Guillaume
Apollinaire
Diletante, infiel y mal amado

A la izquierda, la pequeña figura del poeta Apollinaire
Poeta que transformó la lírica, fue uno de los antecedentes del movimiento literario
más importante del siglo: el surrealismo
Ingmar Bergman creía que Andrei Tarkovski se movía
con prodigiosa habilidad en el mundo de los sueños: "él no explica nada, no
necesita hacerlo", decía de la obra del cineasta ruso. Lo mismo se podría decir de
Guillaume Apollinaire, el poeta que vivía "lanzando a los cielos su tinta, chupando
sangre de lo que ama y encontrándolo deleitable", y que murió a los 38 años,
atacado por las decepciones amorosas y, además, por la gripe que agravó una herida.
Augusti Bartra dijo que fue gordo y feo, de cabellos rubios, desgraciado en sus amores y
dependiente de sus amigos. Pero, según Walter Benjamin, mientras vivió no apareció ni
una moda radical, excéntrica en la pintura o en la literatura, que él no hubiese creado
o lanzado.
Apollinaire estaba en los límites del surrealismo. Era surrealista en cuanto, como
corriente, proclamaba "la omnipotencia del deseo y la legitimidad de su
cumplimiento", de acuerdo con una definición de Marcel Nadau. No lo era por su
secreto apego a la religión. "Rimbaud, Lautremont y Apollinaire -escribe Walter
Benjamin- trajeron al mundo el surrealismo desde una rebelión amarga y apasionada en
contra del catolicismo".
Nació en Roma, en agosto de 1880, y fue registrado en el Ayuntamiento por una comadrona,
porque su madre -una aventurera polaca- deseaba guardar el anonimato.
Su vida fue un misterio para sus contemporáneos porque pocos conocían que su verdadero
nombre era Wilhelm; que su padre, un oficial del Ejército de las Dos Sicilias,
Constantino Flugi d'Aspermont, a sus 44 años, había raptado de un convento a su madre y
que desapareció de su vida cuando Guillaume tenía cinco años.
Se estableció en París en 1899. Primero escribió algunos cuentos, que luego formarían
El Heresiarca. Se sentía atraído por los intelectuales anarquistas. Instalado en París
comenzó, una agitada carrera literaria, en medio de intempestivos enamoramientos. El más
famoso, el de Annie, dama de compañía de la vizcondesa de Milhau, a quien sirvió como
preceptor de la casa, de 1901 a 1902. Nada obtuvo de la joven inglesa a pesar de sus
amenazas y súplicas. De esa pasión queda La Canción del Mal Amado. Al igual que Edgar
Allan Poe, fue un enamoradizo. A su amor por Annie se sumó el que luego sintió por la
pintora Marie Laurencin; después, apareció Louise de Coligny-Châtillon, quien se
resistía a sus devaneos.
Desesperado por la negativa de ella, se presentó al servicio militar, dejando una carta
que sorprendió tanto a Lou que tomó el primer tren a Niza y se convirtió en amante del
poeta por ocho días. En medio de la vida militar decidió escribir a una muchacha que
había conocido en un tren: Madeleine Pagés. Pero esta profesora no era lo que esperaba
encontrar.
Finalmente, apareció Jacqueline Kolb, a quien llamaba Ruby, la 'linda pelirroja', con
quien se casó en la iglesia de Santo Tomás, el 2 de mayo de 1918, seis meses y seis
días antes de su muerte. Pablo Picasso y Ambroise Vollard fueron sus padrinos.
A comienzos de noviembre de ese año tuvo un ataque de gripe, agravado por la herida en la
frente que recibió en la guerra, en 1916, justo cuando se publicó El Poeta Asesinado.
Guillaume Apollinaire falleció al caer la tarde del 9 de noviembre de 1918, rodeado de
crisantemos blancos, luego de vivir como meritorio de un banco, escribir novelas eróticas
para ganar algo dinero y reclamar fidelidad a las mujeres que amaba y a quienes les era
infiel. (JT).
La noticia: Muere
Franco, renace España
20 de noviembre de 1975
Francisco Franco falleció en Madrid, tras una muy larga agonía. Había dirigido por 39
años los destinos de España, como jefe de Estado y Generalísimo de los Ejércitos. Fue
velado por tres días, para que los españoles le dieran su último adiós. El 22 de julio
de 1969, Franco nombró sucesor al príncipe Juan Carlos, quien fue proclamado rey de
España, con lo que volvió la monarquía a la península.
Una de las mayores crisis que enfrentó el monarca -y de la que saldría triunfante- se
produjo en febrero de 1981, cuando el Gobierno y el Parlamento estuvieron secuestrados por
18 horas por un grupo de 200 guardias civiles, al mando del teniente coronel Tejero.
El rey Juan Carlos, que garantizó el proceso democrático, emprendió tres acciones:
asegurar la lealtad del ejército, lograr la rendición de los golpistas y evitar la
salida de los tanques. (SL) |
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