Juan Belmonte
Arte y audacia frente al toro
Una acuarela que presenta a Juan
Belmonte en su momento de gloria
Comenzó lanceando toros en la noche, para convertirse después en la cumbre de la
tauromaquia de este siglo
Por Carmen Toledo Ridder
Especial para HOY
Este genial torero llena con su nombre y el de su amigo y rival el gran José Gómez
Ortega, "Joselito", la época más brillante y trascendental de la historia de
la fiesta de los toros y que con razón se llamó "Edad de Oro", cuando se
disputaban los aplausos y la gloria José y Juan, a principios de este siglo. Este
revolucionario auténtico del toreo, que marcó unos cánones y un modo especialísimo de
manejar los engaños, caló de tal manera en los gustos de la afición, que hoy no se
concibe otra manera de torear sino como lo hacía el llamado "Terremoto" o
"Fenómeno".
La aparición de Juan Belmonte en los ruedos produjo estupor y en todos los ámbitos
circuló la famosa frase de Rafael Guerra "Guerrita" que decía: "Así no
se puede torear, el que quiera verlo que se dé prisa, porque ese durará un
suspiro", algo que nunca sucedió porque Juan estuvo en activo muchos años. Toreaba
de un modo distinto, desconocido hasta entonces y dejó de ser un axioma aquello de
"o te quitas tú, o te quita el toro", pues él no se quitó sino que puso en
práctica los tres tiempos fundamentales de la lidia: parar, templar y mandar, a lo que
más tarde agregó cargar la suerte. Toreó más cerca que nadie y por lo tanto con mayor
emoción y sensación de peligro, y es verdad que, en sus primeros tiempos, lo cornearon y
cogieron mucho los toros.
Dos fueron las suertes fundamentales a las que Juan imprimió un personalísimo sello: la
verónica rematada con su incomparable media verónica en la que se liaba el toro a la
cintura y el pase natural que en Belmonte adquirió una hondura, una parsimonia y largura
insuperables, pero muchos de sus contrarios decían que "así" no se podía
torear y sin embargo, desde entonces, "así" precisamente es como no se puede
dejar de hacer; tanto así que el propio Joselito, tan inteligente, se dio cuenta de
inmediato y, en sus últimos tiempos, su toreo fue aproximándose cada vez más al modo de
hacer de Juan. Pero tan solo duró siete años la competencia entre estos dos colosos, de
1914 a mayo de 1920, hasta que, como el mismo Juan lo dijo: "José me la ganó esa
tarde en Talavera" (el día en que caía bajo las astas de "Bailaor").
Como se trataba de dos estilos completamente distintos, el toreo clásico y largo de José
y el corto y heterodoxo de Juan, la afición se dividió en dos bandos y la Fiesta
alcanzó un auge no superado. Y es que no se podía permanecer imparcial: o se era
"Joselista" o "Belmontista".
Desaparecido Joselito, Juan Belmonte quedó de amo y señor del toreo. Su quehacer se fue
afirmando cada vez más, su estilo se hizo largo y dominador pues podía con toda clase de
toros. Por si esto fuera poco se hizo un consumado estoqueador. Toreó hasta 1936, año de
la Guerra Civil Española, y luego se hizo rejonador con mucho éxito.
Y no lo mató un toro...
Juan Belmonte García "El Pasmo de Triana" nació en la propia Sevilla , el 14
de abril de 1892. Fueron sus padres José Belmonte y Peña, natural de Prado del Rey
(Cádiz), y María Concepción García Ibáñez, de Sevilla. Cuando apenas tenía 8 años
murió su madre y al poco su padre contraía nuevas nupcias del que son hijos los otros
Belmontes también toreros.
El chiquillo empezó a ayudar a su padre en el manejo de una tienda, alternando con sus
breves estancias en la Escuela. En la Venta de Camas ensayó por primera vez sus aptitudes
ante los becerros y después, en unión de la pandilla más atrevida de torerillos
sevillanos, comenzó a frecuentar Tablada. Las noches en que traían ganado apartaban
algún toro y él mismo lo contaba: "Las noches de luna íbamos a torear en los
corrales y durante el verano desafiábamos los toros a pleno día... Para torear en la
dehesa atravesábamos el río a nado, dejábamos la ropa escondida en los matorrales
llevando amarradas a la cabeza las alpargatas y la chaqueta que nos servía de muleta.
Completamente desnudos, insensible nuestra piel como la de las salamanquesas, andábamos
ligeros entre cardos y jarales y allí mismo, con el pecho desnudo, desafiábamos a la
res...".
