La
singular aventura del doctor
Eugenio Espejo
Según la
narración de Iván Egüez (Desventuras de un ilustrado del siglo XVIII y de una liberanta
riobambeña, en Aventuras de amor en Nuestra Historia), "Eugenio Espejo tenía
cuentas pendientes con la justicia y, en acto de generosidad, el presidente Villalengua le
permitió que se ausentara a Lima".
A su paso por Riobamba, Espejo es contratado por unos curas que eran acusados de ladrones
por los notables de la ciudad. El médico aceptó para distraer su viaje a Lima.
La mejor defensa que tenían los curas era la información de que sus acusadores
organizaban orgías con María Chiriboga, conocida como "la mayor calzón flojo de la
época".
El doctor Espejo escribió una mordaz defensa, pero se quedó asombrado cuando se enteró
de un juicio por difamación que le instauró María Chiriboga, y más todavía cuando vio
la belleza de su acusadora.
Tres días pensó Espejo en una disculpa. Finalmente envió una misiva solicitando una
entrevista, que casi provoca un infarto a María por el atrevimiento de "un longo
alzado"; pidió consejo a sus amigos, quienes urdieron un plan para vengarse.
Planearon esconderse en el jardín y caerle a palos al difamador, pero Espejo llegó antes
de lo previsto a la cita.
La entrevista fue corta, María se paseó altanera y Espejo altivo, y se marchó antes de
la llegada de los complotados, dejando a María aturdida.
Después de una semana de la entrevista, Espejo le envió a María un grabado francés con
una leyenda: "las mujeres libres son las mejores, las mejores mujeres son las
libres".
Se concertó otra cita. Espejo llegó afiebrado y María lo cuidó como a un bebé. Se
restableció y regresó a Riobamba, después viajó a Quito; en donde fue apresado por
"crímenes contra el gobierno de Su Majestad". El doctor, por cuya ausencia se
enfermó María, fue enterrado en "el cementerio destinado a los indios, negros y
mulatos". (JT)
La princesa de las lechuzas y el hijo del comerciante
El hijo de un comerciante sabio (Mindalae) solo pudo conquistar el amor de una princesa,
que dominaba todos los cruces de caminos de la ladera de la montaña, hace 17 siglos, con
el diente de un tiburón que le regaló su padre al regreso de uno de sus viajes por el
mar.
Fue un amor que terminó en una tumba, después de un ritual, y que nació cuando una
lechuza chilló asustada por el fuego que encendieron padre e hijo en una cueva natural,
al borde de los páramos, cuando se dirigían al poblado en el que habitaba la señora de
todos los pueblos que vivían entre la montaña y un gran lago.
Esa noche, fue la primera vez que su padre le contó la historia de la princesa, que era
encantadora de lechuzas, a la que le rendían tributo los comerciantes del norte y del
sur, de la selva y la costa. Capaz de amarse y darse placer a sí misma.
El joven, con sus 15 años a cuestas, se dejó llevar por la historia contada por su
padre, mientras se abrigaban con el fuego.
Cuando llegaron al señorío de aquella mujer, la princesa, era como si el cuerpo del
joven se hubiera vaciado y alimentado solo de la curiosidad que sembró su padre, un
cuerpo que tenía la necesidad de pertenecer a un dueño.
Esa necesidad lo obligó a burlar la vigilancia de su padre para encontrarse con ella
frente a frente, con la certeza de que el diente de tiburón, colgado en su cuello,
atraería su atención.
Y así fue. Ella, una princesa de 45 años, con sus grandes ojos, solo reconoció en el
joven cuerpo los distantes ecos del mar, cuando el hijo del sabio le contó la cacería
del tiburón, "esa intensa lucha que ha de emprender el cazador con el cuerpo del
animal para arrancarle sus partes".
La princesa repasó el diente del tiburón por todo su sexo para luego reconocer el cuerpo
del hijo del sabio.
Diez años después de la pasión "alimentada por la curiosidad de él por el mito, y
de ella por lo que existiría más allá de las islas... la princesa murió".
Las sirvientas lavaron su cuerpo con hierbas cocidas en agua de vertiente, la vistieron
con ropa de algodón y la acostaron sobre piel de llamas. La miró largo rato. Sobre el
pecho colgaba el diente del tiburón que sirvió para atraer su atención y lloró
amargamente "porque la muerte de ella significaba que los hombres... se dispersarían
en las cuatro direcciones por ellos conocidas".
Así esperó el ritual final, el entierro de él junto al cuerpo de ella en una fosa donde
solo podría alimentarse de su piel, la que desprendía con una filuda obsidiana, con la
certeza de que nunca más volvería a ver el mar, según relata el escritor y periodista
ecuatoriano Javier Ponce, en su cuento "Diente de tiburón", publicado en el
libro sobre las "Aventuras de amor en nuestra historia". (JT)
Manuela y Bolívar, mas allá de la muerte
Manuela Sáenz y Simón Bolívar parecían destinados a cumplir una maldición bíblica:
"la pasión te dominará", aseguró Manuel Espinoza Apolo, en un prólogo que
realizó al intercambio epistolar de estos dos destacados personajes de la Independencia
de la Gran Colombia.
Ni siquiera la muerte de Bolívar, en 1830, resquebrajó la pasión y la lealtad que
sentía la independentista quiteña por su amado. Murió, pero las huellas del amor que
profesaba a Manuela quedaron en las 400 cartas que escribió en los ocho años que duró
la relación compleja y turbulenta, "condenada" por quienes creían que ponía
en peligro los intereses de la República.
Pero Manuela unió su compromiso por la causa independentista con su enamoramiento, y
Bolívar la involucró en su causa como asesora, edecán, soldado y amante.
Manuela combinó sus funciones militares con las de amante. Vestía de soldado por las
mañanas y de dama por las tardes y las noches, cuando regresaba a su bordados, a sahumar
las sábanas en canela, preparar helados, sorbetes, dulces... Las cartas revelan a una
mujer que "revive cada instante de pasión".
La vivió en el Ecuador, después en el Perú, en su estadía en Colombia y hasta cuando
Bolívar se despidió de Manuela aquejado por su salud, con el pretexto de partir a
Europa.
"Mi amor: Mi Simón triste y amargado. Mis días también se ven rodeados por una
huraña soledad, llena de la nostalgia hermosa de su nombre". La carta la escribió
Manuela cuando Bolívar ya había muerto y le aseguró que conocía "el viento... los
caminos para llegar a mi Simón". Pero sabía que aún así no podía responder a esa
"interrogante de tristeza que ponen las luces en su rostro, y su voz que ya no es
mía, que ya no me dice nada". (JT)
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INVESTIGACION
Once historias del corazón
Hillary Clinton soportó el chaparrón sin mover un
músculo
en un acto que, a más de sorprender,
emociona ¿Lo hizo
por solidaridad?
¿O por venganza?.
El
elefante y la paloma, el gigante y la cojita
No fueron suficientes 20 años de diferencia y los
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La singular aventura
del doctor Eugenio Espejo
"Eugenio Espejo tenía cuentas pendientes con la justicia
y, en acto de generosidad, el presidente Villalengua le permitió que se ausentara a
Lima".
La
llama se prende con la ausencia
Ella nunca se acostumbró a la rigidez de la corte. En una
ocasión escapó de Viena. El emperador Francisco José I, de Austria,
siempre estuvo enamorado de Sisi. |