En 1989, uno de los vendedores de
Peñaranda había logrado un acercamiento con un diputado de su provincia, al que
supuestamente convenció para que gestionara una partida prespuestaria con el fin de
adquirir material educativo para los colegios de su provincia.
"Yo fui a ofrecerle (el 'negocio') al diputado de Morona Santiago, que en ese tiempo
era Simón Rivadeneira. Como el secretario me había dicho que iban a comprar bibliotecas
para los colegios de Morona me acerqué a pedirle que me diera la oportunidad",
rememora junto a una ventana reforzada con gruesos barrotes.
Todo lo recuerda claramente, aunque, a veces sufre de amnesia temporal, sobre todo cuando
se le inquiere por más nombres, fechas y lugares donde se concretaban los 'negocios'.
"Necesito tener los documentos. No puedo hablar todavía", es su única
justificación.
Una vez acordado el 'negocio' con el secretario del legislador habría comenzado la
elaboración de un proyecto para ser el proveedor de las bibliotecas. "Hice un
estudio de mercado con los colegios, viajé a mi provincia y gasté mucho dinero; seis
meses trabajé en un estudio completo de las necesidades de los establecimientos
educativos", recuerda con bastante claridad.
Luis Peñaranda asegura que todos los años viajaba a su tierra natal, Limón Indanza, en
Morona Santiago, por la época del carnaval. Fue en el carnaval de 1990 cuando sufrió la
terrible decepción. "En todos los colegios a los que había visitado les habían
dejado un lote de libros. Fue el día más amargo de mi vida. Fue una decepción tan
grande que hasta las lágrimas se me fueron por el coraje", dice Peñaranda.
"Les habían dado un montón de libros con precios superiores a los que yo ofrecía.
"En ese momento se me acabó el carnaval", sostiene. Aprendió la lección y
comenzó un trabajo sostenido en el Congreso. (JT)
Novatada indispensable para aprender la lección
Luis Peñaranda había gastado mucho dinero para intentar concretar su primer negocio con
el Congreso (venta de bibliotecas para las provincias amazónicas), sobre todo en las
invitaciones a comer a los asesores del diputado. Cuando supo que alguien se le había
adelantado regresó al Parlamento para preguntar ¿qué pasó?
"Me dijeron que desde arriba les entregaron los contratos. Entonces un tipo me
adviritó: 'Mira, si quieres hacer negocios aquí debes hablar con todos'. Como yo siempre
he sido persistente hablé con otra gente". La vez siguiente, en el Gobierno de Sixto
Durán Ballén, Peñaranda ya no se habría dejado sorprender por su competencia. (JT)
Advertencias que se envían
desde la cárcel
Vestido con una chaqueta informal
abotonada, una camisa impecable y un pantalón muy bien planchado, Luis Peñaranda llegó
del Pabellón A del ex penal García Moreno, al departamento de Bienestar Social,
acompañado de un uniformado con el que salió, al final de la entrevista, en ameno
diálogo.
Luego de cuatro años y nueve meses de que estallara el escándalo de la red de
corrupción que presuntamente lideraba Luis Peñaranda, con proclamas de que se haría
justicia, de que se llegarían hasta las últimas consecuencias para sancionar a todos los
responsables, incluidos los 13 diputados a los que se sindicó con orden de prisión
preventiva, Peñaranda es el único detenido por el caso de corrupción que tocó todos
los hilos de la política.
Ahora desde la cárcel, Peñaranda parece enviar señales de advertencia a los diputados
que pagó por las partidas extrapresupuestarias que gestionaban para adquirir material
educativo a través de sus empresas, aunque asegura que no es un chantajista tiene la
certeza de que con sus declaraciones podrían llenarse las más de diez celdas vacías del
Pabellón A, en donde debió festejar su cumpleaños, el pasado 24 de octubre. (JT)
Un vendedor deja el oficio de la carpintería
Luis Peñaranda nació en Limón Indanza el 24 de octubre de 1961. Su último cumpleaños
lo debió festejar lejos de su esposa, Silvia Padilla, también sindicada en el caso de
corrupción, que se quedó en Miami.
