
Columna quincenal
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Viernes, 26 de mayo
de 2006
Vegetarianismo
radical
Desde Jodhpur, nos dirigimos a Udaipur, conocida como la Venecia
india, una ciudad de lagos y palacetes que, a miles de kilómetros y de visión de la vida
de distancia de su símil italiana, tiene un encanto y una belleza propias que no tienen
nada que envidiarle al antiguo Venetto. Previo a nuestro arribo a Udaipur, hicimos escala
en una de las maravillas patrimoniales de la India, el templo de Raknapurna. De origen
janista, este extraordinario complejo de mármol y belleza barroca aparece como una
extraña joya situada entre las montañas del Rajastán, que deslumbra por su equilibrio,
magnitud y una desconcertante sensación de paz.
El desconcierto también tenía una veta religiosa. La razón: el descubrimiento del
janismo, una religión radicalmente vegetariana, que se toma su opción tan en serio que
ni siquiera permite entrar a los templos portando objetos de cuero. El janismo apareció
en el siglo VI antes de Cristo, casi a la par con el budismo, de la mano de 24 profetas
(el último de los cuales, Mahavira, cerró el ciclo de iluminación) que profesaba un
amor a la naturaleza tan austero como comprometido. La suya es una fe en la que el
vegetarianismo surge del respeto a los seres vivientes de todo tipo, llegando incluso al
extremo de evitar comer tubérculos (zanahorias, papas) por miedo a matar a los bichos que
se encuentran bajo tierra. En sus templos son, como en la vida cotidiana, también muy
estrictos. La gente que trabaja en ellos no puede ser tocada por los visitantes. Lucen una
especie de pañuelo que filtra lo que les entra por la boca o lo que respiran por la
nariz. Lo único que no puede filtrar este adminículo es el insoportable olor
a pies (la gente entra descalza) tan pestilente y potente como hermosos son sus lugares de
adoración.
A pesar de lo que uno puede pensar de la frugalidad e intereses de los janistas, sus
templos son, por lejos, los más hermosos y suntuosos de la India. Si bien sus adeptos no
pasan de 5 millones en todo el país (menos de 0,5% de esta nación de 1100 millones de
habitantes), se caracterizan por una combinación extraña entre desprendimiento y trabajo
destinado a ser mostrado en sus templos. Esto tiene un origen que retrotrae al efecto del
aparecimiento de nuevas fe en la India. Tal como el budismo, el janismo traía como buena
nueva la percepción de igualdad religiosa, en la que toda la feligresía recibía el
mismo trato. Este aspecto resultaba muy atractivo en una sociedad como la india, en la que
el ascenso social era prácticamente imposible porque estaba supeditado a la casta en la
que se nacía. Cualquier mejoramiento se compensaba en la siguiente vida, por lo que
había que portarse bien en esta y cumplir el mandato o karma, destinado a la vida
presente. Si bien en esencia compartían muchos de estos preceptos, tanto el budismo como
el janismo se desprendieron de esa suerte de estigmatización social del sistema de castas
y se centraron en los aspectos más comunitarios y en el proceso de reforzamiento de la
espiritualidad a partir del ascetismo, del que el vegetarianismo -extremo en el caso
janista- es solo una componente más.
Por eso los janistas vivían en guetos que desarrollaron industrias (joyería,
manufacturas), destinando buena parte de sus ingresos a sus maravillosos templos.
Raknapurna es el más espectacular de todos. Está constituido de mármol, con dos áreas
de meditación. La más pequeña (de unos 1500 metros cuadrados) flanquea al templo mayor,
que debe tener una superficie de 6000 metros cuadrados de mármol blanco, que en ciertas
partes alcanza una altura de 7 metros. A lo imponente de su estructura se suma lo
estremecedor de la belleza del decorado y el barroco que forma el conjunto de pilares,
arcos, bóvedas, entrepisos y espacios de adoración destinado a cada uno de los 24
profetas de la religión. Todos ellos -y en especial, la representación del último,
Mahavira- tienen una forma muy similar a las primeras expresiones de Buda, mucho más
estilizada que las del risueño y barrigón que conocemos en la actualidad. De hecho, las
imágenes de Mahavira y el Buda más tradicional son casi exactas y solo se diferencian
porque el primero tiene los ojos abiertos y el segundo, casi cerrados.
Luego de empaparnos del esplendor janista, llegamos a Udaipur a la tarde. Los paisajes que
nos regalaban los lagos que adornan la ciudad nos hacía abrigar esperanzas de que íbamos
a pasarla bien. No fue así. ¡Lo pasamos genial! Para comenzar, nuestro hotel era una
casa antigua refaccionada que daba al lago principal. Cada vez que nos levantábamos o
salíamos de la habitación, el festival de colores del cielo y el lago, al unísono, se
nos brindaba en todo su apogeo. El desayuno o las comidas (si queríamos cenar o almorzar
en el hotel) los tomábamos en la terraza del restaurante, al pie del lago, divisando los
palacios y las hermosas viviendas que lo circundaban. Incluso uno podía comer como un
verdadero Marajá, sobre cojines y en mesas pequeñas. ¡Solo me faltaba el séquito de
esposas y concubinas!
Pero lo más maravilloso de Udaipur era perderse en la ciudad. Luego de la respectiva
visita al castillo del Marajá -que luego de conocer el resto de palacios del Rajastán,
la verdad que resultaba un poco decepcionante- tomábamos rumbo desconocido por los
callejones y pasajes sinuosos que nos ubicaban en vericuetos desordenados, estrechísimos
(a duras penas cabíamos Verónica, yo y la vaca de turno) pero a la vez armoniosos e
increíblemente llamativos, por cuanto la ciudad entera está volcada -como el resto del
Rajastán- al turismo y el comercio. Mi esposa se tomaba todo el tiempo del mundo para
revisar la ropa, los bordados o la bisutería que aparecía al alcance de los ojos. Por
suerte, ni ella ni yo tenemos espíritu consumista. De lo contrario, hubiéramos tenido
que regresar en buque carguero.
Continuará ... (Próxima actualización Viernes,
9 de junio de 2006)
Juan Jacobo Velasco
velascoj@hoy.com.ec
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