Roma, dice Córdova, rendía culto a
Prometeo con la costumbre de realizar figuras de hombres, aves y animales que eran
incineradas por representar los vicios humanos. Así se purificaba el pueblo con motivo
del año nuevo. Esta tradición pasó a los pueblos sometidos por Roma, incluyendo
España.
Todos los años se realizan las denominadas 'Fallas de Valencia', donde se construyen
'monigotes' gigantes en honor a San José, el 15 de marzo. Son de carácter erótico y
burlesco, "un desafío a la burguesía", dice Córdova, "que al cabo de
cuatro días son entregadas al fuego".
En varios países de Latinoamérica se realiza la quema de Judas, que en México, por
ejemplo, son enormes figuras de papel que contienen cohetes y silbadores, y que
últimamente solo se hacen en los pueblos pequeños y representan a demonios, políticos o
estrellas de cine. Se queman el Viernes Santo, después de ser apaleados.
Concursos alusivos
a la fecha
se dan en Quito,
Cuenca y Guayaquil.
En la primera,
Diario HOY está a cargo
En Brasil, los judas son hechos de ropa
vieja rellenos de papel. En Uruguay, donde antes el 'año viejo' era muy parecido al del
Ecuador, de la fiesta queda solo el recuerdo. En Honduras en cambio, los 'monigotes' son
exhibidos durante una semana antes de ser quemados. Los primeros datos sobre la existencia
de los 'años viejos' en nuestro país son de 1895, cuando un historiador llamado Festa
hablaba de "grupos de enmascarados" en Guayaquil, que "llevan por la ciudad
muñecos que representan el año que termina". Según Córdova, quien cita al
investigador Rodrigo Chávez, la suplantación del carácter religioso de la quema de
Judas por el contenido pagano se ubica en el siglo pasado, cuando una epidemia de fiebre
amarilla azotó a los guayaquileños. Como medida sanitaria confeccionaron 'atados' de
paja y ramas con los vestidos de los familiares muertos, "para quemarlos en la calle
el último día del año y ahuyentar así la peste y la desesperanza".
Hoy, la tradición exige llenar un 'monigote' con aserrín o papel, ponerle una careta y,
antes de quemarlo, leer el testamento mediante el cual deja a sus herederos bienes,
cualidades, defectos y penas.
En Cuenca se ven
'monigotes' en
los barrios de El Vado,
Cristo Rey, Todos Santos,
El Padrón y varios más
Para Córdova, que lamenta que sus propios
'años viejos', aunque premiados, carecen del humor sencillo que tienen los de los
barrios, es interesante la presencia de la 'viuda'.
En Quito, la gente se aglomera en la avenida Amazonas para presenciar el concurso
organizado por HOY; en Cuenca y Guayaquil las personas recorren los barrios. Los temas,
generalmente políticos, de corrupción, deportivos o sociales, se explican con leyendas.
Lo curioso es que en Guayaquil se utiliza mucho más el 'papel maché' para hacer
'monigotes' erguidos, mientras en el resto del país se usa tela, aserrín, ropa vieja,
papel periódico y caretas.
Esta fiesta, una de las pocas que, en su versión actual, nada tiene que ver con la
religión, es la que más atrae a la artista. Con los amigos se demora meses en terminar
uno, por lo que este año ha decidido hacer "uno chiquito, familiar". (SK)
Las llamas y los
gritos de los jóvenes errantes
La Inquisición está muy relacionada
con la costumbre que se arraigó en Guayaquil a finales del siglo XIX
El historiador guayaquileño Rodolfo Pérez Pimentel explica a BLANCO Y NEGRO que la
costumbre de quemar 'monigotes', en la celebración del año viejo, es "netamente
medieval". Para ello cita de ejemplo a Holanda, en donde hasta la actualidad se
acostumbra a 'quemar al Duque de Alba' (jefe de los ejércitos españoles que azotaron al
país), pero lo curioso es que lo realizan el día de la independencia y no a fin de año.
Pérez define al fuego como "antonomasia" (lo que destruye), ya que tiene la
virtud de 'purificar' al nuevo año venidero, llenándolo de interesantes ventajas y
expectativas.
En la década de 1950, los habitantes de Guayaquil desarrollaron la imaginación y dejaron
atrás al típico muñeco de aserrín, para fabricar y representar a personajes
políticos, como el cinco veces presidente José María Velasco Ibarra, el polémico Assad
Bucaram y hasta Carlos Julio Arosemana.
