Trajines
de un jubilado dirigente y mensajero
Ni la cédula ni la credencial de jubilado
sirven para hacer respetar sus derechos. Quien no quiere respetarlos, simplemente no lo
hace y punto. Eso lo ha constatado durante los últimos 20 años, Alejandro Bolagay, un
jubilado de 68 años, cuya vida depende de una pensión mensual de 527 000 sucres.
Bolagay se jubiló en 1980, después de haber trabajado 32 años como obrero textil,
primero en la desaparecida Cabuya Industrial y luego en La Internacional. Durante estos
años, se ha dedicado a trabajar como dirigente tanto de la Federación de Jubilados de
Pichincha como de su barrio, La Argelia, al suroeste de Quito. Estas actividades lo
obligan a mantenerse informado de la situación social del país, y eso le produce mayor
frustración, porque observa con los ojos bien abiertos lo que pasa.
Cuando no está en la Federación, se dedica a redondear su economía como mensajero en
los estudios jurídicos del centro de Quito. Allí comienza su lucha diaria contra los
buseros que no respetan su derecho de pagar medio pasaje, y eso cuando le permiten subir
al bus, porque la mayoría de las veces, no lo recogen para no perder un pasaje completo.
Bolagay paga 120 000 sucres mensuales por el agua; 220 000 por la luz; 80 000 por el
teléfono; 100 000 en comprar los diarios (su actividad de dirigente se lo exige) y 300
000 en pasajes (a un promedio de 10 000 diarios). Solo ello suma 820 000 mensuales, muy
por encima de los 527 000 de su pensión. Todo, sin contar con alimentación, vivienda,
vestido, atención médica ni emergencias de ninguna naturaleza.
Hace dos meses, comenzó a sentir fuertes dolores en su espalda. Primero acudió al
dispensario del IESS de La Villaflora, pero a causa del paro no pudo recibir atención.
Después fue al hospital Carlos Andrade Marín, en donde le dijeron que su caso no era de
muerte y que debían privilegiar a los pacientes de emergencia. Lo salvó un tratamiento
en las aguas termales de El Tingo.
Pese a todo, Bolagay no pierde el tiempo ni las energías. Ahora trabaja en la
consolidación de un movimiento político de independientes que represente a los jubilados
en las próximas elecciones para concejales.
Entre la dirigencia barrial, la oficina de la Federación y los juzgados, este jubilado se
'faja' jornadas de ocho de la mañana hasta las ocho de la noche, cuando toma el bus
alimentador para regresar a su casa en La Argelia a cuidar a su esposa, jubilada por
invalidez, con prótesis en la cadera y con un sueldo de 216 000 sucres mensuales. Osea,
la pareja sobrevive con 743 000 sucres mensuales, lo mismo que cuesta una chompa de paño
en Pelileo. (GA)
Una novena en honor de San Viritute
Escribir libros de historia, investigar temas relacionados con la medicina y la salud, y
organizar a los jubilados para reclamar sus derechos son las actividades que copan el
tiempo de Francisco Cañizares, un jubilado que vive en Quito y recibe una pensión
mensual de 500 000 sucres. El resto lo dedica a leer temas sociales.
¿Cómo puede hacer esto y aquello con esa exigua pensión jubilar y no sufrir las
angustias de la sobrevivencia? Pues la verdad es que su pensión no le alcanza ni para el
bus. Es más, Cañizares ni siquiera la toma en cuenta, por insignificante. Y esto se debe
a que el tiene doble nacionalidad, ecuatoriana-estadounidense, y antes de jubilarse
aportó para los dos sistemas de seguridad social. Lo anecdótico es que mientras en el
Ecuador recibe 20 dólares, cada mes le llega a su cuenta bancaria la pensión de Estados
Unidos, que es de 800 dólares, mucho más de lo que pueden aspirar la mayoría de
profesionales en el Ecuador.
Cañizares es un médico retirado, que ejerció su profesión durante 18 años en su
consultorio particular en California, aunque también lo hizo en el Ecuador, en calidad de
médico y de profesor universitario. Regresó al país en 1989 dispuesto a no trabajar
más y a disfrutar de una pensión, que en los Estados Unidos no es nada del otro mundo,
pero que en el Ecuador lo pone en una posición privilegiada respecto del resto de
pensionistas.
Hasta hace poco formó parte de la organización de jubilados 'Unión, Fuerza y Dignidad',
pero se fue renegando de la dirigencia, a quien acusa de haber cedido a las pretensiones
de la Comisión Interventora.
Sentado en una banca del hospital Andrade Marín, en donde anima las reuniones entre
médicos en huelga y jubilados, critica a los dirigentes y políticos. La sola mención de
los nombres de Alfredo Mancero, Oswaldo Hurtado o Gustavo Noboa le molestan, pues
considera que únicamente contribuyen a deteriorar la situación de los jubilados. Por eso
está empeñado en realizar una novena en honor a San Viritute, una divinidad pagana de la
fertilidad, famosa por su fuerza y su desmesurada virilidad, lo cual, según dice, le hace
falta a las autoridades del Ecuador. (GA)
La vida a fuerza de pastillas y agua aromática
Tiene 75 años y alquila un cuartito en una casa de la Venezuela y Olmedo por el que paga
425 000 sucres mensuales. Los 75 000 que le sobran de su sueldo de 500 000 le alcanzan
para comprar sobrecitos de agua aromática para sus desayunos con pan, que la mayoría de
las veces son su única comida durante el día. Así transcurre la vida de Jaime Salazar,
desde que se jubiló, en 1995, de su trabajo como portero y mensajero en el Municipio de
Quito.
