SÁBADO 3 DE NOVIEMBRE DE 2001

Misteriosa lista de 15 intermediarios

• Luis Peñaranda conoció a su esposa, Silvia Padilla, en el Centro de Adoración Cristiana, en el norte de Quito.
Sus horizontes se abrían, pero necesitaba contactos.

Cuatro años se tardó Luis Peñaranda Samaniego en conocer cómo funcionaba el sistema de gestión de partidas extrapresupuestarias por parte de los diputados, para comprar material educativo que se entregaba en los colegios y escuelas, sobre todo en poblados marginales.
La primera vez que intentó participar en el 'negocio' con los diputados (se llama un negociante neto) sufrió una decepción tan terrible que lloró. Fue cuando ya tenía constituida su empresa Mundo Editores en unas oficinas adquiridas en 50 millones de sucres; estaban ubicadas en el edificio Jácome, entre las calles Salinas y Santiago, al centro-norte de Quito. "Yo era joven, no sabía cómo funcionaba el sistema", dice un ahora experimentado Peñaranda, el único detenido por un caso de corrupción, en el ex penal García Moreno. El presunto escándalo delictivo, con tintes políticos, se hizo público luego de la caída del gobierno de Abdalá Bucaram, en febrero de 1997, y se involucró a 17 diputados, funcionarios del ministerio de Finanzas y de empresas de mobiliario educativo, computadores y libros, algunas consideradas fantasmas.

Las celdas reservadas de Luis Peñaranda

Las interioridades de lo que ocurrió en el bucaramato son narradas por el supuesto artífice de empresas fantasmas.

En 1989, uno de los vendedores de Peñaranda había logrado un acercamiento con un diputado de su provincia, al que supuestamente convenció para que gestionara una partida prespuestaria con el fin de adquirir material educativo para los colegios de su provincia.
"Yo fui a ofrecerle (el 'negocio') al diputado de Morona Santiago, que en ese tiempo era Simón Rivadeneira. Como el secretario me había dicho que iban a comprar bibliotecas para los colegios de Morona me acerqué a pedirle que me diera la oportunidad", rememora junto a una ventana reforzada con gruesos barrotes.
Todo lo recuerda claramente, aunque, a veces sufre de amnesia temporal, sobre todo cuando se le inquiere por más nombres, fechas y lugares donde se concretaban los 'negocios'. "Necesito tener los documentos. No puedo hablar todavía", es su única justificación.
Una vez acordado el 'negocio' con el secretario del legislador habría comenzado la elaboración de un proyecto para ser el proveedor de las bibliotecas. "Hice un estudio de mercado con los colegios, viajé a mi provincia y gasté mucho dinero; seis meses trabajé en un estudio completo de las necesidades de los establecimientos educativos", recuerda con bastante claridad.
Luis Peñaranda asegura que todos los años viajaba a su tierra natal, Limón Indanza, en Morona Santiago, por la época del carnaval. Fue en el carnaval de 1990 cuando sufrió la terrible decepción. "En todos los colegios a los que había visitado les habían dejado un lote de libros. Fue el día más amargo de mi vida. Fue una decepción tan grande que hasta las lágrimas se me fueron por el coraje", dice Peñaranda. "Les habían dado un montón de libros con precios superiores a los que yo ofrecía. "En ese momento se me acabó el carnaval", sostiene. Aprendió la lección y comenzó un trabajo sostenido en el Congreso. (JT)

Novatada indispensable para aprender la lección

Luis Peñaranda había gastado mucho dinero para intentar concretar su primer negocio con el Congreso (venta de bibliotecas para las provincias amazónicas), sobre todo en las invitaciones a comer a los asesores del diputado. Cuando supo que alguien se le había adelantado regresó al Parlamento para preguntar ¿qué pasó?
"Me dijeron que desde arriba les entregaron los contratos. Entonces un tipo me adviritó: 'Mira, si quieres hacer negocios aquí debes hablar con todos'. Como yo siempre he sido persistente hablé con otra gente". La vez siguiente, en el Gobierno de Sixto Durán Ballén, Peñaranda ya no se habría dejado sorprender por su competencia. (JT)


