
Columna quincenal
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Viernes, 21 de abril
de 2006
Desde
Bikaner comenzamos a darnos cuenta de varias cosas que se iban a repetir durante todo el
viaje:
- Pese a que veíamos pobreza y suciedad por todas partes, nunca nos sentimos
inseguros (claro, también es cierto que íbamos en auto propio y con chofer/guardia y eso
acota mucho el nivel de inseguridad) porque en el medioambiente social indio no se percibe
ese peligro permanente al que todos estamos expuestos en América Latina y que
puede significar que en un abrir y cerrar de ojos te dejen en calzoncillos. Conforme
fuimos explorando y descubriendo ese universo que es la India, sentimos que había algo
así como una autorestricción religiosa: una permanente observación de hábitos piadosos
y el cumplimiento de actos de contrición, a un nivel que nunca vi ni siquiera en una
procesión de Semana Santa. Por ello sentimos que la gente no era, en principio,
peligrosa.
- En donde sí te pueden robar, cagados de la risa y sin un rastro
de mala conciencia, y hasta con ofrenda al dios correspondiente (como para no creerlo: los
indios tienen 330 MILLONES DE DIOSES, eso da como promedio un Dios para cada 3,5 personas.
A su regreso de India le voy a preguntar a Vero ella vuelve a Chile el 17 de marzo-
¡¡¡si quiere tener su Dios propio en nuestra casa!!!) es vendiéndote algo. ¡¡¡Qué
manera de negociar!!! Todo tiene un precio sujeto a una contraoferta. Lo increíble es que
los indios negocian, para empezar, con una gran sonrisa, pero conforme pasa el tiempo y te
han metido las cosas por las narices y los ojos, al comprar, te hacen sentir que te están
haciendo un favor y hasta fingen haber sido ofendidos por la miseria que terminas pagando.
Finalmente, a uno le pesa la estafa que está cometiendo con el pobre indio. A la vuelta
de la esquina, cuando ves el mismo objeto en un cuchitril a media luz, por el tercio del
precio, te das cuenta quién estafó a quién.
Para que tengan una idea de lo hábiles que pueden ser, basta una referencia
histórico-sociológica: en el antiguo Hindustán, hoy India, existían cuatro grandes
castas y una de ellas era la de los comerciantes. Eso significa que un cuarto del total de
habitantes durante toda la historia de este pueblo de 5 000 años de antigüedad (¡¡hoy
viven en el país del Ganges 1 100 mil millones!!) han negociado con sujetos más
aplomados para esas lides que Vero y yo. Es decir, estábamos a merced de unos
artistas/sacerdotes del comercio. Recuerdo que tratando de comprar unas pañoletas, le
dijimos a un vendedor que queríamos unas especiales para mi mamá y mi suegra (lo que era
cierto). El tipo nos atendió y nos hizo un descuento (ya habíamos sondeado el mercado y,
a decir verdad, el precio era bueno). Pero al rato nos dice que si queríamos llevar algo
MUY especial, podíamos comprar unas pañoletas que tejió su abuelo durante nueve meses y
que tenían siete años de antigüedad, cuyo precio también era MUY especial. Si bien no
compramos las MUY especiales pañoletas, lo curioso fue que vimos pañoletas exactas, con
el mismo diseño y color, en todas las tiendas que visitamos después. O el abuelo tenía
complejo de Marajá y un harem incluso más grande que los reyes, o estos indios eran
capaces de inventarse su propia versión de las mil y una noches en cada venta
para engatusarte.
El problema era que, previo al viaje, queríamos comprar en la India si hubiese sido
posible- hasta algún elefante que acompañe a nuestro gato Giuseppe (claro, de madera).
Vero incluso pensaba en el exceso de equipaje que íbamos a tener que pagar en nuestro
intento de hacer la de Marco Polo. Craso error. Los precios por los que
ofrecían desde pañoletas hasta altares de madera, eran más caros incluso que aquellos
que podíamos conseguir en Chile importados de la India.
- Este encarecimiento tenía que ver con nuestro estatus de
turistas, lo que equivalía a subida automática de precios apenas uno asomaba
la cabeza por la tienda de turno. Lo increíblemente atosigante que puede llegar a ser
este drama radica en que guías y conductores están en contubernio con vendedores de todo
calibre y te llevan al lugar barato. Y no una vez, sino que a cada hora andan
pregunta que pregunta si no quieres comprar esto o lo otro. En una ocasión un guía hasta
se puso a buscar él mismo las alfombras y a ofrecer la tienda entera junto con el
vendedor: era demasiado obvio que una comisión sobre la venta premiaría su comedimiento.