Su vida y correrías de maletilla son de leyenda, hasta que un antiguo banderillero José
María Calderón lo descubrió, le enseñó a torear y le montó una corrida mixta en
Arhal el 24 de julio de 1910. El primer novillo de la vacada de Pérez le dio el triunfo
pero al tirarle un derrote le rompió la ceja, Juan con la piel colgando y llena la cara
de sangre continuó la faena y mató a su enemigo; esta cicatriz marcó su cara para toda
la vida.... Siguió en su carrera ya vertiginosa con actuaciones que iban unidas con
cogidas y cornadas hasta que el 29 de junio de 1912, en Valencia, obtuvo un gran éxito
cuyo eco llegó a Sevilla en donde se presentó el 21 de julio y fue llevado en hombros
hasta su casa de Triana entre una multitud fervorosa. Con el cuerpo lleno de cicatrices
llega a la alternativa en la Plaza de Madrid el 16 de octubre de 1913 de manos de
"Machaquito", con Rafael "El Gallo" de testigo.
"El Pasmo de Triana" rindió a las multitudes de todo el mundo a tal punto de
dividirse el toreo en "Antes y después de Belmonte". Es curiosa la anécdota
cuando Ramón del Valle Inclán le dice: "Juan, solo te falta morir en el ruedo"
a lo que le responde: "Se hará lo que se pueda". Pero no murió entre las astas
de un toro. Belmonte mismo puso fin a su existencia de un disparo, en la sien el 8 de
abril de 1962 en su finca.(CT).
El objeto que nos
hereda
el siglo: Zapatos de deporte
Hasta los años cincuenta, las zapatillas de tenis, de básquet o de
trote eran similares: de lona blanca con suela de caucho. Con ellas, grandes deportistas
ganaron campeonatos, corrieron como gacelas y saltaron como pumas, sin que ninguno se haya
quejado de callosidades, juanetes ni cosa parecida.
De pronto, en los años sesenta las zapatillas se convirtieron en botines y la suela se
hizo bastante más ancha. En los setenta, los zapatos dejaron de ser de lona y pasaron a
ser de goma y, además, se estableció la división del trabajo: los de tenis no podían
servir para el trote ni los de trote para básquet. Para cada deporte había un tipo
específico de zapato y quien no tenía el apropiado corría el riesgo de ser
descalificado. No por el juez, a quien le importaba un rábano los asuntos de los pies,
sino por los aficionados. A los pies.
Tanto fue el éxito de los zapatos, que ya no se usaban solo para hacer deporte sino
también para labores tan antideportivas como combinarlos con un terno de casimir e ir con
ellos al trabajo o, lo que es peor, hacer turismo. En "shorts".
Obviamente, las originales zapatillas de deporte que nacieron baratísimas, fueron
encareciéndose conforme adquirieron un nuevo "estatus" a través de marcas
exclusivas; algunas llegaron a precios exhorbitantes porque, aparte de sus suelas con
cámaras de aire, venían, en los años noventa, con la firma de un jugador famoso como
Michael Jordan, por ejemplo.
El "boom" de los zapatos de goma corre el riesgo de traspasar hasta el siglo
XXI, donde continuarán usándolos no solo los deportistas, sino aquellos que nunca han
practicado ninguno pero que, por pereza de vestirse los fines de semana, se los chantan
junto con unos calentadores que dan a los usuarios una inocultable apariencia de haber
perdido su propio partido ante la estética.
Las
noticias: Imágenes transmitidas a larga distancia
27 de enero de 1926: El científico escocés John Baird presentó
ante la Royal Institution un aparato capaz de transmitir a distancia imágenes animadas.
El invento consistía en un gran tubo, cuyo fondo servía de pantalla, y transformaba en
imágenes los impulsos eléctricos que recibía.
Baird explicó a los periodistas que su aparato utilizaba la acción de los rayos
catódicos; el inventor escocés denominaba a su invento "televisión"
(transmisión de la imagen a distancia).
Aunque el aparato no proporcionaba una imagen de calidad comparable a la de una buena
película cinematográfica, parecía abrir posibilidades insospechadas a los medios de
comunicación.
La Royal Institution calificó al invento de "interesante y perfectible". Baird,
por su parte, sostenía que aunque las imágenes, ciertamente, debían ser mejoradas,
poseían la ventaja de llegar inmediatamente al espectador, sin necesidad de un proceso
intermedio.
Muchos se preguntaban si la televisión no llegaría a ser una radio provista a su vez de
imágenes. |
EL
PERSONAJE
Juan Belmonte
EL OBJETO
-visto por El Pájaro Febres Cordero-
Zapatos de deporte
LA NOTICIA
Imágenes transmitidas a larga distancia
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