Una turista alemana que ha llegado hasta el
museo no pierde el tiempo y logra fotografiar a un mirlo, que descansa sobre uno de los
diversos avisos que se encuentran en los alrededores del parque: No entrar. Prohibido el
paso. Propiedad privada. Son solo algunos de los mensajes que se hallan en el camino,
entre las entradas norte y la sur. Lo que más llama la atención son los letreros de
madera que se han colocado al margen del camino que conecta la entrada norte con la sur:
No arroje basura en la vía. Use los basureros. Lo extraño es que aparte de los basureros
que se hallan en los alrededores de la laguna de Limpiopungo, estos brillan por su
ausencia.
En la segunda entrada se observa el mayor flujo de turistas de distintos países, sobre
todo europeos y asiáticos: de Alemania (en un mayor porcentaje), Francia, Dinamarca,
China, etcétera. "El turismo estadounidense ha disminuido en 40% desde que ocurrió
lo del 11 de septiembre", dice Manuel Cumbajín Changoluisa, un guardaparques que
cobra las entradas a los visitantes y entrega el dinero a la administración del Parque
Nacional Cotopaxi, pero cuyo sueldo es cancelado por los propietarios de la hostería
Tambopaxi, conformada por construcciones hechas con pacas de heno.
El turista que paga $10 por entrar al Cotopaxi también tiene derecho a pasar por un
control destruido, que está a pocos metros del museo abandonado. Se trata de una torre de
ladrillo en la que alguna vez hubo un guardaparques. Parecen los restos de un castillo
medieval en ruinas: sin ventanas, sin puertas, con troncos de madera colgados del techo,
invadido por maleza que ha crecido en el interior, y flanqueado por pequeños muros de
piedra en los cuales se sujetaba una cadena para realizar el control a los visitantes.
"¿Por qué debo pedir a los turistas que paguen $10 para ver eso?", se pregunta
el conocido andinista y fotógrafo Jorge Anhalzer, quien además es operador turístico en
el sector.
La zona en la que se encuentra el Parque Nacional es una cuenca hidrográfica importante,
por todos los ríos que nacen del volcán Cotopaxi y el Rumiñahui: Cutuchi, Pedregal, San
Pedro, Tamboyacu y Tambo, que dan origen al río Valle Vicioso, afluente del Napo, y al
río Pita, uno de los más frecuentados por los pescadores de truchas, de los que pescan
con dinamita y atarrayas. Uno de los principales problemas tiene el parque, según con
varios operadores turísticos, es el de los cazadores, que también se deriva de la falta
de control. (JT)
Todo se queda en letra muerta
Ecuador tiene 11 de las 121 zonas que
existen en el mundo consideradas aptas para preservar aves y pájaros
El Sistema Nacional de Areas Protegidas cuenta con 27 reservas naturales que suman 4 686
953 hectáreas de superficie terrestre, aparte de las 14 110 hectáreas que conforman la
reserva biológica marina de Galápagos.
Las áreas protegidas, de acuerdo con los datos ambientales, corresponden al 18% del
territorio ecuatoriano, establecidas con el presunto fin de salvaguardar la biodiversidad
del país: 11 de las 121 áreas de mayor importancia para la preservación de aves en el
mundo se encuentran en Ecuador, que es el segundo país en diversidad de vertebrados
endémicos, por unidad de territorio; el tercero en diversidad de anfibios; el cuarto en
diversidad de aves y el quinto en diversidad de mariposas papilónidas. Se calcula que el
10% de todas las especies de plantas del mundo están en el país.
El Ecuador alberga a 124 especies de colibríes el 35% de todas las que existen en el
mundo; por eso ha sido conocido como 'el país de los colibríes'. Pese a que los
gobiernos han recalcado su preocupación por el tema ambiental, al parecer todo se queda
en leyes, 'letra muerta', como califica Jorge Anhalzer a los instrumentos jurídicos que
se han dictado para proteger la biodiversidad. Existe una ley anticaza, pero uno de los
principales problemas que se detectan en el Cotopaxi es la caza indiscriminada de venados.
"De todo lo que se mueve", de acuerdo con José Nicolás Vélez, operador
turístico de la zona, que el pasado miércoles recorrió el parque acompañando a Boris y
Zvi Livschitz, Alexandru Ianus, Juliet Ward y Mikael Hakhnazaryan, el Quinteto de Cuerdas
de Zúrich, que se presentó el pasado jueves en la Corporación Financiera Nacional, en
el centro-norte de Quito.
La autoridad encargada del parque Cotopaxi y de las restantes áreas protegidas del Estado
es el Ministerio del Ambiente, creado el 4 de octubre de 1996. Y lo que esa Secretaría de
Estado ha hecho es diseñar un plan de acción para proteger la biodiversidad, con la
participación de las poblaciones indígenas, comunidades, habitantes locales, sector
privado, organizaciones no gubernamentales e instituciones de investigación. Al menos en
el Cotopaxi, ese plan parece no funcionar. Por lo menos, Jorge Pérez, operador turístico
de Tierra del Volcán, y parte de la Fundación Páramo, asegura que desde el año
anterior han propuesto al Gobierno reconstruir la entrada norte, convertirla en un
atractivo para el turismo, pero todo se habría quedado en vanas promesas.
"El Estado tiene posturas incomprensibles. Nosotros, por medio de la Fundación
Páramo, propusimos ayudar a la reconstrucción del control norte, pero nunca llegaron a
darnos respuesta", recalca ahora. Pérez es uno de los propietarios de haciendas que
se encuentran dentro del parque Nacional Cotopaxi. (JT)
El Pasochoa, otra
administración
A una hora de Quito y a pocos kilómetros
de Amaguaña se encuentra un centro de investigación para expertos ornitólogos
nacionales y extranjero, el bosque protector Pasochoa. Es la única reserva ecológica
protegida por una organización no gubernamental, Fundación Natura, por medio del
Proyecto Pasochoa.
Cristina Zapata, responsable del proyecto, asegura que han desarrollado el turismo
ambiental con planes dirigidos a escuelas, colegios y agencias de viajes. Las acciones
emprendidas les han permitido autofinanciarse para brindar todas las comodidades a los 18
000 turistas que anualmente pagan su entrada para admirar la flora y la fauna de las 500
hectáreas del bosque. El cobro por el ingreso genera al Proyecto entre $3 500 y $4 000
anuales, que se invierten en el pago al personal, en el cuidado de la reserva ecológica,
en la reparación de los seis senderos destinados al turismo ecológico y en el
mantenimiento de los albergues.
En la actualidad, el Proyecto ha logrado instalar dos albergues con capacidad para diez
personas cada uno. "Actualmente se permite el ingreso diario de 100 personas y se
amplía el cupo a un máximo de 30 más en días feriados y fines de semana", asegura
Cristina Zapata.
Los sábados, domingos y los días festivos llegan diez guías del Proyecto para sumarse a
los tres permanentes que están en el bosque.
"Con la finalidad de organizar a la gente y conservar el Pasochoa, por cada 15
personas se destina un guía, de manera obligatoria. Se les prohíbe que lleven armas o
ingieran alimentos, y nadie puede salir de los senderos, que se encuentran perfectamente
delimitados", dice.
Todo lo que tiene que ver con los fondos para la protección y conservación del Pasochoa,
se lo administra por medio de socios corporativos que apoyan los proyectos que se presenta
para el cuidado del bosque protector. Los socios son por lo general empresas grandes, como
la Coca Cola. Aunque también obtienen fondos por medio de membresías y donaciones
voluntarias, según Cristina Zapata. Esta es otra forma de administrar las reservas
naturales. (CA)