Una llamada a Dolores y un disparo, así
llega el fin
Un vigilante primero mató a su
esposa y días después llamó a su madre para que escuchara el disparo con el que se
suicidó. Así se archivó el caso de un crimen en Guayaquil.
Su esposa, Geovanna Elizabeth Floril Méndez, lo llamó al celular el 7 de septiembre
anterior por la tarde. Byron Lupercio López Pin controlaba el tránsito vehicular. De 35
años de edad, era cabo segundo y laboraba, desde 1991, en la Comisión de Tránsito del
Guayas (CTG).
Ambos, padres de cuatro niños, acordaron encontrarse en las calles Gómez Rendón y
Antepara, al sur de Guayaquil. Estaban separados desde marzo anterior y, al parecer, su
matrimonio se fragmentaba.
A las 23:00 partieron en el automóvil de él, un Datsun 120, de color amarillo, rumbo a
la discoteca Bill (Aguirre y Tungurahua). Y la conversación continuó, entre música y
cervezas. Nadie sabe con exactitud de qué hablaron, aunque, según los testimonios de sus
familiares, ella le mostró unas presuntas denuncias que presentó en contra de él (por
abuso) en la Comisaría de la Mujer.
Fueron los últimos en abandonar del lugar. Geovanna Floril, vestida de pantalón beige y
blusa rosada, y Byron López, uniformado, salieron con destino incierto. Después de las
01:00, él disparó a su esposa en la zona occipital (debajo de la oreja), desde el
asiento del conductor, con su arma de dotación: una Smith Wesson, de calibre 38. El
vigilante, oriundo de Manabí, colocó, entonces, el cadáver en la parte trasera hasta
llegar al kilómetro 14,5 de la vía Daule, donde lo dejó abandonado. Luego abandonó el
carro en las afueras de la casa de su madre, Dolores Esperanza Pin (al sur), a quien
llamó por teléfono a las 05:00 y le confesó el crimen.
"Mamá, no llores, por favor... Ella me contó todo. Yo no merecía como hombre eso.
Además, me dijo la verdad sobre su amiga. Pero su confesión la llevó a la tumba".
Después de retirar el cadáver de Geovanna Floril de la morgue policial, Roberto Floril
Ruiz, su padre, instauró una denuncia en la Corte Superior de Guayaquil y el lunes 11 de
septiembre, mediante providencia, el juez sexto de lo Penal, Manuel Bustamante, ordenó la
detención del cabo Byron López.
Y él, desde algún lugar del Guayas que nunca reveló, seguía llamando por teléfono a
su madre (lo hizo por seis ocasiones), para decirle, entre otras cosas, que las versiones
periodísticas no eran ciertas, pues "yo no rapté a Geovanna; ella me fue a
ver".
El domingo 10 por la noche, él escribió cuatro cartas, una para cada hijo, en las que
justificó su proceder. Al día siguiente, escondido, acudió hasta la vivienda de su
madre, quien sabía que él llegaría. Allí, coincidentemente, también estaba su hijo
mayor, Byron López, de 15 años de edad, a quien le pidió perdón y le entregó las
cartas. A las 15:50 del 12 de septiembre, Byron López llamó por última vez a Dolores
Pin, para decirle, según recuerda ella, que se iba a "entregar a Cristo" y que
no utilizara el teléfono en los próximos minutos porque recibiría una llamada urgente.
Él, vestido con camisa blanca, pantalón café y una gorra negra, estaba frente a las
oficinas centrales de la CTG (Chimborazo y Cuenca), y le entregó 20 centavos de dólar al
vendedor de jugos de la esquina, Mister Palma Chillando, para que cuidara su arma y
marcara el 372 902. Palma no entendió la petición hasta después de dos minutos cuando
escuchó un disparo: el cabo se suicidó, con la misma arma con la que había asesinado a
su esposa. (APM)
Tres canciones para su muerte
"Pido perdón por lo que hice, pero no me arrepiento porque la amo aunque esté
muerta (...) Tu madre fue una señora... Por eso la amo, la adoro... Espero que me
comprendan, pórtate bien, te lo pide tu padre que te quiere. Escoge bien a tu amistad y,
en el futuro, a tu novio...". Dirigida a Jennifer, de 12 años de edad, este es el
fragmento de una de las cuatro cartas que escribió, para sus hijos, el cabo Byron López
antes de suicidarse.
También le pidió a su suegra, Isabel Méndez, que informara a la prensa que no asesinó
a Geovanna por celos ni engaño, sino porque no le gustaba la compañía de Yadira, una de
sus amigas, quien, supuestamente, le aconsejaba que se divorciara.
"A pesar de lo que hizo era mi padre. Su actitud cambió sorprendentemente hace seis
meses cuando le pegó a mi mamá en la escuela de mis hermanos menores. Aún guardamos ese
pañuelo ensangrentado", afirma Jennifer, quien junto a Brian, de cinco años, Joao,
de nueve, y Byron, de 15, están bajo custodia de sus abuelos maternos y solo visitan a
los paternos una vez a la semana.
Miembros de la Comisión de Tránsito del Guayas dicen que el cabo Byron López, alias 'El
Chancho', tenía a veces problemas mentales, luego del accidente de abril de 1999, cuando,
en el kilómetro 26 de la autopista Durán-Boliche, la camioneta de la CTG que conducía
se estrelló con un camión que transportaba mercadería.
Su cuerpo fue velado en la casa de uno de sus cuatro hermanos, y luego en la capilla de la
CTG, ubicada en la Terminal Terrestre de Guayaquil. Hasta allí acudió el guitarrista
Polo Figueroa, quien tocó tres canciones, pues, dijo, fue lo que le pidió el vigilante
antes de morir. (APM).
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Ya nadie llama desde agosto

Freddy Hayashi, de 23 años
En extrañas circunstancias desapareció el joven Freddy Hayashi Espinosa, de 23 años, el
28 de julio de 2000, de una clínica de Quito, de acuerdo con un boletín informativo de
la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos (Cedhu).
El 27 de julio, el joven fue internado en esa clínica por problemas de salud. Al día
siguiente, el director del centro informó a sus familiares de su desaparición. Se sabe
que ese mismo día fue visto por la mañana caminando por la avenida Amazonas. Nada más
se supo de él hasta que en agosto la madre de Freddy Hayashi recibió una serie de
llamadas de una persona que se identificaba como Peter Brown, solicitando $50 mil, por el
rescate.
Según los familiares de Freddy, este sujeto les aseguró que era un traficante de
órganos y que a la entrega del dinero les garantizaba entregarles al joven con vida. En
una de las últimas llamadas, dio instrucciones para que entregaran los $50 mil. Llegado
el día, nadie se acercó a retirarlos y el sujeto tampoco volvió a llamar. El caso fue
denunciado a la Unidad Antisecuestros de la Policía (Unase).
La madre de Freddy inició unas investigaciones particulares en Santo Domingo de los
Colorados, Babahoyo, Quevedo, Bucay, Santa Elena, Libertad, Montañita, Cuenca... ha
recorrido el país visitando los hospitales, sin resultado alguno.
Nadie ha vuelto a ver a Freddy. Por eso la Cedhu y sus familiares solicitan a cualquier
persona que conozca o tenga alguna información sobre su paradero; informe a los
teléfonos: (02) 478-583, 584-594 y 581-328.
E-MAIL: cedhu@ecuanex.net.ec.
(JT).
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