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Mayo 21, 1999                   
azul.gif (902 bytes) BUZON DEL LECTOR

José María Arguedas
'Enfermo de Perú'


Crecido entre el misterio indio y el desgarramiento mestizo, este escritor indigenista sintetiza toda la crisis cultural y de indentidad de América Latina

"En abril de 1966, hace ya algo más de dos años, intenté suicidarme. En mayo de 1944 hizo crisis una dolencia síquica contraída en la infancia y estuve cerca de cinco años neutralizado para escribir. El encuentro con una zamba gorda, joven, prostituta, me devolvió eso que los médicos llaman "tono de vida". La experiencia con aquella alegre mujer debió ser el toque sutil, complejísimo que mi cuerpo y alma necesitaban, para recuperar el roto vínculo con todas las cosas. Cuando ese vínculo se hacía intenso, podía transmitir a la palabra la materia de las cosas. Desde ese momento he vivido con interrupciones, algo mutilado. El encuentro con la zamba no pudo hacer resucitar en mí la capacidad plena para la lectura. En tantos años he leído sólo unos cuantos libros. Ahora estoy otra vez a las puertas del suicidio. Porque, nuevamente, me siento incapaz de luchar y trabajar bien. No deseo, como en abril del 66, convertirme en un enfermo inepto, testigo lamentable de los acontecimientos.
"En abril del 66 esperé muchos días que llegara el momento más oportuno para matarme. Mi hermano Arístides tiene un sobre que contiene las reflexiones que explican por qué no podía liquidarme tal o cual día. Hoy tengo miedo, no a la muerte misma sino a la manera de encontrarla. El revólver es seguro y rápido, pero no es fácil conseguirlo. Me resulta inaceptable el doloroso veneno que usan los pobres en Lima para suicidarse; no me acuerdo del nombre de ese insecticida en este momento. Soy cobarde para el dolor físico y seguramente para sentir la muerte. Las píldoras -que me dijeron que mataban con toda seguridad- producen una muerte macanuda, cuando matan. Y si no, causan lo que yo tengo: una pegazón de la muerte en un cuerpo aún fornido. Y ésta es una sensación indescriptible: se pelean en uno, sensualmente, poéticamente, el anhelo de vivir y el de morir. Porque quien está como yo, mejor es que muera."
Con estos párrafos inicia José María Arguedas lo que sería su última novela y el último episodio de su vida. Fundidas obra y vida en una sola. En efecto, es "El zorro de arriba y el zorro de abajo", un desolador relato sobre la soledad del peruano que emigra a las ciudades de cartón y lata en la costa, intercalado con fragmentos de su último diario.
"Su historia es la historia del Perú; y enfermo de Perú se mata" escribió Galeano.
"Arguedas expresa en su obra todo el dolor y la herida de la historia, logra una íntima unidad a tan profunda diversidad" sostiene Donald Shaw.
Arguedas nació en 1911 en Andahuaylas (todavía lo recuerdan en los rituales y las fiestas), al sur del Perú y creció entre los indios, obligado por su madrastra, y fue en esa experiencia que crece su conciencia quechua. De sus experiencias difíciles de esos años (en 1921 huye de su casa para refugiarse donde unos peones de hacienda) surgirán sus personajes como prolongadas nostalgias. Recorre la Sierra con su padre. La familia cambia constantemente de residencia, hasta que en 1929 Arguedas llega a Lima y se cierra un ciclo de su memoria, aquél del que nacerán "Agua", "Todas las sangres", "Yahuar Fiesta", "Los ríos profundos".

Indigenista

- Ubicado en el indigenismo, Arguedas representa una muy particular introspección en el mundo indio con el que compartió, a diferencia de autores como Jorge Icaza o Ciro Alegría, sus primeros y más dolorosos años.
- Arguedas, sostiene José Carlos Rovira, desarrollará una radical inmersión ideológica en el problema y sus soluciones, asumiendo además una doble función ética-científica; a Arguedas novelista hay que sumar el Arguedas antropólogo, como dos fuentes de intervención sobre el mismo argumento.
- Una doble condición que Arguedas comparte con otro grande de la literatura latinoamericana: Juan Rulfo.

El objeto que nos hereda
el siglo: Sombrero de plumas

A las mujeres que llegaron a pie hasta 1900 les preocupó muchísimo seguir caminando de forma muy distinguida por el nuevo siglo, no fuera a ser que su fama, tan meticulosamente labrada, tropezara con los adelantos en boga y terminara por caer y mancharse en el fango del deshonor y la vergüenza.
Pero además de caminar con garbo, les preocupaba vestir asaz y por eso lucían esos trajes larguísimos que les permitían esconder su cuerpo desde el cuello hasta el talón y las obligaban a dar pasos pequeños, muy medidos y cautos.
Algunas, claro, con poca práctica en el arte del desplazamiento, daban algún mal paso, a resultas del cual eran estigmatizadas y acusadas de libertinas por la puritana sociedad de la época.
En síntesis, la moral imponía estrictas normas de vestuario como una manera de alejar de las mentes de los hombres las malas intenciones y, al mismo tiempo, no dejar dudas sobre la castidad y la pureza de la mujer.
Si bien el sombrero había sido usado desde mucho antes, se convirtió en un adminículo obligado en estos años en que hasta el pelo podía ser objeto de lascivia y de pecado.
La innata coquetería femenina fue adornando los sombreros con finas plumas de aves exóticas como las del pavo real, por ejemplo.
Por eso, durante los primeros cinco años del siglo, solo en los Estados Unidos se desplumaron cerca de 60.000 aves, entre las cuales se encontraban patos, pavos e inclusive águilas.
Las mujeres emplumadas pasearon su galanura por calles, plazas y jardines, y hubo algunas que, de tantas plumas que llevaban en sus sombreros, se volaron con los maridos de otras o, cansadas de tanto puritanismo, dijeron que las plumas les daban golpe de ala, se sacaron el sombrero y, poco a poco, fueron sacándose todo hasta que, por solidaridad, quedaron tan desnudas como las aves que ellas mismas contribuyeron a pelar.

La noticia: Se forma el eje fascista

27 de septiembre de 1940: La diplomacia germana, encabezada por Joachim von Ribbentrop, tuvo éxito al concretar un pacto tripartito entre las fuerzas de Alemania, Italia y Japón. La alianza fue de carácter político, militar y económico, y en la práctica dividió a Europa y Asia en esferas de influencia. Estos países se prometieron asistencia mutua en el caso de que uno de ellos fuera atacado por una potencia que, hasta esa fecha, no hubiese interferido en el conflicto chino-japonés o en la guerra europea.
El pacto tendía a preservar "el espacio vital" (las reservas de mano de obra y materias primas) de Alemania e Italia en Europa y, el de Japón, en Asia y constituyó el primer paso para la instauración del "Nuevo Orden Europeo", postulado por Roma y Berlín.
Previamente se habían reunido el 18 de marzo, Hitler y Mussolini para definir la posición italiana frente a un conflicto armado en el continente. Hitler se comprometió a brindar todo el apoyo militar y económico necesario, mientras el Duce, aseguró que Italia intervendría en la guerra junto a Alemania.

EL PERSONAJE
José María Arguedas

EL OBJETO
-visto por El Pájaro Febres Cordero-

Sombrero de plumas

LA NOTICIA
Se forma el eje fascista

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