SÁBADO 29 DE DICIEMBRE DE 2001

El año viejo, simbolismo y magia
entre dos momentos

Vendados los ojos, les disparaban

• En tiempos coloniales, en el puerto principal los misioneros enseñaron a quemar muñecos para recordar el castigo que se daba a los herejes.

• Cada pandilla se conformaría por 120 integrantes, que atraviesan cuatro fases para ser parte de ellas.

La quema del 'año viejo', que se hace en todo el país, tiene antecedentes muy antiguos y se da en muchos lugares del mundo. Según la artista Juana Córdova Pozo, quien realizó una investigación al respecto, se daba ya en las culturas babilónica, griega y romana. Tal como aquí, el acto de quemar el' monigote' tenía un gran contendido simbólico, como rito de renovación y purificación. "Es un medio de expresión popular que provoca catarsis social, cuando la gente se siente libre de expresar su opinión y sentimientos frente a los acontecimientos del año pasado, antes de comenzar de nuevo".
Juana Córdova, cuyos conjuntos artísticos de 'años viejos' son famosos en Cuenca, anota que aunque en algunas épocas el fin de año se celebraba en marzo -por ejemplo en la época babilónica había una procesión al dios Nabú, encargado de escribir el destino anual de los mortales-, en el transcurso de esta procesión aparecían unos 'monigotes', a los que se les quitaba la ropa y adornos para echarlos al fuego.

El papel marca las diferencias

Los 'años viejos' son una costumbre urbana, según Juana Córdova. En el campo no tienen tanta acogida.

Roma, dice Córdova, rendía culto a Prometeo con la costumbre de realizar figuras de hombres, aves y animales que eran incineradas por representar los vicios humanos. Así se purificaba el pueblo con motivo del año nuevo. Esta tradición pasó a los pueblos sometidos por Roma, incluyendo España.
Todos los años se realizan las denominadas 'Fallas de Valencia', donde se construyen 'monigotes' gigantes en honor a San José, el 15 de marzo. Son de carácter erótico y burlesco, "un desafío a la burguesía", dice Córdova, "que al cabo de cuatro días son entregadas al fuego".
En varios países de Latinoamérica se realiza la quema de Judas, que en México, por ejemplo, son enormes figuras de papel que contienen cohetes y silbadores, y que últimamente solo se hacen en los pueblos pequeños y representan a demonios, políticos o estrellas de cine. Se queman el Viernes Santo, después de ser apaleados.

Concursos alusivos
a la fecha
se dan en Quito,
Cuenca y Guayaquil.
En la primera,
Diario HOY está a cargo

En Brasil, los judas son hechos de ropa vieja rellenos de papel. En Uruguay, donde antes el 'año viejo' era muy parecido al del Ecuador, de la fiesta queda solo el recuerdo. En Honduras en cambio, los 'monigotes' son exhibidos durante una semana antes de ser quemados. Los primeros datos sobre la existencia de los 'años viejos' en nuestro país son de 1895, cuando un historiador llamado Festa hablaba de "grupos de enmascarados" en Guayaquil, que "llevan por la ciudad muñecos que representan el año que termina". Según Córdova, quien cita al investigador Rodrigo Chávez, la suplantación del carácter religioso de la quema de Judas por el contenido pagano se ubica en el siglo pasado, cuando una epidemia de fiebre amarilla azotó a los guayaquileños. Como medida sanitaria confeccionaron 'atados' de paja y ramas con los vestidos de los familiares muertos, "para quemarlos en la calle el último día del año y ahuyentar así la peste y la desesperanza".
Hoy, la tradición exige llenar un 'monigote' con aserrín o papel, ponerle una careta y, antes de quemarlo, leer el testamento mediante el cual deja a sus herederos bienes, cualidades, defectos y penas.

En Cuenca se ven
'monigotes' en
los barrios de El Vado,
Cristo Rey, Todos Santos,
El Padrón y varios más

Para Córdova, que lamenta que sus propios 'años viejos', aunque premiados, carecen del humor sencillo que tienen los de los barrios, es interesante la presencia de la 'viuda'.
En Quito, la gente se aglomera en la avenida Amazonas para presenciar el concurso organizado por HOY; en Cuenca y Guayaquil las personas recorren los barrios. Los temas, generalmente políticos, de corrupción, deportivos o sociales, se explican con leyendas. Lo curioso es que en Guayaquil se utiliza mucho más el 'papel maché' para hacer 'monigotes' erguidos, mientras en el resto del país se usa tela, aserrín, ropa vieja, papel periódico y caretas.
Esta fiesta, una de las pocas que, en su versión actual, nada tiene que ver con la religión, es la que más atrae a la artista. Con los amigos se demora meses en terminar uno, por lo que este año ha decidido hacer "uno chiquito, familiar". (SK)

 

Las llamas y los gritos de los jóvenes errantes

La Inquisición está muy relacionada con la costumbre que se arraigó en Guayaquil a finales del siglo XIX

