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Marzo 11, 1999                   
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Juan Belmonte
Arte y audacia frente al toro


JUAN BELMONTE(55115 bytes)Una acuarela que presenta a Juan
Belmonte en su momento de gloria

Comenzó lanceando toros en la noche, para convertirse después en la cumbre de la tauromaquia de este siglo

Por Carmen Toledo Ridder
Especial para HOY

Este genial torero llena con su nombre y el de su amigo y rival el gran José Gómez Ortega, "Joselito", la época más brillante y trascendental de la historia de la fiesta de los toros y que con razón se llamó "Edad de Oro", cuando se disputaban los aplausos y la gloria José y Juan, a principios de este siglo. Este revolucionario auténtico del toreo, que marcó unos cánones y un modo especialísimo de manejar los engaños, caló de tal manera en los gustos de la afición, que hoy no se concibe otra manera de torear sino como lo hacía el llamado "Terremoto" o "Fenómeno".
La aparición de Juan Belmonte en los ruedos produjo estupor y en todos los ámbitos circuló la famosa frase de Rafael Guerra "Guerrita" que decía: "Así no se puede torear, el que quiera verlo que se dé prisa, porque ese durará un suspiro", algo que nunca sucedió porque Juan estuvo en activo muchos años. Toreaba de un modo distinto, desconocido hasta entonces y dejó de ser un axioma aquello de "o te quitas tú, o te quita el toro", pues él no se quitó sino que puso en práctica los tres tiempos fundamentales de la lidia: parar, templar y mandar, a lo que más tarde agregó cargar la suerte. Toreó más cerca que nadie y por lo tanto con mayor emoción y sensación de peligro, y es verdad que, en sus primeros tiempos, lo cornearon y cogieron mucho los toros.
Dos fueron las suertes fundamentales a las que Juan imprimió un personalísimo sello: la verónica rematada con su incomparable media verónica en la que se liaba el toro a la cintura y el pase natural que en Belmonte adquirió una hondura, una parsimonia y largura insuperables, pero muchos de sus contrarios decían que "así" no se podía torear y sin embargo, desde entonces, "así" precisamente es como no se puede dejar de hacer; tanto así que el propio Joselito, tan inteligente, se dio cuenta de inmediato y, en sus últimos tiempos, su toreo fue aproximándose cada vez más al modo de hacer de Juan. Pero tan solo duró siete años la competencia entre estos dos colosos, de 1914 a mayo de 1920, hasta que, como el mismo Juan lo dijo: "José me la ganó esa tarde en Talavera" (el día en que caía bajo las astas de "Bailaor").
Como se trataba de dos estilos completamente distintos, el toreo clásico y largo de José y el corto y heterodoxo de Juan, la afición se dividió en dos bandos y la Fiesta alcanzó un auge no superado. Y es que no se podía permanecer imparcial: o se era "Joselista" o "Belmontista".
Desaparecido Joselito, Juan Belmonte quedó de amo y señor del toreo. Su quehacer se fue afirmando cada vez más, su estilo se hizo largo y dominador pues podía con toda clase de toros. Por si esto fuera poco se hizo un consumado estoqueador. Toreó hasta 1936, año de la Guerra Civil Española, y luego se hizo rejonador con mucho éxito.

Y no lo mató un toro...