El interno del Pabellón A se califica como un niño un poco extrovertido al que le
gustaba hacer de todo. "Desde muy pequeño me gane la vida como lo hace un
niño". ¿Cómo? "Lustraba zapatos, vendía bolos, hacía jugar a los demás,
hacía muchas cosas", responde. De esa época solo recuerda a un amigo en especial:
Gerardo Estrella, que lo acompañaba en todas sus travesuras.
El quinto hijo de una familia de seis hermanos, de los cuales cuatro eran mujeres, estudio
en Limón Indanza en la escuela Simón Bolívar y luego en el colegio Río Santiago, hasta
segundo curso. Dejó los libros para viajar a Quito. Al llegar a la ciudad, que ahora mira
tras las rejas, dice que se sintió como un muchacho extraño. "Recuerdo que llegué
a trabajar en un taller de carpintería. Era ayudante".
La carpintería no estaba en sus planes. A los dos meses abandonó el oficio para trabajar
con un abogado llamado César Gallardo. Bueno, reconoce que su jefe no tenía el título
para ejercer porque solo era licenciado, pero tenía muchos casos. Su trabajo fue hacer
trámites en los juzgados y en la notarías, en donde se sintió como pez en el agua. En
ese tiempo estudió en el colegio Mejía, en la sección nocturna, pero volvió a dejar
los estudios en el quinto año.
Cuando abandonó al abogado se fue a trabajar de vendedor en el Círculo de Lectores;
llegó a ser jefe de un grupo. Luego de leer algunos libros de sicología y motivación ya
se sintió capaz de dar charlas de automotivación a sus compañeros.
El sector de trabajo de Peñaranda fue el centro de Quito, desde el mercado de Ipiales
hasta la plazoleta de La Marín. A los tres años, dejó el Círculo de Lectores para
trabajar en Cladel, empresa que cuando ya era rico se convirtió en proveedora de Mundo
Editores.
En Cladel, quien acostumbraba a llamarse el 'hijo mimado de Dios' reunió dinero para
comprarse su primer carro: un Honda Civic. (JT)
El primer paso, conocer;
el segundo, conquistar
Cladel, una empresa proveedora de libros con sucursales en distintas provincias, dio la
oportunidad a Luis Peñaranda de conocer el mercado al que se dirigiría cuando formó una
serie de empresas, que asegura fueron legales.
Peñaranda dice sin empacho que se convirtió en el mejor vendedor de libros en el ámbito
nacional. "Siempre me ha gustado ser el número uno", dice. Y lo habría sido
vendiendo enciclopedias para escuelas y colegios.
El trabajo en Cladel le habría permitido conocer a los rectores de escuelas y colegios de
poblados abandonados a su suerte, a los que después recibiría en su oficina.
"Recorrí las escuelas y colegios y me daba pena ver que nunca tenían dinero para
comprar un diccionario. Ni para tizas tenían", dice con un tono populista.
En Cladel no solo conoció su futuro mercado sino que se habría enterado que el principal
comprador de libros y materiales educativos era el Estado. "Mi sueño de siempre,
cuando fui vendedor, era entregar libros en donde nunca tenían dinero para comprarlos.
Una vez dije que algún día equiparía a todos estos colegios y escuelas de
bibliotecas", asegura.
¿Es normal que un vendedor quiera vender en lugares donde no habían recursos? "Yo
pensaba que en los colegios y las escuelas podían comprar libros, pero me di cuenta que
no", responde.
Cuando Luis Peñaranda montó sus empresas ya tuvo claro que sus clientes no eran los
rectores de las escuelas y los colegios, sino el Gobierno. Para vender al Estado
necesitaba intermediario, y los halló en el Congreso. (JT)