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Martes, 22 de enero de 2008

La Circuncisión

Desde una de las esquinas del restaurante donde se iba a realizar la circuncisión de mi recién nacido vecino, yo observaba entre estupefacta y emocionada como Miriam, la madre del pequeño, lloraba callada y resignadamente, mientras el rabino preparaba a su bebé para ser circuncidado. Era mi primera invitación a una celebración de esta índole. En Aventura, Miami, viven mayormente judíos, algunos de los cuales son ahora nuestros nuevos amigos, conocidos y vecinos. Por ellos y debido a que mi pequeño hijo comenzó su vida escolar en una escuela judía, estas tradiciones y costumbres han ido matizando nuestra vida en Miami, la que en un principio parecía mas bien prometerme un reencuentro único y especial con mis raíces latinoamericanas. Sin embargo, Miami es justamente eso: una mezcla de todo y de todos; un universo lleno de recovecos por conocer y quedarse maravillado del resultado de la importación de culturas y sus nuevas mezclas.

En la religión judía la circuncisión se la debe hacer después de ocho días del nacimiento del bebé. Siguiendo la tradición al pie de la letra, mi vecino preparó sólo toda la fiesta. Aquel día, la sala del restaurante estaba repleta de sus amigos y familiares que habían llegado elegantes y trayendo regalos muy vistosos. El rabino, después una corta explicación sobre significado de los nombres judíos escogidos para el bebé, prosiguió con manos expertas, a la circuncisión, recordarnos así el pacto entre Yahvé y Abraham.

La extirpación del prepucio del bebé duró unos segundos de agonía femenina. La madre, la abuela y yo, desde mi rincón, no pudimos dejar de llorar al ver al pequeño moviendo sus piernitas de un lado para el otro. Mi vecino observaba todo entre concentrado y nervioso, tratando al mismo tiempo de que la mamadera de agua mezclada con vino mantenga al bebé hidratado. El pequeño, por su lado, reaccionó mejor de lo que la audiencia se esperaba. El vino, los rezos y los cantos en hebreo sirvieron para mantenerlo suficientemente mareado. La circuncisión terminó y los invitados nos dirigimos a servirnos las ricuras que estaban en la mesa (salmón cocinado en varias formas, ensaladas, patés, frutas, dulces, etc.). Mi vecina, orgullosa de su pequeño y ya más calmada, lo tomó nuevamente en sus brazos y se aprestó a posar, feliz, con su familia para las fotos que adornarán su nuevo álbum.

Mientras comía yo recordaba que por el lapso de doce meses, acompañamos a mi hijo a todas las celebraciones judías donde rezaba y cantaba en la sinagoga puesto una kipa blanca, que él, graciosamente se la reacomodaba como bonete sobre su frente (fue la única escuelita de los alrededores que me convenció por no estar solamente focalizada en enseñar el ABC y el 1-2-3 a niños de dos años). El poco hebreo que aprendió agudizó la confusión con su español, su alemán y su inglés. Mi hijo tenía tan solo dos años y medio y ya luchaba a diario con cuatro idiomas. Así como hicimos (mi esposo y yo) que mi hijo se enfrentara con la dificultad de crecer con varios idiomas al mismo tiempo, otros niños también afrontan decisiones tomadas por nosotros adultos sobre su vida. Yo me pregunto ¿Cuál sería la opinión de los bebés si pudieran hablar?


María Fernanda Salvador de Bergen

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