La culpa de todo no era ni de los vendedores ni de los choferes o guías sino del tipo de
turismo que hacíamos. La zona del Rajastán depende enteramente del turismo. Es, de
hecho, el estado más visitado de la India (junto con la ciudad de Agra, en donde se
encuentra el Taj Majal). Pero hay turismos y turismos. El de tipo mochilero tiene más
fácil acceso a los mismos bienes y servicios porque no hay intermediarios. Pero si uno
anda en un tour organizado, por más pinta de indio que tengas (no saben la cantidad de
veces que me preguntaron si era NRI not resident indian- y que me hablaron en hindi
o en el dialecto de turno en India existen 15 lenguas oficiales y 720 dialectos)
creen que tienes igual poder adquisitivo que un alemán. Basta vernos a mí y a un vecino
de Michael Schumacher o de Boris Becker para darse cuenta de lo necesario de una
discriminación positiva en mi favor (no solo por la diferencia de tamaño, sino, y sobre
todo, por el número de ceros en euros- de distancia entre uno y otro).
Pero no. Con doña Vero estábamos jodidos porque por más que durante todo el viaje me
trató de convencer de que me vistiera como indio a lo que me resistí con una
entereza que rayaba en el estoicismo- mi principal limitación para negociar mejores
precios tenía raíz lingüística: apenas sí sabía qué era Mahatma (por lo de Gandi),
Namaste (gracias), Surya (Sol) y Rupee (la moneda india), y no tenía ese acento inglés
tan golpeado y particular con el que hablan los indios (por fortuna). Indio, sí,
¡¡¡pero de los Andes, carajo!!!
- Nos llamó poderosamente la atención el comportamiento de hombres y mujeres. Entre los
primeros, lo más curioso tenía que ver con la manera que tienen de andar con sus amigos
hombres: se agarran de las manos, se abrazan, van en las motos como lo hacen las parejas
(pero las bien acarameladas) de novios latinos. Inicialmente pensamos y nos
sorprendimos- con el nivel de tolerancia de los indios hacia los homosexuales. Pero cuando
en todas las ciudades y por todo sitio los hombres se manejaban así, sospechamos que ese
comportamiento debía ser normal entre el indio promedio. Leyendo la biblia de los
viajeros (Lonely Planet) y preguntándole a Rinku, descubrimos que, en efecto, entre los
amigos había esa suerte de cercanía melosa que salta a la vista si se la compara con el
casi inexistente contacto físico entre hombres y mujeres (al menos en público).
También nos impresionó el conflicto que deben vivir los indios frente a la sexualidad.
Cultural, filosófica y artísticamente, la hindú es una sociedad sensual. Basta recordar
las palabras kamasutra y tantra para hacerse una idea de hasta qué punto la sensualidad
se cuela por doquier (con decir que varios palacios y templos están decorados con orgías
que harían ruborizar al mismísimo Cassanova). Si se observa a las hindúes (por siaca,
eso me lo hizo ver Vero) ataviadas con esos como mantos gigantescos y multicolores que son
los saris, sus vestidos de dos piezas y la cadencia al caminar, puede uno inferir que los
hombres, en una sociedad tan machista, deben andar con las hormonas alborotadas mientras
esperan a la que, según los astros (antes de casarse, los hindúes, que deben llegar
vírgenes y castos al matrimonio, consultan el horóscopo para asegurarse de que su pareja
es, efectivamente, la correcta, y hasta determinan la fecha del matrimonio observando el
cielo) será su esposa. Y después de casados, me imagino que también siguen
alterados. Si a ello se agrega el juego de la sensualidad que está presente
en todos los videos musicales y en la publicidad (lo que resalta más gracias a que ni
siquiera la pornografía soft es aceptada) se podrán imaginar los resultados que puede
generar esa tensión entre la convención religiosa y el ánimo cultural.
Esta percepción de la conflictiva relación convención-sexo fue creciendo en tanto me
daba cuenta de la manera en que los indios se la quedaban viendo a Verónica en cada
ciudad y, sobre todo, pequeño pueblo que visitábamos. Daba la impresión de que mi
hermosa esposa (si sabré lo bonita que es!!), a pesar de andar vestida a la usanza más
tradicional (ropa larga, sin mostrar ni siquiera un sugerente resquicio de piel) se
hubiera transformado, de pronto, en una especie de Sharon Stone en plena explosiva escena
de Basic Instincts, con cruce de piernas y todo. La pobre miraba fascinada el paisaje y yo
me quedaba alelado de asombro percibiendo cómo la lascivia atoraba las miradas de los
afortunados transeúntes. Literalmente, estos no se daban por enterados de que el sujeto
al lado de la víctima de sus miradas podía ser su esposo. Vero tampoco se daba cuenta
porque estaba abstraída observando la arquitectura exterior y la rural o citadina belleza
que siempre soñó conocer. Yo también trataba de hacer el mismo ejercicio pero, por
desgracia, cuando sentía esas otras miradas como que me incomodaba. Y no
poco.
