
Columna quincenal
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Viernes, 7 de abril
de 2006
El viaje de
ida: Primera gran aventura o por favor no vuelen por Alitalia
Salimos el 21 de enero por la mañana en vuelo de Lan. Las expectativas
grandísimas, el día soleado y la compañía de mis suegros quienes nos llevaron a
la terminal aérea- eran un escenario propicio para lo que se suponía debía ser un viaje
largo (Santiago-Sao Paulo-Milán-Delhi), pero acogedor. Primera equivocación. El viaje no
fue largo, fue enfermantemente largo. Y lo único acogedor fue el trecho entre la casa y
el aeropuerto. Resulta que en la escala que hacíamos en Sao Paulo, los amigos de Alitalia
decidieron hacer un amago de paro. A los pasajeros nos dijeron que era un problema del
avión. Pero en Italia nos enteramos que el día del vuelo Sao Paulo-Milán los sindicatos
de Alitalia advirtieron a sus empleadores sobre cualquier intento de recorte
de personal. Resultado: cinco horas dentro del avión (esperando el arreglo
del desperfecto), 14 horas en Sao Paulo y la consecuente pérdida de la conexión
Milán-Delhi.
La gente de Alitalia Brasil nos repetía insistentemente que todo iba a salir bien, que la
gente en Milán ya estaba informada y las cosas estaban solucionadas (conexiones, estadía
en Italia, etc). Yo pregunté si tendría problema de ingreso a Italia (no tenía visa) y
la respuesta fue encomiable: Ellos se van a encargar de todo y no va a existir
problema para que pueda ir a un hotel. Era un discurso que nos hacía creer a Vero y
a mí en las bondades de las aerolíneas de bandera y en la calidad del producto italiano
(vuelos incluidos). Llegamos a Milán a eso de las 11:00 e inmediatamente fuimos al counter
de la empresa a arreglar el tema de la conexión. Solo había un vuelo a Delhi (el único)
la siguiente mañana. Además me tenía que quedar en el aeropuerto porque, a pesar de lo
que me habían dicho en el Brasil, a las autoridades migratorias tanas les importaba un
bledo lo que sus compatriotas habían hecho para demorar los vuelos. Si no tenía visa
para entrar a Italia (como era mi caso por ser ecuatoriano), tenía que quedarme en el
aeropuerto esperando mi conexión. Para colmo de males, la señorita de atención nos
advirtió que lo mejor era que saliéramos a buscar las maletas (salir significaba pasar
migración y luego sacar los bolsos) porque era muy posible que las maletas no
llegasen a Delhi. Me la quedé mirando y le dije que ni aunque fuera verdad, ella,
por delicadeza, no me podía decir que las maletas no llegaban a Delhi. Por suerte Vero es
chilena y no necesita visa (¡viva el TLC con la UE!!!), así que pasó migración en
tiempo récord de 20 segundos, retiró las maletas (400 pasajeros buscándolas significó
1h30 de espera), fue a un hotel, durmió como tres horas gracias al concierto de los
flujos de agua de los baños, tomó un desayuno que rayaba en la frugalidad ascética, y
luego regresó al aeropuerto para tomar el avión a Delhi. En la terminal aérea, el
esposo de Vero se había quedado tirado en uno de los bancos de espera en el cuerpo
principal del aeropuerto milanista. Sus compañeros eran un par de marineros indios que
regresaban a su país (y que habían tomado el vuelo desde Sao Paulo), más todos aquellos
que también tuvieron que compartir el karma de dormir en el aeropuerto y a quienes se
podría definir como los excluidos de la globalización: asiáticos,
africanos, árabes, europeos del este y, por supuesto, este pechito sudaca.
Con Vero nos encontramos y nos abrazamos en la sala de espera del vuelo a Delhi. Parecía
que todo era un mal recuerdo y ya se olía a curry. Sin embargo, Alitalia nos
tenía preparada otra sorpresa: 30 minutos antes de abordar, el vuelo se suspendió y se
reprogramó para dos horas después. Comencé a suponer lo peor y a pensar que gran parte
de mis vacaciones la pasaría conociendo al detalle la arquitectura y la distribución
comercial de las tiendas, baños y oficinas del aeropuerto de Milán (que, a todo esto, se
llama, me imagino no sin razón, Malpensa, por lo malpensado que uno termina después de
sufrirlo) cuando con Vero nos quedamos pegados frente a los teletipos que informaban que
los vuelos que salían (o que se suponía iban a salir) de Milán se cancelaban, como si
de pronto estuvieran contagiados de un virus de titileo azul fosforescente. Uno de los
pocos vuelos que todavía conservaba su color blanco fijo era el nuestro. Y así fue hasta
que, finalmente, nos subimos al avión que nos sacaba de ese aeropuerto de pesadilla.
