Entonces aparece otro debate: ¿dónde
empieza la vida? "Moralmente no está bien reproducir parcial o totalmente seres
humanos para 'canibalizar' sus órganos en beneficio ajeno o para utilizarlos como elixir
de la eterna juventud", ha sostenido esta semana, en las páginas de HOY, el médico
Guillermo Wagner.
Lourdes Paz y Miño, de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Central del
Ecuador, cree por el contrario que dentro del campo del desarrollo de la ciencia y de la
biotecnología no existen límites para el desarrollo de la clonación humana, aunque,
insiste, la única limitación es la moral y la ética de las personas que han
desarrollado un grado de avance dentro del estudio celular. Uno de los riesgos que
advierte la catedrática es que se perdería la condición humana, porque no habría el
interés de ser mejores, es decir que la misión de la vida se perdería al tener una
sociedad conformada por seres clonados 'perfectos'. (JT-CA)
La genética, ciencia con una
vieja historia
Los primeros habitantes de la Tierra ya
usaban inconscientemente la genética hace 10 000 o 12 000 años
Aunque los términos genética y clonación son de uso reciente, su aplicación en la
práctica provienen de mucho antes.
De hecho, cuando los antiguos pobladores de nuestro planeta inventaron la agricultura 12
000 años antes de Cristo, y empezaron a domesticar animales, aproximadamente 10 000 años
antes de nuestra era, recurrieron inconscientemente a procesos de selección que tienen
que ver con la herencia: cuando los antiguos pastores cruzaban las cabras u ovejas que
producían más leche, o los labradores utilizaban como semillas los sobrantes de su
producción que mejor resistían a las inclemencias del tiempo, estaban aprovechando las
características genéticas (de nacimiento) de esas especies.
En época de los griegos, el filósofo Aristóteles realizaba especulaciones sobre la
naturaleza de la reproducción humana y la herencia a mediados del siglo III aC.
Sin embargo, la genética aparece como ciencia en 1866, cuando el sacerdote agustino
Gregorio Mendel experimenta con guisantes y a partir de allí se establecen las leyes
fundamentales de la herencia.
En el año 1871, se consigue aislar el ADN (material que contiene las características
genéticas de las especies), en el núcleo de una célula. A su vez, las unidades básicas
de la herencia biológica (que determinan el color de piel, estatura o enfermedades de
nacimiento) reciben el nombre de genes en 1909.
Posteriormente, en el año 1925, se descubre que la función que cumplen los genes
dependen de su ubicación en una entidad superior a estos llamada cromosoma.
Los científicos ingleses Watson y Crick identifican que el ADN (conformado de cromosomas)
tiene una estructura de doble hélice.
Tres años más tarde, se conoce que las células del cuerpo humano están formadas por 23
pares de cromosomas.
Los primeros experimentos de ingeniería genética (manipulación del material
hereditario) se desarrollan en 1973, cuando los genes de una especie se introducen en
organismos de otra especie y funcionan correctamente.
Para 1982, se crea el primer ratón transgénico, insertando el gen del crecimiento de la
rata en óvulos fecundados de ratona.
En 1997, investigadores escoceses anuncian la producción de una oveja (Dolly) mediante
técnicas de clonación, que se constiuye en el primer mamífero exitosamente reproducido
de manera asexual. (LAG)
LA VOZ RELIGIOSA
'Deciden sobre algo que no les pertenece'
Monseñor Alberto Luna Tobar, ex arzobispo de Cuenca
Para Luis Alberto Luna Tobar, quien fuera arzobispo de Cuenca, la clonación es algo que
va en contra de la naturaleza, y los que la practican deciden sobre algo que no les
pertenece.
Monseñor Luna definió su postura respecto de la biogenética diferenciándola del
transplante de órganos. "Sobre la biogenética he estado siempre muy preocupado,
como fenómeno científico y como comprobación, una vez más, de la inmensa cantidad y
calidad de vida que hay en todo ser humano y en toda la porción de humanidad de cada
individuo", dijo.
