
» La columna
Visita
al Vaticano I
12 de mayo de 2008
!Es la suerte de los que no se bañan!
Así se dice en Ecuador cuando alguien vive una
experiencia especial. La mía fue única:
fui incluida en un interesante grupo de peregrinos que
viajó a Roma para visitar al Papa. Éramos
24 personas, todos suizos. Como era de esperarse, ningún
detalle había sido dejado al azar. Cinco semanas
antes del viaje habíamos recibido todo el itinerario
e indicaciones importantes para lo que vislumbraba ser
mi evento del año 2008: audiencia general en
“prima fila” con el Papa, visita guiada
a la Basílica de San Pedro, a Roma, al Vaticano
y al cuartel de la guardia Suiza, concierto nocturno
en la Capilla Sixtina, cena en los Jardines privados
del Vaticano y reunión en la casa del embajador
de Suiza en Roma.
Al enterarse de mi peregrinaje toda
la familia compartió mi enorme emoción
y nerviosismo. Yo llevaba los rezos, esperanzas y peticiones
de muchos. Me fui de Miami con muchas expectativas.
Hace muchos años había visto a Juan Pablo
II cuando fue a Ecuador. De él recuerdo su especial
carisma y su tierna mirada. Cómo era Benedicto
XVl? Es realmente menos carismático? Qué
le digo si le doy la mano?
Nuestro avión aterrizó
en Roma a las siete de la mañana de un Martes.
Daniele, un soldado de la Guardia Suiza vestido de terno
negro, nos recibió y nos escoltó durante
toda nuestra estadía. A sus 24 años había
logrado cumplir el sueño de su abuela: estar
al servicio del Papa.
Comenzamos nuestro peregrinaje por la Basílica
de San Pedro. Majestuosa y enigmática, me invitaba
a retroceder en el tiempo. Miguelángel y el renacimiento
¡Qué época debió haber sido!
Mientras caminábamos por pasajes cerrados al
público, el grupo fue conociéndose mejor
gracias a la complicidad del momento.
Más tarde, el Comandante de la Guardia Suiza
nos recibió en su cuartel general con una calurosa
bienvenida que nos hizo sentir a todos como en casa.
Visitamos los vestidores de los soldados, donde los
tres diferentes y pesados uniformes de varios colores
cuelgan de los percheros. Vimos el cuarto de armas que
contenía desde las más antiguas carabinas,
hasta las más modernas pistolas. En su pequeña
capilla cantamos y rezamos en latín. Nadie se
mosqueó. Solo yo sudaba tratando de pronunciar
las palabras lo más fonéticamente parecido
a lo que estaba leyendo.
En el corredor general los (guapísimos!)
soldados repasaban concentrados en su rutina (según
las explicaciones, son los únicos en el mundo
que no se mueven durante dos horas). Tres veces había
estado en Roma frente a ellos, observándolos
como una turista más. Ahora estaba con ellos.
En su casa!
Un enorme mural que refleja la batalla contra las fuerzas
del Emperador del Imperio Romano Germánico está
en el comedor general, donde fuimos atendidos por un
grupo de guardias que durante unas horas se vistieron
de meseros, cocinaron y nos sirvieron, aunque medio
tembleques, con la mejor de sus sonrisas.
¡Continuará!...
Hasta entonces
María Fernanda Salvador de
Bergen
desdeaqui@hoy.com.ec
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