Primera semana en India: Rajastán o el ajuste obligado a las razones del viaje tras
un vuelo de mierda
Se podrán imaginar lo que 72 horas de vuelo, solo 12 horas de sueño y las
condiciones y emociones del viaje podrían haber provocado en el ánimo de cualquiera que
no fuera Gandi o Madre Teresa (¡y hay que ver!!!). Sin embargo, el hecho de poner pie en
la India después de la prueba de faquir que significarán las horas en la poltrona de
Alitalia y las salas de espera de Malpensa, moderó el impacto de un viaje frustrante.
Pero, a fuerza de ser honestos, la buena predisposición como que cambió de tajo:
estábamos bajando en el avión para decolar en Delhi, cuando comienzo a sentir algo
superfuerte, un olor extraño pero sin dudas repelente. Ya a la salida del avión y
caminando por los corredores del aeropuerto Indira Gandi, confirmé que el olor sin dudas
estaba ahí, presente en todos los rincones. Y, debo confesarlo, me asusté un poco.
Luego, conforme empezamos a caminar a inmigración, salió un maullido (que más parecía
rugido) de algún lado: era un gatito de unos 15 cm, bien flaquito, que hacía más bulla
que 10 gatos (ni se diga de nuestro felino, que apenas emite ruido). Fue uno de los dos
gatos que vimos en todo el recorrido.
El viaje se dividía en dos partes: una era de 15 días por la India, en un tour
solo para nosotros dos y la otra eran 10 días (la mayoría caminatas) en Nepal. La parte
india, a su vez, tenía dos facetas: el estado de Rajastán, que se visitaba en auto y se
recorría en 10 días, y el triángulo Delhi-Agra-Varanasi, en una mezcla de avión y
auto. Por suerte, la gente de la agencia nos buscó en el aeropuerto y nos condujeron al
hotel con mucha amabilidad. Eran como las 02:00 cuando llegamos al alojamiento y
estábamos muy cansados, pero no exactamente con sueño por lo de la diferencia horaria
(para nosotros eran las 18:00). Vero había investigado sobre los hoteles e incluso había
llamado al de Delhi, que se veía aceptable en la Internet. Debo confesar que nuestra
primera impresión fue muy mala: muy desprolijo, como viejo, con un candado para asegurar
la derruída puerta de la habitación y, pese a ello, valía tanto como el resto de
hoteles que se suponían eran de 3-4 estrellas. De hecho, nos sentimos un poco
desilusionados (eso lo vinimos a saber días después cuando conversamos de nuestras
verdaderas impresiones del primer día) pero en ese momento deseamos descansar. Como no
nos podíamos dormir, prendimos la TV y había como 200 canales, casi todos en hindi, con
las películas más increíbles que uno pueda imaginar (claro, al gusto indio) y la
música a todo rigor (allá el Bangra, una mezcla entre música ritual y tecno, cuyo
origen se da en el estado de Punjab y que se ha popularizado por todas la excolonias
británicas que van del Pakistán a Bangladesh, es el sonido todopoderoso). Agotados de
hacer zapping, preferimos dormirnos.
Al día siguiente, la segunda mala impresión fue el desayuno. Se suponía que era un
bufé, pero si eso era desayuno bufé, yo soy Brad Pitt (con todo el pesar que la
distancia implícita en esta expresión puede provocarle a Vero). Pese a que el olor me
persuadía no llenar mi bandeja, igual intenté probar de todo pero a los pocos segundos
me era imposible porque tanto el olor como el sabor me eran indigestos. En esos instantes
comencé a pensar si no hubiera sido mejor que la huelga que nos retuvo en Sao Paulo se
hubiera prolongado las tres semanas de viaje. En fin, después con Vero nos íbamos a dar
cuenta de que la preocupación inicial se iba a desvanecer. Luego del desayuno fuimos
rumbo a nuestro primer destino en un auto Tata (la empresa más poderosa de India, que
como las chaebol coreanas LG, Samsung, Daewoo- produce de todo) que, al inicio,
consideré muy pequeño. Pero que después, viajando por las carreteras indias, me di
cuenta que era perfecto: por lo estrechas de las vías, por lo descompuestas que podían
estar y por la necesidad de una buena maniobrabilidad, porque así como podía cruzarse
una persona o grupos de personas por la carretera (amén de todo tipo de vehículo de
tracción mecánica, humana o animal), podían pasar vacas, búfalos, perros, monos,
camellos, y el etcétera que uno se pueda imaginar, sin el menor sentido del orden o
tiempo.
