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B L A N C O  Y  N E G R O

Domingo, 14 de febrero de 1999

azul.gif (902 bytes) B U ZO N

EXPLORED

CIUDAD DIGITAL (1142 bytes)

El elefante y la paloma, el gigante
y la cojita

foto1.gif (94911 bytes) Frida Khalo con su esposo, Diego Rivera. Es una de las últimas fotagrafías de esta pareja

Por Gabriela Paz y Miño
- Especial para BLANCO y NEGRO

El elefante y la paloma. El gigante y la señorita cojita de Coyoacán. Diego Rivera y Frida Khalo. Una conjunción genial, intrigante, provocadora y dispar. Para empezar, la fachada: él, enorme, gordo y feísimo, de separados ojos saltones y "cabeza de sapo", según la descripción de la propia Frida. Un príncipe azul desaliñado y sucio. Y ella, una grácil paloma, débil y enferma de por vida, dueña de una exótica belleza que -según el ojo que la mirara- podía pasar también por una chocante franqueza física (bigotuda y cejijunta, con una pierna seca, herencia de la poliomielitis y una sonrisa incompleta). Pero bella. Y ataviada como una diosa azteca para un ceremonial.
"Exhibiendo su cuerpo lacerado como otras mujeres exhiben sus broches", según la vio Carlos Fuentes.
¿Cómo se amaron estos dos? El toro y la mariposa. El chocante "sapo-rana" y "Fisita", la niña de sus ojos. Casi 20 años de diferencia, entre tantas otras cosas. Un tiempo, que para el muralista, significaba ya media vida, transcurrida entre la pintura, los años en Europa, el comunismo, el hedonismo, la celebridad... y las mujeres. Y para Frida: menos de 20, vividos entre su infancia en Coyoacán, su escuela, sus amigos, sus provocaciones, sus primeros amores y definiciones políticas y sus iniciales pasos artísticos fundados en la dura prueba de su cuerpo roto por las enfermedades y las huellas de un accidente que la marcó de por vida.
Fue así como se encontraron. Así se vieron Rivera y Khalo, cuando la joven Frida apareció, cojeando y cargando algunas pinturas, en el edificio del Ministerio de Educación, donde Rivera pintaba unos frescos. -"Baje Diego", dijo ella simplemente. Y él lo hizo... para empezar a ser, desde entonces, "Diego inicio, Diego, constructor, Diego niño, Diego esposo, Diego amante, Diego madre, Diego yo"...
Diego todo. Y en todo: "en mis orines, mi boca, mi corazón y mi locura". En los cuadros que ella pintó, en la pierna que le amputaron, en los hijos que no pudo retener en su vientre, en la postración y en la soledad.
Enorme complicidad, ríos de ternura, profunda admiración mutua, conjuntas y apasionadas luchas revolucionarias, viajes, separaciones, abiertas infidelidades de ambos (que en el caso de ella incluyeron un romance con Trotsky y con varias mujeres, y en el de él, aventuras con innumerables modelos y con la propia hermana de Kahlo). Así fue como Frida y Diego se amaron, se soportaron, se defendieron y tantas veces se retrataron. También se abandonaron, claro. El, sobre todo, aunque, igual que ella, la amara hasta el último día.

Las llamas consumieron hasta los recuerdos...

Quizá fueron los diez años más productivos para los dos: mientras estuvieron juntos, Frederic Chopin y George Sand (ese era el seudónimo que utilizaba Aurore Dudevant) expresaron todo su romanticismo. El, a través de la música, y ella, por medio de sus libros, de la literatura.
Se conocieron en París en 1837 y el amor no tardó en invadirlos. Para aquel año, Chopin ya estaba instalado en la capital francesa, era un prestigioso maestro y artista, y tenía mucha acogida en la élite de la sociedad de la época (su grupo de amigos estaba integrado por Víctor Hugo, Balzac, Liszt, Berlioz, Schumann, Dumas y Delacroix).
Mientras Sand estaba dedicada por completo a la Literatura, luego de abandonar a su esposo y a sus dos hijos, y vivir algunas relaciones pasajeras.
Chopin cayó a los pies de Sand fácilmente. Su carisma y su inteligencia lo cautivaron, además de su abierto cuestionamiento a las convenciones sociales de la época.
Su intenso amor y pasión duró casi una década, y en esos años Chopin se consolidó como "el poeta del piano". Pero los problemas llegaron y la relación se volvió conflictiva, llena de celos, al punto que, según confesara su amigo Liszt, cuando se separaron, el músico sintió que le habían destruído su vida.
Pero eso no impidió que siguiera componiendo hasta que enfermó de tubercolusis y murió el 17 de octubre de 1849, a los 39 años de edad.
El último gesto de Sand hacia Chopin no fue gentil: luego de la muerte del maestro del piano, le fueron devueltos un paquete de cartas que ella le escribió y mechones de su cabello. Sin mayores contemplaciones, las lanzó a las llamas, como otra forma de decirle adiós a él y a su amor. (SL)

