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Jueves, 19 de abril de 2007

Las visas

El cónsul se quedó analizando la foto del más pequeño de mis niños. Yo sólo cerré los ojos y respiré profundamente. Mi esposo, como siempre, se quedó calmado y paciente.

Reunir todos los documentos para renovar nuestra visa de estadía en los Estados Unidos nos había tomado varias semanas de preparación, paciencia, nervios y un abogado especializado en estos procesos. Estaba segura de que teníamos todo en regla; entre otras cosas, registros originales de nacimientos y matrimonio, contratos de trabajo, cuentas bancarias, facturas, pagos, comprobantes, etc.

¿Será que las fotos están malas? Pensé.

El cónsul nos pidió que nos fuéramos nuevamente a sentar ¡Qué incómodo era estar al frente de alguien que podía jugar el papel de piedra en el zapato! Tener paciencia no es una de mis virtudes. Todo era tan estéril, tan rígido. Al auto lo parqueamos tres cuadras antes de la Embajada, pues toda la manzana estaba cercada y vigilada. En las afueras del edificio ya se había formado la primera fila de afanosos y muertos de frío como nosotros. En el primer punto de control, afuera en la calle, nos pidieron los documentos. A aquellos que por mala suerte no habían seguido al pie de la letra las indicaciones requeridas se les pedía inmediatamente retirarse para calentarse en el auto o el bus que les llevaría de regreso a sus casas.

En el segundo punto de control tuvimos que entregar bolsos, maletines de trabajo, agendas y celulares. Con unas tarjetas de color rojo, proseguimos al tercer punto de control donde nos hicieron sacar chompas, zapatos, cinturones y bisutería para pasar por dos detectores de metal y tres agentes de seguridad. A la final nos dirigieron a mi esposo y a mí a una vigilada y pequeña sala de espera de ambiente denso, donde ya otros esperaban impacientemente el turno.

Teníamos el tiempo contado. Habíamos regresado a Suiza para renovar la visa, sacando a los niños del colegio con un permiso especial. Sabíamos que si algún papel nos llegaba a hacer falta, no había cómo reclamar o reprochar, solamente tocaba agachar cabeza y regresar otra vez cumpliendo con lo que pidieran ¡Qué angustia! En los minutos de espera me imaginé que lo único que podía haber fallado eran las fotos para el pasaporte. Hace un año y medio, cuando las sacamos por primera vez, tuvimos que pedir cita con un fotógrafo que tenía su estudio equipado para cumplir con los nuevos requerimientos para las fotos de pasaporte de la Embajada norteamericana. Recuerdo que el fotógrafo, muy formal por cierto, nos hizo posar delante de un inmenso fondo blanco. En medio de luces intensas nos acomodó en una silla especial y nos pidió poner las cabezas rectas en frente a la cámara (Cifuentes, conocido fotógrafo quiteño, siempre me torció el cuello), nos retiró el cabello de las orejas y enfatizó en que no sonriéramos. “Mr. Formal” (así lo apodé) perdió un poco su paciencia pidiendo a los niños que no se rieran. Ellos por su parte no entendían por qué esta vez no tenían que responder al comando más pesado: ¡Sonrían! antes de cada foto. Cuando la sección al fin terminó pagamos SFR 50.- por persona.

Este año nos de enteramos que las mismas fotos las sacan en la farmacia de la esquina de la casa en Miami. Sin pedir cita, la cajera, una jamaicana exuberante de pelo pintado del mismo color que los indígenas de Santo Domingo de los Colorados nos atendió relajada. Apartó a los demás clientes para bajar un viejo fondo blanco mal enrollado que colgaba del techo. Sacó un banco de plástico de debajo de una alacena e hizo pararse allí a los tres niños para que entre risas e intentos fotográficos salieran de su vieja cámara digital, cinco buenas fotos que nos costaron $5 por persona.

El cónsul nos llamó nuevamente. Con una sonrisa en su cara nos entregó las fotos de los niños, mostrándonos la mueca de serio que el más pequeño había puesto en la foto. Todos nos reímos entre nerviosos y serios.

- Sus visas les llegarán en pocos días por correo, muchas gracias y adiós. -Nos dijo gentilmente y continuó su trabajo llamando al siguiente solicitante.

Salí de aquella cita con sentimientos mixtos. Por un lado sentí cómo el mundo se ha vuelto más complejo. Por otro también pasé por la experiencia de que el mundo está cada vez más asequible con la globalización, la Internet, etc. Viajar, trabajar, estudiar y vivir en diferentes países se convierten en actividades de masas. Legalmente o ilegalmente, la gente entra y sale de varios países en el mundo tratando de lograr sus sueños y encontrar su propia felicidad.

¿Qué piensa un niño que crece en estas circunstancias? Les invito a que lean sobre este tema en mi próxima columna que se actualizará en dos semanas.

Suerte a todo aquel que se encuentre en proceso de sacar papeles o de cruzar fronteras para seguir su sueño.

Hasta entonces,

María Fernanda Salvador de Bergen

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