SÁBADO 4 DE NOVIEMBRE DE 2000

CRONICA ROJA En pos de los últimos vestigios de oxígeno En la vasija se guardó el alma

• Los pasos de un proceso desde que se comete el delito.

• Los doce esclavos, enterrados vivos junto al cadáver de la cacica, se precipitaron a las vasijas, para aspirar todo el oxígeno allí aprisionado.
• En la médula de los huesos guardados en una vasija de barro, reside el alma, de allí que el culto a los huesos fuera el modo antiguo de recordar a los ancestros en las culturas presentes en el Ecuador.


La noche del 7 de noviembre de 1950 (¿o fue la madrugada de ese día? porque la bohemia transcurre al filo de la medianoche siempre) dos pintores, tres escritores y dos músicos se encontraron componiendo la canción que sería, con los años, una especie de carta de identidad: la vasija de barro.
¿El motivo? Quizás un cuadro que, en esos momentos, bosquejaba Oswaldo Guayasamín. Quizás, una ancestral relación con el barro, la tierra cocida que acompañó las culturas en el territorio ecuatoriano desde los orígenes.
La metáfora: la vasija como una sepultura. ¿Ocurrió así en las culturas anteriores a la colonización española? Los vestigios hablan, en verdad, de un culto a los huesos de los ancestros. Un ritual por el cual se descarnaba el cuerpo para guardar en la vasija de barro los huesos.

Vasija de barro, el canto colectivo

Tres poetas, dos pintores y el inolvidable dúo del Potolo Valencia y Gonzalo Benítez, compusieron, en una noche, esa especie de himno secreto de los ecuatorianos.

Incluso ocurría que el esqueleto de un difunto aparecía, en los descubrimientos arqueológicos, conteniendo entre sus brazos otros huesos anteriores, para así cumplir el culto hasta después de la muerte. Lo encontramos a lo largo de las culturas de la Costa, y más recientemente en el Napo, en la Amazonía. Una sorprendente exposición de vasijas funerarias realizada por el Centro Artes, en colaboración con el Cicame, hace ya más de un año, nos descubrió la historia de un barro iluminado, alucinado, que guardaba los huesos de las gentes de aquella cultura amazónica. Son las imágenes que recogemos en esta entrega de BLANCO Y NEGRO gracias a la colaboración de Iván Cruz, director del Centro Artes, y el extraordinario fotógrafo belga Olivier Auverlau.
Pero el barro no solo 'guardaba' el último sueño, sino que lo acompañaba también. No hay necrópolis en nuestro territorio en la que no se haya encontrado una enorme cantidad de vasijas conteniendo maíz y otros alimentos, para el largo tránsito desde la muerte hacia la eternidad.
La vasija de barro es la figura mayor de nuestra cultura. Sobre ella, perfeccionaron los sucesivos pueblos todas sus técnicas para manejar el color, los engobes, la evocación de las formas humanas. La vasija es memoria. Refugio. Cotidiano compañero en el que los hombres bebían "un zumo de sol", dice Jorge Carrera Andrade, uno de los poetas que estuvo en el encuentro del 7 de noviembre de hace 50 años. (JP)

El fruto de las tertulias

La ciudad acababa muy pronto. Sus límites eran estrechos. Tal vez por ello, o por la conservación de ciertas buenas costumbres, como la tertulia; lo cierto es que los intelectuales quiteños tenían un contacto más fluido entre ellos. Algo que, en estos momentos, es un cálido recuerdo.
La soledad rodea a los creadores de hoy. Apenas si se reconocen en algún acto público, la presentación de un libro, la apertura de la exposición plástica o la medianoche en el Pobre Diablo.
En los años cincuenta, los encuentros eran frecuentes. De pronto, estaba Benjamín Carrión en Quito y era posible hablar de América Latina.
O pasaba por aquí el poeta Jorge Carrera Andrade.
Lo cierto es que las tertulias iban dibujando el país en los pequeños espacios intelectuales, del mismo modo como los destinos políticos se fraguaban en alguna cafetería de la Plaza Grande.
Así nació Vasija de Barro, para subrayar, de paso, ese espíritu tristón de nuestras urbes, esa fatalidad que alimentaría también el tango y otras expresiones musicales urbanas de nuestro continente. En alguna ocasión, la tertulia acabó en una cárcel, donde pasarían el 'chuchaqui' los protagonistas de alguna fugaz revuelta política que se fue fraguando a lo largo de la noche, al calor de los 'mayorca Flores de Barril' y los debates sobre la quimera socialista.
Esa noche del 7 de noviembre estaban los poetas Jorge Carrera Andrade, Jorge Enrique Adoum y Hugo Alemán, los pintores Jaime Valencia y Oswaldo Guayasamín (el anfitrión del encuentro) y los inolvidables 'Potolo' Valencia y Gonzalo Benítez.
Y desde los márgenes, testigos de lo que ocurría, dos extranjeros que acabarían profundamente enraizados en el país, el escritor (de varias decenas de libros), viajero y fotógrafo Rolf Blomberg y la investigadora Lilian Robinson. (JP)

En el fondo oscuro...

Una antiquísima práctica poética oriental consistía en juntarse tres o cuatro poetas y componer un poema colectivo. Cada uno de los creadores componía dos, tres versos, a los que el siguiente poeta enlazaba su versos.
Lo que ocurrió en la medianoche del 7 de noviembre fue algo más espontáneo. Una reacción. Un poeta que va a la biblioteca, busca un libro de Marcel Proust y se pone a escribir. Y otro que le 'acolita'. Así nació la vasija de barro:

Yo quiero que a mi me entierren
como a mis antepasados
en el vientre oscuro y fresco
de una vasija de barro

Cuando la vida se pierda
tras una cortina de años,
vivirán a flor de tiempos
amores y desengaños.

Arcilla cocida y dura
alma de verdes collados
barro y sangre de mis
hombres
sol de mis antepasados.

De tí nací y a tí vuelvo
arcilla, vasija de barro,
con mi muerte yazgo en tí,
en tu polvo enamorado
.


Buzón

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