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B L A N C O  Y  N E G R O

Domingo, 14 de febrero de 1999

azul.gif (902 bytes) B U ZO N

EXPLORED

CIUDAD DIGITAL (1142 bytes)

La singular aventura del doctor
Eugenio Espejo

foto2.gif (124323 bytes) Según la narración de Iván Egüez (Desventuras de un ilustrado del siglo XVIII y de una liberanta riobambeña, en Aventuras de amor en Nuestra Historia), "Eugenio Espejo tenía cuentas pendientes con la justicia y, en acto de generosidad, el presidente Villalengua le permitió que se ausentara a Lima".
A su paso por Riobamba, Espejo es contratado por unos curas que eran acusados de ladrones por los notables de la ciudad. El médico aceptó para distraer su viaje a Lima.
La mejor defensa que tenían los curas era la información de que sus acusadores organizaban orgías con María Chiriboga, conocida como "la mayor calzón flojo de la época".
El doctor Espejo escribió una mordaz defensa, pero se quedó asombrado cuando se enteró de un juicio por difamación que le instauró María Chiriboga, y más todavía cuando vio la belleza de su acusadora.
Tres días pensó Espejo en una disculpa. Finalmente envió una misiva solicitando una entrevista, que casi provoca un infarto a María por el atrevimiento de "un longo alzado"; pidió consejo a sus amigos, quienes urdieron un plan para vengarse. Planearon esconderse en el jardín y caerle a palos al difamador, pero Espejo llegó antes de lo previsto a la cita.
La entrevista fue corta, María se paseó altanera y Espejo altivo, y se marchó antes de la llegada de los complotados, dejando a María aturdida.
Después de una semana de la entrevista, Espejo le envió a María un grabado francés con una leyenda: "las mujeres libres son las mejores, las mejores mujeres son las libres".
Se concertó otra cita. Espejo llegó afiebrado y María lo cuidó como a un bebé. Se restableció y regresó a Riobamba, después viajó a Quito; en donde fue apresado por "crímenes contra el gobierno de Su Majestad". El doctor, por cuya ausencia se enfermó María, fue enterrado en "el cementerio destinado a los indios, negros y mulatos". (JT)

La princesa de las lechuzas y el hijo del comerciante

El hijo de un comerciante sabio (Mindalae) solo pudo conquistar el amor de una princesa, que dominaba todos los cruces de caminos de la ladera de la montaña, hace 17 siglos, con el diente de un tiburón que le regaló su padre al regreso de uno de sus viajes por el mar.
Fue un amor que terminó en una tumba, después de un ritual, y que nació cuando una lechuza chilló asustada por el fuego que encendieron padre e hijo en una cueva natural, al borde de los páramos, cuando se dirigían al poblado en el que habitaba la señora de todos los pueblos que vivían entre la montaña y un gran lago.
Esa noche, fue la primera vez que su padre le contó la historia de la princesa, que era encantadora de lechuzas, a la que le rendían tributo los comerciantes del norte y del sur, de la selva y la costa. Capaz de amarse y darse placer a sí misma.
El joven, con sus 15 años a cuestas, se dejó llevar por la historia contada por su padre, mientras se abrigaban con el fuego.
Cuando llegaron al señorío de aquella mujer, la princesa, era como si el cuerpo del joven se hubiera vaciado y alimentado solo de la curiosidad que sembró su padre, un cuerpo que tenía la necesidad de pertenecer a un dueño.
Esa necesidad lo obligó a burlar la vigilancia de su padre para encontrarse con ella frente a frente, con la certeza de que el diente de tiburón, colgado en su cuello, atraería su atención.
Y así fue. Ella, una princesa de 45 años, con sus grandes ojos, solo reconoció en el joven cuerpo los distantes ecos del mar, cuando el hijo del sabio le contó la cacería del tiburón, "esa intensa lucha que ha de emprender el cazador con el cuerpo del animal para arrancarle sus partes".
La princesa repasó el diente del tiburón por todo su sexo para luego reconocer el cuerpo del hijo del sabio.
Diez años después de la pasión "alimentada por la curiosidad de él por el mito, y de ella por lo que existiría más allá de las islas... la princesa murió".
Las sirvientas lavaron su cuerpo con hierbas cocidas en agua de vertiente, la vistieron con ropa de algodón y la acostaron sobre piel de llamas. La miró largo rato. Sobre el pecho colgaba el diente del tiburón que sirvió para atraer su atención y lloró amargamente "porque la muerte de ella significaba que los hombres... se dispersarían en las cuatro direcciones por ellos conocidas".
Así esperó el ritual final, el entierro de él junto al cuerpo de ella en una fosa donde solo podría alimentarse de su piel, la que desprendía con una filuda obsidiana, con la certeza de que nunca más volvería a ver el mar, según relata el escritor y periodista ecuatoriano Javier Ponce, en su cuento "Diente de tiburón", publicado en el libro sobre las "Aventuras de amor en nuestra historia". (JT)

Manuela y Bolívar, mas allá de la muerte

Manuela Sáenz y Simón Bolívar parecían destinados a cumplir una maldición bíblica: "la pasión te dominará", aseguró Manuel Espinoza Apolo, en un prólogo que realizó al intercambio epistolar de estos dos destacados personajes de la Independencia de la Gran Colombia.
Ni siquiera la muerte de Bolívar, en 1830, resquebrajó la pasión y la lealtad que sentía la independentista quiteña por su amado. Murió, pero las huellas del amor que profesaba a Manuela quedaron en las 400 cartas que escribió en los ocho años que duró la relación compleja y turbulenta, "condenada" por quienes creían que ponía en peligro los intereses de la República.
Pero Manuela unió su compromiso por la causa independentista con su enamoramiento, y Bolívar la involucró en su causa como asesora, edecán, soldado y amante.
Manuela combinó sus funciones militares con las de amante. Vestía de soldado por las mañanas y de dama por las tardes y las noches, cuando regresaba a su bordados, a sahumar las sábanas en canela, preparar helados, sorbetes, dulces... Las cartas revelan a una mujer que "revive cada instante de pasión".
La vivió en el Ecuador, después en el Perú, en su estadía en Colombia y hasta cuando Bolívar se despidió de Manuela aquejado por su salud, con el pretexto de partir a Europa.
"Mi amor: Mi Simón triste y amargado. Mis días también se ven rodeados por una huraña soledad, llena de la nostalgia hermosa de su nombre". La carta la escribió Manuela cuando Bolívar ya había muerto y le aseguró que conocía "el viento... los caminos para llegar a mi Simón". Pero sabía que aún así no podía responder a esa "interrogante de tristeza que ponen las luces en su rostro, y su voz que ya no es mía, que ya no me dice nada". (JT)

INVESTIGACION

Once historias del corazón
Hillary Clinton soportó el chaparrón sin mover un músculo
en un acto que, a más de sorprender,
emociona ¿Lo hizo
por solidaridad?
¿O por venganza?.

El elefante y la paloma, el gigante y la cojita
No fueron suficientes 20 años de diferencia y los recorridos por caminos diferentes para su relación.

La singular aventura del doctor Eugenio Espejo
"Eugenio Espejo tenía cuentas pendientes con la justicia y, en acto de generosidad, el presidente Villalengua le permitió que se ausentara a Lima".

La llama se prende con la ausencia
Ella nunca se acostumbró a la rigidez de la corte. En una ocasión escapó de Viena. El emperador Francisco José I, de Austria,
siempre estuvo enamorado de Sisi.

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