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Martes, 20 de septiembre de 2007

Quito

El frío que hace es inusual. En las calles solo se habla de las lluvias y del mal tiempo. En un almacén me abastezco de pijamas, sacos y medias gruesas. No recuerdo que en Quito haya hecho un frío así cuando vivía allí.

Los primeros días de nuestra llegada, cuido que nadie tome agua de la llave y que todos se laven varias veces las manos. El rota-virus, los bichos y los parásitos que cogimos hace un año nos dejaron en alerta amarilla.

Tengo recelo y se me nota en la cara. Mi aro lo dejé en Miami. Andrea dice que exagero. Yo no estoy de acuerdo, cada vez que he regresado me han robado. Quito ya no es la misma ciudad de antes.

El impacto que creó la dolarización se sigue sintiendo por todos los rincones. Los precios continúan estando por los cielos y las familias se han convertido en verdaderos magos para hacer que los sueldos alcancen. Muchas intentan desesperadamente aparentar que nada ha pasado, enseñado lo que ya casi no pueden mantener.

El tráfico está imposible. La contaminación me marea. Los aviones no dejan de volar sobre Quito. ¿Cómo hace la gente para aguantarlo? Ya he olvidado que en su tiempo, yo también estaba acostumbrada a semejante ruido. Lo bueno es que por las calles ya se ven menos niños mendigando.

Llueve tanto que tengo que comprarme unas botas. No será tarea fácil pues calzo ¡41! Conozco bien lo que sucederá, por lo que me lleno de paciencia y paso una mañana entera entrando, saliendo y escuchando: “solo traemos zapatos hasta el treinta y nueve”.

El servicio al cliente no ha mejorado para nada. Son solamente los vendedores colombianos quienes se esfuerzan, se mueven y tratan de convencerme que el treinta y nueve que tienen es de horma grande.

El dueño de una de las boutiques más elegantes que encontré se quedó desorbitado al escuchar la talla de mi pie: “¡Cómo puede tener un pie tan grande!” Fue su comentario inmediato. La necesidad me hizo callar y armarme de más paciencia para esperar a que regresara de su bodega trayendo unas botas empolvadísimas. “Este es el único par que tengo desde hace dos años.”

- “¿Cuánto cuestan?” Le pregunté.
- “Cien dólares”, me respondió desempolvando las botas con la mano.

¡Cien dólares para unas botas que podían costar 40 dólares! Pensé ¿Qué cara me habrá visto?
Definitivamente en Ecuador se ha perdido la relación de lo que se gana y del precio de las cosas. Cien dólares en Ecuador es como tener diez aquí en Miami. ¡La plata se va como agua!

Es así como pasan mis primeras semanas de estadía. Estoy en guardia.

María Fernanda Salvador de Bergen

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