Para que no crean que adolecía un delirio de Otelo o de algún complejo de persecución o
de invisibilización, todas las chicas con las que conversamos durante el viaje
coincidían en haber sido víctimas de esa suerte de auscultamiento público, como si
fueran un delicioso menú del día. El blanqueamiento de piel -como la
apariencia extranjera en las tiendas- era sinónimo de aumento de atención
y tensión- sexual.
Las mujeres indias, en cambio, siempre tenían que cuidar las formas. No nos dejaba de
sorprender el curioso manejo de la ropa, porque cuando estaban solas se cubrían el rostro
ante la posibilidad de toparse con un vecino o familiar, pero, en cambio, andaban como
Johnnie Walker, tan campantes, en compañía de sus esposos o de sus hijos. Lo más
curioso fue apreciar la impostura de los atuendos incluso cuando trabajaban en las duras
tareas agrícolas, de acarreo del agua y en la construcción. Un día, cuando salíamos
del hotel en el que nos alojamos en la ciudad de Jaisalmeer, junto a un largo pasillo
abierto (en lugar de ventanales habían unos arcos que rodeaban el pasadizo) cuatro chicas
como de 15-18 años trabajaban la tierra, aplanándola antes de empezar la construcción
de una nueva terraza. Al mirarlas, preciosas en sus trajes típicos, jóvenes como
doncellas de fantasía, sudorosas de calor y esfuerzo, sentimos un encogimiento en el
corazón. Ellas se nos acercaron y, luego de dejar a un lado las palas y los picos, nos
regalaron la mejor de sus sonrisas para una foto que nunca olvidaré. En ese instante
sentimos cómo la belleza y las contracciones de la India se nos brindaban duras y
trepidantes, como una bofetada.
- Con todo el desorden propio de un país de pobreza abismal y tráfico vehicular
imposible, las abejas-hombres que habitan la India trabajan en la elaboración de esa miel
que mana por donde uno mueva la cabeza: el sentido de la trascendencia. Si algo retrata a
la India (la actual y la pasada) es la presencia de lo divino en cada dintel de las casas
(sobrecoge ver la cruz esvástica, el signo nazi que Hitler malamente popularizó, que en
el imaginario hindú es un símbolo de la bondad que por doquiera acompaña a quien
precautela el bienestar, el dios con cabeza de elefante, Ganesh) y en la cotidianidad que
obliga a gestos constantes de redención para limpiar los karmas. Si bien el hinduismo es
la religión mayoritaria (80%), convive sin mayores problemas con el islam (15% de
musulmanes convierten a la India en la segunda nación con más creyentes en Alá), el
budismo, el sikismo, el janismo... En la tierra de Gandi, la fe en lo sagrado es como el
aire, algo sin lo cual la vida no existe o no se explica.
Se pueden imaginar que con tantos dioses y religiones dando vuelta por ahí, a uno la
perspectiva espiritual se le vuelve una coladera del porte del Universo. Hay
tantos signos, personajes, historias y ritos colándose por doquier, que uno tiene que
comprar una especie de manual de bolsillo para no perderse en los parajes religiosos
de la India y entender que cuando se habla de tal Dios, tiene a tal esposa, usa este
animal como transporte, porta siempre tales o cuales utensilios, animales más pequeños o
armas como símbolos, y se encarga de proteger o determinar esto o lo otro. En fin, con
tanta confusión doy gracias a la cultura judeocristiana y al agnosticismo: o hay un Dios
o no hay nada, y se acabó.
En todo caso, uno no puede pasar de largo sin quedar tocado con esa esencia o presencia de
lo trascendente, cómo la gente está conectada con sus creencias y cómo esto ha
significado una estructura social tan permanente, con todos los pros y contras que uno le
pueda hallar. En todo caso, el juego del poder ha generado las costumbres, los procesos
político-sociales y también grandes desequilibrios. El sistema de castas fue impuesto
por los sacerdotes brahmanes para garantizar sus privilegios. Los mogoles (musulmanes
descendientes de Gengis Khan) quisieron imponer por la espada la creencia en Mahoma,
generando la aversión y la polaridad que en el siglo XX significó la conformación de la
India, el Pakistán, Bangladesh y Sri Lanka tras la salida inglesa de sus ex colonias. Las
grandes brechas sociales y de género solo se entienden desde una predeterminación
religiosa que impide modificaciones sociales más drásticas.
Pero esto va cambiando; el efecto demostración del progreso de China ha persuadido a la
India de que una autarquía unida al predeterminismo religioso solo garantiza pobreza. A
este argumento se une la inestabilidad que trae el radicalismo islámico que se larva tras
sus fronteras. Reentender la secularización está movilizando a la India a un proceso de
mayor apertura económica, llevado de la mano de esa locomotora que es el desarrollo de
nuevas tecnologías. Solo en 2005, la India creció 8,2% (8% en promedio de los últimos
tres años). Para que el país venza la pobreza se necesitaran 40 años como 2005 y la
ayuda de alguno de los 330 millones de dioses hindúes.
Juan Jacobo Velasco
velascoj@hoy.com.ec
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