SÁBADO 15 DE SEPTIEMBRE DE 2001

TERRORISMO: La depredación humana

LOS PODERES SINIESTROS: Amenazas que cambian de rostro Sobre el terror en América Latina

• La operación, que terminó con miles de vidas y atacó dos símbolos de Estados Unidos fue, al parecer, sencilla.

• En 1993 se produjeron varios atentados que hicieron reflexionar sobre el peligro de que los grupos extremistas se apoderasen de armas nucleares.

• La violencia que en los ochenta estuvo en Perú, ahora se ha desplazado a Colombia.

EL DIA DEL ATENTADO: 'Los extraños nos hablamos'

Por Roberto Mizrahi*
Especial para BLANCO y NEGRO


11 de septiembre de 2001. Me desperté, como siempre, temprano. Recién amanecía y salí a trotar al Central Park. Quería estar de regreso antes de las 07:00, porque mi hermana Susana llegaba de Buenos Aires.
Unos minutos antes de las 09:00 salí para mi oficina. En la esquina del Rockefeller Plaza un poco de gente comenzaba a reunirse frente a las pantallas de NBC. Me llamó la atención y pregunté qué pasaba. Un muchacho me dijo que un avión había chocado hacía cinco minutos contra el World Trade Center y se veían las primeras imágenes de la Torre 1 con humo. Subí a mi oficina. Recibimos la información que un segundo avión se había estrellado contra la Torre 2. ¡Qué desorientación! ¿Cómo dos aviones con solo 18 minutos de diferencia podían haberse estrellado contra las Torres?
Comenzó a saltar la idea de un atentado terrorista. Comienzan a sonar los teléfonos. ¡Otro avión se estrelló contra el Pentágono! No hay duda ahora de que se trata de un ataque planificado y coordinado. El estupor no cede. De repente suenan los altoparlantes de seguridad del edificio, pidiendo que se evacue de inmediato. Salimos en orden. Las calles están llenas. Los subterráneos y los trenes no funcionan. Por la radio se informa que los puentes y túneles que unen esta isla con Nueva Jersey y el resto de la ciudad de Nueva York están cortados. Suenan sirenas por todos lados. La gente mantiene la calma. Los extraños nos hablamos.
Llego a mi departamento y me junto con Susana frente al televisor. Se ve nítidamente cómo el segundo avión, literalmente, atraviesa la Torre 2, frente a las cámaras, y con cientos de bomberos, policías y personal de ambulancias dentro de la torre. El horror crece. Un cuarto avión cae en un bosque de Pennsylvania. Nadie entiende por qué. La segunda Torre Gemela se desploma. Hay bronca en la gente, pero mucho más tristeza y sorpresa. Se habla que hay 150 000 visitantes diarios a las torres; de que hay 50 000 que trabajan en ellas; de que habría habido 15 000 en los pisos superiores. Pienso que el viernes pasado a las 09:00 atravesaba esas torres rumbo a una reunión en el World Financial Center que está a dos cuadras. Había tomado el subterráneo hasta las Torres Gemelas y caminaba con toda confianza esos 200 metros, hoy de terror.
Las noticias cruzan todos los canales. Estamos aturdidos. Le propongo a Susana hacer algunas compras esenciales. Vamos a nuestro mercadito de barrio. Nos aprovisionamos de lo básico. Volvemos al departamento. Ya se habla con claridad de ataques suicidas. Y quise entender lo inentendible: ¿Qué pasaría por la mente de esas voluntades violentas en el momento de concretar su planificado suicidio? ¿Hasta dónde llegan la frustación, las ideologías, el fundamentalismo? ¿Cómo funcionan las mentes perturbadas? Salimos a caminar con Susana. El Central Park es el espacio abierto que puede acogernos. Qué distinto parece apenas seis horas después de mi trote matutino. Hay cientos de turistas también desorientados. Gente que camina y gente sentada en los bancos. Regresamos al departamento. Solicitan donadores de sangre.
Siguen las sirenas. Ahora sabemos perfectamente por qué suenan. La Policía bloquea calles y monta operativos de alerta extrema. La población responde bien. Hay gran admiración por los servidores públicos, especialmente bomberos (héroes silenciosos), médicos y enfermeras, la misma Policía recia, a la que otros días se la mira distante, hoy es bienvenida y aceptada en el seno de la comunidad.
Suena y suena el teléfono. Llamadas de la familia y los amigos de Buenos Aires y de otros angustiados que tienen familiares y no pueden dar con ellos. Hay llamadas de Lima y de otros países.
Amanece otro día. Salgo sin hacer ruido a trotar otra vez por el parque. Hay menos gente. Curiosamente nos saludamos al cruzarnos entre extraños. Quizás hoy somos algo menos extraños. Mañana volveremos a pasar al lado del otro, y quizás nos ignoremos. Voy a mi oficina. La seguridad del edificio da instrucciones contradictorias. Primero entramos casi sin control y usando los ascensores regulares. Después, anuncian por los parlantes que solo funcionarán los ascensores de emergencia y que pedirán identificación al entrar. Me doy cuenta de que todos estamos sorprendidos y de que, poco a poco, pasaremos a un régimen distinto de seguridad y vigilancia.

*El autor del testimonio es palestino-argentino.


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