
» La columna
Jueves, 1 de marzo
de 2007
San
Valentín
A Pen, la joven vietnamita que describí en mi columna anterior, la volví a ver después
de diez años en Lucerna. Era verano, ella había vuelto a Suiza a visitar a su hermana.
Nos dimos cita en el Vögeligarden, un lindo parque que colinda con la biblioteca estatal
de Lucerna. Ella no había cambiado, seguía delgada como una espiga, la única diferencia
era su pelo frondoso y de un negro azabache. Al vernos, nos abrazamos emocionadas, todos
nuestros recuerdos de los primeros años de dificultades, frío, e integración volvieron
a nosotros como por arte de magia. Me atrevería a decir que lloramos sin lágrimas, no
sé si por los recuerdos o por la emoción de sentir que una linda amistad duró todo este
tiempo a pesar de la falta de noticias.
Yo ya era mamá de dos niños y estaba en espera de mi tercero. Pen todavía no se había
casado a pesar de que la propuesta de su hermana seguía en pie: -cásate con un
suizo, trabaja en mi peluquería y conviértete en la niñera de mi hijo.
Pen no poseía nada, ella había huido en un bote de Vietnam en tiempos de guerra y a
pesar de lo tentadora que le parecía la propuesta de su hermana, no se dejaba convencer.
Ella creía en el amor, Pen buscaba todavía el amor de su vida para poder casarse por
amor y convicción. Los candidatos nunca le faltaron, pues su hermana se había ocupado de
poner anuncios por todos lados. Tener libertad, recibir buena paga por el trabajo, y la
buena y estable vida en Suiza no dejaban de atraerle; sin embargo, el respeto por su amor
propio pudo más. Para ella, vivir sin amor era peor que vivir pobre en un país devastado
por la guerra.
Pen no me había buscado para saludarme, Pen me buscó para despedirse definitivamente.
Llegó el Día de San Valentín. En los Estados Unidos, la fiebre del Día del Amor y la
Amistad invade espacios aún más grandes que en otros países. Todos tienen que comprar
algo, todos tienen que cumplir con la tradición. Los regalitos o los recuerditos son los
must have de la temporada.
Las madres de familia fuimos aleccionadas por las escuelas: traigan tarjetas dedicadas
para todos los alumnos. En promedio son más de 30 por cabeza. Después de la fiesta, los
niños regresarán, como siempre, con fundas llenas de chocolates, tarjetas, regalos y
miles de golosinas que al último terminarán en la basura.
Hay varias madres de familia en la escuela que vienen de Europa. La forma de celebrar San
Valentín en Miami las sorprendió mucho. Las comprendo bien porque recuerdo que por
ejemplo, hace no muchos años San Valentín casi no se celebraba en Suiza. Si algo se
regalaba, eran flores y viendo que no sean importadas de lugares exóticos por razones
ecológicas, o algún pan especial, pastel o galletas hechas en casa.
Para alguien con mentalidad anticonsumo o que desconoce este tipo de tradiciones y
festejos es difícil doblegarse a lo contrario. ¿Pero cómo no comprar lo que demanda la
escuela?
Todos los niños tienen que intercambiar cosas.
Los productores de golosinas y regalos se las saben todas y lo aprovechan bien. En el
mercado se encuentran maravillas empaquetadas en colores acordes. Muchas veces, la gracia
del paquete es lo que mejor se vende. Mis hijos y yo aún caminábamos como hipnotizados
por los rayones de los supermercados. A dónde fueres haz lo que vieres dice un sabio
dicho ¡Qué no se hace por el bienestar de niños en pleno proceso de integración!
Sabine, la madre de la nueva compañera alemana de mis hijos, se resignó también y
compró 180 tarjetas para los compañeros de su hijo y su hija ¿Reclamar? ¡No, a quién,
si todos hacen lo mismo! Sin embargo, los que no estamos de acuerdo con caer en compras,
compras y más compras, sí tenemos el compromiso moral de buscar caminos para enseñar a
los niños o a nosotros mismos a conseguir un punto medio entre el consumismo y las nuevas
tradiciones.
Que tengan una buena semana,
María Fernanda Salvador de Bergen
desdeaqui@hoy.com.ec
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