La cacica de La Florida había sido
enterrada con su compañero más cercano y doce esclavos, que cuando sintieron las paladas
de tierra sobre sus cuerpos, debieron buscar el auxilio de las vasijas.
Tres tipos de vasijas se encontraron en la tumba de La Florida, dedicadas a guardar
alimentos y bebidas para un largo viaje, componiendo un escenario que era, a la vez, hogar
y tumba. Todas ellas llevaban decoraciones exteriores.
La riqueza del entierro de La Florida se expuso en 1988 en el Centro Artes de Quito. (JP)
A las once de la noche comenzó la música
El popular trago anizado Mallorca, marca Flores, ya estaba listo en Galápagos y
Venezuela, centro de Quito, la fría noche del jueves 7 de enero de 1950. La reunión fue
convocada a las 19:00, y los anfitriones, Oswaldo Guayasamín y su esposa, Maruja,
esperaban.
Y llegaron los escritores: Jorge Carrera Andrade, Jorge Enrique Adoum, Hugo Alemán,
mientras el pintor Jaime Valencia comentaba la ausencia de Gonzalo Benítez Gómez y Luis
Alberto ('Potolo') Valencia Córdova, quienes corformaban el dúo musical
Benítez-Valencia.
A las 22:00, entre bromas y copas, empezó la música, aplaudida también por Lilian
Robinson y Rolf Blomberg, periodista y fotógrafo sueco, quien miraba fijamente la aún
fresca obra de Oswaldo Guayasamín, pintada hace pocas horas y que permanecía en la sala.
Su título era Origen y mostraba una vasija de barro y dentro de ella unos infantes. Y
Jorge Carrera Andrade, según Gonzalo Benítez, se acercó más y no vaciló en preguntar:
"¡Qué significa! ¿Por qué, Oswaldo, pintaste eso?".
La respuesta fue inmediata. Le dijeron que los Incas hacían un ritual para enterrar a sus
muertos ya descarnados: los huesos eran colocados en una vasija, el lugar que creían
perfecto para vivir eternamente.
Sorprendido y sin palabras, recuerda Adoum, Jorge Carrera ingresó a la biblioteca y tomó
un libro al azar. Regresó a la sala con el blanco y sencillo tomo I de En busca del
Tiempo Perdido (Por el Camino de Swann), escrito por Marcel Proust. Y en las páginas
finales, con un impulso que aún nadie explica, escribió con su pluma: "Yo quiero
que a mí me entierren/como a mis antepasados/en el vientre oscuro y fresco/de una vasija
de barro/.
Y el libro se lo dio de inmediato a la persona que estaba a su derecha, Lilian Robinson,
para que continuara con el poema. Ella, sin embargo, "como si le quemara en las
manos", se lo entregó al escritor Hugo Alemán, quien hizo lo suyo: "Cuando la
vida se pierda/tras una cortina de años /vivirán a flor de tiempos/amores y
desengaños/".
Era el turno de un pintor, Jaime Valencia, quien, dice Gonzalo Benítez, no vaciló:
"Arcilla cocida y dura/alma de verdes collados/barro y sangre de mis hombres/sol de
mis antepasados/.
Los minutos transcurrían y faltaba llenar la página. Jorge Enrique Adoum lo hizo:
"De ti nací y a ti vuelvo,/arcilla, vaso de barro/con mi muerte yazgo en ti,/en tu
polvo enamorado/.
Silencio. Nadie sabía qué decir, hasta que Adoum realizó las últimas correcciones
literarias. A la construcción poética solo le faltaba un nombre. Discutieron 'Hombre de
Barro' o 'de Arcilla', pero la historia ya parecía escrita.
Vasija de Barro, Vasija de Barro, Vasija de Barro. La emoción se acrecentaba y había
otro pretexto para servir más Mallorca y brindar.
"Jorge Carrera me dijo: ¡Esto con música tiene que ser una belleza! Y, entonces, me
puso en compromiso", afirma Gonzalo Benítez, quinto de seis hermanos, oriundo de
Otavalo, de 85 años de edad y autor y compositor de más de 30 canciones.
El dúo Benítez-Valencia debía hacer su trabajo. Una esquina de la vivienda fue
suficiente. "A 'Potolo' no le gustó mucho el ritmo de danzante, que es pausado. El
quería un aire más alegre, más vivo y no tan candencioso. Hasta que lo convencí que el
danzante es lo más telúrico que tiene el país, lo más autóctono. Y cantamos, y
cantamos. No sé que horas eran, pero todos se avivaron más al escuchar la creación de
una noche inesperada. Creo ya era de madrugada y la diversión continuaba".
Jorge Carrera utilizó la segunda hoja del libro y dedicó el poema-canción a Oswaldo,
"en esta noche, en este doble aniversario que dijo Neruda". Y debajo, en orden,
firmaron los autores. Al final, Benítez también dibujó un pentagrama, con los cuatro
primeros compases.
Probablemente el sol del 8 de noviembre de 1950 salió mientras todavía se tarareaba
Vasija de Barro; sin embargo, tuvieron que transcurrir seis años para que se grabara la
canción, aunque en las reuniones se la cantaba, al igual que en las radios donde el dúo
Benítez-Valencia realizaba audiciones.
Una tarde de 1976, luego de la muerte (1970) de 'Potolo', Gonzalo Benítez acudió hasta
la avenida Colón, pues Gustavo Muller lo había contratado para hacer un disco. "Ya
lo habíamos grabado, pero nos faltaba solo una canción, la décima. Las nueve eran
pasillos, de los más populares y que gustaban al público. Pasó un mes y nada, hasta que
le propuse Vasija de Barro, pero la rechazó porque supuestamente no podía tener éxito.
Y yo, molestísimo me propuse convencerlo, como sea".
Y Gonzalo Benítez lo hizo. "La curiosidad me mataba y acudí, por tarde, a la
fábrica el mismo día que terminaron de prensar. Había una bulla y un trabajador me
dijo: 'Ya salió. A las 08:00 mandamos al almacén a vender los 500 y al mediodía no
había ni uno'. Apurados y atónitos, hicieron 500 más. Y pensar que no lo querían
grabar. Aún disfruto tocándola. ¡Es que sí tengo fuerzas! Y no sé cómo me
enterrarán. ¿Como los antepasados? Bueno, es cuestión de ustedes; pero siempre amaré
la música y recordaré el sabor del Mallorca". (APM).