La persona encargada de hacernos conocer Rajastán en el Tata Indica blanco que nos fue
asignado era el buen Rinku, un sikh (turbante blanco, barba espesa y oscura)
siempre sonriente e increíblemente agradable (lo que no necesariamente significa que la
media de los indios sea así). Conocerlo en sí mismo fue toda una experiencia porque, con
su inglés perfecto y su paciencia enorme para entender nuestro rudimentario inglés, fue
nuestra puerta de entrada para empezar a aprender de y a conocer a la India: desde clases
de religión, cultura, sociología, pasando por la ayuda para el regateo de precios de los
artículos de primera necesidad, hasta llegar al fin por el cual nos acompañó 10 días,
el transporte. Desde la primera jornada, con él nos enteramos el secreto de las tres B
necesarias para enfrentar las carreteras indias: buenos frenos, buenas bocinas y buena
suerte. Si bien nunca tuvimos ni siquiera un raspón, en incontables ocasiones sentí que
mi destino era morir aplastado por cuanto objeto cruzaba de 10 a 5 cm de mi ventana. Por
eso se puede entender por qué no pude dormir bien el primer trayecto (seis horas) a pesar
de estar, literalmente, más cansado que Rocky I tras el último asalto: sentí que debía
gozar de los últimos minutos de mi risueña existencia.
El paisaje agreste era desértico y en él vimos lo que después se iba a convertir en una
constante en todo nuestro tour por el Rajastán: tierra yerma (en esta zona se
extiende el desierto del Tar), en la que la mayoría de quienes se encargaban del trabajo
duro (construcción, arado, acarreo, etc.) eran mujeres. Los hombres aparecían recostados
sobre unas como literas que se ubicaban al pie de las carreteras y yacían allí durmiendo
o jugando cartas con los amigos. También se dedicaban a las actividades más bien
públicas: ventas, servicios, en fin, lo que da más dinero. Conforme pasó el tiempo, nos
fuimos dando cuenta de que en el Rajastán las brechas entre hombres y mujeres son las
más grandes del país, lo que es significativo pensando en que en la India estas brechas
son de por sí enormes.
El viaje comenzó a tener un giro agradable y mágico a partir de nuestra primera parada:
Mandawa. Es un pequeño pueblo en donde se ha invertido mucho para refaccionar las casas
antiguas (havelis) que ahora sirven como hosterías. Fue el lugar en donde
comenzamos a vivir a la India. La haveli que nos tocó era una verdadera joya de
arte y los dormitorios de una belleza estética alucinante. Tenían una mezcla de cuarto
de monasterio y habitación de gran hacienda, con toques artísticos que traían de vuelta
a un pasado que nosotros desconocíamos pero que imaginábamos esplendoroso. A partir de
ese momento comenzamos a transitar por el pueblo con comodidad, viendo los exteriores de
las otras casas (que pese a no estar readecuadas, eran lindísimas) y dejándonos llevar
por la observación de las gentes, el tránsito caótico y las vacas y camellos que
pasaban con una tranquilidad pasmosa. La atención en la hostería fue genial y la comida
del bufé, para mi suerte, deliciosa y very less spicy. La primera curiosidad del trecho
fue que a eso de las 19:00 se fue la luz, algo que desde ese momento y con calma,
descubriríamos que en la India es tan natural como el polvo en las carreteras, las vacas
por doquier y los símbolos religiosos que adornan casas y vehículos. Sin embargo, lo
llamativo fue que la luz volvió gracias a una batería que debió haber sido de avión
Jumbo. Era enorme y se conectaba al tendido eléctrico de la hostería por unos cables
similares a los que se utiliza de auto a auto para cargar corriente. La segunda curiosidad
de Mandawa fue el escuchar rezar durante la noche. Al comienzo pensamos que se trataba de
una especie de encuentro político o religioso, pero después nos enteramos que era parte
de los rituales religiosos hindúes. El sonido del bendito rito duró como hasta las 06:00
de la mañana. Por suerte, ni nos enteramos gracias a la comodidad de nuestro dormitorio.
A la mañana siguiente fuimos a Bikaner, una ciudad menos acogedora que Mandawa, pero cuyo
fuerte -en donde vivieron los marajás (reyes) de la zona- era imponente y precioso. Con
la ayuda del guía del lugar conocimos su historia en detalle (no saben cuántos cuadros,
ropa, carruajes y hasta aviones de la Primera Guerra Mundial pueden caber en un castillo
de estos) y yo, a llenarme de una sana envidia, que conforme pasaron los palacios y los
marajás, se incrementaba. La razón: cada uno de estos individuos premiados en
vida tenía entre tres y cinco esposas y entre 40 y 365 concubinas. Le hice el
comentario al guía de que también tenían igual número de problemas. El tipo
quien me confesó que nunca se había puesto a pensar en ello- se comenzó a matar
de risa. Vero como que no entendió o no quiso entender. Luego del fuerte fuimos a una
granja en donde investigan, reproducen y trasquilan a los camellos. Bellos los camellitos
recién nacidos, pero la granja no era nada del otro mundo (durante todo el viaje por el
Rajastán nos ofrecieron cofrecitos pintados, que parecían hechos de marfil y que nos
comentaban que eran de hueso de camello; me imagino cuál era la fábrica proveedora de
materia prima). Del hotel lo único que vale decir es que era muy cómodo y espacioso,
pese al aspecto poco agraciado por fuera (imagínense una casona art deco en medio del
desierto y bajo la administración india).
Juan Jacobo Velasco
velascoj@hoy.com.ec
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