No quería que nadie lo mirara

Dicen que Juana, la hija de los reyes de España, Fernando e Isabel la Católica, enloqueció de amor y de celos. Nació el 6 de noviembre de 1479, en el viejo Alcázar de Toledo, y murió en 1555, encerrada en Tordesillas, con la llave del ataúd de su esposo, Felipe el Hermoso, colgado en el cuello.
Juana tenía el rostro ovalado, los ojos un poco rasgados y el cabello fino castaño. Se casó a los 16 años con el archiduque Felipe de Austria, apodado el Hermoso. Cuatro días antes del día fijado para la boda, los novios llamaron al sacerdote para que los casara inmediatamente.
Sin embargo, Felipe, dado a los escarceos amorosos, no se caracterizó por su fidelidad. Pronto surgieron los celos. Juana no perdía la oportunidad de vigilar a su esposo.
El 24 de febrero de 1500 asistió a una fiesta -a pesar de hallarse encinta-, para estar cerca de Felipe. En medio del bullicio se le presentaron los dolores de parto, así que debió dar a luz en un retrete a su hijo Carlos, que sería luego rey de España y emperador de Alemania.
Al siguiente año, Felipe y Juana viajaron a España para ser declarados herederos del trono. Felipe regresó a Flandes en 1503, solo. Juana, quien deseaba seguirlo a toda costa, viajó en 1504 y, al llegar, atribuyó a Felipe amores con todas las damas de su palacio. Hasta hizo rapar a una rubia luego de acusarla de ser amante de su esposo.
Cuando murió Isabel la Católica, heredó el trono Fernando, lo que provocó el airado reclamo de Felipe. Se sucedieron años de disputa, hasta que el 25 de septiembre de 1506 murió Felipe.
Juana, que estaba embarazada, no derramó una sola lágrima y ordenó que solo hombres velaran el cadáver.
El 20 de diciembre consintió en que su esposo fuera trasladado a Granada para ser enterrado junto a Isabel I. Doña Juana acompañó todo el cortejo fúnebre, con la llave del ataúd colgada en su cuello. Al llegar a Torquemada dio a luz a su hija Catalina, quien fue reina de Portugal. Fue la niña que siguió de cerca su locura y sus ratos de lucidez, hasta que murió en la madrugada de un viernes santo, después de estar encerrada desde los 29 años. (JT)

Una belleza que traiciona y mata

La hermosura sin par de Helena suscitó varios hechos que la mitología griega narra en cautivantes leyendas. Siendo aún niña, Teseo la raptó y se la llevó a Atica, de donde fue recuperada por sus hermanos. Más tarde, los muchos príncipes que pretendían tomarla por esposa prometieron respetar la elección que ella hiciera y defenderla de aquel que no cumpliera su juramento. El escogido fue Menelao, rey de Esparta, y juntos vivieron felices hasta la llegada de Paris quien, aprovechando la ausencia del marido, cortejó a Helena, la sedujo, la raptó y se la llevó a Troya.
En el poema de Homero, La Iliada, no queda claro cuánta resistencia puso ella al rapto, pues Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, era un joven de singular belleza y fuerza física. Un día Zeus recurrió a este príncipe para que emitiera un juicio sobre la belleza de las diosas Afrodita, Atenea y Hera, que se disputaban la manzana de la Discordia. El decidió que la más bella era Afrodita y se atrajo el odio de las otras dos, que, al sentirse desairadas, juraron destruir a Troya.
Así estaban las cosas cuando el apuesto príncipe fugó con la mujer ajena. Entonces, Menelao clamó venganza y obtuvo el prometido apoyo de sus ex rivales. Los griegos se lanzaron a la guerra contra Troya, ciudad que finalmente fue tomada después de un sitio prolongado y sangriento en el que Paris perdió la vida. Helena volvió junto a su esposo y más tarde los espartanos la veneraron como una diosa. De todas maneras, Helena y Paris vivieron un apasionado romance durante 10 años. (AA)

INVESTIGACION

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emociona ¿Lo hizo
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