Marcel Proust
o la imposible felicidad
El novelista francés Marcel Proust inaugura
el siglo literario con la publicación de "En busca del tiempo perdido", en
siete tomos, desde 1913 hasta 1927. Una insuperable memoria de su tiempo
El amor es perecedero y la felicidad imposible: estas
certezas, que Marcel Proust intentó siempre desvirtuar, fueron los implacables
sentimientos que lo persiguieron hasta que escribió su obra maestra, ''En busca del
tiempo perdido''.
Desamor e infelicidad. Dos agujas de hielo que a Proust se le atravesaron, violentamente,
cuando tenía siete años.
Era una noche de verano, en la casa en Auteuil. La madre (a quien Marcel amaba
obsesivamente) se hallaba junto a su esposo, el prestigioso médico Adrien Proust,
atendiendo a un colega de este.
Esa fue la razón por la cual la madre no pudo subir al dormitorio de Marcel para el
puntual beso con el que le deseaba buenas noches. El niño, angustiado, contemplaba desde
su dormitorio al grupo que, en el jardín iluminado por la luna, charlaba y bebía licores
después de cenar.
Marcel no podía conciliar el sueño. En vano rogó al criado que fuera a buscar a su
madre y, al fin, desesperado, abrió la ventana y gritó: ''Ma petite maman, ven un
momento, que te necesito''.
Para evitar una escena más penosa, y apremiada por el bondadoso doctor Proust, la madre
de Marcel acudió al dormitorio de este y procuró consolarlo, pero el niño se echó a
llorar histéricamente. El daño era ya irreparable.
El criado miraba con curiosidad a Marcel, y madame Proust le dijo: ''El pobre señorito no
sabe lo que quiere ni qué le ocurre, todo se debe a sus nervios''. Marcel experimentó,
entonces, una íntima y secreta alegría al ver que el acto que él había considerado
como delito era estimado por su madre como algo ajeno a su propia voluntad.
Este incidente sería la escena inicial de ''A la recherche du temps perdu''.
Como se ve, aquel hecho lo marcó, definitivamente. Su vida social, sus relaciones con las
mujeres y con los amigos fueron una lucha tenaz por mostrar la falsedad de sus
conclusiones infantiles, pero esa primera impresión no fue sino una metáfora de una
realidad de la que Proust solo logró escapar cuando su grandiosa novela lo condujo al
tiempo fuera del tiempo, allá donde los hechos no habían ocurrido y, en consecuencia, no
podrían ocurrir jamás. (RDB)
Las ráfagas de la memoria
Entre 1913 y 1927 aparece "En busca del tiempo perdido", una novela en siete
volúmenes.
Proust, el genial escritor francés, escribe su obra maestra sobre la resurrección de las
sensaciones insignificantes, suscitada por las ráfagas secas y fragmentarias de la
memoria voluntaria. En ''Por el camino de Swann'', primer tomo de la novela, el narrador
evoca los años de su infancia en París y en el pueblo de Combray, cuyos caminos conducen
a casa del refinado Swann y al castillo de Guermantes.
Tras un desengaño con la hija de Swann, Gilberte, el narrador, describe sus experiencias
en una playa de moda, Belbec, y su nuevo amor por Albertine.
Marcel Proust, adinerado pero con una salud deplorable, vive mundanamente hasta los 35
años de edad. Sin embargo, en 1906, saturado de la vida social y asfixiado por el asma,
se retira a su casa y en un dormitorio forrado de corcho, por las noches escribe su obra
monumental, ''hija del silencio y de la obscuridad''.
Las reminiscencias intactas despiertan inmediatamente otras, que llaman a otras. Para
saborearlas mejor, Proust las profundiza, las aclara, las convierte en algo inteligible
con un estilo de frases largas y atormentadas, que responden a la voluptuosidad de dar
vida artificial a las memorias muertas.
''En busca del tiempo perdido'' crea una nueva dimensión en la novela moderna. Es la
verdadera vida, que Proust la encuentra oculta bajo las apariencias de los seres y las
cosas. (RDB)
Un precursor
- Proust nació el 10 de julio de 1871, en Auteuil, un suburbio residencial ubicado entre
París y los Bosques de Bolonia, en Francia.
- Fue hijo de Adrien Proust y de Jeanne Weil, una bella e inteligente judía, 15 años
menor a su esposo.