"Nunca tuve preocupación sobre lo que significaba la donación de miembros del
cuerpo, pero de aquellos miembros del cuerpo que no sean de por sí los generadores de
vida. He sido donante de sangre en muchas cantidades durante toda mi vida. He propiciado
la donación de órganos, que es de lo mejor que se puede hacer. El transplante de
médula, que es muy delicado, lo consideraba un avance inmenso en lo que significa la
donación de uno mismo a los demás", expuso.
Pero existe, para monseñor Luna, una diferencia sustancial con lo que llama "los
productores de vida". Considera que a estos "no se les puede tratar aislados de
su función, de su propio destino, pues para algo están conformados". Por eso, tanto
los bancos de semen como los bancos de óvulos le han parecido siempre contranatura, y a
todo lo que de allí pueda proceder también lo considera antinatural. "Es criminal
elegir una vida y determinar la inutilidad de las otras grandes millonarias porciones de
principios de vida que puede haber", dijo con vehemencia. "Hay un abuso en hacer
la selección, un abuso de lo que después tiene que ser el ser humano, que tiene que ser
ante todo libre".
Considera un problema fundamental escoger quién nazca: "¿Quién tiene derecho a
elegir entre los seres humanos, a calificar a los seres humanos? ¿Quién puede
científicamente determinar que de esta célula va a nacer el hombre más bien programado?
¿No habrá fallas también? ¡Qué riesgo más brutal que toda la posibilidad científica
de acierto termine en un monstruo moral!".
A la justificación de que la clonación serviría para crear órganos que son escasos,
para los que no existen suficientes donantes, monseñor Luna responde que la Iglesia ha
contestado con un argumento que, dicho al paso, puede ser un modo de soslayar lo esencial
del problema. "Ha contestado que para eso, que es muy loable, hay otros caminos fuera
de la clonación". Considera que así se insiste en la generosidad de las donaciones
de elementos del organismo humano para poder ayudar a quien ha nacido con defectos. Pero
cree que no lo ha dicho pensando sólo en la donación, sino también en la evolución que
se pueda dar a la ciencia. Insistió en la voluntad de la propia persona, pero no como
derecho del hombre sobre la naturaleza: "El hombre puede hacer de sí mismo aquello
que sabe que no está en contra de la naturaleza, pero aquí hay algo que está en contra
de la naturaleza".
Además dijo que "en la clonación interviene alguien a quien no le pertenece lo que
interviene. ¿Con qué derecho? La pregunta ética es ¿Quién puede administrar esos
bienes? Y no hay respuesta. No son propiedad de nadie, son de la naturaleza, y la
naturaleza es el fundamento de todos los valores".
Respecto de la pregunta que ha surgido a lo largo de la historia, con mucha intensidad, en
relación con la bomba atómica, por ejemplo, de que si el científico siente la
responsabilidad ética conforme a su capacidad científica, el prelado recordó: "La
gran sacada de la lengua burlona de Einstein en las fotografías, que de él se publican,
riéndose de si mismo o de lo que aprovechará de su inteligencia el mundo, quiere decir
que él tuvo desde el primer momento un gran miedo. El descubrimiento de algo nuevo
siempre trae grandes sorpresas del lado que no se ve desde el primer momento, es decir, la
contraparte de lo descubierto". Puso como ejemplo que a lo mejor de la clonación
nace un ser con fachada de niño y conciencia de viejo.
Monseñor Luna no cree que los científicos no quieran ver el peligro que albergan sus
inventos.
"Yo me imagino que un hombre que ha llegado a niveles de ciencia como estos
descubridores no puede ser sectario. Todo lo contrario, les creo inmensamente libres. Y
allí está el problema. ¿Es la libertad un don infinito? Para un sabio, para un hombre
inteligente, lo primero que aparece en todas sus investigaciones es que más allá de lo
que descubre, de lo que puede, hay tantas cosas que no puede". (SK)