Juan Belmonte García "El Pasmo de Triana" nació en la propia Sevilla , el 14 de abril de 1892. Fueron sus padres José Belmonte y Peña, natural de Prado del Rey (Cádiz), y María Concepción García Ibáñez, de Sevilla. Cuando apenas tenía 8 años murió su madre y al poco su padre contraía nuevas nupcias del que son hijos los otros Belmontes también toreros.
El chiquillo empezó a ayudar a su padre en el manejo de una tienda, alternando con sus breves estancias en la Escuela. En la Venta de Camas ensayó por primera vez sus aptitudes ante los becerros y después, en unión de la pandilla más atrevida de torerillos sevillanos, comenzó a frecuentar Tablada. Las noches en que traían ganado apartaban algún toro y él mismo lo contaba: "Las noches de luna íbamos a torear en los corrales y durante el verano desafiábamos los toros a pleno día... Para torear en la dehesa atravesábamos el río a nado, dejábamos la ropa escondida en los matorrales llevando amarradas a la cabeza las alpargatas y la chaqueta que nos servía de muleta. Completamente desnudos, insensible nuestra piel como la de las salamanquesas, andábamos ligeros entre cardos y jarales y allí mismo, con el pecho desnudo, desafiábamos a la res...".
Su vida y correrías de maletilla son de leyenda, hasta que un antiguo banderillero José María Calderón lo descubrió, le enseñó a torear y le montó una corrida mixta en Arhal el 24 de julio de 1910. El primer novillo de la vacada de Pérez le dio el triunfo pero al tirarle un derrote le rompió la ceja, Juan con la piel colgando y llena la cara de sangre continuó la faena y mató a su enemigo; esta cicatriz marcó su cara para toda la vida.... Siguió en su carrera ya vertiginosa con actuaciones que iban unidas con cogidas y cornadas hasta que el 29 de junio de 1912, en Valencia, obtuvo un gran éxito cuyo eco llegó a Sevilla en donde se presentó el 21 de julio y fue llevado en hombros hasta su casa de Triana entre una multitud fervorosa. Con el cuerpo lleno de cicatrices llega a la alternativa en la Plaza de Madrid el 16 de octubre de 1913 de manos de "Machaquito", con Rafael "El Gallo" de testigo.
"El Pasmo de Triana" rindió a las multitudes de todo el mundo a tal punto de dividirse el toreo en "Antes y después de Belmonte". Es curiosa la anécdota cuando Ramón del Valle Inclán le dice: "Juan, solo te falta morir en el ruedo" a lo que le responde: "Se hará lo que se pueda". Pero no murió entre las astas de un toro. Belmonte mismo puso fin a su existencia de un disparo, en la sien el 8 de abril de 1962 en su finca.(CT).

El objeto que nos hereda
el siglo: Zapatos de deporte

Hasta los años cincuenta, las zapatillas de tenis, de básquet o de trote eran similares: de lona blanca con suela de caucho. Con ellas, grandes deportistas ganaron campeonatos, corrieron como gacelas y saltaron como pumas, sin que ninguno se haya quejado de callosidades, juanetes ni cosa parecida.
De pronto, en los años sesenta las zapatillas se convirtieron en botines y la suela se hizo bastante más ancha. En los setenta, los zapatos dejaron de ser de lona y pasaron a ser de goma y, además, se estableció la división del trabajo: los de tenis no podían servir para el trote ni los de trote para básquet. Para cada deporte había un tipo específico de zapato y quien no tenía el apropiado corría el riesgo de ser descalificado. No por el juez, a quien le importaba un rábano los asuntos de los pies, sino por los aficionados. A los pies.
Tanto fue el éxito de los zapatos, que ya no se usaban solo para hacer deporte sino también para labores tan antideportivas como combinarlos con un terno de casimir e ir con ellos al trabajo o, lo que es peor, hacer turismo. En "shorts".
Obviamente, las originales zapatillas de deporte que nacieron baratísimas, fueron encareciéndose conforme adquirieron un nuevo "estatus" a través de marcas exclusivas; algunas llegaron a precios exhorbitantes porque, aparte de sus suelas con cámaras de aire, venían, en los años noventa, con la firma de un jugador famoso como Michael Jordan, por ejemplo.
El "boom" de los zapatos de goma corre el riesgo de traspasar hasta el siglo XXI, donde continuarán usándolos no solo los deportistas, sino aquellos que nunca han practicado ninguno pero que, por pereza de vestirse los fines de semana, se los chantan junto con unos calentadores que dan a los usuarios una inocultable apariencia de haber perdido su propio partido ante la estética.

Las noticias: Imágenes transmitidas a larga distancia

27 de enero de 1926: El científico escocés John Baird presentó ante la Royal Institution un aparato capaz de transmitir a distancia imágenes animadas. El invento consistía en un gran tubo, cuyo fondo servía de pantalla, y transformaba en imágenes los impulsos eléctricos que recibía.
Baird explicó a los periodistas que su aparato utilizaba la acción de los rayos catódicos; el inventor escocés denominaba a su invento "televisión" (transmisión de la imagen a distancia).
Aunque el aparato no proporcionaba una imagen de calidad comparable a la de una buena película cinematográfica, parecía abrir posibilidades insospechadas a los medios de comunicación.
La Royal Institution calificó al invento de "interesante y perfectible". Baird, por su parte, sostenía que aunque las imágenes, ciertamente, debían ser mejoradas, poseían la ventaja de llegar inmediatamente al espectador, sin necesidad de un proceso intermedio.
Muchos se preguntaban si la televisión no llegaría a ser una radio provista a su vez de imágenes.

EL PERSONAJE
Juan Belmonte

EL OBJETO
-visto por El Pájaro Febres Cordero-

Zapatos de deporte

LA NOTICIA
Imágenes transmitidas a larga distancia

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