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Martes, 10 de diciembre de 2007

Los Samaritanos

El diseño de las tres diferentes puertas que se me cerraron en mis narices en mis primeros años de vida en Suiza, me vino a la mente mientras escuchaba a Benyamim Tsedaka, quien minutos antes nos había recibido con una sonrisa amplia y ojos curiosos. Su elegancia y su porte eran sorprendentes, Benyamim no tenía ni barba ni usaba túnica. Hasta esa noche mi conocimiento sobre los Samaritanos era prácticamente nulo, sólo recordaba vagamente la historia de Jesús, sediento, que encontró a una buena samaritana, quien le ofreció agua y que posteriormente se convirtió en activa predicadora de su mensaje.

La música de fondo era del coro del Conjunto de Samaritanos, ellos si estaban envueltos en túnicas largas de lino blanco y celeste. Sus cantos, que datan de la época de Moisés y de sus antepasados, eran enigmáticos. Con un inglés perfecto, el señor Tsedaka, embajador de la comunidad Samaritana, fue enseñándonos sobre la esencia de su pueblo: “Los samaritanos somos gente como cualquier otra” empezó enfatizando y luego poco a poco nos introdujo en su especial estilo de vida basado en los libros de Moisés. Desde sus inicios como descendientes de los pueblos del norte del reinado de Israel, hasta estos tiempos modernos y globalizados, en donde ellos siguen basándose en tradiciones milenarias y sus cuatro principios de fe: Solo hay un Dios: el Dios de Israel. Solo hay un profeta: Moisés, el hijo de Amram. Solo hay un Libro Santo: el Pentateuch. El lugar santo es el Monte Gerizim, la casa de Dios, a esto se añade la creencia que el hijo de Joseph, Taheb, profeta como Moisés, aparecerá en el día de la venganza y recompensa.

La charla de Benyamim me trasladó a Samaría, en el monte Gerezim, donde escuché la lectura del Pentateuch y celebré el Shavuot (la fiesta de las semanas) con su familia. Con una magia especial pude sentir en carne propia sus preocupaciones e inquietudes, como cuando no pudieron circuncidar a un bebé al octavo día, como lo demanda su tradición, por estar en una incubadora. ¡Hasta el olor a cordero sacrificado como lo hacían los antepasados de Moisés llegó a acariciar sutilmente mis narices! ¡Solo me faltó encontrarme con Moisés!

Fuera de bromas, aparte de todo lo que aprendí sobre los Samaritanos, Benyamim me estaba enseñando un camino muy efectivo hacia la integración en una nueva sociedad (gaje de mi oficio, no puedo dejar de pensar en procesos de integración). ¿Qué emigrante no ha pasado por fases de soledad, en donde los malentendidos por diferencias culturales están a la orden del día? Pasé muchos fines de semana esperando visitas espontáneas y las puertas que se me cerraron en las narices fueron mis propios primeros intentos de ahogado, por –caer- (visitar sin anunciarme) a mis conocidas. Mas, poniendo la mano en el pecho, ¡cómo diablos podían ellas saber lo que la espontaneidad significaba para mí, si yo no se los contaba!

¡Basta de quejas! ¡Hay que invertir tiempo en dar a conocer nuestros, valores, conceptos y principios! Benyamim supo captar la idea: con sencillez, paciencia y humildad se cautiva a la gente. Gracias Benyamim, por tu mensaje de comunicación y por presentarnos a tu pueblo. Te deseo mucha suerte en tu labor. Seguir manteniendo tus tradiciones no será fácil en estos días, ¿Pero, qué es una vida sin objetivos?

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María Fernanda Salvador de Bergen

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