- El nacimiento de Marcel se produjo mientras los alemanes ocupaban París, lo que le
trajo graves males, pues el sitio germano impidió que entraran a la ciudad alimentos y
medicinas. Sensible, enfermizo, supercerebral, los críticos aseguran que no existe un
documento más revelador de las dos primeras décadas del siglo XX que la obra de Proust,
a través de la cual es posible descubrir, simultáneamente, diversos planos, tanto en el
tiempo como en el espacio.
- "En busca del tiempo perdido'' se integra con ''El camino de Swan'', ''A la sombra
de las muchachas en flor'', ''El camino de Guermantes'', ''Sodoma y Gomorra'', ''La
prisionera'', ''Albertina desaparecida'', y ''El tiempo recobrado''.
- Proust murió el 18 de noviembre de 1922. La última palabra que pronunció fue
''madre''. (RDB)
El objeto que nos
hereda
el siglo: La cremallera
La cremallera se llama así porque viene del francés cremaillére
que, a su vez, viene del neerladés kram, que quiere decir garfio. Como aquí no hablamos
francés y, peor neerlandés, a la cremallera le llamamos cierre, que sí sabemos lo que
quiere decir porque viene del griego no te dejarás abierto el cierre.
Los antecesores del cierre son los botones con que los antiguos se cerraban el cierre, con
el inconveniente de que, como había que cerrarlos uno por uno, a veces alguno quedaba
abierto y daba motivo para que los compositores inventaran canciones tales como "y me
cogió el aguacero/ con todito el maíz afuera", que tanta fama alcanzó luego de que
el dueño del maíz muriera. Con pulmonía.
Fue un señor de Chicago, Whitcomb L. Judson, quien inventó un sistema de cierre basado
en ganchos enlazados entre sí por anillos, pero su creación no le dio buenos resultados
porque a veces los anillos se abrían de pronto y el usuario, avergonzadísimo, perseguía
a Judson amenazándole con su ciudad de origen a la que reemplazaba el Chi por el Te.
No fue sino hasta 1913 en que el cierre, por fin, cerró, gracias a que el ingeniero sueco
Gideon Sundback remplazó los ganchos por dientes. Desde ahí le resultó un poco difícil
masticar porque los dientes que usó fueron los suyos propios, pero, en cambio, ¡cómo se
le cerraba la boca!
Sundback diseñó también una máquina para fijar los dientes a unas cintas en forma de
Y; cuando por primera vez probó su invento, pegó un tremendo alarido, pero no de
felicidad, como podría pensarse, sino de dolor: fue el primer hombre sobre la faz de la
Tierra que sufrió el mordizcón con los dientes de la cremallera.
Con el tiempo, por suerte los dientes que antes eran de metal, se hicieron de nylon, con
lo cual la cremallera perdió su furia de antaño y los hombres no perdieron la suya,
aunque a veces esta furia resulte un poco magullada porque aun el nylon cuando quiere
morder, muerde.
La noticia: Porfirio
Díaz busca el exilio
25 de mayo de 1911:
El presidente mexicano, Porfirio Díaz, renunció a su cargo y escoge a Francia como
destino para exiliarse, junto a su vicepresidente Corral.
Díaz, de 81 años de edad, tomó esta decisión por la impaciencia general que estalló
en el país con violentas manifestaciones, al encontrarse ejerciendo, por séptima
ocasión, la Presidencia, luego de un proceso electoral dudoso.
El 7 de mayo, Díaz anunció que se retiraría "pero no en estos momentos
difíciles", sino cuando "mi conciencia me diga que, al retirarme, no entregaré
el país a la anarquía". Dos semanas después de esta declaración, se firmó la paz
con los revolucionarios. Y, para el 1 de octubre, las elecciones señalaron a Francisco
Madero, candidato del Partido Constitucional Progresista, como presidente. La
proclamación oficial de su triunfo fue el 15 de octubre.
Madero obtuvo una amplia ventaja sobre su rival más cercano, Francisco León de la Barra,
quien se desempeñaba como presidente interino hasta el día de la elección.
Esta elección puso fin a 30 años de porfiriato, que se inició en 1876. (SL) |
EL
PERSONAJE
Marcel Proust
EL OBJETO
-visto por El Pájaro Febres Cordero-
La cremallera
LA NOTICIA
Porfirio Díaz busca el exilio
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