Advertencias que se envían desde la cárcel

Vestido con una chaqueta informal abotonada, una camisa impecable y un pantalón muy bien planchado, Luis Peñaranda llegó del Pabellón A del ex penal García Moreno, al departamento de Bienestar Social, acompañado de un uniformado con el que salió, al final de la entrevista, en ameno diálogo.
Luego de cuatro años y nueve meses de que estallara el escándalo de la red de corrupción que presuntamente lideraba Luis Peñaranda, con proclamas de que se haría justicia, de que se llegarían hasta las últimas consecuencias para sancionar a todos los responsables, incluidos los 13 diputados a los que se sindicó con orden de prisión preventiva, Peñaranda es el único detenido por el caso de corrupción que tocó todos los hilos de la política.
Ahora desde la cárcel, Peñaranda parece enviar señales de advertencia a los diputados que pagó por las partidas extrapresupuestarias que gestionaban para adquirir material educativo a través de sus empresas, aunque asegura que no es un chantajista tiene la certeza de que con sus declaraciones podrían llenarse las más de diez celdas vacías del Pabellón A, en donde debió festejar su cumpleaños, el pasado 24 de octubre. (JT)


Un vendedor deja el oficio de la carpintería

Luis Peñaranda nació en Limón Indanza el 24 de octubre de 1961. Su último cumpleaños lo debió festejar lejos de su esposa, Silvia Padilla, también sindicada en el caso de corrupción, que se quedó en Miami.
El interno del Pabellón A se califica como un niño un poco extrovertido al que le gustaba hacer de todo. "Desde muy pequeño me gane la vida como lo hace un niño". ¿Cómo? "Lustraba zapatos, vendía bolos, hacía jugar a los demás, hacía muchas cosas", responde. De esa época solo recuerda a un amigo en especial: Gerardo Estrella, que lo acompañaba en todas sus travesuras.
El quinto hijo de una familia de seis hermanos, de los cuales cuatro eran mujeres, estudio en Limón Indanza en la escuela Simón Bolívar y luego en el colegio Río Santiago, hasta segundo curso. Dejó los libros para viajar a Quito. Al llegar a la ciudad, que ahora mira tras las rejas, dice que se sintió como un muchacho extraño. "Recuerdo que llegué a trabajar en un taller de carpintería. Era ayudante".
La carpintería no estaba en sus planes. A los dos meses abandonó el oficio para trabajar con un abogado llamado César Gallardo. Bueno, reconoce que su jefe no tenía el título para ejercer porque solo era licenciado, pero tenía muchos casos. Su trabajo fue hacer trámites en los juzgados y en la notarías, en donde se sintió como pez en el agua. En ese tiempo estudió en el colegio Mejía, en la sección nocturna, pero volvió a dejar los estudios en el quinto año.
Cuando abandonó al abogado se fue a trabajar de vendedor en el Círculo de Lectores; llegó a ser jefe de un grupo. Luego de leer algunos libros de sicología y motivación ya se sintió capaz de dar charlas de automotivación a sus compañeros.
El sector de trabajo de Peñaranda fue el centro de Quito, desde el mercado de Ipiales hasta la plazoleta de La Marín. A los tres años, dejó el Círculo de Lectores para trabajar en Cladel, empresa que cuando ya era rico se convirtió en proveedora de Mundo Editores.
En Cladel, quien acostumbraba a llamarse el 'hijo mimado de Dios' reunió dinero para comprarse su primer carro: un Honda Civic. (JT)


El primer paso, conocer;
el segundo, conquistar


Cladel, una empresa proveedora de libros con sucursales en distintas provincias, dio la oportunidad a Luis Peñaranda de conocer el mercado al que se dirigiría cuando formó una serie de empresas, que asegura fueron legales.
Peñaranda dice sin empacho que se convirtió en el mejor vendedor de libros en el ámbito nacional. "Siempre me ha gustado ser el número uno", dice. Y lo habría sido vendiendo enciclopedias para escuelas y colegios.
El trabajo en Cladel le habría permitido conocer a los rectores de escuelas y colegios de poblados abandonados a su suerte, a los que después recibiría en su oficina.
"Recorrí las escuelas y colegios y me daba pena ver que nunca tenían dinero para comprar un diccionario. Ni para tizas tenían", dice con un tono populista.
En Cladel no solo conoció su futuro mercado sino que se habría enterado que el principal comprador de libros y materiales educativos era el Estado. "Mi sueño de siempre, cuando fui vendedor, era entregar libros en donde nunca tenían dinero para comprarlos. Una vez dije que algún día equiparía a todos estos colegios y escuelas de bibliotecas", asegura.
¿Es normal que un vendedor quiera vender en lugares donde no habían recursos? "Yo pensaba que en los colegios y las escuelas podían comprar libros, pero me di cuenta que no", responde.
Cuando Luis Peñaranda montó sus empresas ya tuvo claro que sus clientes no eran los rectores de las escuelas y los colegios, sino el Gobierno. Para vender al Estado necesitaba intermediario, y los halló en el Congreso. (JT)

 

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