SÁBADO 7 DE OCTUBRE DE 2000

CRONICA ROJA 'Nosotros resucitamos la menestra y ya tu ves...' Del orfelinato a un mundo de crinolinas

• Los pasos de un proceso desde que se comete el delito.

Dos estudiantes que repartían almuerzos en las oficinas crearon hace dos años una de las cadenas más importantes de restaurantes de Quito: las Menestras del Negro, con siete locales en la ciudad.
Una costurera que comenzó cosiendo los hábitos para las monjas de un convento, ahora tiene una de las industrias de confección de
vestidos más grandes de Cuenca y una sólida posición económica.


Por Gustavo Abad
BLANCO y NEGRO


Nacieron por la pura necesidad que impone la sobrevivencia, y porque sus dueños escogieron la opción de luchar en lugar de quedarse eternamente gambeteando la pobreza. Un zaguán, una esquina, una 'hueca', a menudo han sido el estado embrionario de una inmensa fortuna, forjada a base de negocios aparentemente marginales, poco atractivos para la gran empresa, pero que han permitido a decenas de personas alcanzar un respetable nivel económico.
La bonanza también puede comenzar por un plato de menestra, o de hornado, o de empanadas, como lo demuestran las diversas historias recogidas por BLANCO Y NEGRO, en Quito, Guayaquil y Cuenca, en las que se pueden encontrar varios elementos en común: la oportunidad inicial, la incredulidad, y luego el crecimiento vertiginoso.
El frustrado estudiante de medicina, que ahora maneja una de las más importantes cadenas de restaurantes en Quito; el antiguo empleado de un supermercado de la capital, que actualmente es dueño de cuatro, todos ellos partieron de nada y sus historias ilustran cómo desde los zaguanes también se amasan fortunas. (GA)


Los criadores de chanchos de Quinindé, Chone, El Carmen y Santo Domingo festejan la llegada de los comerciantes de Sangolquí, cada vez que por allá se asoman. Es que los de Sangolquí 'limpian' las granjas donde crían los mejores animales y se los llevan al matadero para convertirlos en uno de los platos más tradicionales y suculentos: el chancho hornado, cuya demanda en Quito y sus alrededores es superior a la capacidad de crianza, y por eso hay que buscar los redondos animales en la Costa.
Un plato típicamente serrano que no solamente calma la 'leona', sino que permite a cientos de familias vivir sin sobresaltos, porque aunque parezca un negocio marginal, de poco 'caché' o algo así, en realidad mueve la economía y convierte a sus cultores, no digamos que en magnates, porque tampoco lo son, pero sí en gente con solvencia económica, superior a la media de profesionales ecuatorianos, y mucho mayor que la de un burócrata medio, por dar un ejemplo.
Si no, hay que preguntarle a Juan de Dios Iza, uno de los más conocidos hornadores de Sangolquí, quien a fuerza de chancho hornado ha logrado construir su casa y financiar los estudios de sus hijos, uno de los cuales es master en ingeniería comercial; otro es oficial de la Policía, y otro está a punto de ser arquitecto. Además, es dueño de un furgón en el que reparte el producto en los mercados de Quito, un camión con el que recoge los chanchos en las granjas de la Costa, un Nissan Sentra, con el que sale de paseo y una casa de cuatro pisos en Sangolquí.
Y todo gracias a su habilidad para cortar, condimentar y hornar. "Y al trabajo, no se olvide", dice Juan de Dios Iza, el dueño de H.M. Hornados, palabra mayor para los adeptos al agrio, el ají, el mote y el pernil.
Son 35 años durante los cuales Iza y su esposa, Hortensia Marcillo, no han hecho otra cosa que proveer de hornado a los mercados de San Roque, Santa Clara, Iñaquito y a los vendedores de la avenida Michelena. Cada semana venden un promedio de 100 chanchos, cuyo valor va de $ 40, el más barato, a $ 120, el más caro.
Los sábados son los mejores días. En el furgón caben 30 ó 40 chanchos, que llegan al mercado de San Roque y desaparecen ante la voracidad de cientos de comensales arrimados a los puestitos que, como ya se dijo, lo que menos tienen es 'caché', pero hay que ver cómo sostienen la economía de cientos de familias y cómo los hornadores se 'hacen ocho' para atender los pedidos, especialmente en diciembre, el mes que deja exhaustos, pero solventes a cualquier prueba, los bolsillos de los vendedores de hornado de Sangolquí. (GA).

Fortunas hechas en los zaguanes

Un vendedor de hornado de Sangolquí puede vender hasta 100 chanchos por semana a un precio que va de $ 40 a $ 120 . Los mercados de la capital esperan ávidos este platillo tradicional.

 

Las 'huecas' y el jugo de caña

En la avenida Teniente Michelena, al sur de Quito, está el negocio de venta de jugos de caña de Nelson Patricio Mantilla, un quiteño que regresó hace cinco años de Venezuela, en cuya capital vivió durante 15 años como vendedor de ropa en la calle.
Con lo que ganó en Venezuela se compró un pequeño trapiche, con el cual planea mantenerse el resto de su vida. Es que a una persona de 46 años difícilmente le dan trabajo, dice Nelson Patricio, mientras atiende a los clientes que se toman un vaso de jugo de caña proveniente de El Puyo, por 25 centavos. El jugo sale con un color turquesa, más claro que el que venden en Baños, más fuerte que el de Nanegal, y Nelson Patricio le da el tono con un poquito de 'puntas' para que la energía sea buena.
Por ahora, Nelson Patricio dice que solo gana para sobrevivir, pero quién sabe lo que pueda pasar en el futuro.
En la trastienda del negocio se escucha un valsesito del 'Cholo' Berrocal, y la Michelena comienza a llenarse de transeúntes que se arriman a los puestos de pinchos, de choclos asados y a las 'huecas' de guayusa. (GA)

Los pinchos de la Michelena

La Michelena se convierte en un hervidero al caer la tarde. La sabiduría de la esquina la bautizó hace muchos años como la 'Amazonas de los pobres', por su capacidad de convocatoria a gente de todo lado.
Allí, en una esquina de la populosa avenida, está el puestito de pinchos y choclos de María Tonato, madre de tres hijas y experta en el arte de ensartar carne, pollo, plátanos y papas. Lleva dos años en esos trotes y dice que es la única forma de mantener a sus hijas. Abre su negocio todos los días a las 16:00 y se marcha a las 21:00, después de haber vendido 30 pinchos de carne, a 50 centavos; 40 de pollo, a 60 centavos y 40 choclos a 60 centavos.
María Tonato no sabe mucho de cuentas ni de proyectos para el futuro, solo sabe que el día que no sale a trabajar se queda sin plata para el colegio de sus hijas. En la Michelena hay varios de esos puestitos y un sinnúmero de vidas parecidas, que salen a la calle apostando al futuro. (GA).


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