Incluso ocurría que el esqueleto de un
difunto aparecía, en los descubrimientos arqueológicos, conteniendo entre sus brazos
otros huesos anteriores, para así cumplir el culto hasta después de la muerte. Lo
encontramos a lo largo de las culturas de la Costa, y más recientemente en el Napo, en la
Amazonía. Una sorprendente exposición de vasijas funerarias realizada por el Centro
Artes, en colaboración con el Cicame, hace ya más de un año, nos descubrió la historia
de un barro iluminado, alucinado, que guardaba los huesos de las gentes de aquella cultura
amazónica. Son las imágenes que recogemos en esta entrega de BLANCO Y NEGRO gracias a la
colaboración de Iván Cruz, director del Centro Artes, y el extraordinario fotógrafo
belga Olivier Auverlau.
Pero el barro no solo 'guardaba' el último sueño, sino que lo acompañaba también. No
hay necrópolis en nuestro territorio en la que no se haya encontrado una enorme cantidad
de vasijas conteniendo maíz y otros alimentos, para el largo tránsito desde la muerte
hacia la eternidad.
La vasija de barro es la figura mayor de nuestra cultura. Sobre ella, perfeccionaron los
sucesivos pueblos todas sus técnicas para manejar el color, los engobes, la evocación de
las formas humanas. La vasija es memoria. Refugio. Cotidiano compañero en el que los
hombres bebían "un zumo de sol", dice Jorge Carrera Andrade, uno de los poetas
que estuvo en el encuentro del 7 de noviembre de hace 50 años. (JP)
El fruto de las tertulias
La ciudad acababa muy pronto. Sus límites eran estrechos. Tal vez por ello, o por la
conservación de ciertas buenas costumbres, como la tertulia; lo cierto es que los
intelectuales quiteños tenían un contacto más fluido entre ellos. Algo que, en estos
momentos, es un cálido recuerdo.
La soledad rodea a los creadores de hoy. Apenas si se reconocen en algún acto público,
la presentación de un libro, la apertura de la exposición plástica o la medianoche en
el Pobre Diablo.
En los años cincuenta, los encuentros eran frecuentes. De pronto, estaba Benjamín
Carrión en Quito y era posible hablar de América Latina.
O pasaba por aquí el poeta Jorge Carrera Andrade.
Lo cierto es que las tertulias iban dibujando el país en los pequeños espacios
intelectuales, del mismo modo como los destinos políticos se fraguaban en alguna
cafetería de la Plaza Grande.
Así nació Vasija de Barro, para subrayar, de paso, ese espíritu tristón de nuestras
urbes, esa fatalidad que alimentaría también el tango y otras expresiones musicales
urbanas de nuestro continente. En alguna ocasión, la tertulia acabó en una cárcel,
donde pasarían el 'chuchaqui' los protagonistas de alguna fugaz revuelta política que se
fue fraguando a lo largo de la noche, al calor de los 'mayorca Flores de Barril' y los
debates sobre la quimera socialista.
Esa noche del 7 de noviembre estaban los poetas Jorge Carrera Andrade, Jorge Enrique Adoum
y Hugo Alemán, los pintores Jaime Valencia y Oswaldo Guayasamín (el anfitrión del
encuentro) y los inolvidables 'Potolo' Valencia y Gonzalo Benítez.
Y desde los márgenes, testigos de lo que ocurría, dos extranjeros que acabarían
profundamente enraizados en el país, el escritor (de varias decenas de libros), viajero y
fotógrafo Rolf Blomberg y la investigadora Lilian Robinson. (JP)
En el fondo oscuro...
Una antiquísima práctica poética oriental consistía en juntarse tres o cuatro poetas y
componer un poema colectivo. Cada uno de los creadores componía dos, tres versos, a los
que el siguiente poeta enlazaba su versos.
Lo que ocurrió en la medianoche del 7 de noviembre fue algo más espontáneo. Una
reacción. Un poeta que va a la biblioteca, busca un libro de Marcel Proust y se pone a
escribir. Y otro que le 'acolita'. Así nació la vasija de barro:
Yo quiero que a mi me entierren
como a mis antepasados
en el vientre oscuro y fresco
de una vasija de barro
Cuando la vida se pierda
tras una cortina de años,
vivirán a flor de tiempos
amores y desengaños.
Arcilla cocida y dura
alma de verdes collados
barro y sangre de mis
hombres
sol de mis antepasados.
De tí nací y a tí vuelvo
arcilla, vasija de barro,
con mi muerte yazgo en tí,
en tu polvo enamorado.