La tabla de salvación de Salazar es su pensión patronal de 700 000 sucres (lo cual es un
privilegio del que no gozan todos los afiliados), que le sirven para comprar sus medicinas
contra la diabetes y la hipertensión, y consumir almuerzos de 10 000 sucres en el
restaurante David, de la Olmedo, mientras duran esos recursos, pero cuando estos se
agotan, ni siquiera puede salir de su habitación para no enfrentarse sin dinero al
inhumano ritmo de la ciudad.
Para aliviarse necesita tomar diariamente dos pastillas que cuestan 4 000 sucres cada una,
lo cual le significan 240 000 mensuales. Estas condiciones lo han obligado a adoptar una
serie de estrategias de sobrevivencia. Por ejemplo: almorzar unos días y otros no; en
lugar de tomar las dos pastillas, tomar solo una; comprar el diario los domingos, martes y
jueves, y reunirse con sus amigos jubilados para pasar el día mirando el juego de volei
en Chimbacalle.
Hasta hace cinco años, este jubilado tenía un empleo en el Municipio y una casa en El
Camal, pero ante la presión de sus hijos de que repartiera la herencia, lo hizo. No
sabía que esa decisión implicaba tener que abandonar la casa para que después nadie se
acordara de él. Desde entonces vive en el cuartito de la Venezuela y Olmedo, en donde la
presión le sube al extremo de que le sale sangre por los ojos.
En esas condiciones tiene pocas razones para estar contento. Lo único que lo revitaliza
un poco son sus reuniones con los miembros de la Asociación de Jubilados del Municipio,
entidad en la que trabajó durante 45 años, antes de pasar a la triste categoría de
jubilado en el Ecuador. (GA)
Más de dos años de incertidumbre
Alberto Guzmán es el encargado de la Defensoría del Pueblo para la Tercera Edad, y por
ello ha tenido que atender problemas relacionados con las malas condiciones de salud,
vivienda, irrespeto a los Derechos Humanos y pobreza en las personas mayores. A Guzmán le
preocupa precisamente esa franja de jubilados menores de 65 años, quienes desearían
seguir trabajando para eludir la posibilidad de tener que sobrevivir con las pobres
pensiones del seguro. No son lo suficientemente jóvenes para encontrar trabajo, ni lo
bastante viejos para acogerse a las leyes que protegen a la tercera edad. Están en el
limbo, dice el funcionario.
En los dos primeros meses de este año, la Defensoría ha recibido más de 50 denuncias de
este grupo, la mayoría relacionada con violación a sus derechos de sobrevivencia.
Por ejemplo, existe un grupo de 21 jubilados de la antigua empresa Singer del Ecuador,
quienes recibieron normalmente sus pensiones patronales hasta junio de 1997, cuando los
empleadores dejaron de cancelar esas obligaciones.
Han pasado más de dos años, durante los cuales los jubilados han pedido la intervención
de la Superintendencia de Compañías, del Ministerio de Trabajo, del Registro Mercantil y
de todas las entidades gubernamentales del sector laboral, pero no han logrado restablecer
sus derechos.
Lo único que les han informado es que la empresa se encuentra en proceso de disolución y
que sus acciones han sido compradas por otras empresas y personas particulares, por lo que
nadie tiene en este momento la responsabilidad de cancelar la pensión de estos 21
jubilados, varios de los cuales se retiraron luego de trabajar hasta 40 años en la
fábrica, desde la época en que esta se llamaba Singer Sewing Machine Company de Estados
Unidos.
La Defensoría del Pueblo para la Tercera Edad intenta ahora, por gestiones ante el
Ministerio de Bienestar Social, la intervención de las autoridades para evitar que 21
jubilados se queden por ahí, diseminados y sin su único medio de subsistencia, ahora que
ya no pueden trabajar. (GA)
La esperanza
de un préstamo

"Préstamos para jubilados sin garante", "Para todos los trabajadores,
préstamos en 24 horas" dicen los letreros alrededor de una mesa con parasol en la
que trabaja un funcionario del Banco Centro Mundo, a la salida del edificio del IESS en El
Ejido. Este es un paso casi obligado para la mayoría de jubilados, quienes después de
cobrar sus pensiones en las ventanillas del instituto, claman por un préstamo que les
alivie la suerte. El solicitante debe tener hasta 72 años y presentar su cédula y la de
su cónyuge, el recibo de la luz, del agua o de teléfono del último mes y el carné de
afiliación al IESS. La actividad del funcionario es intensa entre las 09:00 y las 13:00
todos los días. (GA). |
INVESTIGACION
Jubilados, el oficio de
sobrevivir
Son 150 000 personas que sobreviven en
el Ecuador con un sueldo promedio mensual de 20 dólares, y cuyas pensiones no han sido
revisadas en los dos últimos años.
El triste privilegio de los retirados
Los sueldos de los jubilados los obligan a desistir de la tentación de solicitar un
crédito rápido que ofrece un banco a la salida del IESS.
Trajines de un
jubilado dirigente y mensajero
Un jubilado que todos los días lucha porque se respeten sus derechos. Vive con una
pensión de 527 000 sucres y debe cuidar a su esposa, jubilada por invalidez.
Las
penurias de los talleres
Los grupos trabajan en locales prestados. Actualmente, solo la mitad de ellos está en
actividad, y los que han iniciado clases, lo hacen con dinero de los jubilados. |