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A OJO DE BUEN VIAJERO
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Viernes, 12 de mayo de 2006

India: sabrosa e indigesta

Algo había hablado de lo increíble que puede ser la experiencia de viajar por las carreteras de la India. Si bien desde el primer día comenzamos a “saborear” los caminos -y también a indigestarnos en ellos- como ocurre con todo, particularmente con una comida extraordinariamente sazonada como la hindú uno termina adaptándose o muriéndose.

El paisaje desértico (en la zona del Rajastán se encuentra el desierto del Thar) tamiza todo con el mismo escenario polvoriento y amarillo, tramoya propicia para nuestro arribo, desde Bikaner, a la ‘Ciudad Dorada’: Jaiselmeer. A 70 kilómetros de la frontera con el Pakistán, esta ciudad cuenta con uno de los fuertes más hermosos construidos en India, que además tiene la particularidad de ser el único habitado (4 500 personas) en la zona del Rajastán. La ciudad fue reconstruida en la década de los setenta, por una iniciativa de la entonces primera ministra Indira Gandhi, para dotar a la ciudad y a la zona de una fuente de ingresos permanentes a través del turismo. La ciudad en sí misma no es ninguna maravilla, pero el hermoso conjunto en que se convierte el fuerte que data del siglo XIV, las ruinas en donde ver la puesta del sol se convierte en un espectáculo imperdible y el emerger de la arquitectura de terracota de templos y casas en medio de la nada hacen que el viaje al extremo oriente de la península del antiguo Indostaní valga la pena.

Lo que más nos llamó la atención fue la seguridad que se guarda en la zona de Jaiselmeer, que conforme nuestro viaje tomaba cuerpo, se repetía en todo lo largo y ancho de la India. Claramente eso tenía que ser así en un sector que quedaba apenas a 70 kilómetros de la frontera con el Pakistán, uno de los focos de conflicto bélico -y potencialmente nuclear- más peligrosos del orbe. Pero si a eso se le suma la existencia de un coctel de disidencias internas (desde guerrillas izquierdistas, pasando por los fundamentalismos islámico e hindú y terminando con los grupos armados nacionalistas de ciertas regiones indias) que han hecho -y siguen haciendo- de las suyas de manera indiscriminada es, al menos, comprensible esa suerte de celo por la seguridad. Empero hay que entender esta obsesión desde la perspectiva india, que se caracteriza por una suerte de “exageración burocrática”. Una vez, cuando íbamos a tomar un avión desde una ciudad a otra, nos dimos cuenta de hasta qué punto esto era cierto, en la medida en que comenzamos a traspasar la innumerable secuencia de manos policiales que nos pedían el mismo pasaporte, el mismo boleto y el mismo número de equipaje de manos. No sería exagerado decir que uno era chequeado y rechequeado una docena de veces, con el único resultado evidente de una demora absurda para el abordaje a la nave. Eso volvía comprensible la propensión a la impuntualidad india que, para un latinoamericano, era una suerte de lugar común de “acercamiento cultural”.

De Jaiselmeer pasamos a la ciudad azul: Jodhpur. Esta, como la anterior, también tenía una fortaleza que coronaba un monte y que servía de mirador para salvaguardar a la población. En su interior, como en Bikaner, una tras otra las salas nos mostraban el esplendor y suntuosidad en la que vivían estos verdaderos “premiados en vida” que eran los Marajás, con su número inimaginable de esposas y concubinas. La diferencia del castillo de Jodhpur radicaba en el plus que hablaba de las historias detrás de la Historia: una réplica de los probadores de opio, fuente importante de ingreso para los monarcas; cuadros y bordados que retrataban las guerras y amores de la corte; y, particularmente, la trágica historia de un Marajá que trató de desposar a su hija con uno de los herederos de las otras dos regiones importantes de la región (Udaipur y Jaiselmeer). El soberano envió sendos mensajeros a cada uno de los reyes para hacer la propuesta pero, a la vuelta de estos, se llevó la sorpresa (a la postre, fatal) de que ambos monarcas habían aceptado el matrimonio con su hija. El Marajá de Jodhpur, a sabiendas de que una aceptación significaba no solo un desaire sino además una guerra segura con el novio despreciado, decidió matar a su hija. ¡Con ese desenlace, di gracias a Dios por las facilidades que brindan el teléfono y el correo electrónico!

Al regreso del fuerte nos adentramos en una de las experiencias más desordenadas y fascinantes del viaje: un recorrido por el mercado de Jodhpur. Como en todo mercado, los colores, los aromas y la diversidad de artículos que uno puede encontrar en esa especie de vitrina humana son un deleite tan simple como genial. Lo curioso del caso era el caos reinante en esa especie de colmena humana que en la India -como en la mayoría de países del mundo- es lo se conoce como mercado libre. Los compradores y los vendedores se movían a una velocidad y con una irregularidad similar a las de las gotas de las bebidas frías que infinitas y erráticas van cayendo por el envase.

Finalmente, terminamos el día en compañía de nuestro chofer, el paciente Rinku, en un restaurante que si bien estaba al aire libre, no por ello dejaba de ser acogedor y relajante. Y muy sabroso (deliciosamente sabroso) y muy, muy, pero muy económico. Si mal no recuerdo, entre cinco platos, tres bebidas e igual cantidad de panes especiales, no debimos gastar más de 10 dólares. Todo con una calidad que difícilmente se puede mejorar demasiado y con la sorpresa del sabor igualmente embriagante y picante de los platos indios.

Fue, de lejos, la mejor comida. Y también fue la última así de disfrutable. ¿Por qué? Pues porque luego de comer picante o especias tarde, mañana y noche, durante una semana, el hígado (y sus amigos páncreas, intestinos y el imponderable estómago) comienzan a pedir
tiempo y a dar cuenta de un reporte en el que olores y sabores son devueltos no tan sabrosos, bastante embarazosamente y muy, muy, pero muy indigestamente.

Juan Jacobo Velasco
velascoj@hoy.com.ec