EL DIA DEL ATENTADO: 'Los extraños
nos hablamos'
Por Roberto Mizrahi*
Especial para BLANCO y NEGRO
11 de septiembre de 2001. Me desperté, como siempre, temprano. Recién amanecía y salí
a trotar al Central Park. Quería estar de regreso antes de las 07:00, porque mi hermana
Susana llegaba de Buenos Aires.
Unos minutos antes de las 09:00 salí para mi oficina. En la esquina del Rockefeller Plaza
un poco de gente comenzaba a reunirse frente a las pantallas de NBC. Me llamó la
atención y pregunté qué pasaba. Un muchacho me dijo que un avión había chocado hacía
cinco minutos contra el World Trade Center y se veían las primeras imágenes de la Torre
1 con humo. Subí a mi oficina. Recibimos la información que un segundo avión se había
estrellado contra la Torre 2. ¡Qué desorientación! ¿Cómo dos aviones con solo 18
minutos de diferencia podían haberse estrellado contra las Torres?
Comenzó a saltar la idea de un atentado terrorista. Comienzan a sonar los teléfonos.
¡Otro avión se estrelló contra el Pentágono! No hay duda ahora de que se trata de un
ataque planificado y coordinado. El estupor no cede. De repente suenan los altoparlantes
de seguridad del edificio, pidiendo que se evacue de inmediato. Salimos en orden. Las
calles están llenas. Los subterráneos y los trenes no funcionan. Por la radio se informa
que los puentes y túneles que unen esta isla con Nueva Jersey y el resto de la ciudad de
Nueva York están cortados. Suenan sirenas por todos lados. La gente mantiene la calma.
Los extraños nos hablamos.
Llego a mi departamento y me junto con Susana frente al televisor. Se ve nítidamente
cómo el segundo avión, literalmente, atraviesa la Torre 2, frente a las cámaras, y con
cientos de bomberos, policías y personal de ambulancias dentro de la torre. El horror
crece. Un cuarto avión cae en un bosque de Pennsylvania. Nadie entiende por qué. La
segunda Torre Gemela se desploma. Hay bronca en la gente, pero mucho más tristeza y
sorpresa. Se habla que hay 150 000 visitantes diarios a las torres; de que hay 50 000 que
trabajan en ellas; de que habría habido 15 000 en los pisos superiores. Pienso que el
viernes pasado a las 09:00 atravesaba esas torres rumbo a una reunión en el World
Financial Center que está a dos cuadras. Había tomado el subterráneo hasta las Torres
Gemelas y caminaba con toda confianza esos 200 metros, hoy de terror.
Las noticias cruzan todos los canales. Estamos aturdidos. Le propongo a Susana hacer
algunas compras esenciales. Vamos a nuestro mercadito de barrio. Nos aprovisionamos de lo
básico. Volvemos al departamento. Ya se habla con claridad de ataques suicidas. Y quise
entender lo inentendible: ¿Qué pasaría por la mente de esas voluntades violentas en el
momento de concretar su planificado suicidio? ¿Hasta dónde llegan la frustación, las
ideologías, el fundamentalismo? ¿Cómo funcionan las mentes perturbadas? Salimos a
caminar con Susana. El Central Park es el espacio abierto que puede acogernos. Qué
distinto parece apenas seis horas después de mi trote matutino. Hay cientos de turistas
también desorientados. Gente que camina y gente sentada en los bancos. Regresamos al
departamento. Solicitan donadores de sangre.
Siguen las sirenas. Ahora sabemos perfectamente por qué suenan. La Policía bloquea
calles y monta operativos de alerta extrema. La población responde bien. Hay gran
admiración por los servidores públicos, especialmente bomberos (héroes silenciosos),
médicos y enfermeras, la misma Policía recia, a la que otros días se la mira distante,
hoy es bienvenida y aceptada en el seno de la comunidad.
Suena y suena el teléfono. Llamadas de la familia y los amigos de Buenos Aires y de otros
angustiados que tienen familiares y no pueden dar con ellos. Hay llamadas de Lima y de
otros países.
Amanece otro día. Salgo sin hacer ruido a trotar otra vez por el parque. Hay menos gente.
Curiosamente nos saludamos al cruzarnos entre extraños. Quizás hoy somos algo menos
extraños. Mañana volveremos a pasar al lado del otro, y quizás nos ignoremos. Voy a mi
oficina. La seguridad del edificio da instrucciones contradictorias. Primero entramos casi
sin control y usando los ascensores regulares. Después, anuncian por los parlantes que
solo funcionarán los ascensores de emergencia y que pedirán identificación al entrar.
Me doy cuenta de que todos estamos sorprendidos y de que, poco a poco, pasaremos a un
régimen distinto de seguridad y vigilancia.
*El autor del testimonio es palestino-argentino.