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Martes, 25 de octubre de 2007

Piojos

Ex reina de Quito con piojos. Ni yo mismo lo podía creer. Frente al espejo mis propios ojos se asqueaban de mí misma. Las liendres, unas asquerosas y diminutas bolas blancas, se aferraban a mis cabellos, como si yo fuera su madre.

Solo el hecho de pensar que esos malditos parásitos estaban creciendo en mi cabeza me helaba el cuerpo y me imposibilitaba cualquier movimiento. Blanca como papel, me arrimé al lavabo para tomar fuerzas.

En la escuela de mis hijos había epidemia de piojos. El profesor me dijo que revisara la cabellera de mi hijo, pues lo vio rascándose constantemente. “Debe ser por sucio”, le contesté sin dudar ni un minuto. Para mí, la posibilidad de contraer piojos era tan lejana, como una visita a Mongolia en un jet privado; sin embargo, antes de su baño obligatorio, se me ocurrió hacerle caso al profesor. Moviendo sus cabellos con la punta de mis dedos, mis ojos vieron por primera vez ¡CASPAS NECIAS! ¡Mi hijo estaba lleno de esas cosas!

Minutos más tarde, al pagar los pesticidas especiales para erradicar esos “come sangre”, la cajera me quedó viendo horrorizada y en español se dirigió a mí calladamente: “¡PIOJOS! Es por eso que cambié a mi hija de la escuela pública a la privada”. Todos los clientes de atrás mío se fijaron asqueados en mi cabello.

“Esos parásitos también visitan las escuelas privadas”, le dije pagando y asegurándome que todos mis químicos estén en la funda.

Revisión familiar y lavada general de TODO, y con esto me refiero a cobijas, almohadas, almohadones, osos de peluche, alfombras, etc. Mi casa se convirtió en trinchera. Me armé hasta los dientes, primero con todo tipo de pesticidas en shampoo y en spray, y luego, ya más calmados, conseguimos también aceites y detergentes naturales.

En la escuela nadie hacía cuenta de nada. Nadie tenía piojos, solo comentarios y supuestos culpables vagaban por el ambiente. Yo quería contar mi historia, tenía que hablar sobre mi frustración, mis aventuras lavando media casa, mi nuevo oficio de buscadora de liendres. Necesitaba no sentirme sola en mi proceso de vuelta a la normalidad.

A la medida que me iba encontrando con mamás amigas, fui inyectando la noticia con la precaución que el caso ameritaba, pues parecía que nadie estaba preparado a enfrentar ese tema. El hablar primero sobre mis liendres, no las de mi hijo, fue siempre un buen comienzo. El efecto dominó apareció y poco a poco me fui enterando de nuevas posibilidades para el combate (como untarse aceite de oliva). Solo una de las cinco mamás con las que me di el tiempo de conversar no había tenido aún piojos en la familia. El resto había pasado, como yo, por varias semanas de lucha con altos y bajos de moral, con cansancio por la recurrente aparición, con recelo de un nuevo contagio, con ascos del prójimo y de uno mismo, etc.

Tres semanas pasaron. Tres semanas de una lucha obsesionada. Los niños, ellos ganaron la batalla en la primera semana de lucha con pesticidas. Yo fui la que tuve que enfrentarme a otras dos semanas de aceites, lavadas, peinadas y revisadas. Heredé de mi abuela una cabellera tan abundante que era prácticamente imposible que esos bichos asquerosos se sientan mal en su nueva casa.

Para terminar y poder sacar algo que me levante el ánimo de todo este problema, puedo decir ahora que fue bueno haber pasado por esas semanitas de contratiempo para conocer más a fondo una nueva forma de comunicación en los Estados Unidos, pues a pesar de haber sido yo la que empezó a hablar sobre el problema, la gente estuvo contenta de haber podido compartir sus angustias, miedos, aventuras y sentimientos.

El papel informativo advirtiendo a las mamás de otra nueva epidemia de piojos cuelga nuevamente en la ventana de la escuela; sin embargo, ahora la dinamia es diferente y ya se habla de aceites, geles y prevenciones necesarias para evitar que esta se extienda.

María Fernanda Salvador de Bergen

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