Para los años setenta, los 'monigotes' que se fabricaban en Guayaquil interpretaban a
figuras de la televisión, el deporte, cantantes y religiosos.
"Los concursos de los 'años viejos' son tradicionales desde hace más de 40 años.
Lo que se ha perdido son las 'escenas o estampas' con distintas temáticas, como la guerra
de Vietnam o un mitin político", afirma el historiador, quien sostiene, además, que
el quemar los muñecos ocasiona daños al medio ambiente y destruye las calles asfaltadas
con brea, ya que esto origina los conocidos 'cráteres o baches'. Argumenta que las
tradiciones no deben morir. Pero debido a que en las bibliotecas se han archivado pocas
crónicas y reportajes, es difícil establecer la fecha exacta en que los ecuatorianos
'inventan' la tradición de quemar el 'año viejo'.
El historiador justifica esta falencia en la costumbre de la época colonial de publicar
solo noticias de carácter político y social. "No obstante, se conoce por
autorrelatos de viajeros que en 1880 nació la costumbre de disparar cohetes de
fabricación china y nacional (rellenos con pólvora traída de Latacunga), tanto en Quito
como en el resto de ciudades", según dice Pérez Pimentel.
Se relata que en Guayaquil, la costumbre de los ciudadanos, cada 31 de diciembre, era la
confección del 'monigote' denominado 'el judío', armado completamente de paja. Esta
tradición se habría heredado de la Europa medieval, en donde asesinaron y condenaron a
la hoguera a varios judíos.
De ahí que, a las 10:00 del 31 de diciembre, una caravana de jóvenes se dirigían hacia
la Plaza Colón y colgaban el 'monigote' de un árbol; lo cargaban en hombros, cantaban y
tocaban tambores. La algarabía se prolongaba por el empedrado camino del Malecón y
avanzaban por la Planchada (hoy Cerro Santa Ana). El muñeco era ahorcado e incinerado, y
se saltaba sobre sus llamas. (CHM)
ANALISIS
Sobre las máscaras
La tradición de los 'años viejos' es una
variante de esos juegos de máscaras que tienen antiguos orígenes y que han sobrevivido
hasta la fecha, como patrimonio de quienes no están en el poder, de quienes necesitan
juzgar a los que hicieron promesas y no las cumplieron.
Es el momento en el que el tribunal supremo de los excesos, las injusticias, los desatinos
y los fracasos de quienes de alguna manera nos representaron, son la gente común, los que
carecen de poder de decisión y se ven constreñidos a ser, durante 365 días, mudos
testigos de decisiones e indecisiones difíciles de aceptar.
La celebración del 'año viejo' significa un momento de ruptura en la vida de los seres
humanos; intenta quemar todo lo malo, porque el fuego en la mitología ha estado
identificado con los rituales de purificación, como lo prueba el mito del Ave Fénix, que
los antiguos creían única y que, según la leyenda, se pierde en sus cenizas y luego
renace con más vitalidad.
En la mascarada, el ingenio es el único límite para quienes desean purificarse en un
instante que se supone el fin de una etapa, de un período que concluye en un momento
determinado, impostergable, cuando todos los ecuatorianos intentan ser puntuales, porque
ese instante se caracteriza por ser efímero -a pesar de todo el significado que
encierra-, que pasa con un abrazo dado entre fogatas, entre buenos deseos.
Así termina el 'año viejo' que, en esta modernidad, ha pasado a ser el referente en el
cual los gobiernos, los municipios y las instituciones deben cumplir metas o, al menos,
prometen cumplirlas en adornados discursos. Así, el año pasa a ser el organizador
social.
Y es el último segundo, de la última hora, del último día, el instante justo para
calificar qué fue bueno o malo, qué se cumplió o no; qué es necesario lanzar a las
llamas, para su purificación: la justicia, los partidos políticos, el Congreso, los
diputados, los periodistas, casi todos. Y al fuego van las frustraciones colectivas y las
individuales, aunque esas poco se caricaturizan, porque, de alguna forma, es mejor echar
la culpa a los otros de nuestros fracasos; porque, de cierta manera, nosotros nunca
seremos culpables de nada, porque solo somos testigos que aspiran a ser jueces, aunque sus
sentencias se olviden en el año que viene. (JT)