'Yo también soy adolescente" exclama
una joven enferma de 15 años, y su exclamación es una denuncia de su soledad y
marginación.
Han pasado dos décadas. Hoy, cuarenta y tres actividades distintas dan ocupación a los
más pobres de Penipe, luego de quince años de fundado el Centro de Erradicación del
Bocio y Capacitación de Minusválidos (Cebycam). El bocio, que afectaba a cerca del 40%
de la población de Penipe, está controlado y la enfermedad se ha desterrado de los
recién nacidos. Una fábrica gestionada por los pobres de Penipe produce mil pares de
zapatos semanales, 170 niños y 74 adultos fatalmente vinculados al bocio son atendidos
por un programa de 'adopción a distancia', un sistema de ayuda que permite operaciones
especializadas para mejorar las condiciones de vida o crear fuentes de trabajo, 32
familias se dedican al cultivo y crianza del gusano de seda, más de 500 hectáreas secas
reciben ahora agua de riego y se ha puesto en marcha un centro de artes gráficas,
talleres de confección de ropa, un centro de salud y un asilo de ancianos.
Junto a estas empresas transcurre un conjunto de acciones de asistencia social, de
capacitación, de formación de recursos técnicos, con el apoyo de muy diversas
instituciones nacionales y extranjeras. Un papel particular entre las amistades solidarias
con Cebycam ha sido el del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura
-IICA-, entidad que apoya al proyecto estatal de Desarrollo Rural Sostenible Penipe.
Todo ello ha ido conformando un nuevo modelo de desarrollo, que Cebycam y el IICA han
denominado 'Cultura y economía solidaria'.
Gozar el mundo para transformarlo
Los promotores del proyecto (aquellas polémicas comunidades cristianas de base que
surgieron en el país en los años setenta) entendieron que el bocio no se podía tratar
aislando a los enfermos y atendiendo sus dolencias físicas, sino cambiando su horizonte
social, económico, productivo, cultural. Se trataba de alrededor del 45% de la población
de Penipe afectada por bocio y de ese porcentaje, un 20% de disacapacitados, un grado de
incidencia muy alto, que no se registra en otras zonas del país.
A comienzos de los ochenta, la disyuntiva era clara: o tratar a los minusválidos desde la
perspectiva de la caridad cristiana, o iniciar una actitud de cambio de una población
hasta entonces derrotada.
No había en qué perderse. La rehabilitación no solo de los minusválidos sino de toda
una comunidad que ya no creía en sí misma, era una tarea de la propia comunidad. Y allí
estaban, para comenzar, las palabras del pedagogo brasileño Paulo Freire, el derecho de
los pobres a contar con una "oportunidad de admirar el mundo, captarlo y
comprenderlo, lo que implica no solo estar en él, sino con él. Estar con, es estar
abierto al mundo, captarlo y comprenderlo para transformarlo..." El derecho a creer
que "yo también soy una adolescente" con toda la esperanza que aquello implica.
Para ella, hasta hace muy poco, enamorarse era patológico, imposible. Mientras tanto, el
30% de las mujeres discapacitadas eran objeto de constantes violaciones, en el marco del
hacinamiento familiar, la indigencia, el abandono y la deficiencia mental.
Y la consecuencia de aquellas violaciones ha sido que casi el 50% de la mortalidad
infantil de los niños nacidos como producto de estas relaciones, se debe a la
desnutrición e incapacidad de las madres para atender a los niños.
"Tratándose de hijos fruto de violaciones en estas madres -escribe un documento
preparado por Cebycam e IICA-, es de esperar que ni siquiera se descubra la identidad del
padre, y deban ser los parientes los que reconozcan legalmente al niño, con mayor
frecuencia los abuelos y tíos". Con el paso del tiempo, estos niños presentarán la
enfermedad o vivirán alteraciones psicomotrices, para dibujar un panorama aparentemente
irreversible que Jaime Alvarez, con un grupo de religiosas y con la comunidad de Penipe,
se han propuesto vencer. (JP)
La mitad de la población de Penipe carece de los servicios básicos
"Cada vez que abrimos una pequeña trocha en el lodo, esta vuelve a cerrarse, pero
seguiremos hasta desenterrar a nuestros muertos", dicen los campesinos de Penipe en
estos días, trabajando al borde del deslave provocado en las faldas del Altar, que dejó
más de una decena de muertos, y animales y cultivos borrados del campo.
Es el drama de Penipe, cuya población, como otras del Ecuador, disminuye en vez de
crecer.
Chimborazo, la provincia a la que pertenece la población de Penipe, es, quizás, la de
menor desarrollo en comparación con el Litoral y el resto de la región andina. Lo
curioso del caso es que ese decrecimiento poblacional en el centro del cantón, no ocurre
en sus zonas rurales. Y de aquello, puede echársele la culpa al Cebycam, que ha abierto
fuentes de trabajo.
En Chimborazo, el 45% de la población sobrevive sin servicios básicos, del total de ese
porcentaje, el 47% corresponde a Penipe. De una muestra de 100 afectados por bocio, 30 lo
tienen por herencia, 23 han podido formar una familia, 48 son sordomudos, cuatro son
ciegos y el resto padecen distintos niveles de incapacidad.
"La mujer discapacitada -declara el Cebycam- llega a ser totalmente abandonada,
inmovilizada y confinada a su hogar (un hogar en el que comparten una sola habitación
hasta seis personas). Para ella, es mucho más difícil acceder a empleo y a relacionarse
con grupos de ayuda mutua, más todavía cuando los servicios de rehabilitación están
ubicados en zonas urbanas".
Ya no pensarán lo mismo las minusválidas que participan en igual condición que otras
mujeres en la empresa Confecciones Margarita o las que hacen parte de la administración
del Centro Social y Recreacional de Yuyucocha. (JP).