
La triste historia
de
Daysi
Daysi quedó embarazada
entre agosto y septiembre de 1999. Y permaneció en silencio. Nadie de su familia conoció
de su embarazo. En el último mes antes del parto, ingresó a trabajar en la casa de
Wilson Chiquín, con un sueldo de 500 000 sucres mensuales. El martes 18 de abril de este
año, Daysi estaba planchando la ropa de los dueños de la casa, en el tercer piso de la
vivienda. Primero comenzaron los mareos y luego los dolores, según la declaración que
rindió más tarde. Se sintió mal. Fue tanto el dolor que se recostó en el piso, pero
luego se puso en pie otra vez.
Y nuevamente los dolores la hicieron arrodillarse en el piso, pero nunca gritó ni armó
un escándalo. Los dueños de casa estaban en el segundo piso viendo televisión. Por
entre sus piernas vio salir agua, según dijo. Comenzó a pujar y ella misma ofició de
partera. En ese instante perdió el conocimiento. Al recobrar la conciencia encontró a su
hijo a su lado, pero estaba muerto. No sabía si había nacido muerto o vivo.
Los dolores continuaban. Envolvió al niño en unas ropas y se recostó. Una hora
después, el dueño de casa la llamó porque no había bajado a servirles la merienda.
Daysi dijo que tenía una hemorragia vaginal. La disculpa fue aceptada, pero debía
levantarse a las 05:30 para preparar el desayuno. Daysi se quedó dormida y se despertó a
las 02:00 del 19 de abril. Con cautela envolvió a su hijo en una funda plástica de color
negro. Luego subió a la terraza de la casa, de donde lanzó la funda plástica a un
terreno baldío. Después regresó a su cuarto a limpiar las manchas de sangre. Y ese día
trabajó como si nada hubiera pasado. A las 18:30 se retiró y se fue a su casa. Al día
siguiente se reincorporó a otra jornada normal.
El viernes 21 de abril las cosas cambiaron. No fue a trabajar. Estuvo en su casa en Santa
Rita, al sur de Quito, y en la tarde se dirigió a la iglesia. Esa tarde llegó Wilson
Chiquín con la Policía.
La detuvieron y luego la llevaron al terreno baldío para que recogiera la funda en la que
estaba su hijo muerto y la colocara en la cajuela del patrullero de la Brigada Barrial.
Fue detenida luego de haber ido a rezar. En el Departamento Médico Legal comprobaron que
el niño había nacido vivo, con la prueba de doscimacia.
La causa de su muerte, según los médicos leguistas, fue un hematoma subdural y un trauma
cráneo-encefálico. (JT) |
El
macabro crimen del guardia
de seguridad
El primero en llegar al lugar del crimen
fue Angel María Caiza, quien hace la limpieza de la empresa Israriego, que está en la
avenida La Prensa y la calle Manuel Valdiviezo. Timbró con insistencia durante varios
minutos. Al no obtener respuesta decidió treparse la puerta automática, corrediza de
verjas de hierro, que conduce al garage.
En el patio estaban estacionados varios vehículos con el logotipo de la empresa. Hacia el
fondo se veían mangueras y tuberías amontonadas. Siguió hacia el fondo, a la izquierda,
en donde funciona una especie de taller mecánico, donde halló el cadáver del guardia de
seguridad José Lorenzo Guaray, de 37 años, sobre un gran charco de sangre. Vestía el
uniforme de la compañía de seguridad Vigman: un pantalón, buzo y chompa azules, botas
militares negras y un cinturón con la funda del revólver vacía. A su alrededor había
varias colillas de cigarrillos y una cajetilla de Malboro vacía. A medio terminar estaba
una 'caminera' de Trópico. En un recipiente se encontró lo que, al parecer, fue el arma
homicida: una varilla de hierro con restos de masa encefálica.