El historiador guayaquileño Rodolfo Pérez Pimentel explica a BLANCO Y NEGRO que la costumbre de quemar 'monigotes', en la celebración del año viejo, es "netamente medieval". Para ello cita de ejemplo a Holanda, en donde hasta la actualidad se acostumbra a 'quemar al Duque de Alba' (jefe de los ejércitos españoles que azotaron al país), pero lo curioso es que lo realizan el día de la independencia y no a fin de año.
Pérez define al fuego como "antonomasia" (lo que destruye), ya que tiene la virtud de 'purificar' al nuevo año venidero, llenándolo de interesantes ventajas y expectativas.
En la década de 1950, los habitantes de Guayaquil desarrollaron la imaginación y dejaron atrás al típico muñeco de aserrín, para fabricar y representar a personajes políticos, como el cinco veces presidente José María Velasco Ibarra, el polémico Assad Bucaram y hasta Carlos Julio Arosemana.
Para los años setenta, los 'monigotes' que se fabricaban en Guayaquil interpretaban a figuras de la televisión, el deporte, cantantes y religiosos.
"Los concursos de los 'años viejos' son tradicionales desde hace más de 40 años. Lo que se ha perdido son las 'escenas o estampas' con distintas temáticas, como la guerra de Vietnam o un mitin político", afirma el historiador, quien sostiene, además, que el quemar los muñecos ocasiona daños al medio ambiente y destruye las calles asfaltadas con brea, ya que esto origina los conocidos 'cráteres o baches'. Argumenta que las tradiciones no deben morir. Pero debido a que en las bibliotecas se han archivado pocas crónicas y reportajes, es difícil establecer la fecha exacta en que los ecuatorianos 'inventan' la tradición de quemar el 'año viejo'.
El historiador justifica esta falencia en la costumbre de la época colonial de publicar solo noticias de carácter político y social. "No obstante, se conoce por autorrelatos de viajeros que en 1880 nació la costumbre de disparar cohetes de fabricación china y nacional (rellenos con pólvora traída de Latacunga), tanto en Quito como en el resto de ciudades", según dice Pérez Pimentel.
Se relata que en Guayaquil, la costumbre de los ciudadanos, cada 31 de diciembre, era la confección del 'monigote' denominado 'el judío', armado completamente de paja. Esta tradición se habría heredado de la Europa medieval, en donde asesinaron y condenaron a la hoguera a varios judíos.
De ahí que, a las 10:00 del 31 de diciembre, una caravana de jóvenes se dirigían hacia la Plaza Colón y colgaban el 'monigote' de un árbol; lo cargaban en hombros, cantaban y tocaban tambores. La algarabía se prolongaba por el empedrado camino del Malecón y avanzaban por la Planchada (hoy Cerro Santa Ana). El muñeco era ahorcado e incinerado, y se saltaba sobre sus llamas. (CHM)


ANALISIS
Sobre las máscaras

La tradición de los 'años viejos' es una variante de esos juegos de máscaras que tienen antiguos orígenes y que han sobrevivido hasta la fecha, como patrimonio de quienes no están en el poder, de quienes necesitan juzgar a los que hicieron promesas y no las cumplieron.
Es el momento en el que el tribunal supremo de los excesos, las injusticias, los desatinos y los fracasos de quienes de alguna manera nos representaron, son la gente común, los que carecen de poder de decisión y se ven constreñidos a ser, durante 365 días, mudos testigos de decisiones e indecisiones difíciles de aceptar.
La celebración del 'año viejo' significa un momento de ruptura en la vida de los seres humanos; intenta quemar todo lo malo, porque el fuego en la mitología ha estado identificado con los rituales de purificación, como lo prueba el mito del Ave Fénix, que los antiguos creían única y que, según la leyenda, se pierde en sus cenizas y luego renace con más vitalidad.
En la mascarada, el ingenio es el único límite para quienes desean purificarse en un instante que se supone el fin de una etapa, de un período que concluye en un momento determinado, impostergable, cuando todos los ecuatorianos intentan ser puntuales, porque ese instante se caracteriza por ser efímero -a pesar de todo el significado que encierra-, que pasa con un abrazo dado entre fogatas, entre buenos deseos.
Así termina el 'año viejo' que, en esta modernidad, ha pasado a ser el referente en el cual los gobiernos, los municipios y las instituciones deben cumplir metas o, al menos, prometen cumplirlas en adornados discursos. Así, el año pasa a ser el organizador social.
Y es el último segundo, de la última hora, del último día, el instante justo para calificar qué fue bueno o malo, qué se cumplió o no; qué es necesario lanzar a las llamas, para su purificación: la justicia, los partidos políticos, el Congreso, los diputados, los periodistas, casi todos. Y al fuego van las frustraciones colectivas y las individuales, aunque esas poco se caricaturizan, porque, de alguna forma, es mejor echar la culpa a los otros de nuestros fracasos; porque, de cierta manera, nosotros nunca seremos culpables de nada, porque solo somos testigos que aspiran a ser jueces, aunque sus sentencias se olviden en el año que viene. (JT)

 

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