.
La defensa de Pablo Zurita y Ligia Albuja desempolvaron un viejo caso en el que estaba involucrado David Loachamín. El sumario se cerró, pero la jueza ordenó su reapertura el 22 de febrero de 2000. Y los abogados de Pablo Zurita solicitaron declarar desierta la acusación particular porque esta no fue formalizada.
Luego de ese largo proceso, lo único cierto parece ser que hubo un muerto y que alguien lo mató con un certero disparo en el cuello y que luego lo arrojaron en una acequia. ¿Quién? Eso debe determinarlo el proceso. (JT).


Sus denuncias y opiniones puede exponerlas vía e-mail a:

byn@hoy.com.ec