Cuando llegaron los agentes de Homicidios constataron que el cadáver tenía varias
heridas. El o los asesinos le habían golpeado varias veces en la cara antes de terminar
con su vida. Tenía dos heridas en el mentón, otra en la región temporal derecha, y por
las huellas en el cuello se determinó que también fue ahorcado, aunque el golpe mortal
parece que fue dado con la varilla.
Las dos puertas de acceso no fueron forzadas, ni las que conducen a las oficinas
principales. En el taller en el que estaba el cadáver se podía observar una ventana que
conducía a los edificios administrativos. Los asesinos, luego de cometer el crimen, se
habían dirigido a las oficinas de Contabilidad, Crédito y Cobranzas y las de Gerencia.
Cuando llegó la asistente administrativa, Janeth Vallejo, comprobó que faltaban dos
libretas de ahorro de los bancos Producción y Filanbanco que pertenecían a Patricio
Hidalgo Ñacato, que estaban en la gerencia, y varios equipos de computación, en una
camioneta de la misma companía: Chevrolet Luv, de color blanca, con placas PTR-687, que
fue encontrada abandonada.
Ese mismo día, los agentes comenzaron a recibir las declaraciones de rigor. Del teléfono
de la caseta de seguridad comprobaron que se habían realizado dos llamadas, entre el 19 y
el 20 de marzo de 2000, el día del crimen. Vicente García Guamarica, también guardia de
seguridad que vigila el edificio Jericó, en la avenida Doce de Octubre y Orellana,
confirmó que había hablado en dos ocasiones con la víctima, su tío. La primera, a las
23:00, en la que conversaron sobre asuntos familiares, y la segunda a las 02:30 del día
siguiente, para contarle que había visto a Pedro Cagua (un ex guardia de seguridad de la
misma compañía).
De acuerdo con las declaraciones de Vicente García, su tío le contó que Cagua había
hecho muchas preguntas y que había prometido regresar con una botella de Trópico.
Conversaron durante una hora. Luego cortaron. Hasta el momento no se sabe si Cagua
regresó. Pero la Policía determinó que José Lorenzo Guaray bebió de la botella de
Trópico con el o los asesinos. El análisis toxicológico del cadáver halló restos de
alcohol en la sangre. El o los asesinos conocían todos los movimientos de la empresa y
sus instalaciones. (JT)
Los documentos del ex empleado
Los únicos documentos que se llevaron de la empresa son dos libretas de ahorros. Se
trataba de documentos de respaldo de un delito cometido con anterioridad por Patricio
Hidalgo Ñacato, ex empleado de Israriego.
Según los ejecutivos de la empresa, el ex empleado se había quedado con dinero de la
compañía, por lo que, como forma de compensación, había dejado dos libretas de ahorro,
varias papeletas de retiro firmadas en blanco y letras de cambio.
La camioneta de la compañía utilizada para llevarse los objetos robados fue encontrada
en la calle Pintag, entre la Arévalo y García. La puerta izquierda estaba abierta y nada
había sido tocado. Las investigaciones continuaron. Varios guardias de seguridad de la
compañía Vigman aseguraron haber visto a Cagua ese día, en compañía de tres sujetos
más, en los diferentes puestos de seguridad a cargo de Vigman.
Incluso, a las 22:00 del 19 de abril, habrían llegado a las oficinas de la Constructora
Rivadeneira, ubicada en las calles Toledo y Cordero, en el sector de la Floresta, al norte
de Quito, en donde Cagua invitó al guardia José Sarango a beber unos tragos. No pudieron
hacerlo ante la llegada del gerente de la compañía a las oficinas. Y siguieron su
camino.
Aunque no se sabe con quienes bebió José Guamaray. Al parecer, el o los asesinos
llegaron después de que Cagua ofreció regresar con una botella de Trópico. Entraron a
Israriego con autorización del guardia de seguridad y bebieron hasta la madrugada. Todo
apunta a responsabilizar del robo al ex guardia y al ex empleado.
La Policía solicitó al juez que emitiera ordenes de prisión en su contra. El juicio se
ventila en el Juzgado Séptimo de lo Penal de Pichincha. (JT) |